La criada azotada de la casa Calley - 75
Sentada frente a la chimenea, Sheila escuchaba la clase de Judith. Esta vez tocaba Actualidad.
Cedric tenía la costumbre de lanzar preguntas cuando menos te lo esperabas, así que Sheila siempre estaba con los oídos bien parados. Aunque una empleada sin estudios no tendría por qué entender una clase para nobles, como Cedric explicaba al nivel de Judith, a Sheila no le costaba mucho seguirle el hilo.
—Ayer, la realeza emitió un decreto sobre el tráfico de personas. Pronto se publicará en los periódicos locales para que todo el pueblo esté enterado.
Al oír ‘tráfico de personas’, Sheila se puso alerta.
‘O sea, trata de blancas……..’
Mientras la ‘empleada para recibir golpes’ prestaba toda la atención del mundo, Judith, la verdadera alumna, estaba con la mirada perdida. Cedric, notándolo, dijo:
—Bueno, para empezar, ¿Qué es un decreto……?
‘¿Otra vez con las preguntas?’
pensaron ambas.
Judith ya era experta en oler cuando venía un interrogatorio, Sheila vivía tensa porque sabía que si la niña fallaba, ella pagaba el pato. Ambas se pusieron nerviosas.
—Obviamente no tienes ni idea.
Uff, menos mal, no era pregunta. Gracias a eso, Judith se despabiló un poco y Cedric empezó a explicar:
—Un decreto es una orden directa del Rey; es decir, es una ley que se tiene que cumplir sí o sí. Y este decreto dice que cualquiera que participe en el tráfico de personas recibirá un castigo ejemplar.
Al oír ‘castigo ejemplar’, Sheila abrió los ojos de par en par. Hasta ahora, la trata de personas se hacía por lo bajo, pero la ley nunca hacía nada. ¿La razón? Casi todas las víctimas eran gente pobre. No importaba que le destrozaran la vida a alguien; a los de arriba les llegaba al pincho.
A Sheila se le vinieron a la mente las caras de su hermana y de Fred, el tipo que la vendió. Quizás lo que hizo Fred ni siquiera contaba como trata para la ley, porque lo disfrazó de ‘matrimonio’.
Si una ley así hubiera existido hace cinco años… si hubiera sido posible meter preso a su hermano por vender a sus propias hermanas con el floro del matrimonio, la vida de Sheila sería otra. No tendría por qué estar pensando en mancharse las manos de sangre, ni estar sufriendo lo que sufre ahora.
Sheila se desinfló por completo mientras escuchaba.
—Un decreto real no se lanza así por así. El deber de un gobernante es entender por qué se emitió, saberse la ley al derecho y al revés, aplicarla correctamente en su territorio. ¿Entendido?
Según explicó Cedric, todo esto pasó porque secuestraron y vendieron a un pariente lejano de la familia real.
‘Ya decía yo…..’
Al final, las leyes se hacían para proteger a los de saco y corbata.
El texto del decreto estaba escrito con palabras muy finas, pero en resumen: un noble de capa caída, que no tenía ni un sol, fue confundido con un plebeyo y lo secuestraron. Un papelón total. Parece que es verdad eso de que, si un noble no tiene plata, lo tratan como a cualquiera. Por eso, antes de que le pase lo mismo a otro ‘sangre azul’, sacaron la ley volando.
Qué eficientes, ¿no? Cuando solo eran los pobres los desaparecidos, nadie movía un dedo. Pero bueno, gracias a ese noble, ahora los de abajo también estarían protegidos… algo es algo.
Mientras Sheila le daba vueltas al asunto, terminaron las tres horas de clase. Era la última de la semana.
—Tengo un anuncio que hacer.
Ambas lo miraron fijo.
—A partir de este momento, Sheila deja de estar bajo el mando de Judith y pasa a ser mi empleada personal.
—… Ya.
dijo Judith, sin hacerse paltas.
—¡¿Qué?!
soltó Sheila, sorprendida.
A diferencia de Judith, que aceptó al toque, Sheila se quedó en el aire. Cuando ella soltó el grito, Cedric la miró con calma.
—Lo que escuchaste. Judith, tú ya te puedes retirar.
Cedric despachó a la niña en una.
—¿Pero qué está diciendo?
preguntó Sheila apenas se quedaron solos.
—¿Te parece difícil de entender?
—Es que… es muy de pronto.
—Judith ya está grande, no necesita a tres personas detrás de ella. Con dos ya es demasiado lujo.
Era verdad lo que decía Cedric: Judith tenía prácticamente tres empleadas para ella sola, ya que Anne también se había instalado como su asistente personal.
—Pe-pero… si yo era la empleada de la señorita, era justamente para poder ser su ‘empleada para los golpes’, ¿no?
—¿A estas alturas eso tiene alguna importancia?
—¿Qué?
—Aunque ahora seas mi empleada, el hecho de que serviste a Judith por más de cuatro años no va a desaparecer. Si a ella le llega al pincho que te peguen o no, es porque el problema lo tiene ella en su personalidad y punto.
Pensándolo bien, incluso cuando Sheila era su empleada directa, a Judith nunca le importó un pepino su bienestar. El problema fue que ella recién se daba cuenta, bien tarde.
Mientras Sheila se quedaba pensando en lo especial que era la personalidad de Judith, Cedric volvió a la carga:
—Además, tú tienes una deuda pendiente conmigo, ¿verdad?
‘No me digas que es por eso…….’
La semana pasada, como Sheila estaba en su ‘regla’, no pudo recibir el castigo que tenían pactado.
‘Ni modo. Habrá que pasarlo para la próxima semana’, le había dicho él.
Por el tema del periodo, Cedric le dio chance y pasó el castigo para esta semana. Sheila ya se había mentalizado de que tendría que aguantarlo incluso los días que no hubiera clase, pero no pensó que la cosa llegaría a este extremo.
Como él decía, si se convertía en la empleada personal del joven conde, ya no tendría que andar entrando a su cuarto a escondidas para ‘ponerse al día’ con los castigos pendientes.
—Ya le mandé a decir a la jefa de llaves con Rufus, así que tú solo obedece.
‘O sea, ya está todo cocinado……’
Sheila trompeó los labios. Parece que el humor de Cedric había cambiado; hace unos días estaba asado de la nada y ahora, así como si nada, se le había pasado. Incluso hoy, durante la clase con Judith, estuvo mucho más ‘tranquis’. De hecho, la niña solo falló unas veinte preguntas, mucho menos que antes.
‘La verdad es que este tipo es bien diferente a lo que imaginaba’
Con esa cara de muñeco perfecto y sin sentimientos, uno juraría que no tiene emociones. Menos que se iba a estar picando o molestando por tonterías. Pero ya tratándolo más, se daba cuenta de que sí tenía su lado humano… o mejor dicho, su lado pesado.
¿O sea que al principio me odiaba por una sonsera? Pensar en eso le daba una cólera… Con lo asustada que la había tenido todo este tiempo.
—A ver, ¿qué pasa con esa cara? Parece que mi nueva empleada no está nada contenta.
—¡¿Qué?! ¡No, para nada! ¡No es eso!
Sheila se asustó al ver que él le leyó el pensamiento y no le quedó otra que hacerse la loca.
—Bueno, si tú lo dices…
‘¡Ay, qué espeso!’
Sheila no tenía ni idea. Ese lado pesado de Cedric recién estaba empezando.
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—¿Granja Viehaber dijiste? Esta leche está bien tela, no me gusta nada.
‘¡Qué espeso es, por mi mare!’
De verdad, qué exigente y qué quejón puede ser este hombre con la comida.
—Esto también está muy dulce, no pasa nada. Sheila, ven acá y cómetelo tú.
¿Perdón? ¿Acaso tengo cara de tacho de basura o qué?
—Sí, mi señor.
respondió ella al toque, mientras por dentro lo mandaba a rodar, se sentó frente a la mesa de té.
Justo la habitación estaba limpia y ella solo estaba haciendo finta de que ordenaba algo para pasar el tiempo. A cada rato traían piqueos y dulces al cuarto, como Cedric es un fino de m… (muy exquisito), casi todo terminaba en la panza de Sheila.
—¡Pero si está riquísimo!
No era mentira, era la pura verdad. Desde la primera vez que le regaló esas galletas, Sheila sentía que cada postre que probaba superaba al anterior. Ella sabía que un postre no es bueno solo por tener harta azúcar; a veces lo empalagoso cansa, quizás porque ella creció sin comer muchos dulces.
Pero los dulces de Cedric eran otra cosa: tenían el punto exacto de dulce y te daban ganas de seguir comiendo.
—La gente de Rotas debe ser recontra feliz comiendo esto todo el día.
Como Cedric es tan especial con sus gustos, hace poco pagó una millonada para traerse a un maestro pastelero directamente desde Rotas.
‘Asu, cuánta plata tiene este tipo’
Sheila aprovechó y le dio un sorbo a la leche que estaba ahí. También estaba buena.
‘Para ser leche con agua, está bien rica, ¿no?’
¡Un momento! Sheila le dio otro trago rápido, casi atorándose.
‘No, no creo… ¿qué voy a saber yo de sabores de leche?’
Pero por más que quería hacerse la loca, esta leche se sentía mucho más cremosa y concentrada que la que tomó frente a Cedric la vez pasada.
‘Tengo que hablar con el tío Sam sí o sí’
Todavía no le había dicho nada a Sam sobre la leche porque no sabía cómo abordar el tema, pero ahora que el sabor había mejorado mágicamente sin que ella dijera ni mu, necesitaba una explicación.
Mientras ella se bajaba los dulces y le daba vueltas al asunto, Cedric y su secretario estaban en su salsa, trabajando a full.
‘Parece que el negocio les va viento en popa’
Los dos paraban siempre recontra ocupados. Escuchando sus conversaciones así de refilón, Sheila se dio cuenta de que él no era solo un pervertido con suerte que nació en cuna de oro, sino que de verdad sabía lo que hacía.
Claro, no entendía todo lo que decían, porque a veces los dos se ponían a hablar en idioma rotas mientras revisaban los papeles.
[¿Va a dejar que la empleada se quede en el cuarto todo el tiempo?]
[¿Algún problema?]
[No es eso, pero… como que distrae, ¿no?]
[¿Y a ti qué te importa mi empleada?]
[No lo decía por eso… ya, bueno, olvídelo. Está bien, jefe.]
[Entonces deja de hablar sonseras y ponte a chambear.]
Sheila miraba de reojo a los dos hombres. Bueno, en verdad a uno lo veía por visión periférica, porque su mirada estaba clavada en Cedric.
Se quedó hipnotizada viéndolo hablar ese idioma extranjero con fluidez, con esa expresión seria y ese perfil de estatua griega mientras trabajaba…
‘¡Sheila, reacciona! ¡No te pases!’
pensó ella, sacudiendo la cabeza para quitarse los pensamientos pecaminosos.
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