La criada azotada de la casa Calley - 90
—¿Qué dijo?
Sheila dejó de hablar y preguntó de vuelta, toda confundida.
—Nada, no es nada. ¿Y entonces…?
Cedric se guardó sus palabras y le hizo un gesto con la mirada para que continuara.
Por dentro, sentía esas ganas infantiles de preguntarle si tenía idea de quién era esa mujer como para estar recibiéndole plata, pero se aguantó.
Claro, Silvia seguía siendo su amiga. Pero también era su ex pareja y, ahora mismo, la mujer que le había pedido matrimonio.
Si ella aceptaba su rechazo con madurez, seguirían siendo amigos; si no, estaban en ese punto crítico donde podrían terminar siendo nada.
Ante la mirada de Cedric, Sheila siguió tartamudeando sus excusas:
—O sea…, bueno, como la señorita Silvia vino hasta acá sin ninguna empleada que la ayude, se le ve bien cansada, encima ella misma me pidió que le diera una mano directamente…
—Ya, haz lo que te dé la gana.
—Sí. Muchas gracias, joven conde.
‘¡Ja! ¿O sea que después de todo lo que dije, igual te vas?’.
Cedric no detuvo a la mujer mientras salía de la habitación, pero se quedó fulminándola con la mirada en silencio.
Era obvio que su rabia se seguía acumulando, lo peor era que no tenía cómo desfogarse hasta que terminara la ceremonia de nombramiento.
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Sheila, que había estado midiendo el humor de Cedric, aprovechó el momento preciso para escabullirse de su habitación y dirigirse a la de Silvia.
Ya era el último día de los banquetes.
Eso significaba que solo quedaba un día más para asegurar bien las propinas y ‘hacer caja’.
Sin embargo, a diferencia de otras veces, Sheila no se sentía del todo bien mientras iba hacia donde la generosa princesa extranjera.
‘La señorita Silvia no solo es una princesa que viene del extranjero, sino que también es amiga de su señoría…’
‘¿Amiga…?’
La forma tan burlona en la que él lo había dicho la dejó sin palabras.
‘Bueno, es obvio que no son ‘solo’ amigos’.
De todos modos, Sheila ya sospechaba algo sobre la relación entre ellos.
El primer día que llegó Silvia, Sheila llegó a entender que ella llamó a Cedric 「Cariño」.
Con apenas tres meses de clases de Rotas con Judith, el vocabulario de Sheila era un sancochado.
Había palabras básicas que no sabía porque no las mencionaron en clase, pero otras más complejas se le habían quedado grabadas.
En fin, por lo que había pescado aquí y allá, ya se imaginaba de qué iba la cosa, pero era la primera vez que confirmaba la reacción de él de forma tan directa.
‘¡Ya, ¿y eso qué cambia?!’, se cuestionó Sheila a sí misma.
Desde el principio, ella pensó que no importaba cuál fuera la relación entre él y Silvia, no era asunto suyo. Después de todo, ella solo era la ‘empleada de los azotes’.
「Cedric.」
「Cariño.」
Aun así, la pronunciación elegante de la princesita de Rotas llamándolo con tanta confianza no dejaba de darle vueltas en la cabeza.
Al llegar a la puerta de la habitación de Silvia —que, para ser exactos, era la habitación que usaba Cedric antes de irse a estudiar fuera—, Sheila sacudió la cabeza para espantar esos pensamientos.
Se prometió a sí misma que renunciaría lo más pronto posible para buscar trabajo en otro lado.
Atendiendo a Silvia, Sheila se dio cuenta de que no todas las aristócratas eran como Judith.
Y si esa diferencia era por un tema de cultura, Sheila estaba dispuesta a dejar Beloika para irse a Rotas. Sentía que, si estudiaba un poquito más de ese idioma, podría trabajar de empleada allá sin problemas.
Pronunciar el Rotas seguía siendo tranca, pero como el orden de las palabras era igual al del idioma de Beloika, entendía casi todo.
Además, ¿qué más tiene que decir una empleada aparte de ‘Sí, señorita’?
Sentía que la buena de Silvia le daría una carta de recomendación sin pensarlo dos veces.
Pero claro, para eso tenía que ganársela bien ahora…
Sin embargo, hoy Silvia parecía estar de malas.
‘¿Habrá pasado algo entre ellos dos?’
Como el día anterior se veían tan bien y ahora ambos estaban con esa cara, era lógico pensar eso.
Y tal cual pensó Sheila, Silvia estaba de un humor de perros después de que Cedric la choteara feo.
—Sheila.
Silvia, que estaba más calmada de lo habitual, la llamó por su nombre y le preguntó:
—¿Usted sabe lo que es la dominación y la sumisión?
—¿Eh…?
Sheila puso una cara de no entender nada ante palabras como ‘dominación’. No sabía qué les pasaba hoy a los dos.
—¿Y sobre las tendencias sádicas y masoquistas?
—Este… no sé a qué se refiere…
—Ay, de verdad, no puedo creerlo.
Silvia soltó una risa sarcástica mirando a la nada. Luego, se apuró en aclararle a Sheila
—Ah, perdón, no lo decía por usted. Lo decía por ese desgraciado de Cedric.
—¿Por el joven conde?
‘Peleadazos, fijo’
Justo cuando Sheila llegaba a esa conclusión al escuchar a una extranjera usar una expresión tan brava como ‘desgraciado’, Silvia soltó un bufido y preguntó:
—¿Joven conde? ¿No será que lo llama ‘Amo’?
Al escuchar la palabra ‘Amo’ salir de la boca de Silvia, el cuerpo de Sheila se puso rígido como una estatua.
‘¿Qué? ¿Será que sabe lo que pasa entre el conde y yo?’
Sheila pensó que la habían ampayado.
Bueno, en verdad no es que tuvieran una ‘relación’. Siendo estrictos, era una relación contractual por el tema de los azotes, pero ‘esa’ relación y ‘esta’ eran cosas totalmente distintas…
—No, este… yo, bueno…
Sheila intentaba balbucear una excusa sin saber bien por qué, cuando Silvia volvió a hablar:
—Renuncie de una vez, Sheila. No puede ser que tengan ese tipo de relación sin un mutuo acuerdo. Eso ya no es falta de cortesía, es ser un asco de persona. Es más, ni siquiera es un tema de modales, ¡es un crimen, un crimen!
—Sheila, respóndeme con la verdad. ¿Usted es ‘de tendencia’?
¿De tendencia…?
Sheila escuchaba esa palabra por primera vez, pero podía imaginarse por dónde iba la cosa.
Había una diferencia abismal entre las historias de cama que le contaban las otras empleadas y lo que pasaba entre ella y Cedric.
Y Sheila jamás en su vida se había considerado a sí misma alguien ‘de tendencia’.
—No, yo…..
Apenas negó, Silvia habló como quien confirma lo que ya sabía:
—¡Lo sabía! ¡A una ‘vainilla’ como usted…!
Silvia, que se estaba alterando otra vez, miró a Sheila y añadió:
—Ah, a las personas que no tienen ninguna tendencia, como Sheila, nosotros les decimos ‘vainilla’.
Nosotros…
Al escuchar cómo Silvia los incluía a ella y a Cedric en el mismo grupo con tanta naturalidad, Sheila se quedó callada.
Desde el principio, ella no tenía ni voz ni voto entre esos dos. No por el hecho de haberse acostado con él se le iba a olvidar su lugar.
De hecho, hubo momentos en los que se preguntó por qué Cedric había armado todo ese escenario tan raro con ella.
Pero ahora que veía a Silvia en este nombramiento, lo entendía perfectamente.
Ella solo había sido su reemplazo.
Tal como dijo el Príncipe Heredero, si uno se fijaba solo en el físico, Silvia se parecía bastante a ella. No solo en las facciones, sino en el aura que proyectaba.
Para Sheila no era difícil imaginar lo que había pasado entre ellos. Se habrían separado cuando Cedric tuvo que volver a su país.
Y tenía sentido; para Sheila era obvio que Cedric no podía mantener una relación con alguien como Silvia, la heredera de un ducado en Rotas. Tenía que terminar sus estudios y regresar para heredar el título de conde.
En fin, Sheila quería aclararle las cosas a Silvia.
Decirle que lo suyo con Cedric no era lo que ella pensaba. Que no tenía por qué sentirse mal ni ofendida.
Pero Silvia no le dio ni un segundo para explicar nada.
—Entiendo que Cedric se haya interesado en ti, Sheila. Para un ‘Dominante’ tan fuerte como él, puede ser una atracción inevitable.
Silvia continuó con su explicación.
Si Sheila había entendido bien, Cedric tenía tendencias de dominación y sadismo, lo normal era que hiciera ‘play’ con alguien que tuviera las tendencias opuestas.
Pero, según Silvia, incluso esas relaciones que parecen ideales no lo son tanto.
Explicó que alguien con tendencias sádicas como Cedric siente placer al ver el dolor del otro, pero como los masoquistas disfrutan de ese dolor, el sádico no llega a sentir una satisfacción completa.
—¿Pero usar su posición para meterse con una mujer que ni le interesa? ¡Ay, por favor…!
Silvia empezó a insistir en lo descarado y sinvergüenza que era el comportamiento de Cedric.
—En fin, renuncia de una vez. Si te da roche decírselo, ¿quieres que yo misma se lo diga?
Sheila negó con la cabeza en silencio.
No es que no entendiera lo que Silvia decía, pero sus palabras no le llegaban al corazón.
Al final de cuentas, Sheila había firmado un ‘contrato’ que Silvia ni se imaginaba.
Además, a ese contrato le quedaban menos de diez días.
Aunque el fin del contrato no significaba que tuviera que dejar de ser empleada al toque, Sheila ya se había decidido a irse de la mansión lo más pronto posible.
Eso iba en contra de su plan original de quedarse en la casa Kaley hasta juntar toda la plata que necesitaba, por eso tenía la cabeza a mil.
No tenía tiempo para estar pensando en ‘dominación’, ‘sumisión’, ‘tendencias’ o ‘vainillas’. Para alguien como ella, que ya tenía suficiente con sobrevivir cada día, esos eran problemas de gente que tiene la panza llena.
La gente se fue en mancha al campo de juego para ver quién ganaba el torneo de justa, Sheila, después de tantas idas y vueltas, logró regresar sola a su cuarto.
Se sentía como si le hubieran robado toda la energía, pero aun así, como si fuera un reflejo, agarró el hilo y el ganchillo de su canasta de tejido.
¿Acaso mirar el partido de otros y estar dando vivas le iba a dar plata o comida? No, pues.
Era mejor aprovechar el tiempo para tejer un mantel o, al menos, un posavasos.
Para Sheila, que llevaba años viviendo así, tejer era algo que podía hacer hasta con los ojos cerrados…
—¿Qué fue? ¿Qué pasó acá?
Sheila, que movía las manos mecánicamente, se quedó mirando el ganchillo sin saber qué hacer.
Estaba segura de que venía contando los puntos como siempre, pero le faltaba uno.
Buscó dónde se había equivocado y se dio cuenta de que se le había corrido el punto casi desde que empezó a tejer ese tramo.
No le quedó de otra que destejer todo.
Con el ánimo por los suelos por el tejido malogrado, se le quedó mirando al pañuelo de encaje que había terminado hace dos días.
En qué estaría pensando cuando hizo eso…
Era un pañuelo de tela de algodón con bordes de encaje que tejió porque escuchó que habría un torneo de justa durante los días de gala.
‘Igual, ni loca se lo voy a dar…’
Ella lo sabía. Lo sabía, pero se engañó pensando: ‘Si no se lo doy, ya pues, lo llevo a la feria y lo vendo’. Y así, lo terminó de todas maneras.
Y de verdad iba a tener que venderlo apenas pudiera salir al mercado.
Le daba demasiada vergüenza solo de acordarse que, mientras lo tejía, se imaginó entregándole el pañuelo a un Cedric ganador para felicitarlo.
Por eso dicen que el cariño es traicionero.
Como decían las otras empleadas que todas las noches hablaban de cosas subidas de tono: ‘de todos los cariños, el más fuerte es el de cuerpo’. Y aunque el joven conde daba miedo, después de haberse acomodado tanto en la cama, era imposible no sentir algo por él.
Pero las chicas no se quedaban ahí, también decían que ‘el cariño de cuerpo es el que menos dura’.
Así que mejor no le daba tantas vueltas.
Sheila decidió tomárselo a la ligera.
Y ya que estaba en esas, soltó el hilo y el ganchillo y se levantó.
‘Ya, pues, uno también tiene que descansar para que el trabajo rinda’.
Se puso a dar excusas solita, aunque nadie le estaba reclamando nada, se fue hacia el campo de juego a donde todos habían ido.
En la mano, Sheila llevaba apretado el pañuelo. Ese pañuelo de encaje que había tejido rogando, de todo corazón, que nadie saliera herido.
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