La criada azotada de la casa Calley - 81
El príncipe heredero, Marquis Barnum, entró a la mansión del conde a última hora, tal como Cedric se lo había imaginado.
Con la llegada de la princesita del Reino de Rotas y ahora el príncipe heredero, se podía decir que la ceremonia de nombramiento de Cedric ya era un éxito rotundo. El tipo tenía buena percha y una parada bien varonil; todos los que lo veían por primera vez no podían evitar soltar un suspiro de admiración.
Cedric y Silvia, por su parte, soltaron una risita burlona cada uno al ver cómo la gente se dejaba engañar tan fácil por la fachada del príncipe. Mientras tanto, apenas lo vio aparecer, Alfonso marcó su distancia para estar en una zona segura; su cara, que antes se veía relajada, se puso tiesa por los nervios.
Después de todo el alboroto que se armó para rendirle honores al príncipe, Bernard Calley, como anfitrión de la fiesta, se dirigió a los presentes para dar el discurso de bienvenida.
—Agradezco profundamente a tan distinguidas personalidades por haberse tomado la molestia de venir desde tan lejos a este evento de nuestra familia Calley. Ya han pasado varios años desde que mi primogénito, Cedric Calley, alcanzó la mayoría de edad; pero, siguiendo los deseos de mi hijo —quien es siempre tan prudente y sabio—, decidimos postergar su nombramiento como sucesor hasta que terminara sus estudios en el extranjero. No me cabe en el pecho la alegría de poder realizar por fin esta ceremonia. Sobre mi sucesor, Cedric Calley, debo decir que no solo es nieto del anterior conde, Solomon Calley, sino también el hijo mayor de este servidor y de Marissa Calley. Además, es harina del mismo costal que nuestro príncipe heredero Marquis, el orgulloso hijo de su majestad el rey…
Bernard volvió a citar lo que Alfonso le había dicho cuando fue al palacio real.
Se mandó con una presentación larguísima para el príncipe y para Silvia, que habían venido como invitados de Cedric, siguió mencionando uno por uno a los invitados de alto rango, haciendo que el saludo se sintiera eterno.
Luego, se puso a recalcar cuántos espectáculos y presentaciones habían preparado, presumió lo abundante que sería la comida y la bebida para los asistentes.
Recién cuando todos ya estaban al borde del cansancio, Bernard terminó su discurso y, por fin, empezaron los shows de verdad. Era la presentación que marcaba el inicio del primer día del nombramiento.
Todos se pusieron a comer y beber mientras disfrutaban de las piruetas de los malabaristas y las canciones de los artistas. El baile de gala, donde la gente realmente empieza a tantear terreno, hacer contactos y donde los solteros sacan sus mejores armas para el flirteo, recién empezaría a partir del segundo día.
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Después de que terminaron los eventos oficiales que se alargaron hasta la medianoche, Cedric y Silvia se reunieron en la habitación que le habían asignado a Marquis.
—¡Ja, ja, ja! ¿Escucharon cómo nos presentó el conde Bernard hace un rato?
Marquis no paraba de vacilarlos, pero Cedric ni se inmutó; ya se la veía venir. Cuando Bernard soltó eso de que eran ‘harina del mismo costal’, vio clarito cómo Marquis ponía cara de santo pero se le movía la nariz de la risa, aguantándose las ganas de explotar.
—En realidad, eso de ‘nos’ sobra; lo decía por mí, su alteza.
lo cuadró Cedric con total calma. Su tono dejaba claro que no quería que lo metieran en el mismo saco que al príncipe.
—Ya pues, Eric, córtala. No tiene nada de malo. Es su padre, normal que diga esas cosas.
lo sentenció Silvia, lanzándole una mirada de reojo a Marquis por portarse como un chiquillo.
En un segundo, Marquis cerró el pico y su mirada cambió por completo; ahora parecía un corderito degollado. Era esa mirada típica de cuando se ponía en modo ‘subsumiso’.
—Eric, ni se te ocurra. No estamos para juegos ahora.
le advirtió Silvia al toque, leyéndole la mirada.
Marquis puso cara de pena y soltó:
—¿De verdad no se puede? Saben que después de esto va a ser bien difícil que nos volvamos a juntar así.
A diferencia de Silvia, que seguía viviendo su vida loca con total libertad, Marquis y Cedric ya habían regresado a sus puestos de responsabilidad. Especialmente ahora que todo el mundo sabía que Marquis era el príncipe heredero de Veloica, la posibilidad de reunirse como lo hacían antes en el Club Alaina era casi un sueño imposible.
Por eso, Marquis les estaba lanzando una última propuesta, algo que les venía rogando desde que estudiaban afuera: hacer un ‘juego’ entre los tres.
Silvia, aunque le daba cosa, se quedó en su sitio; pero Cedric no aguantó pulgas y se levantó de la silla al toque.
—Deben estar cansados, así que me retiro primero, su alteza.
—¡Ay, de verdad que contigo no se puede!
reclamó Silvia, echándole la culpa a Marquis por la reacción de Cedric.
Entonces, Marquis recuperó su tono de autoridad:
—Siéntate. Es una orden de tu príncipe.
Esa era su ‘voz de mando’, la que usaba cuando se ponía la máscara de heredero al trono.
Cedric, que seguía de pie, lo miró desde arriba con una cara de ‘no me hagas reír’. Ante esa mirada, Marquis se achicó al toque, mandó su máscara al desvío y dijo todo piconazo:
—Ya, bueno… al menos cuando estemos solos háblame con confianza. Eso sí es una orden de verdad.
—Ya, ya, está bien
intervino Silvia para calmar las aguas
—Pero una sola estupidez más y ahí sí se acabó todo, ¿estamos?
Cedric le lanzó la última advertencia a Marquis y se volvió a sentar. Básicamente le dijo que, si volvía a proponer ese jueguito, ni siquiera quedarían como amigos. Marquis, caballero nomás, aceptó, aunque se quedó con las ganas.
Para ser exactos, ellos tres estaban unidos por una relación de ‘compañeros de juego’.
Mucho antes de ser príncipe, Marquis estudiaba en el extranjero usando el nombre de Eric. Como era bien aplicado, adelantó ciclos y entró a la Academia el mismo año que Silvia, que era un año mayor que él.
Pero donde realmente se conocieron no fue en los salones, sino en el Club Alaina. No pasó mucho tiempo para que se volvieran pareja de juego: Marquis, que es masoquista de pura cepa, hacía de ‘subsumiso’, Silvia, que maneja un estilo de juego bien libre, era la ‘ama’.
Esa relación iba viento en popa hasta que los padres de Silvia, los duques de Stacy, la encerraron en su casa. Después de un año de pelear a muerte por su libertad, ella logró que la soltaran y volvió a la Academia justo cuando Cedric Calley llegaba a estudiar. Para colmo, en el Club Alaina, Cedric ya era el rey absoluto.
Como Marquis se había estado divirtiendo con otras mientras ella no estaba, Silvia no perdió el tiempo y se lanzó a la conquista de Cedric.
A pesar de que ella solía mandar, con Cedric —que emana ese aire de ‘dominante’ por todos los poros— decidió voluntariamente ponerse en el papel de subsumisa. Las inclinaciones de cada uno pueden ser variadas, no siempre uno se queda en un solo bando.
Hay gente que tiene ambos lados: dominante y sumiso, o sádico y masoquista. Silvia era uno de esos casos.
Mientras veía cómo Cedric dominaba a Marquis con una sola palabra, Silvia reafirmó su decisión al ver lo firme que era él. Estaba convencida de que, si era con un hombre como él, podría vivir toda la vida como su fiel sumisa…
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—Señorita, de verdad que ha traído poquísima ropa.
Sheila, que estaba revisando el armario de Silvia antes del gran baile de la noche, lo dijo como si no pudiera creerlo. Judith, que era una loca por la ropa, se cambiaba varias veces al día aunque no hubiera ninguna fiesta. Además, era tan caprichosa que, a estas horas, Molly y Anne debían estar con la lengua afuera de tanto atenderla con sus vestidos.
—¿Ah, sí? ¿Me pasé de sencilla?
respondió Silvia algo preocupada.
Desde el saque, su plan para este viaje era no traer ninguna empleada, por eso aligeró el equipaje. Como hija única de un duque, Silvia creció con todos los lujos posibles, pero durante el tiempo que estuvo encerrada por sus padres —y muy a pesar de lo que ellos querían— se volvió mucho más independiente. Se dio cuenta de lo tonto que era ser una ‘noble damisela’ que, teniendo manos y pies sanos, no podía ni ponerse un vestido por su cuenta.
Aun así, era la primera vez que Silvia viajaba a otro país sin ni una sola asistente. Lo que ella no calculó fue que, aunque no tuviera una dama de compañía personal, siempre había un montón de gente a su alrededor haciendo de todo por ella. O sea, por más que supiera arreglárselas sola en lo principal, hacerse cargo de cada detalle y de toda la logística de su entorno era otra voz.
Por suerte, gracias a la atención del conde, contaba con la ayuda de Sheila, una muchacha que le cayó a pelo y que la estaba apoyando en todo.
—No, para nada. Toda su ropa es de primera y ha traído los accesorios precisos. Se lo firmo: en esta fiesta no habrá nadie más churra que usted.
La chica era mosca y sabía hablar bonito.
—Solo confíe en mí, señorita. Si jugamos con los accesorios, podemos hacer que un solo vestido parezca varios distintos.
Sheila empezó a combinar las prendas y joyas de Silvia, armando todo un plan sobre cómo la iba a producir durante los días que durara el nombramiento. Después de pensarlo bien, le mostró el vestido y los complementos elegidos para hoy.
—¿Qué le parece esto para el baile de la noche? Cuando esté bailando, la caída del vestido y este chal se van a mover así, bien ligeritos… se va a ver hermosa.
—Me encanta
respondió Silvia de buen humor. Le gustaba el ojo y el buen gusto de la muchacha.
—Ven un ratito, Sheila.
Silvia agarró el clutch que había dejado sobre la mesa de noche. Como en Rotas se acostumbra mucho dar propina, ella ya se había hecho el hábito de cargar siempre con varias monedas.
—¡Ay, no! No, señorita, no se preocupe. Si ya me dio hace un rato.
Silvia ya le había soltado su propina cuando arregló la cama en la mañana y también cuando la atendió con la comida ligera.
—Eso fue por lo otro, esto es aparte.
Como Sheila todavía dudaba, Silvia insistió:
—Ya pues, que me duele el brazo. ¿Quién rechaza una propina? No me hagas pasar roche.
A Sheila no le quedó otra que dejar de hacerse de rogar y aceptó el dinero.
—Muchas gracias, señorita.
Sheila pensó que se estaba pasando de abusiva recibiendo tanta plata de una señorita tan generosa y de buen corazón; pero, por otro lado, se le prendió la chispa de atenderla con más ganas que nunca.
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Al caer la noche, Bernard arrancó con uno de esos discursos eternos para inaugurar el banquete. Sus palabras tenían esa típica maña suya: eran larguísimas y no llegaban a ningún punto concreto.
Marissa hacía lo imposible por disimular el tic en su frente, manteniendo una sonrisa más falsa que billete de treinta; Allen, por su parte, andaba en las nubes descaradamente, Judith no paraba de bostezar una y otra vez.
Lo bueno fue que la mayoría de los invitados ni les prestaban atención; casi todas las miradas estaban fijas en el protagonista, Cedric, en Alfonso, que se había convertido en un joven bien plantado.
Como era un baile de gala, las mentes de las jovencitas solteras estaban a mil, llenas de ilusión por saber con quién les tocaría bailar. Y, lógicamente, los hijos del anfitrión, Cedric y Alfonso, eran los candidatos fijos en el puesto 1 y 2 de la lista de deseos de todas.
Por fin, después de tanto floro, el discurso terminó y el baile dio inicio oficialmente.
Toda la atención se volcó sobre Cedric. Como lo normal era que el hombre sacara a bailar a la mujer, todos estaban en ascuas por ver a quién elegiría él para la primera pieza de la noche.
Sin embargo, en medio de toda esa expectativa, la que dio el primer paso no fue Cedric, sino Eloise Vivarini.
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