La criada azotada de la casa Calley - 78
—¡Ah! ¡Hic! ¡No, ahí no… por favor…!
Sheila no dejaba de jadear mientras él seguía embistiéndola sin piedad, ignorando sus súplicas.
—¿No se puede?
preguntó él, con ese tono cínico.
‘¡Obvio que no, pues!’
pensó ella desesperada. Ese lugar no estaba hecho para esas cochinadas. Cada parte del cuerpo tenía su función: los pies para caminar, las manos para trabajar, los ojos para ver, la nariz para respirar, la boca para comer…
Pero entonces, el recuerdo de haber usado su boca para algo muy distinto con él la hizo dudar. Su lógica empezaba a fallar.
—¡Ahhh! Por favor, quite la mano de ahí.
En realidad, Sheila no necesitaba una razón filosófica para defender su retaguardia. Solo el contacto de una mano extraña en ese lugar tan privado la hacía estremecerse de puro horror; no le quedaba más que rogar.
—No quiero. ¿Qué vas a hacer?
respondió él, cortándole las esperanzas.
Cedric untó los fluidos que bajaban de la intimidad de Sheila y, de forma descarada, empezó a frotarlos justo en esa entrada prohibida.
—¡Puaj! ¡No…! ¡Qué asco!
Sheila tuvo un espasmo, pero no pudo moverse casi nada. Cedric la tenía inmovilizada, aplastándola contra la cama con su cuerpo mientras se la seguía clavando hasta el fondo.
—No da asco, Sheila.
Le susurró al oído, con una voz que le puso los pelos de punta.
—Escúchame: si me dejas meter un dedo aquí, te corto el tiempo a la mitad. Hoy te vas temprano.
Sheila sacó la cuenta al toque. De las tres horas que le tocaba quedarse hoy, recién habían pasado unos treinta minutos.
Cuando entró al cuarto y vio que solo la obligaba a ponerse el delantal sin nada abajo, pensó: ‘Qué raro, hoy está tranquilo’. Pero no, el muy desgraciado tenía este as bajo la manga.
—¿Y bien? ¿Qué dices, Sheila? Es un ofertón. No te voy a meter la polla, es solo un dedo.
Cedric la presionaba, insistiendo mientras su miembro largo y grueso no dejaba de entrar y salir de ella con un ritmo frenético.
—¿Qué dices, Sheila?
—¡Ah! ¡Es-espere un poco!
Sheila volvió a intentar pensar en la función de los órganos. Los ojos para ver, la nariz para respirar, la boca para… para chupar…
—¡Uuuh!
Ya no podía razonar. Sus principios se estaban haciendo puré. Pero en el fondo, sentía que debía obedecerlo; su subconsciente ya sabía que, cuando le hacía caso a este hombre, siempre venía un premio después.
—Está bien… ¡ah!… pero solo uno… ¡hic!… prométame que solo va a meter un dedo.
—Hecho.
En cuanto ella aceptó, sintió que el peso de Cedric se quitaba de su espalda. Él se incorporó un poco y empezó a presionar la entrada que ella acababa de entregarle.
—¡Ayyy!
Pero aceptar era una cosa y aguantar era otra muy distinta. En cuanto sintió esa invasión extraña, el músculo se le cerró por puro instinto.
—Relájate, Sheila. Tu cuerpo está diciendo una cosa y tu boca otra.
Él empezó a acariciar el borde, como tratando de convencerla.
—Pórtate bien, ¿sí? No te voy a lastimar.
—Snif…
Sheila tuvo mil pensamientos en un segundo. ‘¿Y si me arrepiento ahora y me aguanto las tres horas?’. Pero recién habían pasado treinta minutos. Para ella, esas tres horas que le faltaban se sentían como una eternidad en el infierno.
Derrotada, Sheila empezó a soltar la tensión de ese lugar. Cedric, con una paciencia que asustaba, dejó de embestirla y esperó a que ella cediera por completo.
Y finalmente, el dedo empezó a entrar.
—Mmm…
Sheila soltó un quejido de dolor y extrañeza al sentir ese cuerpo extraño dentro de ella. Pero no volvió a ponerse tensa; si lo hacía, todo el esfuerzo y la humillación habrían sido por las puras.
Sintió clarito cómo la primera falange del dedo se abría paso.
¡Zas!
—Aprieta.
Al segundo siguiente, junto con esa orden autoritaria, le cayó un palmazo que hizo que el cuerpo de Sheila se pusiera tieso del susto. Ni qué decir que, tal como él quería, sus ‘dos entradas’ se cerraron por completo. Con el cuerpo y el alma humillados, sintió cómo abajo se le escapaba un chorro sin control.
—¡Ahhh…!
Él empezó a entrar y salir de nuevo de ella, que ya estaba media ida después de ese pequeño orgasmo.
—¡Ah! ¡Hic! ¡Uff!
Sentía clarito cómo algo entraba y salía por ambos lados. Eran sensaciones distintas que la estaban volviendo loca.
—¡Ah…! ¡Ya! ¡Basta…, detente!
A pesar de sus ruegos, el hombre seguía dándole con un ritmo salvaje. Pero, a diferencia de su cuerpo, su voz sonaba de lo más calmada, como si estuviera dándole una lección a una niña.
—¿Basta? Te falta educación, Sheila. Si quieres que me detenga, tienes que decir ‘por favor, deténgase’.
Apenas terminó de hablar, ¡pum!, le dio una embestida recontra fuerte. Obviamente, todavía tenía el dedo pulgar metido en la retaguardia.
Por ese golpe tan seco, Sheila hasta babeó mientras temblaba como una hoja. Luego, intentó mover los labios con las justas.
—Por… por favor, deténgase… amo. ¡Ah!
Cedric le respondió:
—Claro que me puedo detener, Sheila. Pero como no hiciste lo que te pedí, vamos a completar las tres horas como siempre. ¿Te parece bien?
A diferencia de Sheila, que apenas podía balbucear, la voz de Cedric sonaba como si nada. Ella, con el cerebro nublado, entró en un dilema. Haberle dejado meter el dedo ya era un sacrificio enorme para ella, suficiente como para que le cortaran el tiempo a la mitad. Pero si le pedía que parara ahora, el trato se deshacía. Era como si cobrara por lavar ropa pero no la lavara; caballero, tenía que devolver la plata.
Sheila sintió que sería una lástima que todo el dolor que ya había aguantado se fuera al tacho. Así que, llorando, negó con la cabeza.
Cedric le agarró la cabeza, la presionó contra la cama y se echó encima de ella. Le susurró al oído:
—Vuelves a dudar así y el castigo va a ser mucho peor.
Sheila volvió a negar con la cabeza. Estaba prometiendo que no volvería a pasar. Cedric, al verla morderse los labios, se incorporó y empezó a darle con todo.
—¡Ah! ¡Hic! ¡Aaaahn!
Los gemidos desesperados de Sheila llenaban el cuarto. Cedric le dio duro por un buen rato, pero ella aguantó hasta el final.
Después de un tiempo, él sacó el dedo pero la giró para que quedara frente a él, sin sacar su miembro. Se quedó mirando fijo sus pechos, que se veían clarito entre los tirantes del delantal. Específicamente, se quedó mirando sus pezones, que estaban bien paraditos.
Sheila era de brazos y cintura delgada, pero lo que tenía que estar en su sitio, había crecido de lo más bien. Cedric sonrió satisfecho y empezó a darle palmazos a sus pechos. En su piel blanca se marcaron al toque las huellas rojas de su mano.
—¡Ah! ¡Mmm!
Cada vez que esa carne firme rebotaba, Sheila arrugaba las cejas y soltaba un quejido. Cedric se acomodó y la sentó encima de sus muslos.
—Tú muévete ahora. Si haces que me venga primero, te doy un premio.
Con esa orden, Sheila se agarró de sus hombros y empezó a saltar encima de él.
—¡Ahhh! ¡Hic! ¡Mmm!
Pero mientras más se movía, la que más se excitaba era ella misma. ‘No, no puede ser. Me voy a venir yo’, pensó. Su meta era hacerlo acabar a él, pero su intimidad estaba tan caliente que parecía que se quería tragar todo lo de él.
—¡Ufff!
Hasta de la boca de Cedric se escapó un gemido. Sheila sentía que las piernas se le ponían de trapo justo cuando ya estaba por llegar a la meta. ‘Un poco, solo un poco más…’.
En ese momento:
—Te ayudo.
Él se dio cuenta al toque de que ella se estaba quedando sin fuerzas. Le agarró las nalgas con fuerza, como si quisiera reventarlas, empezó a estamparla contra él de arriba abajo. Su miembro, que estaba bien firme apuntando al techo, entraba cada vez más profundo.
—¡Ah! ¡Hic! ¡Aaaah!
Por ese estímulo tan fuerte, Sheila soltó un grito desesperado.
—Así sí… ¡ah!… así vas a lograr que acabe
le ordenó él mientras ella se retorcía sin saber qué hacer—. Aráñame todo lo que quieras.
Sheila le clavó las uñas en los hombros. Le dejó marcas en toda la espalda mientras trataba de aguantar como sea. ‘No debo venirme sin permiso del amo…’, pensaba ella, que era lo que le habían enseñado ahí. Pero como él la tenía agarrada de la cadera y le daba con todo, ya no podía más.
—Puedes venirte.
—¡¡Aaaaahn!!
Apenas escuchó la orden, Sheila echó la cabeza hacia atrás y tuvo un orgasmo de los mil demonios.
Cedric la abrazó fuerte mientras ella temblaba por el post-orgasmo. Su cuerpo seguía siendo delgado, pero últimamente había agarrado un poquito de carne. Él sonrió satisfecho. Él mismo se había encargado de que no hiciera más ‘recurseos’ y le daba snacks entre comidas para que subiera de peso a la fuerza.
Por eso Sheila paraba media amarga últimamente. Él sabía que, al cortarle todos sus negocios, ella iba a protestar un poco. Pero al final, por más que peleara consigo misma, apenas él la llamaba, ella ponía su cara de empleada y cumplía con su deber. Hasta en ese cuarto de castigos, calata y todo, seguía siendo de lo más obediente.
Cedric terminó de poseerla por completo, incluso por donde tanto le costó entrar. Nunca pensó que se obsesionaría tanto con ella, pero la verdad es que la quería poseer en cuerpo y alma. Para todo el tiempo que le dedicaba, tenerla así solo una décima parte del día no era suficiente. Iba a seguir hasta que se cansara, ¡y lo iba a hacer perfecto, sin dejar ni un rincón de ella sin marcar!
Obviamente, pensaba pagarle bien. Sheila amaba la plata más que a nada, él tenía su propia fortuna aparte de la de su familia. Pero todavía no era el momento. No podía soltarle un fajo de billetes sin saber para qué juntaba tanta plata o qué negocios se traía con ese gremio en Holzerode.
Cedric estaba esperando las noticias de la gente que mandó a su pueblo y a Holzerode. Y mientras esperaba, el día de su nombramiento oficial como Pequeño Conde —algo que su abuelo tanto quería— ya estaba a la vuelta de la esquina.
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