La criada azotada de la casa Calley - 73
La pinza que antes le apretaba la nariz ahora atrapó su lengua roja.
—¡Uuuh……!
En el momento en que la pinza se cerró, un dolor mucho más pesado de lo que imaginaba la atravesó. ‘Ya me parecía’, pensó ella. Era obvio que él no la iba a perdonar así como así. Pero eso no era todo. Antes de que pudiera procesar el dolor de la lengua, sintió un pellizco agudo en ambos pezones: él le había puesto pinzas también allí.
¡Ring!
A diferencia de la última vez, estas tenían pequeñas campanillas colgando en las puntas.
—Ponte a gatas mirando hacia allá.
ordenó él, señalando el cabezal de la cama.
Sheila giró en la dirección que él quería y se apoyó sobre sus manos y rodillas. Cedric se posicionó justo detrás de ella. Con firmeza, sujetó sus nalgas blancas y las separó hacia los lados.
—¡Huuu!
Cuando Sheila se estremeció, sus pechos apuntando hacia el colchón se sacudieron, haciendo que las campanillas soltaran un tintineo cristalino: ring, ring.
Cedric invadió su entrada abierta mientras le estrujaba los pechos con fuerza.
¡Ring!
—Parece que mi perra ahora se convirtió en una vaca lechera.
—¡Hauuuu!
Como tenía la lengua atrapada por la pinza, su gemido salió cortado a la mitad. Sheila volvió a estallar en llanto mientras era embestida, aceptando ahora ese trato de animal de granja.
Cada vez que él movía la cadera sin soltarle los pechos, el cuerpo de ella se sacudía sin remedio. Entre sus largos dedos, los pezones prisioneros no dejaban de hacer sonar las campanillas, llenando la habitación con un tintineo incesante.
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Después de cuatro largas horas de tormento, Sheila se encontraba en los brazos de él. Pero esta vez, estaban en la bañera.
Al terminar, Cedric se había levantado primero para llenar la tina y luego, cargando en vilo a Sheila (que estaba desparramada en la cama), se metió con ella en el agua. Sheila no tuvo más remedio que dejarse llevar.
Por supuesto, el tiempo del baño no contaba como parte del castigo. Lo normal sería salir y lavarse por su cuenta, pero su estado era un desastre total. El mayor problema eran los garabatos obscenos que él había escrito en su vientre con tinta; a menos que quisiera provocar un escándalo en toda la mansión sobre lo que había estado haciendo, tenía que borrar cada rastro antes de salir de esa habitación.
Por suerte, Sheila no era la única que lucía fatal. Ese día, el estado de Cedric también era digno de ver. Después de cuatro horas de ‘combate’, el conde se veía inusualmente desaliñado.
Su cabello, que siempre estaba perfectamente peinado con gomina, se había soltado por el movimiento. El esfuerzo prolongado lo había dejado algo pálido, lo que hacía que las líneas de su rostro se vieran más afiladas y delicadas. Con los mechones negros cayéndole sobre la cara y ese aire de fatiga, se veía peligrosamente decadente.
‘Nadie más que yo conoce esta faceta del joven conde’, pensó Sheila, sintió un vuelco extraño en el pecho.
Cuando lo vio acercarse para meterla en la tina, Sheila se había tocado debajo de la nariz por instinto. Pensó que le estaba saliendo sangre, pero por suerte solo era humedad. ‘Si me sangra la nariz, es por el cansancio, solo por el cansancio…’, se mintió a sí misma, llegando a un nivel de autoengaño impresionante.
Era imposible rechazarlo en la bañera; después de todo, tanto la habitación como la tina eran suyas. Ella simplemente se limitó a agradecer al cielo que ‘el asunto’ entre las piernas de él se hubiera calmado por fin.
‘Así que también tiene momentos así’, pensó. Acostumbrada a verlo siempre ‘furioso’, sentir algo blando contra su trasero le resultó extrañamente tierno. ‘¿Tierno? ¿Ese hombre… o mejor dicho, esa parte de su cuerpo?’. Sheila se sonrojó sola. ‘Definitivamente me volví loca’.
Era increíble que todavía tuviera energía mental para pensar esas cosas después de semejante paliza. Y no era lo único sorprendente: aunque estaba tan agotada que no podía mover ni un dedo, se sentía extrañamente renovada. Quizás era porque finalmente había soltado todo el llanto que tenía contenido.
—¿Te duele en algún lado?
preguntó Cedric desde atrás, mientras la rodeaba con sus brazos.
—En ninguno……
negó ella con voz débil.
—Entonces no me queda más remedio que masajearte yo mismo.
—No, de verdad estoy bi…
—¿Prefieres que vaya a tu habitación a hacerlo? Yo también estoy cansado hoy.
dijo él, refiriéndose a los masajes que solía darle.
Aunque él se veía agotado, no parecía estar en el límite como ella; después de todo, la había cargado hasta ahí sin esfuerzo. Sheila no quería que él entrara en su cuarto, así que se quedó callada.
Cedric empezó a masajearle la nuca con destreza, bajando poco a poco hacia los hombros y los brazos. Al dejarse llevar por el masaje, la espalda de Sheila se apoyó contra el pecho de él. A diferencia de ella, su pecho era firme y sólido, pero estaba tan cálido que le recordaba que no era una estatua, sino un hombre de carne y hueso. Para Sheila, ese calor se sentía casi abrasador.
—¿Te dolió mucho por las pinzas?
preguntó él, rozando con sus dedos los pezones donde antes colgaban las campanillas.
—No… ah… no.
respondió ella, casi soltando un gemido extraño por la distracción del masaje.
—Me alegra oír eso.
A pesar de que debió sentir su estremecimiento, él se limitó a masajearle los pezones con una lentitud meticulosa. No se burló ni intentó humillarla como solía hacer.
‘Será porque el tiempo del castigo ya terminó…’
Pero, ¿qué era este sentimiento? ¿Por qué se sentía… decepcionada?
Sheila estaba estupefacta con sus propias emociones. Ya era bastante absurdo haberse excitado solo por el tacto del joven conde dándole un masaje, pero esto era otro nivel.
‘De todos modos, esto es solo un castigo que ocurre durante un tiempo determinado’, se regañó a sí misma.
Cedric terminó de masajearle el pecho con la delicadeza de quien cura una herida y luego, usando una toalla, borró por completo los grafitis obscenos que había escrito en su vientre plano.
—¿Y el trasero? ¿Cómo está?
preguntó él, esta vez interesándose por las nalgas que había azotado con la palma de su mano.
—… Está bien.
Le había dolido en el momento, claro, pero solo había sido eso. Comparado con los azotes con herramientas, los golpes con la mano no dejaban heridas ni secuelas duraderas.
—Me alegra saberlo.
Al verlo revisar con tanto esmero cada lugar donde la había castigado, una sensación extraña volvió a hacerle cosquillas en el corazón. Cuando Sheila intentó esconder el rostro entre sus rodillas por puro instinto, él usó sus dedos para levantarle la barbilla y obligarla a mirarlo.
—¿Y lo que te hizo Judith? ¿Estás bien?
Ah… lo sabía. Lo sabía todo.
Aunque pensó que él no preguntaría, Sheila había ensayado mil veces la respuesta por si lo hacía: ‘Me choqué contra la pared, de verdad’. Había dado vueltas a esa excusa durante toda la clase por miedo a que él no le creyera. Sin embargo, él no había mencionado la marca roja de su rostro en todo el tiempo que estuvieron en la habitación.
‘Si no iba a preguntar, podría haber seguido fingiendo que no sabía nada hasta el final…’, pensó ella.
Sheila negó con la cabeza, asegurando que no le dolía. Sin previo aviso, un par de lágrimas rodaron por sus mejillas. Pero, en lugar de secárselas, mantuvo el rostro impasible; como estaban dentro de la bañera, su cara ya estaba mojada.
Incluso para el joven conde, que era extremadamente perspicaz, debía ser imposible distinguir sus lágrimas del agua.
Y al parecer tuvo razón, porque Cedric no insistió más en el tema. Cambió de rumbo y le hizo otra pregunta:
—¿Recuerdas la palabra de seguridad que te dije la última vez?
Sheila asintió. Era imposible olvidar que Cedric le había pedido que usara su propio nombre, ‘Cedric’, como clave.
—Entonces, ¿por qué no la dijiste?
Ante esa pregunta, Sheila se detuvo a pensar un momento antes de responder.
—… Porque era soportable.
Las manos de él, que hasta hace un momento amasaban su cuerpo, se detuvieron en seco. Por un instante, dio la impresión de que el tiempo dentro de esa bañera se había congelado.
Sin embargo, pronto Cedric levantó una mano para acariciar la mejilla de Sheila.
—Bien hecho. Si alguna vez se vuelve insoportable, dímelo sin falta, ¿entendido?
—Sí… Maestro.
Tal como había sucedido en otras ocasiones, Sheila dudó por un segundo, pero terminó usando el apelativo de ‘Maestro’. La ambigüedad entre el tiempo del castigo (que ya había terminado) y el espacio físico (que seguía siendo la sala de torturas) siempre la sumía en un dilema.
Si pensaba en que el reloj ya había corrido, lo correcto sería llamarlo ‘Joven Conde’. Pero…
‘Todavía estamos dentro de la sala de castigos…’, se puso como excusa a sí misma.
En ese preciso instante, sintió cómo aquello que estaba blando contra su trasero empezaba a cobrar fuerza. Aunque sabía que el tiempo pactado había concluido y que no pasaría nada más, no pudo evitar sentir que prefería esa dureza a la flacidez anterior.
Cedric, por supuesto, no era ajeno a los cambios de su propio cuerpo.
‘Qué mujer tan astuta’, pensó. Fuera intencional o no, lo que Sheila acababa de hacer era una provocación en toda regla. Cedric soltó una risa amarga hacia sí mismo al sentir su propia erección.
Le resultaba imposible odiar a esta mujer que se entregaba así a él. Al final, sabía que el problema siempre había sido suyo: incapaz de controlar sus extrañas fijaciones, había tendido una trampa a una mujer inocente a propósito.
Y, aun así, se había comportado como un niño malcriado solo por una salida de ella. Romperle la ropa interior, humillarla cuando vino a devolverle el dinero, excederse en el castigo… todo habían sido arrebatos innecesarios.
Pese a todo, Sheila lo seguía.
Cedric siempre tenía cuidado de no herirla físicamente, pero a veces, al sumergirse en el acto, las cosas se volvían más intensas de lo planeado. Sabía que, por mucho que él se controlara, para Sheila —que no sabía nada de estas prácticas— podía haber momentos difíciles de digerir. Por eso le había enseñado una palabra de seguridad y se había asegurado de que no la olvidara.
Y resulta que para ella era ‘soportable’…
Para ser una mujer que empezó sin saber absolutamente nada, su adaptación era asombrosamente rápida. ¿O acaso era algo innato?
‘Maldita sea…’, maldijo para sus adentros mientras estrechaba el cuerpo de ella contra el suyo.
Dobló las piernas de Sheila para masajearlas y hundió el rostro en su hombro. La mujer, encogida, encajaba perfectamente en su regazo.
‘¿Por qué tú…?’. Cedric no pudo terminar el pensamiento.
Cuanto más la conocía, más curiosidad le despertaba. Cuanto más la poseía, más se encendía un deseo posesivo tan voraz que sentía ganas de devorarla hasta los huesos. Cedric continuó acariciando con suavidad ese cuerpo que parecía que se rompería si lo apretaba demasiado.
El tiempo en el que podía tocarla a su antojo ya había consumido dos tercios de su plazo.
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