La criada azotada de la casa Calley - 91
Los invitados VIP, incluyendo a la familia del conde Calley y a los empleados, se fueron reuniendo en el coliseo a la hora pactada.
—Sus hijos son realmente apuestos.
—Debe sentirse muy orgulloso de tener a dos hijos en la semifinal.
Ante los cumplidos que llovían antes de la competencia, el conde Calley y su esposa sacaban pecho, inflados de orgullo. La conversación que habían tenido con Cedric en la mañana ya era historia antigua. El coliseo donde se llevaría a cabo el evento de cierre del banquete estaba reventando, cargado con la emoción de la gente.
Pero, como dicen, la vida es una comedia de lejos, pero de cerca… no siempre es así.
Allen, que andaba dando vueltas cerca de la entrada del coliseo, divisó a una mujer y se acercó a ella a toda prisa.
—Señora Hayek, sobre lo de anoche…
Shana Hayek le lanzó una mirada de reojo mientras Allen intentaba dar una explicación desesperada, soltó un bufido de desprecio y le metió un hombrazo al pasar.
—¡Uff!
¿Acaso esa mujer hacía pesas? Para ser mujer, Shana tenía los hombros bien formados y el golpe le dejó a Allen un dolor nada despreciable. Aunque, pensándolo bien, eso no era nada comparado con el golpe que su propio ego había recibido la noche anterior.
La noche pasada, Allen por fin había logrado ‘pescar’ a una mujer de la nobleza. La elegida era Shana Hayek, la segunda esposa del barón Warriner Hayek, un hombre que ya pasaba los cincuenta.
Claro, no es que faltaran jovencitas interesadas en Allen Calley, el tercer hijo del conde, que no era nada feo. Pero una señorita decente no se iba a meter así nomás al cuarto de un hombre que recién conocía. Además, la mayoría de las solteras habían venido con sus padres, lo que complicaba la cosa.
En fin, Shana, que ya era una mujer casada, se veía solitaria. Ella le empezó a contar sus penas a Allen —quien se le acercó como quien no quiere la cosa—, quejándose de lo difícil que era cuidar a un esposo enfermo y lo complicado que era encajar en los círculos sociales de las señoras.
Cuando Allen le sugirió que terminaran de conversar en su habitación, Shana se hizo la que lo pensaba un poquito, pero terminó entrando tras él. Esa fue la primera y última vez que dudó, porque una vez dentro del cuarto, ella resultó ser la más lanzada.
Al ver a Shana ya instalada en la cama y lista para la acción, Allen se dispuso a demostrar todo su ‘talento’, confiado en la experiencia que había ganado dándole vueltas a las empleadas.
Sin embargo, a su ‘amiguito’ de abajo, que debió haber estado con todas las pilas, no le dio la gana de despertar.
—Uy, qué raro. Seguro este chico se puso nervioso ante una señora tan hermosa. ¿Me ayudas con una ‘ayudadita’ con la boca?
Dicen que ‘gallina que come huevo, aunque le quemen el pico’, a Allen se le salió la costumbre que tenía con las empleadas.
Shana, para su sorpresa, aceptó sin hacerse paltas. Se puso pilas y se esforzó por despertarlo. Ella también tenía práctica, pues estaba acostumbrada a intentar ‘levantar’ a su viejo marido. Su técnica era impecable, no había nada que reclamar.
A pesar de todo eso, ese día el ‘muerto’ de Allen no dio señales de vida. Estaba totalmente tieso… pero de sueño.
Allen entró en trompo. Desesperado por encontrar una solución, se le ocurrió una idea que según él era ‘maestra’.
—Espere, señora. Aguánteme un toque, se me acaba de ocurrir algo buenazo.
Allen se lo sacó de la boca, fue al cajón y sacó un uniforme de empleada. Era uno nuevecito que había comprado para tener de repuesto. Alguna vez, de la emoción, le había roto el uniforme a una de sus empleadas y la chica le había metido una buena puteada por eso.
—Póngaselo.
—¿Qué?
—Es que así nomás no se levanta. Póngase esto para ver si así arranca.
Shana no podía creer lo que estaba oyendo. Su cara se transformó por completo.
—¡Ja! ¡Pero qué tipo tan imbécil me vine a encontrar!
—¡Espere, señora! ¡Señora!
Allen saltó de la cama e intentó atajarla, pero Shana le plantó un cachetadón que lo dejó viendo chispas y salió disparada del cuarto.
Allen se quedó ahí sobándose el cachete, todo tonto, hasta que llamó a una empleada que pasaba por ahí para ‘probar’ si su herramienta todavía funcionaba. Justo resultó ser una chica con la que ya había estado antes. Así rompió su regla de oro de ‘no repetir plato con las empleadas’.
Y bueno, con la empleada el asunto fue un éxito total. A diferencia de lo que pasó con la baronesa, abajo todo funcionó sin problemas.
—Ya, listo, puedes irte.
Como la ‘prueba’ fue bastante intensa, el uniforme nuevo terminó siendo el regalo para la empleada.
Después de que ella se fue, Allen se quedó solo en su ‘momento de lucidez’ y terminó mojando la almohada con sus lágrimas. Por primera vez se dio cuenta de que tenía un problema serio: su cuerpo solo reaccionaba con la servidumbre.
Al día siguiente, apenas amaneció, intentó buscar a Shana para inventarle cualquier excusa, pero ella ni lo quiso ver. Allen estaba que se moría de miedo; lo último que quería era que corriera el chisme de que era un impotente. Por más que se iba a meter de cura, era un tema de honor.
Por eso se había quedado plantado en la entrada del coliseo esperándola. Pero al final, en vez de una explicación, solo se llevó un golpe en el hombro.
Mientras Allen se hundía en su miseria, los gritos de la multitud estallaron. Sin importarle el bajón del joven, la semifinal por fin había comenzado.
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¡Crac, crac! Cada vez que chocaba con un oponente, la lanza de Cedric volaba en pedazos. No le costó nada. Ni los viejos que decían saber de esgrima desde chiquillos, ni los jóvenes que tenían fuerza pero ni idea de cómo manejar una lanza, fueron rivales para él.
Cedric había aprendido equitación y esgrima con su abuelo desde niño. Solomon, su abuelo, creía firmemente que aunque el mundo cambiara, un señor feudal debía ser fuerte también en lo físico. Antes de su ceremonia de nombramiento, Cedric volvió a agarrar una lanza después de tiempo para practicar. Aunque no hacía esgrima hace años, bastó un pequeño calentamiento para que todo lo que aprendió de chico saliera a flote.
Como era de esperarse, la competencia terminó con Cedric como el campeón absoluto. La gente no le quitaba los ojos de encima mientras él celebraba alzando lo que quedaba de su lanza rota. Cedric, desde su caballo, escaneaba las caras de todos los presentes.
Vio la expresión llena de ilusión de Eloise, con quien se supone iba a casarse; la cara de Sylvia, que parecía decirle ‘ya vas a ver’; y la del Marqués, que miraba todo con curiosidad sin sospechar nada.
Pero no solo eso. Los padres de Eloise tenían la misma cara que ella; sus propios padres, los condes Calley, miraban nerviosos de un lado a otro entre Sylvia y Eloise; Judith estaba pegada a sus papás como una niñita con cara de tonta; y Alfonso, que perdió en la pelea por el tercer puesto y quedó cuarto, tenía una cara de pocos amigos, como si hubiera mordido un limón.
También alcanzó a ver a Allen, a quien una joven noble acababa de chotear olímpicamente, hasta a los empleados que estaban detrás de sus patrones.
Tras dar unas vueltas para cerrar su celebración, a Cedric le quedaba el último paso: el momento en que el ganador le dedica su victoria a ‘su dama’.
Cedric espoleó a su caballo hacia el centro del estrado, donde estaban todos los ojos puestos en él. Ahí se encontraban sus padres, su familia, el Príncipe Heredero, Sylvia y los Vivarini. Pero justo cuando llegó frente a ellos, Cedric dio media vuelta con el caballo, dándoles la espalda, anunció:
—Parece que todos han sido muy considerados conmigo por ser el día de mi nombramiento. Les dedico el honor de esta victoria a todos los presentes que han venido a engalanar este torneo.
Entre los aplausos, Cedric continuó:
—Como ganador, voy a sortear entre ustedes algunas piezas de mi colección personal. Y por supuesto, los caballeros que quedaron en los tres primeros puestos recibirán una recompensa aparte.
—¡Waaaaaaa!
la gente empezó a gritar emocionada al saber que Cedric regalaría parte de su colección.
Al ver cómo Cedric se escapaba hábilmente de ese momento tan yuca, Sylvia, que estaba con los brazos cruzados esperando ver a quién elegía, soltó una risita burlona. Por otro lado, Eloise, que se estaba comiendo las uñas de los nervios, apretó su vestido con furia. Estaba picona.
‘No lo puedo creer’. El hombre que ayer nomás le había propuesto matrimonio no le había dedicado la victoria. ¡Y eso que era la oportunidad perfecta para oficializar lo suyo ante todo el mundo!
Dejando atrás los vítores, Cedric se dirigió hacia la puerta que daba a las caballerizas. Sabía que su empleada estaba por ahí porque la había visto durante su celebración. Su ‘empleada para los azotes’, que según ella se iba a quedar tejiendo, había llegado tarde y se había puesto en un rincón.
Cedric clavó la mirada en Sheila y avanzó hacia ella. En un momento, sus ojos se cruzaron. Sheila, al verse descubierta, empezó a mirar a todos lados buscando por dónde escaparse, pero estaba rodeada de otras empleadas que se habían amontonado para ver a Cedric de cerquita.
Al darse cuenta de que no tenía escapatoria, viendo que él se dirigía hacia la puerta (que estaba por su lado), Sheila soltó un suspiro de alivio pensando que solo pasaría de largo. Pero cuando vio que el caballo bajaba la velocidad justo frente a ella, casi se le salen los ojos de su sitio.
—Ah, yo… esto…
Sheila empezó a balbucear buscando alguna excusa sin sentido.
Cedric soltó una risita y le dijo:
—Pásame algo para secarme el sudor.
—¡Sí, joven conde!
Como si fuera una recluta del ejército, Sheila buscó rápido en su bolsillo y le tendió un pañuelo. Pero cuando se dio cuenta de que era el pañuelo con encaje que ella misma había tejido, trató de quitarlo al toque por la vergüenza.
Pero Cedric fue más rápido. Con una sonrisa media de lado, le arrebató el pañuelo y se secó el sudor de la frente.
—¡Kyaaaaaa!
las empleadas de alrededor empezaron a gritar como locas al verlo.
A Sheila le recorrió un escalofrío por toda la espalda. Un instinto de peligro total la invadió. ‘Esto es peligroso’. Su corazón empezó a latir a mil por hora, congelada por los nervios.
Cedric, como si no hubiera hecho nada del otro mundo, se fue hacia los establos con el pañuelo bien sujeto en la mano.
—La paz del reino está en peligro…
susurró Sheila después de un rato, bajando la cabeza.
Sentía que la cara le quemaba, estaba roja como un tomate.
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Cedric se quitó la armadura con la ayuda de Rufus, se dio una ducha rápida y, al salir, se puso a elegir con él los regalos que iba a sortear.
—Este de aquí, este también. Y ese de allá.
Rufus anotaba todo a la velocidad de la luz mientras Cedric seguía dándole instrucciones:
—Diez paquetes de los sets de azafrán, cardamomo y anís que tenemos en el almacén; dos esculturas de Bonduris…….
Los regalos eran de todo tipo: desde tres cuadros que tenía colgados en su cuarto, pasando por especias finas que vendía su empresa y obras de arte que había recolectado de varios países, hasta joyeros con acabados de oro y licores carísimos.
Sheila, que se había demorado en llegar al cuarto porque se quedó atrapada entre el mar de gente que salía del coliseo, no encontraba el momento de meterse en la conversación. Se quedó mirando de lejos hasta que, para no verse mal, agarró un trapo seco.
Después de todo, estar siempre limpiando y sacudiendo era la ‘firme’ actitud de una empleada.
De pronto, divisó su pañuelo puesto sobre el escritorio. Ese pañuelo de encaje que había hecho pensando en él, pero que jamás tuvo la más mínima intención de regalársele.
Sheila pensó en recuperarlo caleta, sin que nadie se diera cuenta. ‘Solo se ha secado el sudor una vez, así que lo lavo bien y lo vendo en el mercado’, pensó.
‘O mejor… como muchas empleadas vieron que el joven conde lo usó, ¿y si lo vendo así nomás, sin lavar?’.
Justo cuando estaba estirando la mano hacia el pañuelo, pensando en qué le daría más plata, pasó lo siguiente.
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