La criada azotada de la casa Calley - 70
‘¿Por qué……?’
¿Pero qué rayos pasa……?
Mientras atendía a Judith, la cabeza de Sheila era un laberinto lleno de pensamientos sobre Cedric. Con esa sensación encima, le era imposible quedarse tranquila. Al final, Sheila se hizo un tiempo y, llevando una de las dos monedas de oro que él le había dado, fue a buscarlo a su habitación.
Y ahí mismo se quedó helada. Él emanaba un aura mucho más fría que la que había mostrado el día anterior en su cuarto.
—¿Qué pasa?
¿Qué era lo que tenía que decir……? O sea… ¿qué era? Sheila, que estaba tiesa por los nervios, apenas pudo recordar a qué había venido.
—Ah, esto… es que quería devolverle el dinero. Es que un sólido es demasiado para esto…….
Se acercó al escritorio para dejar la moneda que traía. A pesar de que eran solo unos pocos pasos, sentía que las piernas le temblaban. A ese nivel llegaba la imponente presencia de Cedric; daba miedo. Era como cuando lo vio por primera vez hace cuatro años. Pensó que, al haberlo visto seguido todo este tiempo, la cosa había mejorado un poco, pero no era así.
Con las justas llegó al escritorio y dejó el sólido con cuidado en una esquina. Cedric, que miraba la moneda de oro sobre la mesa, clavó la vista en Sheila, quien ya retrocedía a una distancia prudente. Ella, toda nerviosa, pasó saliva con dificultad.
Él abrió la boca:
—No me jodas y llévatelo.
—¡Pe-pero……!
balbuceó Sheila.
Haber traído el dinero de vuelta no era por orgullo ni nada de eso. ¿Quién era ella para ponerse orgullosa frente al joven conde? La razón por la que devolvía la mitad era simplemente porque dos sólidos era una exageración por el precio de una ropa interior. Por más que le gustara la plata, no aceptaba dinero que no tuviera una justificación.
Incluso con sus compañeras de limpieza, siempre cobraba lo justo. De hecho, por ese mismo orgullo, quizás era más tacaña a la hora de hacer rebajas. Pensó en quedárselo ya que venía del joven conde que era millonario, pero entre estar así de inquieta o devolverle la mitad, prefirió lo segundo.
Como Sheila no podía terminar de hablar, Cedric le preguntó:
—¿Cuánto cuesta esa ropa interior?
—¿Eh?
—Te he preguntado cuánto cuesta.
La mirada de Cedric mientras preguntaba el precio seguía siendo fulminante.
—Bu-bueno, fue un regalo, pero sé que se puede comprar con unos un denis, más o menos.
—Entonces, como quedamos en que te pagaría el doble, ¿serían cuatro denis?
Sheila se puso rígida, adivinando lo que él diría después.
—¿Y entonces por qué lo que traes es un sólido?
Como un sólido valía 20 denis, los dos que Cedric le dio equivalían a 40. Así que, si quería devolver el monto exacto, lo correcto era regresarle 36 denis; es decir, un sólido y 16 denis más.
—¿O sea que puedes aceptar un sólido pero no dos? ¿Esa es tu dizque conciencia? Ah, no. El dinero es solo una excusa, seguro has venido para que te pida disculpas.
Ante las palabras de Cedric, la cara de Sheila se encendió de la vergüenza.
—¡¿Disculpas……?! Para nada, no es eso.
Sheila insistió en que sus intenciones eran puras. Y agregó
—Lo siento mucho. El dinero… o sea, le devolveré el resto exacto apenas consiga sencillo.
En cuanto ella terminó de hablar, la expresión de Cedric se volvió aún más gélida. Era obvio que estaba recontra molesto.
—No te lo puedo creer.
Cedric escupió cada palabra lentamente
—¿Crees que estoy haciendo esto porque quiero que me devuelvas la plata, o porque no necesito que me devuelvas nada y quiero que agarres eso y te largues?
Sheila abrió la boca:
—Si le soy sincera…….
—Me parece que me está diciendo que me largue porque no le interesan estas propinas…….
Con el rostro encendido de la vergüenza, Sheila replicó:
—La… la segunda opción.
Viendo la actitud de Cedric ahora mismo, era obvio que se refería a lo segundo.
—Pe-pero igual…….
Sin embargo, como Cedric estaba tan molesto, Sheila ya ni sabía qué era lo correcto. Mientras ella seguía ahí parada sin atreverse a retirarse, él soltó otro dardo:
—¿Qué? ¿Si otra persona te da plata sí la aceptas, pero si te la doy yo no puedes?
—¿Qué……?
Ante esas palabras sin sentido, Sheila, que ya de por sí estaba tensa, se encogió todavía más. Sin saber qué hacer ni qué decir, ya con cara de querer ponerse a llorar, Cedric le dijo:
—Me pregunto hasta cuándo piensas quitarme el tiempo con tonterías.
—No, yo……. Lo siento mucho…….
Ante la disculpa de Sheila, él sentenció:
—Entonces, deja de hacer cosas por las que tengas que pedir perdón y llévate esto de una vez.
Sheila pensó que, tal vez, había hecho una ridiculez. Para él, eso era, literalmente, una propina insignificante……. Aguantándose las ganas de llorar por la pura vergüenza, se acercó al escritorio y volvió a recoger la moneda de oro que había dejado. Al hacer una reverencia para despedirse, finalmente se le escapó una lágrima. Atolondrada, Sheila salió apurada de la habitación de Cedric.
Él se quedó mirando fijamente la gota de lágrima que había caído sobre el escritorio.
Cedric estaba recordando el informe que recibió después de haber ido al cuarto de Sheila el día anterior. Para su sorpresa, el lugar al que ella había ido no era su pueblo natal. Sheila no tomó el tren, sino un carruaje, su destino era un pueblo llamado Holzerod, en el condado de Callei.
Tanto por el hombre que apareció de la nada como por el hecho de que Sheila viajara sola tan lejos, él se sintió intranquilo y mandó a alguien a seguirla; pero desde el momento en que supo que no era su pueblo, Cedric sintió que le habían dado donde más le dolía.
‘La señorita Sheila entró defrente a un restaurante. Un empleado joven la recibió muy bien; se notaba que tenían mucha confianza. El tipo no dejaba de masticar algo mientras hablaban’.
El hombre que la siguió le contó los detalles de lo que pasó en el restaurante con bastante precisión.
‘La señorita Sheila subió al segundo piso y se quedó ahí como un par de horas. A mitad de tiempo, el empleado subió con comida, parece que era para ella. Y cuando terminó y salió, el mismo tipo la siguió para darle algo de parte del «Maestro». Ah, parece que ese sujeto que parecía el dueño era solo una fachada, el verdadero dueño, al que llaman «Maestro», está aparte en el segundo piso’.
A su lado, Rufus no paraba de anotar todo mientras escuchaba la historia.
‘La señorita Sheila le agradeció, recibió lo que le dieron y se fue directo a tomar su carruaje. Vi que era un ticket para alquilar un coche’
Lo que siguió fue puro relleno: que se bajó en el mercado, que estuvo mirando puestos y que compró una alfombra vieja. Historias sin importancia. No había mucha información útil sobre lo que pasó allá, salvo algunas sospechas, porque como la estaban siguiendo en tiempo real, no habían podido investigar más a fondo.
‘¿Y yo que pensé que estaba feliz porque se había ido a su pueblo?’
No había ido a su casa, pero era un hecho que se había encontrado con ese tal ‘hermano menor’ de su pueblo. Era muy probable que el joven que no dejaba de masticar fuera el mismo tipo que fue a buscarla a la mansión. Sheila resultó ser más astuta de lo que él pensaba. Primero sus mil ‘oficios’ extras y el lío de la leche, ahora frecuentando lugares raros y juntándose con gente sospechosa…….
Cedric mandó a Rufus de inmediato a investigar ese lugar, pero a diferencia de un simple seguimiento, averiguar la identidad del sitio y por qué Sheila iba tanto por allá tomaría su tiempo.
Justo cuando Cedric estaba rumiando todo lo de ayer, Sheila entró de golpe con su sólido de oro. Él no había expresado ni la centésima parte de lo indignado y furioso que estaba, aun así ella se puso a llorar. Cedric miró la lágrima que ella dejó olvidada y se mofó de sí mismo.
‘Soy un imbécil……’
No estaban en un cuarto de castigos ni nada parecido, pero ahí estaba él, haciendo llorar a una mujer. Se sentía patético, no había otra palabra para describirlo.
‘¿Por qué? ¿Si otra persona te da plata sí la aceptas, pero si te la doy yo no puedes?’.
Ni en sus peores sueños se imaginó que de su boca saldrían palabras tan infantiles. La verdad es que su humor se había ido al diablo desde que la vio subiendo las escaleras, tarareando toda feliz, supuestamente porque ‘había ido a su pueblo’.
Le reventaba ver ese vestido nuevo de salir, hasta la alfombra nueva que ella había puesto le caía pesada. En medio de todo ese fastidio, cuando vio la ropa interior nueva, perdió los papeles y terminó rompiéndola en un arranque de cólera. Él mismo se daba cuenta de que estaba actuando de forma visceral, algo que no era propio de él.
Pero no se arrepentía. Total, una prenda tan simple se podía reponer de sobra. Cedric recordó que tiró los dos sólidos sobre la alfombra que ella había puesto para ocultar su escondite secreto y se largó. Si solo se contaba el precio de la ropa, quizás era mucha plata; pero como compensación por haber destrozado propiedad ajena, le parecía un monto justo.
Por eso, que ella viniera a devolvérselo hizo que le hirviera la sangre.
‘Bien que le aceptó al otro tipo para su pasaje……’.
Pero eso no era lo único que lo sacaba de quicio. Si uno miraba los libros de cuentas de Sheila, ella prácticamente no gastaba ni un sol. Que una mujer como ella hubiera tomado un carruaje era casi un milagro. Claro, como tenía que moverse con una buena suma de dinero, no le quedó de otra.
El problema era que ese tal ‘Maestro’ ya sabía que ella se regresaría caminando a la mansión para ahorrar, por eso le dio el ticket del carruaje. Eso significaba que ese tipo conocía la forma de ser de Sheila desde hace tiempo; algo que él recién acababa de descubrir hace poco.
Cedric se levantó de su asiento con el ceño fruncido. Caminó hasta detenerse justo donde Sheila había estado parada hace un momento. Sobre el escritorio de caoba, impecable y sin una mota de polvo, quedaba una sola gota de la lágrima de la mujer.
Cedric pasó su dedo índice para recoger la lágrima. Y, sumido en sus pensamientos, empezó a frotar su pulgar contra el índice, sintiendo cómo se secaba el rastro de ella entre sus dedos.
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