La criada azotada de la casa Calley - 71
Sheila seguía sin entenderlo. ¿Tan malo era haber ido a devolver la plata…? Claro, quizás se había metido en camisa de once varas, pero ¿tenía que decirle las cosas así, de esa forma tan fea? Bueno, para empezar, ni siquiera entendía por qué se la tenían jurada y paraban buscándole la sinrazón. Aunque, pensándolo bien, quizás la respuesta era de lo más simple. Los nobles, de por sí, son gente que nadie entiende…
Como Judith, por ejemplo. Al comienzo de las clases con Cedric, Sheila juraba que las notas de Judith iban a subir aunque sea un poquito. Y lo creía porque, cada vez que a Sheila le caía un reglazo, Judith se ponía a llorar a moco tendido como si a ella le estuvieran pegando. Pero las notas de Judith no subieron nada… pero nada, ni un poquitito. Es más, hasta le encajaba sus tareas a Sheila y al final todo terminó en un problemón. Qué tonta fue. Recién tarde se dio cuenta de que Judith no tenía ni la más mínima intención de estudiar. Tuvo que aceptar que a la señorita le importaba un pepino que a su empleada le pegaran. Si era así, ¿entonces para qué tanto llanto…?
En fin, las razones por las que un noble llora o se asada eran cosas que alguien tan humilde como Sheila jamás llegaría a comprender. Sheila decidió dejar de romperse la cabeza con cosas que no entendía y se concentró en atender a Judith. Pero, para su mala suerte, el accidente pasó justo en ese momento.
¡Chuaaac!
—¡Ay!
Mientras servía la comida, el dedo de Sheila se enganchó en el plato de estofado. El plato se volteó y la falda de Judith quedó hecha un asco.
—¡Pedazo de idiota!
—¡Señorita, fue un accidente! ¡Disculpe…!
¡Zas, zas, zas!
En un dos por tres, Judith la agarró de los pelos y le metió tres cachetadas seguidas en la misma mejilla. Iba a levantar la mano otra vez, pero Molly se metió a la fuerza para calmarla.
—¡Señorita, ya! ¡Tranquilícese! Ha sido un accidente de Sheila. Es la primera vez que le pasa.
Judith bajó la mano y soltó:
—Claro, es la primera vez. Lo ha hecho por venganza, porque últimamente le está cayendo su tunda por mi culpa.
—¡No, señorita! ¡Cómo cree!
Sheila, que todavía estaba media atontada por los golpes, negó todo desesperada al ver que le estaban echando la culpa de algo que no hizo.
—¡¿Cómo que no?! Si más tarde me va mal en la clase, que sepas que todo va a ser por tu culpa. ¿Entendido?
—Sí, claro. Todo es mi culpa.
Sheila se apuró en darle la razón para que no se siga asando. Diga lo que diga, al final la que iba a pagar el pato por los errores de Judith en el examen era ella. Las dos empleadas se apuraron en limpiar el estofado que manchaba a Judith.
—¡Saca eso! Me voy a cambiar. ¡Ay, caracho, qué rabia me da!
Ante los gritos de Judith, Sheila se apuró en cambiarle la ropa. Sentía la piel de la cara ardiendo y toda hinchada, pero no tenía ni un segundo para quejarse.
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—Si mi hermano te pregunta, dile que te golpeaste contra la pared. ¿Ya?
Antes de entrar a clase, Judith se lo advirtió una y otra vez.
—Sí, señorita.
Pero ella sabía que él no le iba a preguntar nada.
Por alguna razón, él estaba recontra asado con ella desde el fin de semana pasado.
Cuando abrió la puerta y entró, Cedric estaba, como era de esperarse, con un humor de perros.
Desde que ella había ido a devolverle la plata hace un rato, las cosas entre los dos se habían puesto todavía más tirantes.
Sheila le hizo una venia en silencio y se fue a sentar a su sitio junto a la chimenea, tratando de pasar caleta, como si no estuviera ahí.
Cedric empezó a acribillar a Judith con preguntas más yucas de lo normal.
And cada vez que de la boca de Judith salía una respuesta mal, el ambiente en el salón se ponía cada vez peor.
—Dime los nombres de las quince familias que tienen vínculos cercanos con la nuestra.
—Explícame de la unión de qué familias nació el actual rey, Roland III, qué influencia tiene esa familia en la dinastía de hoy.
—¿Cuáles son los logros históricos de la famosa familia Salviati y qué significa su escudo?
Era increíble cómo se podía hacer llorar a alguien solo con preguntas.
Judith, que normalmente solo lloraba cuando le pegaban a Sheila, esta vez terminó estallando en llanto en plena clase.
Pero a Cedric le valió un comino verla sollozando y siguió con la clase a la fuerza.
Judith estaba tan nerviosa que daba pena; hasta las preguntas que se sabía, las contestó mal.
—¿No puedes responder bien? Al parecer, la ‘empleada para azotes’ que contratamos no está sirviendo para nada.
Al oír a Cedric, Judith puso una cara de puro terror.
Ella se acordaba clarito que la última vez él le había dicho: ‘La próxima vez, tú tampoco te salvas’.
Sheila, al sentirse tratada como un estorbo, también se puso nerviosa.
Es que esta semana Cedric había estado de un humor insoportable todo el tiempo.
Cuando la clase —que se sintió como una eternidad— por fin terminó, Cedric le dio una orden a Judith.
—Baja y ponte a hacer la tarea de una vez. La tarea no es para que me escribas con letra bonita, sino para que se te queden las cosas en la cabeza.
—Sí, hermano.
—Ya, fuera de aquí. Mañana por la mañana paso a revisarte, así que ya sabes.
‘¿Revisar…?’
Mientras Judith salía lloriqueando, Cedric miró a Sheila, que estaba toda confundida, le dijo con una frialdad que asustaba.
—Sígueme.
Él estaba hecho un hielo; ni siquiera se molestó en preguntar cuántas respuestas había fallado Judith.
Claro, no necesitaba que Sheila se lo dijera; él ya tenía el cálculo exacto en la cabeza.
Sheila dejó el papel que tenía en la mano y se levantó de su sitio.
En el papel había un total de cuarenta y ocho rayas marcadas.
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En la sala de castigos había una estructura que parecía un atril de lectura bien largo. Tenía hasta unos brazos a los lados.
Después de hacer que Sheila se arrodillara en el piso, él le amarró los brazos a esa estructura. Al chocar contra la tabla de madera inclinada, sus pechos blanditos se aplastaron como si fueran panes de crema.
Como la estructura era bajita, él también puso una rodilla en el suelo y se acomodó al lado de Sheila.
—De ahora en adelante, te voy a dar ocho golpes con la palma de la mano.
Tal como se esperaba, Cedric sabía exactamente cuántas veces se había equivocado Judith, sin fallar ni por una sola respuesta.
—Cada vez que te caiga un golpe, vas a contar el número, vas a decir: ‘Gracias’.
Sheila respondió con la voz toda nerviosa.
—Sí…, amo.
Ya sentía que se le iban a salir las lágrimas.
De pronto, Cedric movió el brazo con fuerza.
¡Zas!
—¡Ahg!
Un sonido más fuerte de lo que esperaba retumbó en la sala, seguido del quejido de Sheila.
—El número.
—U-uno… ah… uno. Gracias.
Sheila, haciendo un esfuerzo por no perder el sentido, contó y dio las gracias.
Cedric se quedó mirando a Sheila, que sufría amarrada a esa estructura.
Seguro ella estaba bien sorprendida. Porque normalmente, cuando eran menos de diez manazos —algo que no tomaba ni tiempo— él solía darle los golpes así nomás, por cumplir.
Aunque Cedric tenía un lado sádico y otro dominante, si había que elegir, su lado dominante era el que mandaba.
Esa empleada, que se había atrevido a salirse de su control y andar entrando a sitios extraños por su cuenta, le había prendido la chispa.
Por más que él quisiera ser buena gente y aceptar que ella tuviera su vida privada, el hecho de que se hubiera atrevido a mentirle a un joven conde era, a todas luces, una falta grave de su parte.
Así que tenía que castigar a la empleada preguntona a su manera.
—¿Te gustó volver a tu pueblo?
—Sí… Sí, me gustó mucho.
¡Zas!
En el mismo instante en que otra mentira salió de la boca de Sheila, sonó el segundo golpe del castigo.
—¡Igff!
—¡El número!
Lo de la mentira era una cosa, pero lo que más cólera le daba era que ella anduviera entrando a lugares sospechosos sin pizca de miedo.
—Do… dos. Gracias. ¡Hic!
Con solo dos golpes, el trasero de la mujer ya estaba temblando de puro dolor.
Pero a Cedric todavía no se le pasaba la asada.
Si se le fuera a pasar con tan poco, ni siquiera se hubiera tomado la molestia de empezar.
Para Cedric, cada vez que quería acercarse a la empleada, tenía que inventarse una excusa que cuadrara. No estaba bien que un joven conde buscara a una sirvienta por las puras.
Y Sheila era igual. Si él iba a buscarla a su cuarto sin motivo, ella era de las que preguntaba ‘¿qué se le ofrece?’ hasta que le dieran una razón que la convenciera.
Pero en ese lugar tan sospechoso sí aceptó comida así nomás, hasta recibió para su pasaje sin pensarlo dos veces…
Y encima, para que él no se diera cuenta de nada, le salió con el cuento de que se bajó en el mercado para comprar una alfombra y tapar el piso.
—Dijiste que ibas a venir temprano, pero ni tu palabra cumples.
¡Zas!
—¡Agh! Se… ¡hic!, tres. Gracias.
Sheila siempre estaba con los nervios de punta, como un erizo con las púas afuera. Pero, aun así, apenas ponía la cabeza en la almohada se quedaba seca. Era imposible no darse cuenta de lo agotada que estaba por la vida tan dura que le tocaba llevar.
¡Zas!
—¡Buaaa, snif!
—Cuenta bien.
—¡Hic!, cuat-cuatro… Gracias.
Ya, bueno, el pasaje… qué importa, lo podía recibir. Como ella para haciendo mil cosas a la vez, era obvio que podía tener amistades que él ni conocía.
‘¿Pero la plata que yo le doy sí me la cuestiona?’
Eso era lo que le daba una cólera negra. Incluso esa plata que él le dio tenía una razón clarísima: era el pago por haberle roto la ropa interior a la fuerza. Pero la empleada le salió con que era demasiado y le devolvió la mitad.
‘Claro. Para ti, nosotros somos una relación donde todo se saca con calculadora’.
Cada golpe, cada vez que se acostaban… todo bajo cuenta.
¡Zas!
Al final, era la relación entre una sirvienta y un joven conde, no se podía evitar. Por eso él se había tomado tanto trabajo con ella hasta ahora.
—¡Agh…! Cinco, ¡buaaa!… Gracias.
Sheila rompió en llanto. Claro que eso no era culpa de ella. Si tenía alguna culpa, era simplemente haber caído en los ojos de un tipo tan enfermo como él.
No se comparaba con lo que sentía ella, pero a Cedric también ya le empezaba a doler la palma de la mano. Ese ardor, sin embargo, lo hacía sentir extrañamente bien. En el trasero blanquísimo de Sheila, que ya se había comido cinco manazos, empezaron a hincharse las marcas de sus dedos.
¡Zas!
—¡Hic, hic! Seis, gra… cias.
Y sobre esas marcas, se sumó una más. Recién al ver sus propias huellas ahí grabadas, se le pasó un poco el fastidio que sintió al verle la cara a Sheila hace un rato.
En la mejilla de Sheila se notaba clarito el rastro de la cachetada que le metió Judith. La vez pasada mandó hasta a Rufus para que Judith no se desquitara con ella, pero eso solo sirvió para ese momento. Mientras ella fuera la empleada de Judith, estas cosas iban a seguir pasando una y otra vez.
¡Zas!
El cuerpo de Sheila saltó por el golpe en el trasero. Volvió a llorar a moco tendido y por un buen rato no pudo ni hablar. Pero pronto recuperó el aire y siguió contando.
—Siete… ¡hic! Gra… cias.
Los manazos de Cedric, que empezaron por pura lógica y terminaron siendo algo totalmente emocional, ya solo llegaban al último golpe.
—Solo queda una, Sheila.
Ante las palabras de Cedric, que se tomó su tiempo antes del golpe final, a Sheila le recorrió un escalofrío por toda la espalda.
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