La criada azotada de la casa Calley - 76
Sheila tenía decidido irse de esa mansión. Claro que no sería de inmediato; pensaba terminar de juntar la plata de su pago y, una vez acabada la tarea, cerrar ese capítulo en unos meses. Si antes solo pensaba vagamente en mudarse a un lugar más tranquilo donde no estuviera Judith, ahora estaba totalmente decidida a desaparecer.
Y todo era gracias a Cedric. Gracias a él, el tiempo que calculaba para reunir el dinero —que según ella le tomaría más de dos años trabajando como ‘sustituta de castigos’— se redujo a apenas unos seis meses.
Pronto sería la ceremonia de nombramiento y a Cedric le asignarían una prometida. Seis meses era tiempo suficiente para que él se comprometiera o, incluso, para que se casara. Aunque no tenían una relación formal ni nada por el estilo, después de haber compartido la cama, quedarse viviendo en esa casa se sentiría demasiado raro.
Apenas Rufus se retiró por un momento, Sheila, que ya se había terminado sus bocaditos, dijo con timidez:
—Esto… joven conde. Si me lo permite, quisiera ir a limpiar la sala de castigos…
—No hace falta. Mejor ponte a leer esto.
En vez de dejarla limpiar, Cedric le tiró un libro. La sala de castigos siempre estaba cerrada con llave, así que si él no le abría, ella no podía entrar. Sheila había intentado ignorarlo, pero no podía dejar de pensar en quién demonios se estaría encargando de la limpieza de ese cuarto.
—Disculpe, ¿y se puede saber quién limpia esa habitación…?
De pronto, se le vino alguien a la mente.
—No… no me diga que el secretario Rufus se está encargando de eso, ¿verdad?
Rufus era el único que sabía del contrato entre Cedric y ella. Y estaba claro que ya se había dado cuenta de que el contenido de ese trato se había desvirtuado un poco. Su trato hacia ella era demasiado respetuoso, nada que ver con cómo un secretario suele tratar a una simple sirvienta.
—Si otro hombre viera esos rastros……..
—¿Qué?
Él la clavó con la mirada y soltó:
—¿Acaso eso te excita?
‘¡No, qué le pasa!’
Sheila, en vez de darle la respuesta obvia, se quedó mirándolo con una cara de ‘¿qué estupidez estás hablando?’.
Él soltó una sonrisita y añadió:
—Si no es el caso, entonces deja de preocuparte por quién limpia ese cuarto.
Ante esa sonrisa, Sheila desvió la mirada al toque. No lo parecía, pero el tipo resultó ser bien mañoso para hablar. Ya antes se lo cruzaba a cada rato por ser la ‘niña de los azotes’, pero ahora que lo tenía así de cerca, no dejaba de descubrir facetas nuevas en él.
—Voy a… voy a llevarme los platos.
—Como quieras.
Con la cara ardiendo, Sheila se escabulló de ahí para evitar el roche. ‘¿No es trampa que sonría así con esa cara de modelo que tiene?’. Recién ahora entendía por qué él siempre paraba con cara de pocos amigos. Si se la pasara sonriendo así por la vida, pararía enamorando a todo el mundo y se acabaría la paz en el reino.
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—Tío, ¿cuánta agua le está echando a la leche últimamente?
Como siempre, Sheila bajó primero a la cocina para empezar el día. Tras recibir los lácteos de manos de Sam, decidió tener una conversación tranquila con él.
—¿Eh? ¿Por… por qué me preguntas eso?
Sam tartamudeó, claramente desencajado por la pregunta tan directa.
—¿Cómo que por qué? Ayer tomé un poco y por fin la leche no sabía a agua.
—Ah, eso… bueno, lo que pasa es que…
Por alguna razón, Sam estaba más que nervioso.
—¡Ah! Por cierto, me contaron que ahora eres la mucama personal del joven conde, ¿no?
‘Vaya, qué rápido corren los chismes…’
En realidad, Sheila preguntaba porque, gracias a su nuevo puesto, había estado picando los bocaditos de Cedric y ahí fue donde redescubrió el verdadero sabor de la leche.
—¿Todo bien por allá?
—Sí, todo bien.
Sheila le respondió cortante, dándose cuenta de que él quería cambiarle el tema, le lanzó una mirada como diciéndole: ‘Ya pues, responde lo que te pregunté’. Sam, que no sabía dónde meterse, volvió a hablar.
—Lo que pasa es que… como la máquina nueva ya está operando bien y la producción ha subido, pues… decidí dejar de bautizar la leche con agua.
—¿Ah, sí? Qué bueno, me alegro.
respondió ella como si nada.
Al ver que Sam suspiraba aliviado, ella arremetió de nuevo:
—¿Y entonces por qué me ha seguido dando plata?
Ante la punzada de la pregunta, Sam volvió a trastabillar:
—¿Eh? Eso es porque… bueno, si te seguía pagando, no me ibas a echar la culpa de que tú eras la que le echaba el agua, ¿no?
‘¿En serio? ¡¿Pero qué se cree, que soy una extorsionadora?!’
—Ni que fuera a hacer algo así. Ya no me dé nada, por favor.
Era un alivio que él hubiera dejado de estafar con la leche antes de que alguien de la familia se diera cuenta. Aunque Cedric seguía quejándose de que la leche no sabía a nada.
Justo cuando Sheila volvía a pensar en Cedric, escuchó a Sam murmurar algo bajito:
—Pero así va a estar difícil…
—¿Qué dijo?
Cuando ella le repregunto, Sam, sin siquiera mirar el reloj, soltó:
—¡Uy, miren la hora! Se me hace tarde, me tengo que ir volando.
¿Había escuchado mal? Sam, que hoy estaba más atolondrado que nunca, se largó a toda prisa antes de que Sheila pudiera siquiera despedirse. De ‘conversación tranquila’, nada.
‘¿Y ahora este qué se trae? Se va así nomás…’.
Se quedó con un sinsabor, sintiendo que la charla no había terminado bien. Mientras llevaba los lácteos a la cocina, se prometió a sí misma que, si Sam intentaba darle plata otra vez, la rechazaría sin dudarlo. Ya le venía remordiendo la conciencia y era mejor cortar por lo sano de una vez.
Aunque un par de meses más de ese ingreso extra le hubieran caído de maravilla, prefirió no ser ambiciosa y quedarse tranquila con haber terminado el asunto en buenos términos.
‘Mejor me pongo a tejer con todo’.
Como había dejado de ir al mercado, todavía le quedaban varios accesorios de Judith por vender y algunos manteles que ella misma había tejido. Si le metía punche al tejido, podría compensar de alguna forma la plata que ya no recibiría de Sam. Ahora que su trabajo con Cedric era físicamente más relajado que con Judith, no le importaba sacrificar unas horas de sueño.
De hecho, ya lo estaba haciendo. Tenía aceite de parafina de sobra para su lámpara…
Tras terminar de ordenar todo, Sheila se dirigió a su cuarto. Todavía le quedaba un ratito antes de empezar sus labores oficiales como mucama. Si aprovechaba para terminar lo que estaba tejiendo anoche…
—¡¡Aaaah!!
Sheila abrió la puerta del ático sin pensar y soltó un grito que se escuchó en toda la casa.
—¿Por qué tanto escándalo?
—¡Joven conde…!
En medio de su pequeño y estrecho cuarto, estaba Cedric, imponente y altazo, parado como si nada.
¿Pero qué diablos hacía él ahí?
—¿A dónde fuiste a estas horas de la madrugada?
—Esto… yo… bueno…
Hace un rato era Sam el que tartamudeaba, ahora ella estaba exactamente en la misma situación. Cedric se le acercó a grandes zancadas y le levantó el mentón con una mano.
—Ni se te ocurra inventar excusas. Dime la verdad.
La mirada de Cedric, que se había aparecido ahí de madrugada, era penetrante, casi eléctrica.
—Fui a la cocina.
respondió ella con la verdad.
—¿A qué?
insistió él. Con el mentón aún sujeto por los dedos de Cedric, Sheila trató de sonar lo más sincera posible.
—Es que Paula… la encargada de la cocina, se siente mal y me pidió que recibiera la leche por ella hoy.
Claro, no podía contarle toda la verdad, pero esto servía.
—Ya veo.
Parecía que se lo había tragado sin problemas. Pero justo cuando ella iba a soltar un suspiro de alivio, él añadió:
—¿Entonces debo entender que solo te lo pidió por hoy?
¿Y por qué quería saber eso…? Sheila lo miró con los ojos llenos de dudas.
—Es que me han llegado rumores de que, últimamente, hay gente que le está encajando su trabajo a otros a cambio de unas cuantas monedas.
A Sheila se le abrieron los ojos de par en par.
¿Será que me ampayaron? Debí haberles dicho a los demás que cerraran bien el pico’
Pero luego, su mente se fue por otro lado: ‘¿No me digas que hay otra persona haciendo lo mismo que yo?’
De pronto, sintió una punzada de competencia.
—Como sea, pienso hablar con la jefa de mucamas y con el chef para que desde mañana vigilen bien esas cosas. Tú no te metas en líos por hacer favores ajenos y quédate tranquila.
—Sí… está bien…….
Sheila aceptó el consejo sumisamente. Fuera por ella o por alguien más, estaba claro que tenía que andar con perfil bajo por un buen tiempo.
Se inclinaba a pensar que se trataba de otra persona. No sentía que la hubieran descubierto a ella; después de todo, había hecho esto por años sin un solo problema y no había notado nada raro últimamente. ‘Menos mal que estoy cerca del joven conde, así me entero de estas cosas antes que nadie’, pensó.
Sin embargo, el verdadero problema para Sheila vino justo después.
—Pero… ¿se puede saber qué hace usted en mi cuarto a esta hora?
Aunque Cedric ya había entrado a su habitación sin permiso varias veces, era la primera vez que lo hacía de madrugada. Tenía que preguntar.
En ese momento, la expresión de él se volvió mucho más severa.
—Vine a revisar cómo está tu cuerpo.
—¿A esta hora?
—¿Algún problema con eso?
—No, ninguno…
‘Faltaba más, como si usted tuviera algún impedimento’
pensó ella con sarcasmo interno mientras empezaba a quitarse el delantal con torpeza.
—Ni un movimiento más. Quédate así.
—¿Qué?
Sheila se quedó congelada, con el delantal a medio quitar y las manos en el aire, mirándolo sin entender. Pero a él no le importó su confusión y se acercó directo a su mesa de trabajo.
Encima de la mesa estaba el mantel que había estado tejiendo hasta tarde la noche anterior y su canasta de hilos.
‘¿Ahora qué mosca le picó?’
Siempre andaba con una excusa en la punta de la lengua por si la atrapaban perdiendo el tiempo, pero jamás se imaginó que tejer fuera a ser un problema.
—¿Ayer también te quedaste haciendo esta tontería hasta tarde? ¿Hasta qué hora estuviste?
‘¿Esta tontería?’.
Ahora que lo pensaba, la primera vez que él entró a su cuarto también se refirió a su tejido de esa forma.
‘¿Hasta cuándo piensas seguir con esta tontería?’.
¿Acaso tenía algún trauma con el tejido? No sabía qué pasaba, pero estaba claro que verla tejer lo ponía de un humor de perros.
—Este… casi no tejí nada, me dormí temprano.
—Ah, ¿conque sí?
respondió Cedric con sarcasmo mientras escaneaba la mesa otra vez.
‘Es que me han llegado rumores de que hay gente que le está encajando su trabajo a otros a cambio de unas cuantas monedas’.
Recién ahí Sheila ató cabos con lo que él le había dicho hace un momento.
‘¿No me digas que ha venido a mi cuarto para empezar su inspección por aquí?’
Un sudor frío le recorrió la espalda. Lo bueno era que todavía no había recogido los uniformes de las otras mucamas que le tocaba lavar este feriado. No es que estuviera haciendo el trabajo de otros ‘técnicamente’, pero los accesorios de Judith —que no eran suyos— estaban bien caleteados bajo las maderas del piso…
Pero lo que sí estaba a la vista y podía ser un problema…
—Para ser un cuarto de una sola persona, veo que tienes demasiado aceite de lámpara, ¿no?
Cedric clavó la mirada, sin que se le escapara el detalle, en las botellas de parafina que ella había estado guardando.
—¡Ah! Eso es porque… ¡porque lo he estado ahorrando gota a gota!
exclamó ella, tratando de sonar convincente.
—¿De qué hablas?
—. Me parece que ahorras en todo, menos en el aceite. Te lo gastas como si no costara.
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