La criada azotada de la casa Calley - 77
—¡Ah, no! ¡Nada que ver!
Sheila quería defender a toda costa su reserva de aceite de parafina. Como últimamente se sentía mejor de salud, ya no se quedaba dormida durante los masajes y sentía que ya era hora de ponerse las pilas con el trabajo.
Incluso esa misma mañana le había dicho al tío Sam que ya no era necesario que le diera más plata, porque pensaba invertirle más tiempo a esto, pero… ¡justo ahora!
Frente a sus ojos, Cedric agarró la botella donde ella guardaba el aceite. Sheila, sin pensarlo, chapó la botella al toque.
—¡Si se lo lleva todo…! No voy a tener nada para usar hoy en la noche.
—Desde hoy, vienes a buscarme y yo te voy a dar tu ración para la semana.
—¿Qué?
‘A ver, tengo cinco años de experiencia como empleada, ¿y de verdad tengo que vivir así, pidiendo permiso?’
pensó Sheila, mientras sus cejas castañas se caían de la pena. No soltaba la botella por nada del mundo, como si fuera su último salvavidas.
—Pensaba dejarlo pasar así nomás, pero veo que no se va a poder contigo.
—¿Cómo dice…?
—Si quiero armar un chongo, lo armo, Sheila. ¿Qué tal si empezamos por ver si los implementos que se les dan a las empleadas están bien administrados? Si llamo a la jefa de llaves y le pregunto, vamos a tener la respuesta al toque.
Sheila, al escuchar eso, soltó un poquito la botella y cambió el tono:
—Señorito, se va a manchar las manos con grasa. Mejor yo lo cargo, ¿ya?
La mano que antes intentaba quitarle el aceite, ahora se movía con delicadeza como ofreciéndose a llevar la botella por él.
—¿V-vamos yendo?
Cedric, al ver la ‘sonrisa profesional’ de Sheila, soltó una risita y soltó el envase.
Sheila se acomodó rápido la ropa y, aguantándose las ganas de llorar, agarró su botella de aceite y caminó detrás de Cedric.
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—¿Qué? ¿De verdad?
—Te lo juro. Oigan, pero en serio, ¿no se lo han contado a nadie, no?
—Ya sabes cómo es, Sheila. Al chef Roland no le importan esas cosas, así que nosotras mismas nos turnamos para hacer el trabajo.
Sheila miró una por una a las ayudantes de cocina que siempre le encargaban sus tareas. Todas tenían una cara de no entender nada.
—Entonces no nos han ampayado por este lado. Igual, me han dicho que de ahora en adelante van a vigilar todo de forma estricta, así que hasta que la cosa se enfríe, no les voy a poder hacer el favor. Ah, Paula, tú también olvídate de que te lave el uniforme por ahora, queda suspendido. —¿Ay, en serio? ¿Eso también?
Entre todas las chicas que ya estaban con su cara de velorio, a Paula se le deformó el rostro de la angustia.
Sheila se fue al toque a buscar a sus otras ‘clientas’ para contarles cómo estaba la jugada. Todas reaccionaron igual que Paula.
—¡Asu! ¿Pero cómo van a fiscalizar hasta esas sonseras?
Como la orden venía de arriba, no les quedaba otra que agachar la cabeza y no podían reclamarle nada a Sheila.
—Pero cuando todo se calme, vas a volver a hacerlo, ¿sí o no?
—Sí, claro. Pero una consulta, ¿ustedes saben si hay otra persona que haga estos trabajitos aparte de mí?
—¿No? ¿Por qué?
—Ah, no, por nada…
Ya les había preguntado a las de la cocina y parece que nadie más se recurseaba así con las otras empleadas como lo hacía ella.
—En fin, cada una haga su chamba nomás y, si se sienten mal o necesitan un favor, no se olviden de avisarle a la jefa de llaves primero.
Después de meterles miedo a todas sin querer, Sheila empezó a subir al tercer piso pensando: ‘Pucha, qué salada soy’.
La vida de Sheila nunca había sido fácil. Perdió a su mamá cuando era tan chiquita que ni se acuerda, a su papá a los quince y a su hermana a los diecisiete. Tuvo la suerte de entrar a trabajar a esta mansión, pero se tuvo que aguantar a la pesada de Judith por más de cuatro años, ahora le tocaba ser la empleada personal de Cedric, el que más miedo daba de todos.
Cuando terminó sus deberes, se plantó frente a Cedric para que le diera su ración de aceite de parafina para la semana, tal como él había ordenado. Él le sirvió un poquito con una cara de palo y le soltó:
—Usa esto con mucho cuidado, ahorrando al máximo.
‘Qué tacaño’
Le daba una miseria de aceite y encima se ponía pesado con lo de ahorrar. Lo que Cedric le había dado para que le dure siete días era lo que ella normalmente se gastaba en uno solo.
Ya se le había cortado el sencillo que le daba Sam, ya no podía cobrar por lavar uniformes ni por recibir los lácteos… y ahora su plan de quedarse tejiendo toda la noche se iba al tacho porque no iba a tener luz. Debió darse cuenta de qué clase de tipo era desde que se puso a reclamar por la leche como un chiquillo…
Gasta la plata a forro, pero para estas cosas resultó ser un tacaño de miércoles.
—¿No vas a responder?
—Sí…, señorito.
Por más que intentó disimular, la respuesta de Sheila sonó bien malcriada. Ella había entrado a esa mansión desde chibola y había sobrevivido a un ambiente bien yuca. Por más que se esforzaba por ser ‘mosca’, se había comido varios golpes y había llorado un montón. Pero con los años se acostumbró y se volvió una veterana entre las empleadas.
Poder usar todo el aceite que quería era como su premio o su medalla por haber aguantado tanto tiempo ahí. Y que ahora Cedric se lo quitara… obvio que no podía poner buena cara.
Cedric notó que ella estaba con los ánimos por el suelo y se mandó con un discurso:
—¿Cuál es tu queja? Deberías estar agradecida de que no hice un chongo más grande. Quítate de la cabeza esa idea de que, porque es un poco de aceite, puedes desperdiciarlo. ¿Sabes cuánta gente vive en esta mansión? Si todos pensaran de forma tan irresponsable como tú, ¿te imaginas cómo terminaría la economía de la casa?
Cuando se ponía a dar sermones, Cedric era un ‘viejo verde’ total, un pesado de lo peor.
—Si supieras cómo se construyó la fortuna de mi familia, no desperdiciarías las cosas así. Sin ir muy lejos, mi abuelo, el anterior conde Solomon Kaley, peleó en batallas para defender nuestras tierras y aumentar la producción; el Rey lo premió y así creció nuestra riqueza. Y ahora yo, que voy a heredar el título de mi padre, me encargo de los negocios en Rotas para que no nos falte plata.
Parece que se saltó olímpicamente la parte de su papá, el actual conde Bernard, pero el resumen era que las tierras ya no daban como antes y que, si él no se ponía las pilas, la mansión se iba a la quiebra.
Mientras Sheila lo escuchaba con cara de pocos amigos, se acordó de lo mucho que él trabajaba todos los días. Ella pensaba que, por ser el hijo mayor del conde, trabajaba por puro hobby, pero parece que no era así. Definitivamente, la carga que llevaba Cedric en los hombros era mucho más pesada que la de Alfonso, que se la pasaba leyendo, o la de los otros hermanos que vivían en las nubes.
En la mansión vivían más de doscientas personas, si a eso le sumamos a los proveedores como el esposo de Molly o el tío Sam con sus familias, había miles de personas que dependían directamente de ese lugar para parar la olla.
Sheila, que siempre había sido bien trabajadora y se sacaba el ancho por su plata, entendió perfectamente lo que dijo Cedric. ‘Ya pues, caballero nomás…’. Como ya le habían quitado el aceite, no le quedaba otra que obedecer.
—Entonces, ¿qué dices?
—Lo voy a usar con mucho cuidado, señorito.
—Me alegra que hayas entendido.
Pero igual, no podía evitar que el tipo le cayera un poco espeso.
Cloc, cloc.
Los pechos de Sheila, que se asomaban por las tiras del delantal, se sacudían con el movimiento. Aunque no estaba frente a un espejo, gracias a esa pose en la que estaba —agachada como un animal—, podía ver perfectamente cómo se lucía. La vergüenza la invadía. ‘¡Pucha, por qué esto se ve más sugerente que estar calata!’.
Ya estaba en el último mes de su labor como ‘mucama de azotes’. Solo faltaban unas pocas semanas. Se metió en este lío por firmar ese contrato extraño, pero por lo menos parecía que iba a terminar todo sin tener que pagar ninguna multa. Solo tenía que aguantar unos días más.
Pero la perversión de Cedric parecía aumentar cada día. ‘Ponte el delantal encima así como estás’. Eso fue lo que él ordenó apenas ella se quedó sin ropa. ¡Andar solo con un delantal y nada más…! Para Sheila, eso era algo que ni en sus sueños más locos se habría imaginado. Y por si fuera poco, aprovechando el ‘outfit’, Cedric le exigió que se pusiera en cuatro.
Lo más raro era que, cada vez que él le pedía una pose así de vergonzosa, a Sheila se le calentaba la zona baja.
¡Zas!
—¿Quién te dio permiso de mover el totó así?
Cedric le soltó un palmazo en el trasero mientras jalaba la correa que le había puesto en el cuello. Esa correa se la puso él mismo mientras la chequeaba vestida solo con el delantal.
—¡Haung!
E-es que se sentía tan bien que no pudo evitarlo… Sheila ya estaba empezando a aceptar la realidad: se estaba volviendo tan pervertida como Cedric. No solo por las poses raras que él le pedía, sino porque ver esos ‘juguetitos’ extraños le generaba una expectativa que no sabía de dónde salía. Incluso cuando él le pegaba, más que dolor, sentía un placer que la mareaba.
‘¿Será que me volví de esas que se excitan cuando les pegan?’
Siendo una empleada de bajo rango, estaba acostumbrada a que le llovieran golpes de todos lados: de los patrones, de la jefa de llaves… era lo ‘normal’. Si eras de la cocina, te pegaba el chef, si no, las empleadas antiguas. Si cada vez que alguien le pegaba se hubiera puesto ‘mojada’, ya se habría vuelto loca hace tiempo.
‘No creo que sea para tanto…’
Trataba de decirse que no, pero como desde que trabajaba para Cedric ya no recibía los golpes de Judith, no tenía cómo comprobarlo.
Mientras estaba perdida en sus rollos, él le agarró la mandíbula para que lo mirara. Sheila, de reojo, ya no veía sus propios pechos bamboleándose, sino la cara pintona de Cedric con ese fondo elegante de la habitación.
—¡Hauk!
Como él no paraba de moverse con fuerza mientras la sujetaba, a Sheila se le escapó un gemido.
—Parece que mi recamarera está pensando en otra cosa, ¿no?
—Ha-ut, a-ahora no…
Como Sheila intentó mentir, él le agarró con la otra mano uno de los pechos que sobresalía del delantal.
—Hruuuung.
Sus dedos largos le dieron un tironcito al pezón y ella soltó un gemido sin querer. Cedric, al verla así, se rió de medio lado. Últimamente paraba más risueño de lo normal.
—Hay que ser honesta, Sheila.
—La paz del reino… ¡hut! está en peligro…
—¿Qué?
Sheila soltó esa sonsera porque ya estaba media ida, pero al toque sacudió la cabeza.
—¡Ha-ut, está muy profu…!
—¿Te gusta que te la meta hasta el fondo?
—Sí. ¡Ha-ut! Me encanta… mucho… ¡hut!
Ante la respuesta tan sincera de ella, Cedric recién le soltó la cara para darle todavía más duro y profundo.
—¡Haang! ¡Haj! ¡Ha-ut!
Sheila jadeaba mientras sentía cómo él entraba una y otra vez. Estaba descubriendo secretos de su propio cuerpo que ni ella misma sabía. Ahora sabía que existía un punto exacto donde sentía una gloria total si la empujaban con algo tan grueso, que mientras más se excitaba, más espacio le hacía para recibirlo.
Y otra cosa que aprendió fue que, cuando uno está así de ‘calentón’, pierde el juicio por completo. En medio del ajetreo, los dedos del hombre tocaron un lugar que nadie jamás debería tocar: justo encima de su entrada, mientras ella seguía ahí, entregada en esa posición.
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