La criada azotada de la casa Calley - 79
Ya el calor sofocante estaba bajando la guardia y empezaba a correr ese vientecito fresco de mañana y tarde. Si pensabas en los banquetes que se venían por cuatro noches seguidas, el clima no podía estar más ‘en su punto’.
Las puertas de la mansión Calley se abrieron de par en par y los carruajes de los invitados empezaron a llegar uno tras otro. La familia, que se había matado organizando todo, ahora andaba más apurada que nunca atendiendo a la gente.
Bernard y Marissa Calley salieron al salón principal recontra fichos para recibir a las visitas, teniendo por delante, como tiene que ser, a Cedric, el protagonista del evento.
Y la verdad que la ‘percha’ de Cedric hoy estaba haciendo su chamba al cien por ciento. Para esta ocasión, se mandó a hacer doce trajes nuevos, todos con un estilo clásico, llenos de adornos y recontra elegantes. Hasta el peinado le habían cambiado: con más pomada y volumen de lo normal.
No era el estilo moderno y sobrio que a él le gustaba, pero Cedric no dijo ni ‘miau’ y siguió la tradición. Total, uno se convierte en ‘Pequeño Conde’ una sola vez en la vida.
Esta ceremonia era una tradición sagrada para los Calley. En el pasado, a la familia le costaba un mundo tener herederos varones, así que cuando por fin tenían un hijo para el título, armaban un juergón de aquellos para demostrar que la familia seguía firme. En esa época, llegar a adulto después de sobrevivir a guerras y pestes era todo un logro que merecía celebrarse por todo lo alto.
—¡Qué traje tan increíble! Le queda pintado.
—Parece un príncipe salido de un cuento, de verdad.
—Eso mismo estaba por decir yo, ¡está hecho un cuero!
A pesar de que no era su estilo favorito, los piropos de las mujeres no paraban. Las señoras mayores ya eran fijas, pero ver a las jovencitas de la aristocracia perdiendo los papeles y compitiendo por darle un cumplido hacía que los otros hombres se murieran de envidia y lo miraran con recelo.
Pero para Cedric, los halagos, las envidias y los chismes eran pan de cada día. Si hasta su propio viejo le tenía celos, imagínate. Él sabía perfectamente lo bien que se veía; por eso no se quejaba de la ropa: sabía que aunque se pusiera un trapo viejo, la gente igual le iba a tirar flores.
A la misma hora, Allen y Judith también estaban ahí, todos elegantes, parados junto a sus padres y a Cedric recibiendo a las visitas. El único que no estaba en la foto era Alfonso, que se había alucinado el anfitrión y andaba de aquí para allá cuadrando al mayordomo y a los empleados.
—¿Qué hace esta mesa acá todavía? Sáquenla ahorita mismo.
—Abran bien las cortinas y muevan esas sillas para allá.
En eso, se escuchó la voz del mayordomo anunciando la llegada de la familia del Marqués de Vivarini. Como era una de las familias más poderosas del reino, Alfonso dejó de dar órdenes y corrió hacia la entrada principal, aunque en el camino no pudo evitar seguir reclamando por todo.
—¡Este piso no brilla nada! Pásenle más cera, muevan la mano.
Los empleados se movían como locos siguiendo sus órdenes. Alfonso, con sus piernas largas, llegó al toque para unirse a su familia y recibir a los Vivarini.
—Señor Marqués, gracias por venir desde tan lejos.
—Gracias a ustedes por la invitación, Conde.
respondió el Marqués Maximo Vivarini.
Venía con su esposa, Odessa, su tercera hija, Eloise, que todavía estaba soltera.
—Qué mansión tan hermosa y bien cuidada. Ella es mi hija, Eloise. Hija, saluda.
Siguiendo la presentación de su madre, Eloise hizo una reverencia elegantísima ante los esposos Calley.
—Soy Eloise, la tercera hija de los Vivarini. Es un honor estar aquí, Conde, Condesa.
Después de saludar a los jefes de la casa, Eloise saludó uno por uno a Cedric —que era su candidato a prometido— y a sus hermanos Alfonso, Allen y Judith.
—Bueno, nosotros nos quedaremos conversando un rato con los Marqueses. Cedric, ¿por qué no llevas a la señorita Eloise a su habitación? La pobrecita debe estar muerta después de un viaje tan largo —dijo Marissa con toda la intención del mundo.
Cualquiera con ojos se daba cuenta de que los que estaban ‘en las últimas’ eran los papás de Eloise, no ella. Cedric captó al toque la jugada de su madre, se rió por dentro y respondió seco:
—Ya, está bien.
Cedric, que desde que nació fue criado para ser el heredero, sabía mejor que nadie cuál era su papel. Y ni a balas se le iba a olvidar justo hoy, en pleno ‘Nombramiento de Heredero’.
Cedric estiró el brazo para escoltar a Eloise. Bajo la mirada atenta de todos los invitados, Eloise también estiró su mano para engancharse de él. Pero justo en ese preciso momento, la voz del mayordomo retumbó anunciando a una nueva invitada:
—Del Reino de Rotas, la heredera del Ducado de Stacy, la Joven Duquesa Silvia Stacy.
Al mayordomo hasta le tembló un poquito la voz al presentarla. Y no era para menos: junto a él apareció una mujer que no solo tenía un rango altísimo, sino una percha y una belleza que te dejaban ‘en el sitio’. Venía con un vestido estilo Rotas, súper sofisticado y a la moda.
En cuanto escucharon que había llegado una ‘Joven Duquesa’ del extranjero, todos los pescuezos se voltearon hacia allá. Incluso Eloise, que estaba a punto de tocar a Cedric, se quedó congelada mirando.
Al ver que se trataba de su amiga de la época en que estudió afuera, Cedric no la pensó dos veces: retiró el brazo que le ofrecía a Eloise y, casi sin mirar, le pasó la mano de la chica a su hermano Alfonso.
—Mil disculpas, señorita. Ha llegado una amiga de Rotas y está sola. Mi hermano Alfonso se encargará de llevarla.
Cedric hizo una venia perfecta y le dio la espalda sin más. Eloise se quedó con una cara de ‘¿qué pasó acá?’, totalmente descolocada.
Alfonso, que se encontró con la mano de Eloise de la nada, reaccionó al toque y le lanzó su mejor sonrisa de galán.
—Por aquí, por favor.
Eloise, al ver la cara de Alfonso —que a diferencia del frío de Cedric, era mucho más entrador y simpático—, le devolvió la sonrisa. Total, pensó ella, mientras más churros haya, mejor; y los tres hijos Calley eran un tiro, cada uno con su gracia.
(Eso sí, para ella, mientras menos mujeres guapas hubiera, mejor; así ella podía brillar como la belleza ‘única’ del reino).
Tratando de ignorar a la belleza extranjera, Eloise se dejó llevar por Alfonso. Al final, se convenció de que tenía cuatro días de fiesta para terminar de atrapar a Cedric.
Mientras tanto, Cedric caminó a paso firme hasta quedar frente a su amiga.
—Silvia.
—Cedric.
Silvia, al verlo, se acercó y lo saludó pegando su mejilla a la de él. Un saludo típico de Rotas, bien internacional. En cuanto se separaron, Cedric le habló en un fluido idioma de Rotas:
—Esto es obra de Eric, de hecho. Yo no recuerdo haberte mandado ninguna invitación.
—¿Y qué? ¿No te da gusto verme?
—Has venido desde lejazos, así que por cortesía diré que sí.
Cedric escoltó a Silvia hacia donde estaba su padre, el Conde Bernard Calley.
—Padre, ella es Silvia Stacy, una amiga de mis años de estudio.
Bernard estaba solo ahí, porque en cuanto Marissa vio que Cedric dejaba plantada a Eloise por la Duquesa extranjera, se llevó volando a los Marqueses Vivarini para que no se armara el chongo.
—Me llamo Silvia Stacy. Su mansión es realmente impresionante, señor Conde.
Silvia saludó en un fluido idioma beloico. Esta vez, a diferencia de antes, hizo una reverencia estilo beloica, agarrando su falda y doblando las rodillas con total elegancia. Al ver que nada menos que la heredera de un ducado de Rotas lo visitaba, a Bernard se le cayó la baba y se quedó ‘boca abierta’.
—Es un gusto, señorita Stacy. Espero de todo corazón que pase un tiempo increíble aquí.
—Gracias, señor Conde.
Se armó una escena bien curiosa: Bernard saludando en el idioma de Rotas (luciéndose el hombre) y Silvia respondiéndole en beloico.
—Como es el papá de mi amigo, ¿puedo llamarlo ‘papá’ yo también?
Ante la ‘metida de carro’ tan directa de la joven duquesa extranjera, a Bernard se le puso la cara roja como un tomate de la pura emoción.
—No.
El que respondió tajante, salvando al pobre Bernard de su apuro, fue Cedric. Terminó el saludo así nomás y se llevó a Silvia a un lado ‘del ala’. Luego, le lanzó su advertencia:
—Ya, está bien que hayas venido, pero ni creas que vas a hacer lo que te dé la gana acá.
—¿Ah? ¿Acaso hice algo malo ahorita?
preguntó Silvia con una cara de lo más fresca.
—Este lugar es mucho más conservador que Rotas. Y tú, incluso en tu país que es más relajado, eres de las que más se pasan las reglas por el arco del triunfo.
—Bueno, en eso tienes razón, ¿no?
aceptó Silvia con toda la concha del mundo. Luego, estirando las palabras con flojera, añadió
—¿A qué hora llegará Eric…?
La asistencia del príncipe heredero, Marquis, era algo que ya se veía venir desde que salió el decreto sobre el tráfico de personas. Ya se había aclarado que el secuestro de los nobles no tenía nada que ver con traidores al trono. Como era de esperarse, al día siguiente llegó la carta confirmando que el príncipe aceptaba la invitación. Según el plan, llegaría hoy mismo, pero como buen príncipe, seguro se aparecería a última hora para ‘hacerse el interesante’.
—Hubieran venido juntos ustedes dos. A Eric le hubiera encantado.
—¿Qué hablas? Tú sabes que tanto Eric como yo solo nos amamos a nosotros mismos.
—Corta ese floro de ‘mi amor’.
—Ay, mi vida.
—Estás loca.
Ante las bromas de Silvia, Cedric le respondía con su sarcasmo de siempre. Silvia, que se apareció de la nada por ‘invitación’ de Eric, ni estaba en la lista, pero como era la heredera de un ducado, le dieron una de las mejores habitaciones: el cuarto que Cedric usaba antes.
—Hubieras traído aunque sea a una sirvienta contigo.
—Ya sabes que me llega andar con empleadas pegadas a mí. A cambio, traje a mis guardias y cocheros, así que……
En eso, se escuchó un toc, toc en la puerta.
—Pase.
Como era obvio que sería algún criado trayendo el té o las maletas, Silvia dijo que pasaran sin pensarlo dos veces. La puerta se abrió y apareció Sheila, cargando las maletas de Silvia con todo el esfuerzo del mundo.
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