La criada azotada de la casa Calley - 82
Los pasos de Eloise se dirigieron con firmeza hacia Cedric, la gente, como si les hubieran clavado los pies al piso, se quedó tiesa observándolos.
—Joven conde Cedric, su vestimenta tradicional es realmente impresionante.
Lo que Cedric llevaba puesto era un abrigo de diseño clásico con hombreras bastante exageradas. La tela de fondo era de un negro sobrio, pero encima resaltaba un enorme bordado dorado. Además, entre los hilos de oro se entrelazaban detalles en rojo, dándole una fastuosidad que no tenía nombre.
Con tanta parafernalia, cualquiera hubiera dado la impresión de que la ropa se lo estaba ‘comiendo’, pero las facciones de Cedric, talladas a mano, lucían el atuendo a la perfección.
—El vestido de su señoría también es muy hermoso.
—Gracias.
Ya habían intercambiado los saludos de cortesía, así que era el momento de invitar a bailar. Sin embargo, ninguno de los dos dio el primer paso. Una tensión palpable flotaba entre ellos.
Alfonso, que estaba parado al lado de Cedric, sentía unas ganas locas de ser él quien la invitara al baile de una vez. Por suerte, antes de que Eloise pasara un desplante después de haberse acercado, Cedric le tendió la mano.
—¿Me concede esta pieza?
Recién ahí, los que los miraban con nerviosismo pudieron soltar el aire. Recién se daban cuenta de que habían estado aguantando la respiración.
Cuando Cedric y Eloise salieron al centro del Gran Salón, varias parejas se formaron alrededor de ellos. Una vez que todos estuvieron alineados, el director levantó y bajó su batuta. La primera pieza para abrir el evento fue una melodía alegre y rítmica. En la pista, los nobles hacían gala de sus mejores pasos, pulidos tras mucha práctica. Cedric y Eloise también se lucieron, bailando con una fluidez que demostraba su buena educación.
—Baila usted de maravilla.
—Exagera con sus halagos.
Cedric, que guiaba el baile con destreza, respondió cortante al cumplido de Eloise.
‘Me imaginé que sería un tipo arrogante, no me equivoqué’.
Eloise no podía leer ni una sola emoción en la mirada o en los gestos de Cedric. Era lo mismo que había sentido desde que se conocieron ayer. Por lo general, la gente solía mostrarle una amabilidad básica; después de todo, ella lo tenía todo: un trasfondo familiar pesadazo, una belleza increíble y esa elegancia que le venía de cuna.
Pero con Cedric era distinto. La expresión del hombre mientras halagaba su vestido hace un momento no fue más que pura formalidad. Si bien uno podría pensar que es por ser el hijo de una familia de condes de rancio abolengo, eso no explicaba la confianza y amabilidad que Alfonso, siendo de la misma familia, le había mostrado.
¿Qué clase de mujer haría reaccionar a este hombre tan soberbio?
A Eloise se le pasó por la cabeza que, de repente, él no reaccionaba así ante ninguna mujer. Como era el próximo conde, ella ya se había resignado a que más adelante él pudiera tener sus ‘aventuras’ por ahí, pero… Cedric no solo parecía no tener interés en ninguna mujer, sino que emanaba un aura que hacía difícil que alguien se le acercara primero.
Para Eloise, que planeaba ser su esposa, el hecho de que a él no se le pegaran otras mujeres fácilmente era una ventaja que no podía ignorar. Aunque, claro, hubiera sido mejor si al menos por ella mostrara algo de interés.
‘Igual, este no es un matrimonio por amor’.
Tratando de calmar ese sinsabor, Eloise recordó a su hermana mayor, que se casó con una familia poderosa, a su segunda hermana, que terminó en un lugar menos importante. Aunque venía de una familia de marqueses, Eloise era la séptima de nueve hermanos, así que no tenía muchas opciones para elegir.
Hacía poco, Maximo —quien se había reunido aparte con el conde Bernard cuando este visitó el marquesado— le dijo a su hija que esta vez tenía que asegurar a Cedric sí o sí. Eloise, que prefería meterse a un convento antes que casarse con cualquier familia de medio pelo, estaba decidida a seguir la voluntad de su padre.
—Mañana quisiera que conversemos en privado.
—Es justo lo que quería.
¿Lo que quería…?
La respuesta que salió de sus labios perfectos fue totalmente inesperada. Y a pesar de lo que dijo, su cara no mostraba ni un poquito de ganas de pasar tiempo con ella, lo que dejó a Eloise sin saber cómo reaccionar.
—Ah… ya veo. Mándeme a decir a qué hora está libre y le enviaré a mi mucama.
—¿Le parece bien a las dos de la tarde?
—Está bien.
Tras cerrar el compromiso, el hombre no volvió a abrir la boca. Eloise, sintiéndose algo ansiosa, se mordisqueó los labios una y otra vez mientras bailaban. Como estaba en plena pista, no podía descargarse morderse las uñas.
Al terminar la pieza, tras hacer una reverencia formal a sus respectivas parejas, hombres y mujeres cambiaron de compañero para seguir bailando.
A diferencia de Eloise, que se había retirado del centro de la pista tras el primer baile, Cedric ya estaba ‘atrapado’ por Silvia, quien se le acercó en un abrir y cerrar de ojos. La segunda canción también era un tema movido. Para mantener el ambiente arriba, lo más probable era que siguieran varias piezas rítmicas más.
—¿Te enteraste de que el maestro pastelero Martin está aquí?
preguntó Silvia, mientras seguía el paso con total soltura, bien pegada a él.
Era su segundo día en el lugar. Silvia había reconocido en el banquete unos postres que le resultaban familiares; supo al toque que eran los platos bandera de Martin, el famoso repostero.
Ante su pregunta, Cedric respondió escuetamente:
—Sí.
—¿’Sí’? ¿Eso es todo?
Silvia soltó una risita burlona ante la parquedad del hombre
—Desde cuándo te gustan a ti los postres. Si tú detestas el dulce.
Traer a un pastelero extranjero de tanto renombre no debió salir nada barato. Más allá de que él tuviera la plata para hacerlo, a Silvia le picaba la curiosidad de saber por qué gastaría tanto dinero en algo que ni siquiera era de su agrado.
—Tampoco es que seas el tipo más cariñoso del mundo como para traerlo solo por tu familia.
Silvia se jactaba de conocerlo bien. Era lógico, después de haber sido amigos y socios por años. El único familiar por el que él hablaba con afecto era el difunto anterior conde Kalei. Al resto los trataba como ‘esos parientes pesados con los que tengo que lidiar solo porque compartimos la sangre’.
—¿Y eso qué importa ahora?
No entendía por qué Silvia se ponía a cuestionar eso en pleno baile, la verdad, sentía que ni valía la pena responderle. Silvia, ante su pregunta, achinó los ojos con una sonrisa.
—Bueno, en verdad no importa nada. Lo que cuenta es que estás aquí frente a mí y que estamos bailando juntos.
Sea cual fuera la razón, Silvia estaba de buen humor. Para ella, significaba que Cedric —ya fuera por él o por su familia— no había podido olvidar los postres de Rotas y por eso terminó contratando al pastelero. Que se hiciera el rudo a pesar de eso le parecía hasta tierno, considerando que ella era mayor que él.
Sheila, por su parte, observaba a Cedric mientras él ya iba por su segunda pieza de baile. No sabía ni cómo explicar lo que sentía…
No era decepción. Después de todo, ellos vivían en mundos totalmente distintos. Quizás, si ella hubiera sabido bailar y él hubiera elegido a otra noble en su lugar, se habría sentido diferente. Pero Sheila no era más que una simple empleada que jamás había recibido clases de baile ni pisado una pista.
Por eso, ver de lejos cómo bailaba le parecía simplemente increíble. Se veía tan apuesto que los momentos que había pasado con él empezaban a parecerle una mentira, algo fuera de la realidad.
‘No habrá clases durante la semana de la ceremonia de nombramiento. Pero eso no significa que se la pasen de vagos todo el tiempo. No se descuiden y repasen lo aprendido para que no se les olvide’.
Era obvio que dictar clases durante esos días iba a ser imposible. Solo con el hecho de que ya no tendría esas tres horas de clase interdiarias —y el castigo de la misma duración que venía después—, Sheila sentía que su horario se había quedado vacío de pronto.
Como llevaba años viviendo a mil por hora, parecía que se había vuelto una adicta al trabajo; cada vez que tenía un rato libre, se ponía súper ansiosa. Últimamente le habían prohibido hacer otras tareas y, como tenía que ahorrar aceite, tampoco podía pasarse las horas tejiendo sola.
Por suerte, ayudar a Silvia, que había venido sin mucama, la mantenía ocupada y evitaba que se sintiera tan vacía. Además, atenderla era hasta divertido, nada que ver con lo que era servir a Judith.
Silvia era una chica alegre y bien franca. Y para colmo, era hermosísima. Sheila siempre se preguntaba si existiría una mujer que estuviera a la altura de un hombre tan pintón como Cedric, pero con la ceremonia se dio cuenta de que sobraban las chicas bellas. No solo Silvia, la amiga de Cedric, sino también Eloise —de quien siempre se habló como su prometida— y todas las demás nobles en edad de casarse; todas eran finísimas y guapas.
Sheila no podía quitarle los ojos de encima al hombre que bailaba con Silvia. ¿Cómo podía ser que un hombre bailara de forma tan hermosa? A veces comparan a las mujeres que bailan con ligereza con mariposas, pero a los ojos de Sheila, el que se veía así era Cedric. Parecía un ángel soberbio que, en primer lugar, ni siquiera pertenecía a este mundo terrenal. Le dio la ilusión de que, en cualquier momento, él saldría volando como una mariposa.
Menos mal que la mirada de Sheila no llamaba la atención, porque no era la única: entre nobles y sirvientes, eran varios los que estaban embobados viendo bailar a la pareja.
Y entre ellos estaba Eloise. Aunque lo suyo no era embobamiento, sino más bien una cara extraña, mezcla de hostilidad y fastidio. Eloise sentía que, cuando esa tal Silvia se llevaba el centro de atención, ella, siendo la hija de un marqués, quedaba como una ‘pobre diabla’. Incluso sentía que la gente miraba con más ganas a Cedric ahora que bailaba con Silvia que cuando bailó con ella.
En eso, una mujer que también los observaba se puso a buscar a alguien a propósito. Su mirada se clavó exactamente en la cara de Eloise. Al hacer contacto visual, la mujer se tapó el rostro con su abanico, pero sus ojos seguían recorriendo la expresión de Eloise de arriba abajo. Era obvio lo que quería: ver qué cara ponía la candidata fija a prometida mientras Cedric bailaba con la princesa extranjera.
Eloise fingió que no pasaba nada y puso su mejor sonrisa de despreocupada. Pero cuando las miradas empezaron a lloverle de todos lados, no aguantó más, dio media vuelta y salió del Gran Salón.
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