La criada azotada de la casa Calley - 88
Cuando Sheila se revisó bajo la nariz, Cedric se rió por dentro.
‘¿Recién te das cuenta?’, pensó. Desde que pegó el estirón, Cedric sabía perfectamente que era un manganzón bien parecido. Con la forma en que la gente se le quedaba mirando, era imposible no saberlo; hasta las empleadas lo miraban con ojos de carnero degollado, al punto que ya le llegaba al pincho tanta atención.
Pero con Sheila era otra cosa. Ella siempre lo miraba con los ojos llenos de miedo, él se imaginaba que era por la impresión tan fuerte que le dio al inicio. No es que tuviera intenciones de arreglar las cosas entre ellos, pero se dio cuenta de que esta mujer, por fin, había notado lo churro que era.
Normalmente, esas miradas le aburrían, pero que Sheila lo mirara así le causaba algo distinto. Quería que ella lo siguiera mirando con esa mezcla de asombro y nervios. Podría decirse que era el ego de un dom queriendo ser admirado por su sub, pero sea lo que sea, el sentimiento era real.
Justo en ese momento, Sheila empezó a frotarle el pecho con el trapo. Cedric le agarró la mano con firmeza.
—Ya está bien, déjalo ahí.
Faltaba nada para la competencia y no ganaba nada poniéndose ‘ganoso’ ahora. Sheila, sin entender nada del asunto, puso una cara de injusticia total. Cedric le soltó la muñeca y preguntó:
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—Si me da permiso… ¿podría descansar un ratito en mi cuarto?
preguntó ella con ojos de ruego.
O sea, que mientras él se iba a jugar la vida, ella pensaba quedarse bien cómoda tejiendo mientras hubiera luz.
—Haz lo que quieras.
Normalmente se dejaba que los empleados vieran el evento si no tenían chamba acumulada. De hecho, todos se pelearían por un sitio en el estadio para verlo competir, pero ella prefería encerrarse a tejer.
Sheila se inclinó como buena empleada y le dijo:
—Le deseo mucha suerte, joven conde. Espero que gane.
‘¿Ah, sí? ¿Puro floro?’
La miró un segundo desde arriba y solo soltó un:
—Ya vuelvo.
Cuando él ya se estaba dando la vuelta, ella añadió bajito:
—Y… no se vaya a lastimar, por favor.
La voz fue casi un susurro, pero Cedric llegó a escucharla. Se quedó quieto un segundo, pero sin decir más, salió del cuarto.
En el centro del estadio ya estaba puesta la valla para la justa. Cuando empieza el duelo, los jinetes corren uno contra el otro desde los extremos. Se acercan a toda mecha y, en el momento del choque, ¡pum!, la lanza se hace trizas contra el oponente. Los caballos siguen de largo hasta frenar al otro lado.
El ganador es el que levanta el pedazo de lanza rota. Eso demuestra que le dio de lleno al cuerpo, al escudo o al casco del otro. Las lanzas de competencia son huecas a propósito para que se rompan fácil, así no se matan entre ellos y el público disfruta del chongo.
Casi todos los nobles, desde los chiquillos hasta los viejos, se metieron al torneo. Para que la cosa avanzara rápido, se jugaba a muerte súbita: el que ganaba pasaba a la siguiente ronda.
Cuando le tocó su turno, Cedric agarró su lanza de madera y se puso al extremo de la valla. El estadio se quedó en silencio por la tensión y, apenas el juez bajó la bandera, estalló el griterío. Cedric se agachó sobre el caballo y salió disparado.
Por la ranura del casco veía cómo el otro se le venía encima. Buscando el hueco perfecto, Cedric se enderezó justo antes del choque y mandó el lanzazo. El otro hizo lo mismo.
¡CRACK!
Una de las lanzas voló en pedazos y la gente saltó de sus asientos gritando como loca. Cedric llegó al otro extremo y levantó su lanza rota. Dio una vuelta con el caballo para celebrar y el estadio casi se viene abajo de tanto aplauso.
Cedric compitió tres veces y en las tres rompió su lanza. Al final quedaron solo cuatro. El juez llamó a los ganadores al centro y ahí estaban Cedric Kalley y, para sorpresa de algunos, también Alfonso Kalley.
—¡Lamentablemente, eso es todo por hoy!
—Mañana serán las semifinales al mejor de tres. ¡De estos cuatro saldrá el gran campeón!
Los cuatro se quitaron los cascos, sacudiendo el pelo empapado en sudor, se saludaron.
—Pensé que solo servías para hablar tonterías, pero te defiendes.
le dijo Cedric a Alfonso, estirándole la mano.
Podía haber pasado de largo, pero ahora que sabía qué clase de idea loca tenía Alfonso en la cabeza, le dio por vacilarlo un poco.
—Mira quién habla.
Le dio la mano a regañadientes solo porque todo el mundo estaba mirando. Alfonso tenía una cara de pocos amigos total, mientras que Cedric le sonreía con una confianza que lo sacaba de quicio.
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Debido a la adrenalina que quedó de las justas de la tarde, el banquete de la noche se puso incluso más movido que el del día anterior.
Alfonso, que terminó quedando entre los cuatro finalistas casi sin querer, estaba de un humor excelente. Se le veía contento, brindando y alternando con la gente mientras chequeaba el salón con satisfacción. En eso, divisó a Eloise entre la multitud.
Alfonso se puso en marcha hacia ella. Pensaba aprovechar que ya todos estaban con sus tragos encima para meterle letra y conversar un rato tranquilo con ella.
—Tú… ¿A dónde vas con tanta prisa?
Pero, tal como pasó la primera noche, Marquis apareció de la nada y le metió un susto de muerte a Alfonso.
—Su… ¡Su Alteza!
—¿Acaso he interrumpido a un hombre muy ocupado?
—No, para nada, señor. ¿Desea algo? ¿Alguna incomodidad…?
—¿Incomodidad? Qué va… Me la estoy pasando de lo más lindo. Además, vi lo de las justas hoy; te defiendes bien, ah.
Marquis le guiñó un ojo de forma pícara. Ante esa mirada tan pesada, Alfonso tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no perder los papeles y mantuvo la compostura.
—Muchas gracias, Su Alteza.
—Cambiando de tema, me gustaría conversar contigo en un lugar un poco más… caleta.
Al escuchar la propuesta, Alfonso se puso más pálido que un papel.
—Me parece que este salón es el sitio perfecto para conversar, ¿no cree?
Marquis escuchó la música estruendosa que retumbaba en todo el salón y miró a Alfonso con una sonrisita, como quien mira a un cachorrito que dice sandeces.
—Es sobre Cedric. ¿No te interesa escuchar?
‘¿Sobre mi hermano…?’
Por un segundo, a Alfonso no se le vino a la mente la cara de Cedric, sino la de Eloise. Al final, terminó mordiendo el anzuelo que le lanzó el Príncipe Heredero. Siguiendo sus pasos, ambos desaparecieron del salón y se metieron en una sala de estar que estaba bien alejada del chongo.
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Cedric, incluso mientras disfrutaba de la fiesta, no podía evitar que sus ojos buscaran a Sheila inconscientemente.
Le reventaba verla de aquí para allá sirviendo comida, pero si no la tenía a la vista, se ponía nervioso. No dejaba de darle vueltas a lo que ella le dijo: que en vez de ver las justas —algo que todas las demás empleadas se morían por ver— prefería quedarse tejiendo.
Al principio solo le molestaba que ella se quedara tejiendo hasta tarde, pero ahora que sentía que un par de agujas tenían más importancia que él, ya le estaba agarrando bronca al tejido de verdad.
Parece que ya había terminado su turno, porque apenas Sheila desapareció de su vista, Cedric también aprovechó para escabullirse del salón. Ya había cumplido con su papel de protagonista hasta tarde, así que ya era hora de quitarse.
Pero su intento de regresar piola a su cuarto se fue al tacho cuando Silvia lo llamó.
「¡Cedric! ¿Lo has pensado?」
「¿Qué cosa?」
「Lo que te dije hace un rato.」
Recién ahí Cedric se acordó de su ‘confesión’. O sea, ni bola le había dado a lo que ella dijo.
Bueno, no es que fuera una declaración de amor formal, pero en Rotas, Silvia siempre le salía con floro parecido para que no regresara a su país. Pero claro, ninguna de sus palabras logró hacerlo cambiar de opinión.
「Ah, me olvidé de decirte esto antes de que vinieras a buscarme. Ya conocí a la hija del Marqués Vivarini y hemos decidido casarnos. La boda será en la primavera del próximo año. Antes de eso, haremos el compromiso oficial.」
Si Marquis no hubiera aparecido de la nada, esta conversación ya se habría acabado hace rato.
「¿Qué? ¡Ni se te ocurra, Cedric!」
「¿Y por qué no?」
「¿Acaso esa chica sabe lo que te gusta? ¿Sabe cómo eres en realidad?」
「Eso no tiene nada que ver, Silvia.」
Cedric ya lo había conversado con Eloise. Habían quedado en que no tendrían hijos, así que ella ya debía haber captado por dónde iba la nuez.
Para los nobles, el acto sexual era básicamente para fabricar herederos. Y aunque el fin principal del matrimonio era continuar el linaje, Cedric tenía otros planes. Él solo necesitaba a una mujer de alcurnia que supiera jugar su papel de ‘Condesa’ una vez que él heredara el título.
Además, en Beloika, para que te miren como un hombre de verdad, tenías que estar casado sí o sí. Si se te pasaba el tren, la gente empezaba a pensar que tenías ‘algún problema’, de ahí nacían los chismes más raros. Por más que uno fuera un trome en su trabajo, la reputación se te podía caer por un solo rumor.
Si Cedric se casaba con una cualquiera, el escándalo sería el mismo. Así que, como hijo mayor de un Conde, tenía que elegir a alguien de buena familia para que nadie sospechara nada.
Eloise era perfecta para el negocio porque a ella le interesaba más el título de Condesa que tener hijos. Para Cedric, que solo quería casarse por pura formalidad para asegurar su puesto, ella era la novia ideal.
Silvia lo miró fijamente y soltó:
「Tu corazón ya tiene dueña. ¿Acaso no te das cuenta?」
Cedric se quedó en la luna.
「No tengo idea de qué hablas.」
Al verlo tan perdido, Silvia le dio una pista:
「Tu empleada.」
Silvia siempre sospechó desde que supo que Cedric —quien odia los dulces— había contratado a un maestro pastelero del extranjero. Y hoy sus dudas se despejaron por pura casualidad.
Cuando fue al cuarto hace un rato, vio que Sheila tenía restos de milhojas en la comisura de los labios. Desde que los vio juntos por primera vez, Silvia sospechó de la relación entre ellos, ahora su sospecha se convirtió en una certeza total.
「¿Tienes a mi reemplazo viviendo contigo y aun así piensas casarte con cualquier noble por puro compromiso?」
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