La criada azotada de la casa Calley - 80
—He traído su equipaje, señorita.
Debido a la ceremonia de nombramiento, todos los empleados de la familia Kalley estaban en estado de emergencia. Es decir, tenían órdenes de priorizar todo lo relacionado con el evento y asegurar que los invitados no tuvieran ni el más mínimo inconveniente. El mayordomo, tras recibir las maletas de manos del cochero, designó a Sheila —la sirvienta personal de Cedric— para que las subiera a la habitación.
Como Silvia no había traído a su propia dama de compañía, su equipaje era relativamente sencillo. Sin embargo, para la contextura delgada de Sheila, las maletas no eran precisamente chicas.
Cedric se quedó mirando a Sheila mientras cargaba el equipaje. Ella mantenía la expresión y la postura de la empleada más profesional del mundo, cumpliendo con su deber al pie de la letra.
—Señorita, si gusta, ¿podría desempacar sus cosas por usted?
preguntó ella dirigiéndose a Silvia, como si Cedric ni siquiera estuviera en el cuarto.
Ah, claro, no es que lo estuviera ignorando de verdad. Al entrar, le había hecho una venia corta. Pero por alguna razón, a Cedric no le cuadraba la situación. Tenía esa sensación de querer buscarle la sinrazón o de fregarla por fregar.
Cedric estuvo a punto de decirle que ya era suficiente y que se retirara, pero Silvia se le adelantó.
—¿Podrías hacer eso? Te lo agradezco mucho. Es que no suelo andar con damas de compañía.
Sheila ya sabía que la señorita no traía escolta, por eso se ofreció. Ante el permiso de Silvia, empezó a organizar la ropa en el armario con una destreza envidiable. Silvia miraba con satisfacción la habilidad de la muchacha.
—Como sea, ya que estás aquí, échale un ojo a Eric. No dejes que haga ninguna tontería.
dijo Cedric, volviendo al tema de Marquis, como si le molestara la forma en que Silvia miraba a su criada.
—¿Y yo por qué? Si he venido para estar contigo, ‘mi amor’.
—Te dije que dejes de decirme así.
—’Esposito’.
—¿Quieres que te bote ahorita mismo?
Al ver la cara de Cedric, que esta vez se puso seria de verdad, Silvia soltó una carcajada estrepitosa.
—Ya, ya, no lo vuelvo a hacer.
Mientras conversaban, Sheila terminó de organizar todo y dejó la maleta vacía junto al ropero. Silvia se le acercó, abrió su bolso y le extendió una moneda de plata.
Sheila abrió los ojos como platos.
—¿Qué pasa? Recíbela, pues.
dijo la hija del Duque de Rotas en un fluido idioma beloico.
A pesar de eso, Sheila dudó. En Beloica no existía la cultura de las propinas, ella no lo había hecho esperando nada a cambio. Pero se acordó de algo que había escuchado en las clases de Judith: que en Rotas las propinas eran ley.
Claro, ellos le pagan su sueldo a sus propios empleados, pero cuando reciben un servicio en otro lado, es normal dar un ‘extra’. Incluso recordó que el monto usual era de unos 3 o 4 reras beloicos. Pero la moneda que le extendía la bondadosa (y guapísima) señorita era de nada menos que 1 denis (12 reras).
Justo cuando la mano de Sheila subía poquito a poco para agarrar ese ofertón, la voz de Cedric soltó una orden seca:
—Quieta ahí.
La mano de Sheila se congeló en el aire.
—No la recibas.
Sheila lo miró con unos ojos de puro resentimiento. En ese instante, Silvia captó una chispa extraña en el ambiente entre esos dos y sus ojos brillaron de curiosidad.
—Cedric, no seas así.
dijo Silvia con el mismo tono alegre de antes.
Incluso con el tono cariñoso de Silvia, Cedric no soltó ni media palabra. Ignorándolo, Silvia se dirigió a la congelada Sheila:
—¿Cómo te llamas?
—… Me llamo Sheila, señorita.
respondió ella con la voz casi inaudible por los nervios.
En todos sus años trabajando como criada, había visto a muchos invitados, pero no era común que un noble le preguntara el nombre a una simple empleada.
—Sheila, recíbela. Te la doy porque me ha gustado mucho cómo has ordenado mis cosas.
—Pero…
Sheila miraba de reojo a Cedric, buscando su aprobación.
—Recíbela.
soltó él a regañadientes.
Apenas Cedric dio el permiso, Sheila estiró la mano al toque. Silvia sonrió al entregarle la moneda, Sheila, usando lo poco que había aprendido en las clases, habló en el idioma de Rotas:
—Muchas gracias, señorita.
Fue una frase cortita, pero al escuchar a la criada hablando su lengua materna, los ojos de Silvia brillaron aún más.
—No es nada.
respondió Silvia con una sonrisa dulce, añadió en el mismo idioma
—Disculpa, ¿podrías traerme una taza de té?
—Sí, señorita.
Al entender el pedido y responder también en su lengua, Sheila salió del cuarto. Silvia no le quitó la vista de encima hasta que cerró la puerta.
—Es bien bonita esa chica. ¿Tú le enseñaste?
—¿Qué cosa?
—Nuestro idioma.
—Era la dama de compañía de Judith. Estuvo presente en todas sus clases.
—¿Y ahora?
preguntó Silvia, notando que hablaba en pasado.
—Ahora es mi sirvienta personal.
—Ooh, ¿conque esas tenemos…?
Por alguna razón, Silvia puso una sonrisa de medio lado, como si hubiera descubierto un secreto. Cedric, sin entender por qué sonreía así, frunció levemente el ceño.
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Bajo la escolta de Alfonso, Eloise llegó finalmente a la habitación donde se hospedaría por los próximos cuatro días. Alfonso no necesitaba revisar ninguna lista; recordaba perfectamente cuál era el cuarto destinado a la tercera hija del Marqués de Vivarini. Después de todo, él mismo se había encargado de elegirlo con pinzas, sabiendo que ella era la candidata más fuerte para convertirse en la prometida de su hermano.
Sin embargo, mientras preparaba este lugar, Alfonso no estuvo del todo tranquilo. Conocía el ‘punto débil’ de Cedric, ese secreto que la noble dama ni se imaginaba del hombre que consideraba su futuro esposo.
Eloise echó un vistazo rápido al tamaño de la habitación, los muebles, la decoración y hasta la vista por la ventana antes de hablar.
—Es una habitación maravillosa. Sé que está muy ocupado, así que le agradezco mucho que me haya acompañado personalmente.
Dijo ella mientras retiraba la mano que descansaba en el brazo de Alfonso. Lo decía porque, al llegar, lo había visto dirigiendo a todos los empleados con mano firme.
Alfonso, sintiendo cómo la mano de Eloise se deslizaba fuera de su brazo, la tomó con delicadeza y depositó un beso suave en el dorso.
—Al contrario, el honor es todo mío, Lady Vivarini.
Eloise, que andaba con el orgullo un poco herido por culpa de esa supuesta ‘amiga’ de Cedric (la princesita de Rotas), sintió que su molestia se derretía ante la amabilidad de Alfonso.
—Escuché que en la casa del Conde había un hijo de mi misma edad, parece que es usted.
—Mil disculpas por la demora en presentarme, mi lady. Soy Alfonso, el segundo hijo de la familia Kalley.
—Eso de ‘lady’ entre nosotros suena un poco anticuado, ¿no cree? Por favor, llámeme solo Eloise.
—Entonces, le pido que usted también me llame Alfonso con total confianza.
A pesar de mantener las etiquetas, ambos intercambiaron chispas de cercanía rápidamente. Sin embargo, no era bien visto que un hombre y una mujer joven se quedaran conversando mucho tiempo dentro de una habitación, por más que la puerta estuviera entreabierta.
—Debo retirarme, todavía tengo cosas pendientes. Si necesita cualquier cosa, no dude en llamarme, señorita Eloise.
—Le agradezco mucho su gentileza, Alfonso.
Al despedirse, Alfonso volvió a rozar el dorso de la mano de ella con sus labios. Al dar media vuelta y dejarla en la habitación, sus pasos delataban que se quedaba con las ganas de seguir conversando.
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Cedric, que había entrado a su cuarto para descansar un toque después de recibir a los invitados, no podía sacarse de la cabeza la imagen de Sheila con los ojos brillándole por el dinero. Y también se acordó de lo que ella le había dicho hace unos días, tratando de jugarle una de sus trampitas.
—Los señores nobles no son de los que se echan para atrás con lo que dicen, ¿verdad? ¿Cómo le dicen a eso…? ¿Caballerosidad? Dicen que los caballeros y nobles de honor siempre cumplen su palabra, ¿no es cierto?
Fiel a su estilo, Sheila no soltaba la firme de frente, sino que le daba mil vueltas al asunto. Como ella decía, el código de caballería era la norma de conducta básica no solo para los guerreros, sino para toda la nobleza desde tiempos antiguos.
Cedric, queriendo ver a dónde quería llegar, le devolvió la pregunta:
—¿Y…?
Al ver que él le prestaba atención, Sheila se puso contenta y siguió:
—El otro día, el joven conde me dijo que, si no era para recibir dinero, que no me pusiera a limpiar cosas que nadie me había mandado.
A lo que se refería la muy pilla era a esa vez, hace ya tiempo, cuando ella quiso limpiar la sala de castigos después de que la sancionaran. Cuando Cedric arqueó una ceja, Sheila se asustó un poquito, pero soltó su declaración como si fuera ley:
—¡Entonces, aceptaré el dinero!
—¿Qué?
—Tal cual usted dijo esa vez, si me da solo un sólido, yo dejo esa sala sin un rastro de polvo, limpiecita…
—Denegado.
Tanto floro me metió para salirme con esto, pensó Cedric.
—¿Eh?
—Que no te voy a mandar a limpiar nada.
—¿Pero por qué?
—Porque no hace falta.
Ante la respuesta de Cedric, las cejas marrones de Sheila se cayeron de pura decepción. El día que ella decidió que ya no aceptaría más dinero a cambio de hacerse la de la vista gorda con la leche aguada, Sam, del rancho Viehaver, buscó a Rufus para contarle todo el chisme. Y, por supuesto, la noticia llegó rápido a oídos de Cedric.
‘¿O sea que, como te corté todos tus otros recurseos, ahora quieres sacar plata limpiando la sala de castigos?’, pensó él. A pesar de haberle soltado 50 sólidos al gremio la vez pasada, Sheila seguía viviendo de la forma más misia posible.
Cedric ya se había enterado de algunas cosas por las cartas que llegaban desde Broden, el pueblo de Sheila. Sabía que su hermano, un tal Fred, era un completo desperdicio de gente que vivía de forma libertina. El tipo no tenía un trabajo decente y se la pasaba de bar en bar. Pero lo suyo no era tanto el trago, sino las apuestas de mala muerte que se armaban en esos sitios.
Decían que el tipo vivía para el juego: si ganaba, tomaba de alegría; y si perdía, tomaba para ahogar las penas. Al final, el resultado era el mismo: juerga diaria. Y como era de esperarse, perdía muchísimas más veces de las que ganaba.
Pero, ¿qué tanto tenía que ver la vagancia de ese hermano con que Sheila estuviera tan desesperada por la plata? Según los libros de cuentas de ella, el 90% de su sueldo se lo mandaba a su hermano, pero eso era todo. El resto de su dinero terminaba siempre en el gremio.
Era obvio que estaba ahorrando plata a escondidas de su hermano el vago, pero Cedric sentía que había algo que se le estaba escapando. Era su instinto. Con esa espina clavada, todavía no se atrevía a dar un paso en falso.
—Maldita sea esta ceremonia de nombramiento…
Aunque era un evento que él mismo había estado esperando, ahora sentía que la ceremonia no era más que un tremendo estorbo.
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