La criada azotada de la casa Calley - 86
「Cedric, ¿estás en tu cuarto?」
Era Silvia.
Cedric le hizo una seña a Sheila para que no se levantara, él mismo fue a abrir. Con un gesto le indicó: ‘Tú quédate ahí y termina tu lonche’. Caminó a paso firme y abrió la puerta.
「¿Qué pasó?」
「Tengo que hablar contigo. ¿Tienes un minuto?」
Silvia ni esperó a que la invitaran a pasar; entró como Pedro por su casa. Y ahí la vio: a Sheila, parada toda nerviosa al costado de la mesa. A pesar de que Cedric le había dicho que siguiera comiendo, ella se había puesto de pie al toque.
Silvia se dirigió a ella:
—Sheila, ¿nos dejas un momento a solas, por favor?
—Sí, señorita.
Sheila respondió al segundo, sin darle tiempo a Cedric de meter cuchara, salió disparada de la habitación.
Apenas se fue la empleada, Silvia se acercó a la mesa y se sentó exactamente en el lugar donde había estado Sheila. Reconoció al toque el dulce hecho por el pastelero de su país.
「Milhojas… esto lo hizo Marten, ¿no? Me encanta」
Y así, sin más, uno de los milhojas del maestro pastelero extranjero —a quien Cedric trajo ofreciéndole un platal (aunque bueno, el tipo ni lo dudó y empacó sus cosas al toque)— desapareció en la boca de Silvia.
「Mmm, definitivamente está buenazo」
Aunque podía mandar a pedir más dulces y ya, Cedric estaba de un humor de perros. Para ser exactos, se amargó desde el momento en que vio a Sheila salir como si la estuvieran botando.
「Dijiste que tenías algo que decirme」
A pesar de que no le caía mal Silvia, las palabras le salieron bien frías. Cedric se sintió un poco tonto por ponerse emocional por una sonsera y se acercó a ella. Entonces, Silvia lo miró con ojos brillantes y le dijo:
「¿Tienes un cenicero por ahí?」
Cedric, sin decir ni pío, le trajo uno y lo puso frente a ella. Silvia sacó un cigarrillo que traía en su estuche y se lo puso en los labios. Él ya sabía que ella tenía la costumbre de fumarse uno o dos al día.
Ella prendió el cigarro, le dio una calada profunda y soltó el humo blanco antes de hablar:
「Cedric, creo que te amo」
Silvia se corrigió de inmediato.
「No, te amo. Lo digo en serio, Cedric」
「¿Amor?」
Cedric soltó una risita burlona. No se tomaba en serio la declaración de su compañera de juegos. Para él, que un ‘sumiso’ crea que ama a su ‘amo’ era simplemente parte de la fantasía del juego.
Además, Silvia era ‘versátil’ (o switch). O sea, tenía tanto el lado dominante como el sumiso, cambiaba según le diera la gana. Obviamente, con Cedric, que era dominante hasta la médula, ella siempre hacía el papel de sumisa. Pero eso significaba que él nunca podría satisfacer su otro lado, el de mandar.
「Alex me dijo que este tipo de relación puede evolucionar y convertirse en amor de verdad」
Silvia incluso mencionó a Alex, el tipo que la metió en este mundillo. Pero, más allá de eso, el simple hecho de escuchar la palabra ‘amor’ hacía que Cedric quisiera matarse de risa. Él sabía que el concepto existía, pero era algo que no le cuadraba para nada.
「¿Te ríes? ¿Crees que estoy jugando? No he venido hasta acá por las puras, ¿sabes?」
「¿Y qué? ¿Quieres que te considere como candidata para casarme?」
preguntó Cedric para confirmar.
「Exacto. Tú solo dime qué sí. Puedo darte lo que me pidas」
「Ya lo sé. Sé perfectamente que eres la única hija del poderoso Duque de Stacy. Y por eso mismo sé que tus papás están buscando como locos a un yerno que se mude a su casa para heredar el título」
En Rotas, como tienen una mentalidad mucho más abierta que en Beloyka, las mujeres también podían heredar títulos. Silvia, al ser hija única, era la heredera universal de todo el ducado de los Stacy.
El único sueño de los Duques de Stacy era conseguirse un yerno que fuera ‘buena gente’ y obediente, para que se mudara con ellos y así el apellido no se perdiera. Pero Silvia, fiel a su estilo, mandó todo a rodar diciendo que ella no era ninguna yegua de reproducción y que pasaba de las obligaciones del matrimonio.
Si la cosa hubiera quedado ahí, sus papás quizás habrían respetado su decisión (aunque seguro con la esperanza de que solo fuera una ‘etapa de rebeldía’). Pero Silvia no se quedó callada: les soltó en su cara su orientación SM y les contó con lujo de detalles todo lo que hacía en los clubes.
A los Duques casi les da un patatús. En Rotas la gente es bien suelta para hablar de lo que pasa en la cama incluso con la familia, pero para unos ‘vainillas’ (gente sin fetiches) como sus papás, lo que Silvia les contó fue un shock total.
Si Silvia hubiera sido un poquito más suave para decir las cosas —aunque la verdad ni tenía por qué contarlo, pero ella se moría porque sus papás la aceptaran tal cual era, con sus gustos y todo—, el Duque de Stacy, que tanto dice amar la libertad y los derechos humanos, no la habría tenido encerrada en la mansión por más de un año.
Pero durante ese encierro, Silvia no se quedó de brazos cruzados. Para no hacértela larga: los Duques no pudieron con ella. Silvia se puso tan brava que les dijo que, si no la dejaban vivir su vida —especialmente su vida sexual— en libertad, prefería estar muerta. Al final, sus papás tiraron la toalla y, entre lágrimas, le dijeron: ‘Ya, haz lo que quieras, pero mantente viva’.
Sin embargo, el corazón de Silvia cambió cuando Cedric regresó a su país. Pasó tres meses deprimida y sin rumbo, hasta que se le ocurrió que, si era con Cedric, quizás sí valía la pena ‘amarrarse’ con el matrimonio. De paso, les cumplía el capricho a sus papás, que estaban intensos con el tema.
「Cedric, piénsalo, a ti no te costaría nada. Tienes dos hermanos menores que ya son grandes. Es más, el segundo solo te lleva un año, ¿no? Que él se encargue de todo. Dile que sea él el ‘gran conde’」
Al escuchar eso, a Cedric se le agrió la cara. Sobre todo porque sintió que ella estaba ninguneando el título que le heredó su abuelo. Silvia se dio cuenta al toque y trató de arreglarla:
「¡Ya, ya! Retiro lo de ‘gran’. Tú sabes que no lo decía por tu familia en especial」
Es que Silvia, además de no querer seguir con el linaje del ducado, estaba en contra de todo el sistema de clases sociales. En el club, siempre que podía, se mandaba unos discursos sobre lo absurdo que era dividir a los seres humanos por rangos.
Cedric la conocía bien y sabía por dónde iba, pero para él, eso no pasaba de ser una chiquillada de ‘niña bien’ que nació en cuna de oro. Al fin y al cabo, en esa época, tanto ella como él se la pasaban viviendo la gran vida gastándose la plata de sus familias.
「Silvia, ¿tú me estás hablando de matrimonio? ¿Dónde quedó la señorita Stacy que decía que no quería ser un animal de cría y que prefería la muerte antes que perder su libertad?」
「Eso fue antes de darme cuenta de que te amaba. Cuando uno descubre algo así, es normal que cambie」
「¿Y de verdad crees que te vas a quedar tranquila con un solo hombre?」
「Obvio. Mira, yo seré bien poliamorosa y todo lo que quieras, pero mientras fui tu pareja de juegos, no estuve con nadie más. ¿Ya no te acuerdas?」
「Tú misma lo acabas de decir: eres poliamorosa. Los gustos no cambian así por así, Silvia」
Fiel a su espíritu libre, ella nunca se ponía límites, ni en los juegos ni en la cantidad de parejas. Incluso cuando salía con Marquis, siempre tenía a dos o tres tipos más rondándola. Pero con Cedric fue la excepción; así de tragada estaba por él.
「Claro que se puede cambiar. Eso es el amor」
Silvia se sentía frustrada porque Cedric no la entendía. Para ella, todo se solucionaba si él simplemente aceptaba.
「Además, tus papás también……」
Justo en ese momento, unos golpes en la puerta hicieron que Silvia se callara. Y tal como hizo ella, la persona entró sin esperar el ‘pase’. Era Marquis.
「Hablando del rey de Roma… llegó tu ex」
Cedric se encogió de hombros mirando a Silvia, como diciendo que los dos tenían la misma mala costumbre de entrar sin permiso.
「Como bien dijiste, ‘ex’ pareja de juegos」
Silvia respondió al toque, sin que el comentario le hiciera ni cosquillas. Marquis, al verlos tan metidos en su charla, preguntó:
—¿Estaban hablando de mí?
—No.
—No.
Cedric y Silvia le respondieron al mismo tiempo, cortándolo en seco mientras él se acercaba con su cara de ‘yo no fui’.
—Qué pesados…
murmuró Marquis haciendo un puchero.
Silvia, viendo que él se acercaba más, le dijo a Cedric casi sin mover los labios y en voz muy bajita:
—’Después la seguimos’.
Cedric no le respondió y se levantó de su sitio. Miró a Marquis y le soltó:
—¿Y tú? ¿Qué haces acá fastidiando en mi cuarto también?
—¿Cómo que qué hago? He venido hasta acá solo para verte a ti.
Al escuchar ese tonito meloso de Marquis, a Cedric le empezó a latir una vena en la frente. Ya le había dicho mil veces que no se le acercara con esas confianzas, pero Marquis es de los que entiende lo que quiere.
Eso sí, tonto no era; para que no lo botaran del cuarto, se acercó rápido a Silvia.
—¡Opa! ¿Hay milhojas?
Con su manazo, Marquis agarró un dulce y se lo mandó a la boca como si nada. El entrecejo de Cedric se volvió a arrugar. En un abrir y cerrar de ojos, el tipo se bajó los tres o cuatro que quedaban.
—Oye, dile a alguien que traigan más de estos, ¿no?
—No hay.
respondió Cedric bien seco.
Ante la respuesta cortante, Marquis dejó de pedir dulces como si nunca le hubieran importado y ahora estiró la mano hacia el neceser de Silvia.
—¿Me invitas uno?
Había visto el cenicero sobre la mesa.
—No, qué asco, dejas todo oliendo a humo.
le dijo Silvia, que a pesar de ser fumadora, odia el olor del cigarro ajeno, le arrebató su bolsito de un tirón.
—¿Se han puesto de acuerdo los dos para fregarme hoy día, o qué?
Para evitar que Marquis siguiera hablando tonterías, Cedric se acercó a su vitrina. Sacó una botella de whisky y llamó a un empleado que pasaba por ahí para pedirle que trajera algo de picar ‘para el Príncipe Heredero’.
De paso, con eso dejaba claro que estaba ocupado con el Príncipe, así que al menos hasta la ceremonia de la tarde nadie se atrevería a venir a molestarlo.
Cuando Cedric se sentó con ellos, Marquis sirvió el whisky en tres vasos con una destreza de barman.
—¿Y qué? ¿Te vas a quedar solo hasta mañana para ver el nombramiento de Cedric y de ahí te regresas a Rotas?
preguntó Marquis a Silvia como quien no quiere la cosa.
—Ya que estoy acá, tengo que quedarme a juerguear un rato más, pues. ¿O no hay nada divertido que hacer por estos lares?
—Algo divertido, ¿eh?… déjame pensar…
Marquis, después de darle vueltas al asunto, soltó:
—He levantado un casino en una zona llamada Broden, ¿se apuntan? No queda muy lejos de acá. Cedric, tú ya sabes de qué hablo, ¿no? El ‘Peace Valley’.
El casino, que le habían puesto ese nombre tan tranquilo de ‘Peace Valley’ (Valle de la Paz), era el primer centro de apuestas de propiedad real en todo Beloyka, un país donde los juegos de azar estaban prohibidísimos.
La idea de fundar el Peace Valley salió de la cabeza de Marquis, quien después de vivir años en el extranjero y graduarse con honores en la Academia, regresó con planes ambiciosos.
—Sí, algo sé. ¿No estaba por inaugurarse?
preguntó Cedric. La última vez que lo mencionó en las tutorías de Judith, todavía no había una fecha fija, solo se sabía que faltaba poco.
Marquis respondió:
—Es mañana.
—¿Ah, sí?
—Sí, yo mismo hice que coincida con la fecha de tu nombramiento.
Al escuchar eso, Cedric, que estaba escuchando sin darle mucha importancia, se quedó frío con una cara de ‘no te lo puedo creer’. La que soltó una carcajada estrepitosa fue Silvia, que estaba sentada a su lado.
—¡Jajajaja! ¿En serio? ¿Había necesidad?
—Es que así es más fácil de recordar, pues.
respondió Marquis con una lógica tan simple que daba risa.
Cedric estaba tan indignado por la tontería que se le quitaron hasta las ganas de responderle. Al ver que Silvia no paraba de reírse, Marquis se emocionó y se fue de avance:
—Como es zona minera, el sitio es medio campo, pero la parte donde está el casino va a ser puro lujo. ¡Las instalaciones han quedado de locos! La verdad es que ni yo he podido ir todavía por venir hasta acá, pero…
Y así siguió Marquis, rajándose con los elogios hacia su proyecto, ya que él se había encargado desde la idea inicial hasta el diseño de la infraestructura. Silvia, que lo escuchaba interesada, miró a Cedric:
—¿Te apuntas, Cedric? ¿Vamos?
—Paso. Como es solo para extranjeros, anda tú y gástate tu plata allá.
A ver, si iba con Marquis, que era el que supervisaba todo, Cedric no habría tenido problemas para entrar, pero la verdad es que los casinos no le llamaban la atención para nada. Además, se suponía que el local era estrictamente para extranjeros; la idea era recuperar la plata que se les pagaba a los trabajadores de afuera para que no se lleven las divisas del país.
De paso, la corona llenaba sus arcas: un negocio redondo. Y si lograban desplumar a la familia Stacy, los más millonarios de Rotas, ya sería el premio mayor.
—¿Qué hablas? Al final decidimos que los nacionales también pueden entrar.
Ante ese comentario tan fresco de Marquis, Cedric, que había estado indiferente todo el tiempo, levantó una ceja, sorprendido y preocupado a la vez.
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