La criada azotada de la casa Calley - 74
Al día siguiente por la mañana, Cedric se apareció de verdad en el cuarto de Judith.
—Si ya entendiste, lárgate. Mañana temprano vengo a revisarte la tarea, así que ya sabes.
le había dicho el día anterior.
Lo que a Sheila le había parecido raro ayer, se hizo realidad. Normalmente, Cedric revisaba los trabajos en la siguiente clase, así que no era común que fuera a buscar a Judith a su cuarto solo para eso.
—Hoy nadie va a atender a Judith. Salgan todas.
Cedric despachó a las tres empleadas que estaban pegadas a la niña. ¿Que nadie la iba a atender…? Sheila, Molly y Anne salieron del cuarto rascándose la cabeza por la duda.
—¿Y ahora qué pasó? ¿De verdad dijo que hoy no tenemos que asistirla?
—Eso parece
respondió Sheila con tono de preocupación.
Molly seguía sin entender nada, cuando Anne, con esa cara de que no rompe un plato, soltó:
—Entonces, ¿me puedo ir a mi cuarto, no?
Hablaba como si lo que pasara ahí dentro no fuera con ella. Molly le clavó una mirada de pocos amigos. Antes de que empezaran con sus mechas de nuevo, Sheila le dijo a Anne:
—Ya, anda a tu cuarto. Pero quédate ahí, no salgas por si acaso nos llaman.
—Ay, por favor. No creo que el señor se desdiga después de darnos la orden.
Molly ya lo había dicho antes: Anne no decía mentiras, pero era una espesa total. Sheila ya estaba empezando a darle la razón. Cuando Anne se fue, Sheila se dirigió a Molly:
—Voy a avisarle a la jefa de llaves. Tú mejor ándate a tu casa, Molly; total, Anne y yo nos quedamos aquí en la mansión.
Si había algo seguro, era que Cedric no era de los que ‘borraban con el codo lo que escribían con la mano’. No se iba a echar para atrás.
Dentro del cuarto, ya sin testigos, Judith encaró a Cedric:
—¿Por qué botó a mis empleadas? ¿Qué le pasa conmigo?
Parece que los dos meses de clases sirvieron de algo, porque Judith ya no hablaba de sí misma en tercera persona. Eso sí, seguía recontra picona por el interrogatorio que Cedric le había metido el día anterior. Para ella, que la dejara en ridículo frente a las empleadas era lo peor que le podía pasar.
—Ayer le pusiste la mano encima a una de tus empleadas.
—¡¿Yo?! ¡¿Cuándo?!
Ante el descaro de la niña, Cedric soltó una risa sarcástica. Era una risa que daba frío. En su mente, se le vino la imagen de Sheila con la cara mojada. Ella había llorado. Cuando él le preguntó cómo estaba por el golpe, ella dijo que ‘estaba bien’, pero las lágrimas se le escapaban. Esa cara de ‘no pasa nada’ cuando por dentro estaba mal, fue lo que más le dolió.
Desde que vio la marca de los dedos en la cara de Sheila, Cedric juró que le iba a quitar esa mala costumbre a Judith de una vez por todas. Por un momento, sintió un poco de asco de sí mismo; pensó si él tenía la autoridad para reclamar, sabiendo que por sus propios deseos la había puesto a Sheila en ese puesto de ‘empleada para recibir golpes’. Pero, culpas aparte, tenía que frenar la violencia de Judith como sea.
—Claramente te mandé una advertencia con Rufus la vez pasada. No era solo para ese momento; era para que entendieras que no puedes andar pegándole a la gente que trabaja para ti. ¿O eres bruta que no entiendes?
Judith lo miró desafiante y gritó:
—¡E-es que ella se cayó!
—¿Y cómo te tienes que caer para que se te quede grabada una mano en la cara? ¿Y encima una mano del tamaño de una niña de trece años?
Judith empezó a resoplar de la rabia. Estaba segurísima de que Sheila se había ido con el chisme.
—Por cierto, no le pregunté nada a tu empleada. No quería molestarme más de la cuenta al enterarme de que hasta la obligaste a mentir por ti.
Al ver la cara de Cedric, Judith se estremeció. Él hablaba en serio y se le veía más asado que nunca, algo que ella no había visto jamás.
—Hoy te las vas a arreglar sola, sin empleadas.
—¡No! ¡Eso no!
Judith se tiró al piso a llorar de pura frustración. Para alguien que nunca en su vida había movido un dedo y siempre tuvo a alguien detrás, la idea de estar sola le daba pánico.
—Si vuelve a pasar, no será un día, sino dos o tres. Quédate ahí sola y piensa un poquito en cómo te sentirías tú si alguien te metiera un cachetadón así.
Cedric le dejó una tarea bien tranca. Eso de ‘ponerse en los zapatos del otro’ era algo que Judith, a sus trece años, no había hecho jamás en su vida.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
Rufus, que se había ido volando a Holserod por orden de Cedric apenas Sheila regresó de allá, volvió a la mansión después de tres días.
—No es un sitio sospechoso como pensábamos. En resumen: es un restaurante y pub que maneja el jefe del gremio de la zona. El segundo piso funciona como hostal.
—¿Un gremio…?
Cedric entornó los ojos. Hubo un tiempo en que los gremios tenían un poder alucinante, pero eso ya era cosa del pasado; poco a poco habían ido desapareciendo.
Sobre todo en el condado de Callei, desde que Bernard tomó el mando, se agarró a mechas con los jefes de los gremios por el tema de los impuestos. Se pelearon por el control comercial de la zona y, al final, casi todos los gremios terminaron desintegrados.
Sin embargo, Holserod estaba lejos de la mansión del conde y era una zona de artesanos. Tenía sentido que ahí todavía quedara algo en pie.
—Casi todos los gremios de por aquí han muerto, pero ese sigue parado y sin polo. Como hay mucho comerciante, todavía necesitan organizarse.
explicó Rufus, llegando a la misma conclusión que su amo.
—Parece que un tal Bill, un jefe joven, tiene a toda la gente en el bolsillo; confían mucho en él.
—¿Y por qué Sheila fue hasta allá?
preguntó Cedric, yendo directo al grano.
No le importaba qué tan organizada estuviera esa gente; lo único que quería saber era qué pitos tocaba Sheila en ese lugar.
—Averiguar eso estuvo difícil. Esa gente no te suelta sus movimientos ni sus cuentas así por las buenas.
respondió Rufus, haciendo que Cedric frunciera el ceño.
Cedric ya se imaginaba por dónde iba la mano. Si ella se había llevado toda esa plata que ahorraba sol por sol, lo más probable era que la quisiera guardar ahí.
Desde siempre, los gremios servían para varias cosas, una de ellas era funcionar como un banco caleta: juntaban la plata de la gente para hacer un capital grande o prestaban dinero con intereses. Como los bancos de verdad tienen la valla muy alta, la gente humilde se las arreglaba como podía, los gremios eran una opción.
El tema era: ¿por qué Sheila escogió precisamente ese sitio? ¿Y para qué diablos estaba juntando tanto dinero?
—Pero he descubierto algo más.
soltó Rufus con un tono misterioso.
Cedric levantó la mirada, atento.
—¿Qué cosa?
—Usted sabe que la señorita Sheila tiene una hermana mayor, ¿no?
Cedric asintió. Se sabía de memoria quiénes eran su familia porque lo leyó en la ficha que ella entregó cuando entró a trabajar a la mansión.
—Se llama Fabiola… Me enteré de que se casó y se fue a vivir allá. Se metió con un tal Duker, un tipo que tiene una carnicería.
—¿Y hace cuánto fue eso?
—Fue hace unos cinco años.
Al escuchar eso, Cedric empezó a sacar su cuenta, cuando Rufus volvió a hablar con cautela:
—Y dicen que no pasaron ni dos años desde que llegó allá cuando… ella misma se quitó la vida.
Cedric levantó una ceja, sorprendido.
—¿Por qué?
—Parece que el marido era una basura. Dicen que la gomeaba en plena calle a cada rato. Pero lo que ya no pudo aguantar fue que, por los golpes, perdió al bebé que estaba esperando.
A Cedric se le amargó el gesto con el reporte. No pudo evitar que se le viniera a la mente la cara de Sheila con los ojos llenos de lágrimas.
Hace cuatro años, cuando Sheila entró a trabajar como empleada a esta mansión, probablemente lo hizo porque el pueblo donde vivía su hermana también pertenecía al condado de Callei. Por las fechas, ella se habrá enterado de la muerte de su hermana cuando ya estaba trabajando aquí.
Lo lógico sería que, si su hermana ya no estaba, ella ya no tuviera ningún vínculo con este lugar. Sin embargo, Sheila no renunció; se aguantó todos los caprichos y maltratos de Judith y siguió ahí, firme en su puesto.
Y lo más raro: no iba a su casa original donde estaba su hermano, pero sí iba a cada rato a Holserod, el sitio donde su hermana murió.
—Rufus, averigua quién recomendó a Sheila para que entre aquí. También manda a alguien a su pueblo para que investiguen a ese hermano suyo.
—Entendido… mandaré a dos o tres hombres de confianza.
Cedric asintió. Si no estuviera tan ocupado, lo mandaría al mismo Rufus, pero la ceremonia de nombramiento estaba a la vuelta de la esquina. Todo el mundo en la mansión estaba en corre코레 (corretraje), así que no podía estar sacando a su secretario personal para otros asuntos a cada rato.
Rufus parecía pensar lo mismo porque contestó rápido, pero se le veía una cara como de que se había quedado con las ganas de ir.
‘¿Y a este qué le pasa?’, pensó Cedric.
—¿Te has quedado con las ganas?
—¡Ah! No, para nada.
respondió Rufus al toque.
Pero Cedric no le quitó la mirada de sospecha. Lo mandaba a él porque era el más confiable, pero que su secretario supiera tanto de la vida de Sheila ya le estaba empezando a llegar al pincho (molestar).
—Ya, bueno, regresa a tu chamba.
—Sí, mi señor.
Cedric decidió ahí mismo que, para el próximo reporte, mejor escucharía a los otros hombres directamente y dejaría a Rufus fuera del asunto.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com
Deja una respuesta
You must Register or Login to post a comment.