La criada azotada de la casa Calley - 69
—¡Ay!
Sheila no pudo evitar soltar un grito al ver a Cedric apoyado al final de la escalera, como si la estuviera esperando.
—Jo, joven conde… Perdón, uf… lo siento. Es que me asustó horrible.
Sheila, sintiéndose mal por haber reaccionado de forma tan escandalosa frente a él, se inclinó varias veces pidiendo disculpas.
—¿Por qué te asustas tanto? Parece que hubieras hecho algo malo.
preguntó Cedric con una voz que daba escalofríos.
—¿Al-algo malo? ¡No, para nada! Es solo que no me esperaba encontrarlo aquí.
tartamudeó ella, muerta de los nervios.
Es cierto que venía de entregar parte de la plata para el ‘trabajito’ que había mandado a hacer, pero técnicamente todavía no había cometido ningún crimen.
—¿Y por qué está usted…?
Sheila estaba por preguntarle qué hacía parado ahí en un pasadizo donde no había ni un alma, pero Cedric la cortó en seco.
—¿Te fue bien en tu viaje al pueblo?
‘¿Y a este qué le importa…?’
—Sí…
Respondió por pura inercia, pero luego, como dándose cuenta de que debía ser agradecida, se inclinó de nuevo.
—Gracias a usted me fue muy bien. Se lo agradezco.
Después de todo, si tenía plata para viajar a su tierra era porque trabajaba en esa mansión; así que, siendo prácticos, todo era gracias a sus patrones. No podía olvidarse de ser agradecida.
—No creo que haya sido gracias a mí…
Pero su respuesta fue un poco sarcástica, como quien no quiere la cosa.
‘¿Dije algo malo?’, se preguntó Sheila. Como no se le ocurría nada más, decidió sobonearlo un poco para quedar bien.
—¡Claro que sí! Si puedo trabajar aquí y visitar a mi familia, es todo gracias al Conde y a usted, joven conde.
Ante ese comentario tan ‘de compromiso’, Cedric soltó una risita burlona.
Sheila se quedó pensando un buen rato si es que había metido la pata en algo. Pero por más que le daba vueltas, solo había salido en su día libre. Lo único malo era que se había demorado un poco más de la cuenta viendo cosas en el mercado, pero nada más.
—Ya, entra de una vez.
—Gracias, joven conde.
dijo Sheila, soltando todo el aire que tenía contenido.
Trató de pasar por su lado rápido para meterse a su cuarto, pero Cedric volvió a hablar:
—Ah, debes estar cansada después de un viaje tan largo en tren.
Sheila se detuvo en seco.
—… ¿Qué dijo?
—Entra y espera. Pronto tendremos clase, así que tengo que revisar cómo estás.
Sheila estuvo a punto de decirle que estaba bien, que no se molestara, pero se guardó las palabras. Cedric se veía de un humor de perros, bien apagado. Además, por más que se negara, él no le iba a hacer caso. Desde que firmó ese bendito contrato, básicamente le había entregado el control de su cuerpo a él.
—Está bien…….
Sheila, que quería terminar el día tranquila, entró a su cuarto con los hombros caídos y más desanimada que nunca.
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Sheila se apuró en poner la alfombra en el piso antes de que llegara Cedric. Era una alfombra de segunda mano, de un color medio apagado que había elegido al ojo, pero el tamaño quedó perfecto: cubría justo desde su cama hasta su mesa de trabajo.
—¡Ya está!
Mientras aprovechaba para limpiar un poco y se secaba el sudor de la frente, satisfecha con el resultado, Cedric golpeó la puerta con fuerza. ¡Pum, pum!
—¡Abre!
Por más que Sheila trató de moverse rápido, el joven conde llegó antes de lo esperado.
—Joven conde…
Sheila abrió y retrocedió instintivamente. Cedric entró con toda la confianza del mundo, como si fuera su propio cuarto, cerró la puerta de un porrazo.
—Échate.
Ante la actitud imponente de Cedric, Sheila solo pudo responder ‘sí’ y, con movimientos ya mecánicos, empezó a quitarse la ropa de salir. De pronto, se acordó de que llevaba puesta ropa interior nueva y se puso roja como un tomate de la vergüenza. No es que se la hubiera puesto por él, pero igual le daba nervios qué pudiera pensar.
Como él era tan meticuloso y fijado, ¿le gustaría el conjunto nuevo…?
‘¡Qué me importa si le gusta o no!’, pensó Sheila, borrando esa idea de su cabeza al toque.
En eso, Cedric habló:
—Sácate lo de arriba también.
—¿Perdón…?
—Has tenido un viaje pesado hasta tu pueblo, quiero relajarte hasta la espalda.
Sheila quería decirle que ni hablar. Normalmente se dejaba masajear en ropa interior, pero que le pidiera quitarse hasta el sostén ya le parecía un exceso. Sin embargo, Cedric le hablaba con un tono tan autoritario que, por miedo, no le quedó otra que hacérselo caso sin chistar.
Se tapó el pecho cruzando los brazos y se tiró boca abajo en la cama. Al sentir el roce de la sábana áspera contra su piel, se le puso la piel de gallina. Mientras esperaba que él empezara, pasó algo de la nada: la prenda nueva que le había regalado Molly fue rasgada de un solo tirón. Fue en un abrir y cerrar de ojos.
—¡Joven conde!
Sheila, pegando un grito del susto, volteó a verlo horrorizada.
—Vaya, se me resbaló la mano.
Cedric soltó esa excusa tan tonta que no se la creía nadie.
—¿Cómo va a decir eso…?
Sheila estaba indignada
—¡Usted lo ha hecho a propósito…!
Pero antes de que ella pudiera reclamarle más, Cedric la cortó en seco.
—Te lo voy a pagar.
—¿Qué…?
¿Acaso creía que el problema era la plata? Sheila estaba cada vez más desconcertada por su actitud, pero él volvió a hablar:
—Te pagaré el doble. ¿Algún problema?
¡Ja!
Sheila se quedó muda de la rabia. Por más ‘joven conde’ que fuera, ¿creía que todo se arreglaba con plata? Lo que acababa de romper era un regalo de Molly, encima era la primera vez que se lo ponía. No entendía por qué se portaba así, pero la indignación se le salía por los poros.
Aun así, como empleada, solo tenía una respuesta posible:
—… No, ningún problema.
‘Ya fue… ¿Desde cuándo me creo tanto por usar lencería nueva?’
La prenda ya estaba rota y él había prometido pagarla. Sin nada más que decir, hundió la cara en la cama otra vez. Era su forma de decirle que terminara el masaje rápido y se largara.
Aunque dijo que no pasaba nada, estaba que hervía por dentro. Tenía tanta cólera que ya ni le importaba estar desnuda frente a él. El joven conde, que parecía andar con el humor cruzado por algo, le embadurnó aceite en el cuerpo, la amasó así nomás y se fue tirando la puerta.
Sheila aguantó las ganas de llorar, se levantó de un salto y le echó llave a la puerta. Luego se acercó al cajón para cambiarse la prenda rota y fue ahí cuando lo vio. Sobre la alfombra nueva, Cedric había dejado dos monedas…
Eran 2 sólidos.
No era el doble del precio, era más de veinte veces lo que costaba. Si fuera la ropa barata que ella solía comprar, con eso le alcanzaba para cuarenta juegos iguales.
—Está loco…….
Sheila siempre había dicho que amaba la plata, pero ese dinero no le daba ni un poquito de gusto. Al recoger las monedas, las manos le temblaban de pura impotencia.
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Cedric acababa de terminar de almorzar y tomaba su té mientras miraba por la ventana, cuando un hombre misterioso apareció en la mansión. Era un joven que no había visto nunca y que merodeaba por la puerta principal. Por la forma en que masticaba chicle, era obvio que no era de por aquí. Al menos en este pueblo, el chicle todavía no era algo que todo el mundo usara.
De pronto, Sheila salió apurada. En cuanto el joven la vio, le pasó la voz saludando con la mano, todo emocionado. Cedric, que no le quitaba la vista de encima a la escena, llamó a Rufus.
—Ven un toque.
—¿Qué pasó, señor?
Rufus, que se había puesto a trabajar en el cuarto de Cedric apenas terminaron de comer, se levantó y se acercó a la ventana.
—Investiga a ese tipo.
ordenó Cedric, señalando hacia afuera.
Rufus se dio cuenta al toque de a quién se refería y se le iluminó la cara.
—¿Lo hago de una vez?
Hacía tiempo que andaba aburrido, así que esto le caía a pelo. Su jefe lo miró con una cara de ‘qué espeso eres’, como leyéndole el pensamiento, pero Rufus le respondió con toda la seguridad del mundo:
—Déjelo en mis manos.
Afuera, Sheila y el chico de su misma edad desaparecieron de la vista rápidamente.
‘A ver… ¡apenas termine esto, bajo a ‘ajustar’ a Luchika, la de recepción, para que me suelte todo el chisme!’, pensó Rufus emocionado, casi canturreando y soltando una que otra lisura en su cabeza.
Para Rufus, investigar era la luz de sus ojos en medio de su rutina aburrida. Hasta un trabajólico como él se cansaba de estar siempre pegado al escritorio. Investigar a la gente siempre traía sorpresas divertidas.
Y el caso de Sheila era, de lejos, el más entretenido. La chica se recurseaba haciendo mil cosas dentro de la mansión, tenía apodos raros y, lo mejor de todo, Rufus había sentido un ‘clímax’ profesional cuando descubrió su jugada con el dueño de la granja Viehaber para el tema de la leche.
Si no fuera secretario, Rufus fijo habría sido detective. Y claro, tendría que usar un nombre artístico, algo que suene pro. ¿Qué tal Benedicto? Para que pegue con el apellido… Benedicto Cumberbatch…
—Si ya entendiste, muévete pues.
—¿Ahorita?
Rufus puso cara de palo. Él pensaba terminar sus pendientes primero y de ahí salir. ¿Tan urgente era el asunto? Pero al toque se sacó esa idea de la cabeza; las órdenes del jefe no se cuestionan.
‘¡Ya entendí! Todo lo que tenga que ver con la señorita Sheila tiene prioridad número uno’, se dijo a sí mismo. Pidiéndose perdón por no haber captado la urgencia de su jefe desde el principio, salió disparado.
Al poco rato, después de ‘ajustar’… digo, investigar a Luchika, se enteró de que el visitante era un ‘hermano’ del pueblo de Sheila que estaba de paso. Ya había venido una vez hace como tres años. Luchika agregó que se acordaba bien de él porque siempre paraba masticando algo que parecía carne seca.
Obviamente, Rufus corrió a contarle todo a su jefe.
Unos días después, recibió otra orden: seguir a Sheila en su día libre cuando se fuera a su pueblo. Rufus se moría por ir él mismo, pero como ella ya le conocía la cara, tuvo que contratar a alguien para que le hiciera el reglaje sin que se diera cuenta.
Ya por la noche, Rufus y Cedric recibieron el reporte del informante a escondidas. Para su sorpresa, Sheila no se había ido a Broden, su pueblo oficial, sino a Holzerrod, un pueblito en las afueras del condado de Kaley.
‘Esta flaca es un caso’, pensó Rufus. Ahora entendía por qué Cedric andaba tan pendiente de una simple empleada. Hasta para él, Sheila era una caja de sorpresas que siempre rompía todos los esquemas.
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