La criada azotada de la casa Calley - 85
Cuando Cedric se fue siguiendo a la empleada de Eloise, Sheila, que no podía quedarse tranquila, se fue al cuarto de Silvia para ver cómo iban las cosas.
—Señorita, ¿necesita que le ayude en algo?
—No, nada.
respondió Silvia de lo más fresca.
Silvia era de las que prefería hacer sus cosas sola y, además, Sheila ya le había dejado listo el vestido para la fiesta de la noche. Al ver que Sheila estaba como nerviosa, Silvia añadió:
—Solo ayúdame con el vestido antes del banquete. Esos vestidos de gala son un dolor de cabeza para ponérselos una sola.
—Claro que sí, señorita.
respondió Sheila con toda la disposición del mundo, aunque Silvia notaba que su empleada estaba ‘rara’, no era la de siempre.
—Oye, ¿y Cedric qué está haciendo?
—¿Ah?
Sheila se asustó más de la cuenta, pero reaccionó rápido.
—Está reunido con una visita.
—No será la señorita Eloise Vivarini, ¿no?
—Este… bueno, sí, es ella.
Ante la respuesta dudosa de Sheila, Silvia murmuró para sus adentros:
—Vaya, me ganaron por puesta de mano.
Luego, volvió a mirar a Sheila con una sonrisa y le dijo:
—Ya, no te preocupes, anda sigue con lo tuyo.
Sheila salió del cuarto y, como no le quedaba otra, regresó a la habitación de Cedric. Como Rufus, el secretario de Cedric, se la pasaba de aquí para allá atendiendo gente por el evento, el cuarto estaba vacío.
Sheila agarró un trapo limpio. Iba a terminar de limpiar lo que dejó a medias antes de ayudar a Cedric a cambiarse, pero justo en ese momento trajeron el lonche.
Incluso con todo el ajetreo de los eventos, el refrigerio siempre llegaba a su cuarto a la misma hora, Sheila siempre lo acompañaba. Básicamente, ella era el ‘equipo de limpieza de sobras’, porque él era bien remilgado para comer y casi siempre dejaba todo.
Sheila puso la bandeja en la mesa y se quedó pensando si el té se iba a enfriar, pero Cedric apareció antes de lo esperado. Él la vio ahí parada frente a la comida y le dijo:
—¿Por qué no has empezado a comer?
—¿Eh…? Pero si esto es suyo, joven conde…
—Ya, no empieces. Siéntate.
le cortó él, como si ya supiera lo que ella iba a decir.
Sheila seguía sin sentarse. Es verdad que después de ‘aquello’, él siempre se preocupaba por darle de comer, pero este lonche era exclusivo para él. Lo normal era que él comiera, dejara algo y ella terminara con las sobras…
—Igual no me lo voy a terminar todo, así que siéntate de una vez.
insistió Cedric, leyéndole el pensamiento otra vez.
Recién ahí, Sheila se sentó frente a él. Cedric le dio un mordisco al milhojas de Marten que habían traído. Al probarlo, pensó que ese sabor y esa textura le iban a encantar a Sheila. Se enjuagó la boca con un poco de agua en vez del té y le ordenó:
—Cómete el resto tú.
Aunque él andaba medio apurado hoy, Sheila solo asintió con un ‘está bien’ y se llevó el milhojas a la boca.
Las capas de hojaldre bien horneadas se deshicieron con un crocante delicioso en su boca. La cremita de limón, ácida y fresca, no empalagaba para nada y combinaba perfecto. A Sheila hasta le brillaron los ojos de color castaño claro al probar semejante delicia.
Sin darse cuenta, se cruzó de brazos y empezó a asentir con la cabeza, disfrutando cada bocado.
‘Qué rico está esto’, pensó.
Unas migajitas del hojaldre se quedaron pegadas en sus labios suaves. Cedric se quedó mirándola fijamente mientras ella disfrutaba del postre. Miraba cómo movía los labios al masticar, su naricita respingada en medio de su cara pequeñita, su piel blanca y transparente que siempre delataba lo que estaba sintiendo.
Definitivamente, haber traído y contratado a un pastelero de Rotas solo porque vio que a ella le gustaban esos dulces, había sido una excelente inversión. Solo por verla así todos los días, valía la pena.
Para una mujer que seguro nunca pudo comprarse ni un caramelo por ahorrar plata, todo esto debía ser un mundo nuevo.
A diferencia de él, que no pasaba los dulces, a Sheila le encantaban.
Por eso, le había pedido a Marten que preparara cosas bien dulces, pero se dio cuenta de que Sheila no comía mucho si el postre era puro azúcar. A las quinientas picaba uno o dos y ahí lo dejaba. O sea, no porque fuera dulce significaba que le iba a gustar cualquier cosa.
Después de eso, mandó a pedir postres con diferentes texturas y un dulce más equilibrado, recién ahí ella empezó a comer con ganas, como un pajarito.
Cedric siempre probaba aunque sea un bocado de cada postre. Lo hacía para tantear qué tanto le gustaba a ella.
Y bueno, hacía lo mismo cuando estaban en la cama. Cedric la observaba y la analizaba al detalle para ver cómo reaccionaba su cuerpo, en qué punto se excitaba hasta perder la cabeza y cómo cambiaban sus gemidos según el nivel de placer.
Ver a esa mujer, que parecía un malvavisco blanco y suavecito, comiendo dulces que se le parecían tanto, hizo que el mal humor de Cedric se terminara de derretir por completo.
Sheila sintió que él no le quitaba la vista de encima y, un poco palteada, le preguntó:
—Está rico… ¿de verdad ya no va a comer más?
—Come tú, tranquila.
respondió Cedric con un tono cariñoso.
Ese cambio de actitud, comparado a cómo había salido del cuarto hace un rato, hizo que a Sheila se le hiciera un nudo en la garganta.
‘¿Le habrá ido bien en su charla con la señorita Eloise?’, pensó.
A pesar de que él la animaba a seguir, Sheila agarró otro dulce pero ya se le había quitado el hambre por completo.
—¿Cómo se llama este de acá?
preguntó ella para cambiar de tema.
—Milhojas.
—Está riquísimo, de verdad.
Y era cierto, estaba buenazo, pero no entendía por qué de pronto sentía que la comida no le pasaba. Era rarísimo. Ella no es que fuera una glotona, pero siempre comía con gusto y nunca se le había cerrado el estómago así…
No sabía bien por qué, pero Sheila no quería que Cedric se diera cuenta de que se sentía así. Por eso, en vez de seguir comiendo, buscó algo que decir y se le vino una pregunta a la mente:
—Joven conde, ¿le puedo hacer una pregunta sobre el idioma de Rotas?
—¿Una sola?
reaccionó él, con una cara como diciendo ‘¿me estás hablando en serio?’.
Sheila se achicó en su sitio al toque. La verdad es que, aunque tuviera dudas sobre las clases que recibía Judith, ella nunca preguntaba nada. Sabía que ese tiempo era para la señorita, no para ella.
Pensó que tal vez se había pasado de confianza: una simple empleada escuchando las clases de su ama —que bueno, no es que estuviera de sapa, sino que tiene oídos y escucha— y encima queriendo hacer preguntas… Quizás sí se estaba desubicando.
Pero, desde que se volvió su asistente personal, él le había dado libros de su nivel y la animaba a leer. Por eso pensó que no habría problema en preguntar…
—Perdón…….
Sheila estaba por soltar esa disculpa con voz de ratón, cuando Cedric la interrumpió:
—¿O sea que solo tienes una duda? Se nota que ya te sabes todo lo demás, entonces.
¡Asu…! ¿Y quién había dicho eso?
Era obvio que no le estaba reclamando por desubicada o por preguntona, pero ella no entendía por qué siempre tenía que hablarle de esa forma tan pesada. Cedric, al ver que Sheila ponía una cara de pocos amigos, carraspeó un poco —ehem, ehem— y preguntó:
—Ya, dime, ¿qué es lo que no entiendes?
Ante su pregunta tan directa, Sheila sacó valor de donde no tenía y soltó:
—El otro día vi la palabra ‘empleada’, pero no estoy segura de cómo se pronuncia exactamente.
Resulta que Beloyka y Rotas, al ser países vecinos, usaban las mismas letras. Pero como cada lugar tiene su propia chispa, la forma de escribir y hablar cambiaba.
Si uno estudia seguido, con el tiempo le agarra el hilo a esas diferencias sin que nadie se las explique, pero al comienzo es tranca saber cómo suena una palabra solo con leerla. Y más allá de la pronunciación, está el dejo, el tonito que le ponen los de allá; si no lo escuchas en vivo, es casi imposible que te salga igual.
「Empleada」
「Empleada」
Cedric pronunció la palabra clarito y sin hacerse de rogar, Sheila lo repitió al toque como un papagayo, imitando su entonación a la perfección.
—Exacto. ¿Alguna otra duda?
Con esa confianza, Sheila aprovechó para soltar varias preguntas que tenía guardadas hace tiempo.
—Esa letra no suena, es muda. En nuestro idioma también pasa a veces que escribimos algo pero no lo pronunciamos, pero en el idioma de Rotas hay un montón de letras mudas. Lo mejor es que te las aprendas cada vez que te cruces con una.
Él solo le explicó un par de cosas, pero Sheila sintió un alivio tremendo, como si se hubiera sacado un peso de encima. Cedric, como queriendo arreglar su pesadez de hace un rato, añadió:
—El hecho de que tengas preguntas es la prueba de que ya sabes más. El que no sabe nada, ni siquiera sabe qué preguntar.
Al escuchar eso, a Sheila se le pasó al toque lo ‘caído de la antena’ que le había parecido Cedric hace un momento y empezó a lanzarle miradas de pura admiración.
—Así que, si no entiendes algo, no te paltees y pregunta nomás. El conocimiento es poder, lo que tienes en la cabeza es un activo que nadie te puede quitar.
Aunque era el típico consejo que te da un profe o un papá, Sheila, que es transparente como un vidrio limpio, no pudo ocultar lo conmovida que estaba.
Parecía que Cedric hubiera estado esperando este momento; le gustaba que ella le preguntara cosas. Según lo que él había investigado, Sheila no tuvo oportunidad de estudiar; recién aprendió a leer y escribir a los quince años cuando trabajaba en una bodega. Después de perder a su papá en la explosión de la mina y de que su hermana se casara, terminó trabajando ahí hasta que, por un conocido, llegó a esta casa como empleada.
Y la verdad es que Sheila le sacaba el jugo a lo poquito que sabía. Solo con ver cómo llevaba ella misma los registros de la casa, uno se daba cuenta.
Además, de tanto escuchar las clases de Silvia y de hacerle las tareas (porque le hacía el favor de escribir por ella), Sheila había mejorado un montón. En realidad, ya era mejor que la propia Silvia. Cedric se había dado cuenta de eso cada vez que veía a Sheila aguantarse las ganas de dar la respuesta correcta o cuando veía cómo ella marcaba los errores en el papel antes de que él mismo dijera que algo estaba mal.
Si ella aprendía a leer bien, pensaba él, nadie le iba a meter el cuento con contratos raros en el futuro. Por eso le daba libros; porque quería que esta mujer, que había tenido una suerte bien piña en la vida, pudiera vivir tranquila de ahora en adelante sin tener que cruzarse con tipos como él.
—Sigue comiendo.
—Ya…
respondió ella bajito.
Sheila agarró lo que quedaba del milhojas (que era medio pedazo que entraba de un bocado) y le dio un mordisquito chiquitito. Cedric no podía dejar de mirar las migajas que caían en sus labios.
Justo en ese momento, alguien tocó la puerta.
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