La criada azotada de la casa Calley - 87
—¡¿Qué?!
—Aunque ojo, que solo es por el primer año.
—¡Ay, yaaaa…!
Este y el otro, todos estaban igualitos: les picaba la mano por la plata.
Ya era automático que, apenas escuchaba la palabra ‘plata’, Cedric pensara en Sheila. Pero esta vez, en quien pensó fue en el hermano de ella, ese que se moría por apostar aunque sea un sol.
Aunque los juegos de azar estaban prohibidos por ley, eso se refería a los casinos caletas o cuando las apuestas eran fuertes. No se metían con las pichangas de bar o los juegos de mesa entre patas donde se apostaba sencillo por pura diversión.
En el bar al que iba el hermano de Sheila, siempre paraban apostando, pero eran montos bajos. O sea, si alguien los soplaba, de hecho caían, pero no les darían una pena fuerte. Además, por cómo era la ciudad, nadie era tan sapo como para denunciar algo así.
Mientras Cedric ponía cara de pocos amigos, Silvia habló:
—Si Cedric no va, yo tampoco. Mejor me mudo a un hotel unos días más para turistear por el condado y de ahí me quito.
—Tsk.
Marquis puso cara de piconazo al toque.
Cedric, mirando ese gesto, le preguntó:
—Oye, de verdad, ¿qué diablos le dijiste a Alfonso?
—¿Ah, eso?
Marquis soltó una sonrisa traviesa, acordándose del momento.
—Como supe que ya te tocaba la ceremonia de nombramiento, quise poner a prueba a tu hermanito.
Al escuchar eso, Cedric le clavó una mirada feroz. No importaba qué tanto cariño les tuviera, los asuntos de la familia Kalley eran su territorio, Marquis se había metido sin que nadie lo llamara.
—¿Y tú quién te crees?
soltó Cedric con una voz más fría que el hielo.
Marquis, haciéndose la víctima y sacando a relucir el cargo que Cedric siempre parecía olvidar, respondió:
—¿El Príncipe Heredero?
—¡Pfff!
Silvia escupió todos los pedazos de galleta que tenía en la boca. No pudo aguantar la risa tras escuchar ese diálogo tan ridículo.
—¡Ay, de verdad! Qué asco, ¿qué te pasa?
—Perdón, jajaja.
‘Par de chiquillos malcriados…’
pensó Cedric soltando un suspiro.
—Ya, corta el chongo. Dime exactamente qué es lo que Alfonso piensa que soy.
Marquis se quedó pensando un rato en la conversación que tuvo con el hermano de Cedric y contestó:
—Mmm… ¿que te gustan los hombres?
—¡¿Qué?! ¡Jajajaja!
Como era de esperarse, la que tuvo la reacción más fuerte fue Silvia.
Y es que, conociendo a Cedric, la idea de que fuera gay no pegaba ni con cola. A diferencia de Marquis, que le entraba a todo, Cedric era heterosexual cerrado, igual que Silvia.
No es que Cedric tuviera prejuicios con la gente como Marquis; de hecho, ni siquiera le guardaba rencor a él por haberle tirado maicito sabiendo bien cuáles eran sus gustos.
En fin, recién ahí Cedric entendió por qué Alfonso se había estado portando tan raro, hasta la forma en que lo miraba ese día.
‘Te prometo una cosa: después de mí, tu hijo será el próximo conde’.
‘Hermano…’
Como Cedric le había soltado ese plan para premiarlo por haber hecho bien un recado, lo único que hizo fue echarle más leña al fuego del malentendido.
‘Bueno, da igual’
Al final, como no tenía planes de dejar descendencia, daba casi lo mismo si pensaban que era gay o no. Cedric no sentía la necesidad de explicarle a su hermano menor sus verdaderos gustos ‘especiales’ en la cama.
Él era el típico hombre de Beloika: de lo que pasaba entre las sábanas no se hablaba con la familia, punto.
Como su hermano compartía sus mismos valores (menos lo de los gustos raros), seguro Alfonso no preguntaría más.
—Tu hermano no se ha puesto faltoso contigo, ¿no? Si te hace algún problema, avísame. Yo ahorita mismo…
—Ya cállate, yo me encargo.
No importaba quién hubiera armado el lío, Cedric no iba a permitir que nadie se metiera en sus asuntos familiares. Y ante ese desplante, los ojos de Marquis cambiaron de nuevo, poniéndose en ese plan sumiso que tanto le gustaba usar en sus ‘juegos’.
Al ver eso, Silvia pensó que Marquis era, sin duda, un masoquista pervertido que no tenía remedio.
Él solía mostrar su ‘naturaleza’ incluso cuando no estaban en medio de un juego. (Claro, esto solo pasaba cuando estaban entre gente que conocía del tema. El Marquis que se presentaba ante el público parecía otra persona totalmente distinta, lo cual siempre le daba mucha risa a Silvia).
Mientras los tres conversaban animadamente, se escuchó un toc-toc en la puerta y entró el pique que Cedric había pedido hace un rato.
Quien traía la bandeja era Sheila, la empleada personal de Cedric.
Apenas entró la muchacha, Marquis cambió el idioma a rotasiano para seguir con la plática, así la servidumbre no entendería de qué estaban hablando. Sheila hizo una pequeña venia y se movió tan silenciosa como el aire, dejando los platos sobre la mesa sin hacerse notar.
Tenía una actitud impecable, digna de una profesional.
—Gracias, Sheila.
Cuando Sheila terminó de acomodar todo, Silvia abrió su clutch y le dio una moneda de plata.
—Muchas gracias, señorita.
Sheila se inclinó y recibió la moneda con ambas manos, muy respetuosa. Cedric la observaba con una mirada afilada, sin perderse ni un detalle.
En ese momento, Marquis, que también estaba chequeando la situación, soltó en rotasiano:
「¿Hasta te sabes el nombre de la empleada?」
「Es la chica de Cedric. Me está ayudando un montón últimamente.」
「Ahora que la veo bien… esta empleada se parece un poco a ti, Silvia, ¿no?」
Sheila, que entendió lo que dijo Marquis, miró a Silvia de reojo por un instinto de puro nervio.
—¿Viste? Por poco y parecemos hermanas. ¿Qué dices, Sheila?
—¡Por favor, ni lo diga! ¿Cómo alguien como yo podría parecerse a usted? Además, usted es elegante y preciosa. Ni la misma Diosa de la belleza podría compararse con usted, señorita.
Apenas tuvo chance de hablar, Sheila se mandó con todo para quedar bien. (Esa habilidad para sobarle el lomo a la gente la aprendió sirviendo a Judith; aunque, a diferencia de cuando estaba con ella, esta vez lo decía de corazón). Estaba toda preocupada de que la joven duquesa se sintiera ofendida porque la compararon con una empleada.
—Ay, no es para tanto. Pero para mí sí nos parecemos. ¡O sea que las dos somos lindas!
Silvia soltó el comentario con frescura para relajar el ambiente. Marquis, escuchándolas, clavó la mirada en Sheila y dijo en rotasiano:
「Vaya, así que sabes hablar rotasiano.」
Por cómo fluyó la conversación, era obvio que la empleada entendió cuando él dijo que se parecía a Silvia.
「No, señor. Solo un…」
Sheila intentó responder en rotasiano, pero se trabó y terminó hablando en su propio idioma:
—Solo entiendo algunas palabras sencillas, Su Alteza.
—Oho, ¿y dónde aprendiste?
—Escuchando a escondidas durante las clases de la señorita Judith…
Cedric la cortó en seco y ordenó:
—Ya, suficiente. Retírate.
—Sí… joven conde.
Sheila miró a Cedric con cara de ‘pucha, qué injusto’, como diciendo que solo estaba respondiendo porque el Príncipe le preguntó. Luego le lanzó una mirada a Marquis tipo: ‘¿Vio? No me queda de otra, ya me voy’, hizo su venia y desapareció del cuarto tan calladita como entró, llevándose su bandeja vacía y su propina.
Silvia la miraba con una sonrisa de satisfacción, mientras que Cedric agarró el vaso que tenía enfrente y se zanjó el whisky de un solo trago.
El líquido, con ese toque de madera y un grado de alcohol que quemaba, bajó raspando por su garganta. En un principio, solo pensaba recibir el vaso por cortesía, pero sus ganas de no tomar se fueron al tacho por culpa de Sheila.
Le reventaba que otros se fijaran en ella. Es más, desde que la vio aparecer con la bandeja de piques, Cedric estaba que se subía por las paredes. Tenía unas ganas locas de chaparla de esa muñeca tan fina, arrastrarla al cuarto de castigos y arrancarle ese uniforme de empleada hasta el último botón para besarle todo el cuello…
‘Me estoy aguantando demasiado’, pensó mientras se pasaba la mano por el pelo negro, tratando de controlar esos deseos de pervertido que nunca sentía ni viendo a las aristócratas con los escotes más provocadores. Habían pasado apenas unos días sin tenerla y ya se sentía un mañoso al borde del colapso. Marquis, por su parte, dejó de lado su payasada por un segundo y lo miró con una cara de seriedad absoluta, como leyéndole el pensamiento.
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—¡Y no saben! Al pobre tonto se lo llevaron a una fábrica, lo bañaron en grasa de pies a cabeza y lo tuvieron de esclavo hasta que lo rescataron. ¡Jajajaja!
Marquis, ya con sus tragos encima, soltó una carcajada contando la historia de un noble de una rama secundaria al que habían secuestrado hace poco.
—¿Y ese qué? ¿No tiene lengua o qué?
—¿Y quién le va a creer a un borracho que parece un mendigo tirado en la calle? Hasta su familia lo dio por perdido; si no fuera porque un amigo hizo la denuncia, ahí seguía.
El tal noble era un desastre: se había gastado toda su plata en lujos y apuestas, estaba divorciado y vivía pegado a la botella. Marquis estaba asado porque pensó que por culpa de ese tipo no llegaría a la ceremonia de Cedric.
Mientras los otros nobles juraban que era cosa de rebeldes, Marquis se enfocó en las mafias de trata que abastecían a las fábricas. Como ahora hay más fábricas pero falta gente que trabaje en esas condiciones de m… , se andan robando personas para esclavizarlas. Nadie decía nada porque la mayoría de víctimas no tenían a nadie, pero como ahora cayó un ‘sangre azul’, el Rey se puso como loco y sacó un decreto prohibiendo la trata de personas. Y claro, Marquis aprovechó para quedar como el héroe de la jornada.
Aunque frente a sus amigos se hacía el payaso, el Rey confiaba plenamente en él. Fuera de ese círculo, Marquis era un tipo muy vivo y sabía cómo moverse en la política.
—Bueno, ya va siendo hora.
dijo Cedric, cortando el chongo.
Marquis y Silvia se levantaron medio tambaleándose. En la tarde tocaba el torneo de caballeros, específicamente el jousting (justa a caballo). Cedric, después de ese primer whisky, no volvió a probar ni una gota.
Apenas los dos borrachos salieron del cuarto, Cedric jaló el cordón de llamada. Sheila entró al toque.
—Ayúdame con la armadura.
—Sí, joven conde.
La justa era parte de la tradición de la ceremonia de nombramiento. La armadura de Cedric era una reliquia: la misma que usó su abuelo Solomon en sus tiempos de guerra. Estaba tan bien cuidada que ni se le notaban los años; brillaba tanto que Sheila podía ver su reflejo en ella mientras lo ayudaba a ponérsela.
Cedric se veía demasiado imponente, derrochaba masculinidad por todos lados.
‘No pensé que llegaría a verlo con armadura’
pensaba Sheila, embobada. Si ya con terno se veía churro, así parecía sacado de un cuento. Se quedó mirándolo tanto que, por si las dudas, se pasó el dedo por la nariz.
‘Uff, todo bien, no hay sangre’
pensó aliviada de que no le hubiera dado un derrame nasal. Para disimular y cuidar que no quedara ni una huella en el metal reluciente, agarró un trapo seco y empezó a frotar con fuerza el pecho de la armadura.
De pronto, Cedric le agarró la muñeca con una fuerza que la dejó fría.
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