La criada azotada de la casa Calley - 68
—Como sea, ahora que Fabiola se ha muerto, yo, como su hermano, no me voy a quedar de brazos cruzados. La mandé para que se case, no para que se muera, ¡así que voy a ir a pedirle cuentas y a que se haga responsable!
Desde que su padre falleció, el jefe de la casa era, por ley, Fred, el hermano mayor. Por eso, Fred pensaba que la autoridad sobre sus hermanas le pertenecía solo a él, que él era el único hombre que podía ir a reclamar por el asunto de Fabiola.
A Fred no le importaba la muerte de Fabiola; lo único que hacía era reírse para sus adentros, emocionado de pensar en cuánta plata más le podía sacar al asunto.
—Ese desgraciado, a su edad, andaba como loco buscando una chiquilla hasta en este pueblo… y miren cómo terminó. No pasó ni dos años y ya se quedó viudo de nuevo… ¿Te acuerdas, no?
Ante la pregunta de Fred, el otro soltó una risa maliciosa, dándole la razón.
—Claro, pues, si yo fui el que hizo el contacto, ¿cómo no me voy a acordar?
—Fabiola al principio se puso terca y no quería casarse. Así que le dije: ‘Bueno, entonces no me queda otra que mandar a Sheila en tu lugar’. Recién ahí aceptó irse sin chistar.
¿Qué……?
Sheila se quedó fría al escuchar a Fred hablar con tanta ligereza y se tapó la boca de la impresión.
Era la primera vez que escuchaba eso.
En el fondo de su corazón de niña, Sheila le guardaba un poco de rencor a su hermana por haberla ‘dejado’ para irse a casar. Siempre pensaba: ‘¿Por qué no dijo que no simplemente? ¿Tanto miedo le tenía a nuestro hermano?’.
Pero resultó que lo hizo por ella…….
Las lágrimas empezaron a caerle a chorros. Se sentía una tonta por no habérselo imaginado antes.
—Maldita sea, ya que se había largado, debió aguantar y seguir viva; qué bruta que es esa mujer.
Fred seguía soltando una asquerosidad tras otra.
—¿No habrá sido mejor pedir más plata y mandar a la otra?
En los tres años que habían pasado desde la muerte de su padre, Fred se había vuelto un total vago y malnacido.
—No, pensándolo bien, si mandaba a Sheila, fijo que se escapaba. Y ahí sí ese tal Duker no se hubiera quedado tranquilo como ahora. En fin, Fabiola sí que era buenita. En cambio, la última es una rata, es más viva. Mírala ahora, me manda plata todos los meses mientras me camina con cuidadito para no hacerme enojar.
A Sheila le daban náuseas cada vez que escuchaba a Fred hablar de ella.
Sintiendo una rabia que la hacía estremecer, Sheila pensó:
‘Fred ya no es un ser humano’.
No era más que una cucaracha a la que ella misma debía aplastar.
‘Si alguien te molesta, avísanos. Podemos ir y… desaparecerlo por ti’.
De pronto, las palabras que le dijo Jerry se le pasaron por la cabeza.
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Luego de darle vueltas al asunto por varias semanas tras su viaje a casa, Sheila volvió a buscar al gremio.
Al principio, Bill juró y perjuró que ellos no hacían esa clase de ‘trabajitos’. Pero cuando Sheila le dijo que ya lo sabía todo, él volteó a ver a Jerry. Al darse cuenta de que Jerry se había ido de lengua, Bill se puso a gritarle hecho una furia.
Como sea, así fue como empezó el vínculo que Sheila mantenía con el gremio hasta el día de hoy.
—Mi decisión no ha cambiado.
dijo Sheila sin pestañear
—Como ya les dije, si me llega a pasar algo antes de cumplirlo, solo quiero que usen la plata que he ahorrado para rescatarme.
Sheila no pensaba dejar que Fred la vendiera, ni quería terminar muerta y de forma tan miserable como Fabiola. En este mundo, la que sobraba no era su hermana ni ella; el que tenía que desaparecer era ese desperdicio de Fred.
Si no se deshacía de él, tarde o temprano ella también terminaría siendo su víctima, igual que su hermana. O, como él decía, se pasaría la vida entera caminando con cuidadito para no hacerlo enojar.
En verdad, ya era casi un milagro que Fred se hubiera quedado tranquilo hasta ahora solo recibiendo la plata que ella le mandaba. Desde que descubrió las verdaderas intenciones de su hermano, Sheila no había tenido ni un segundo de paz.
Bill no se olvidaba de lo que Sheila le pidió y, de vez en cuando, mandaba a Jerry para que viera cómo le estaba yendo. Ella estaba muy agradecida por eso. Aunque, la verdad, no era que le encantara que Jerry tuviera que andar metiéndose a la mansión inventando el cuento de que era su ‘hermanito’ del pueblo.
Las miradas de Bill, siempre serio, la de Sheila, con una determinación de hierro, chocaron en el aire. El silencio se rompió cuando Jerry tocó la puerta.
—¡Llegó el almuerzo!
Antes de que alguien pudiera contestar, Jerry abrió la puerta cargando un platazo en una mano.
—Ya, toma. Come.
—¡Oye! ¿Y esto qué es?
preguntó Sheila al ver ese tremendo trozo de carne que se veía riquísimo.
—¿Cómo que qué es? Pues las costillitas de cordero que tanto pedías…….
A Sheila se le abrieron los ojos de par en par al darse cuenta de que la carne que tenía enfrente eran las costillitas de las que había hablado de broma.
—¿Cómo se te ocurre traer costillas de verdad? No tengo plata para pagarlas, oye.
‘Valió la pena invitarle ese pastel de carne antes’, pensó Jerry al ver que Sheila estaba feliz pero se hacía la que estaba en un aprieto.
—¿Cuándo has visto que te cobremos algo?
se burló Jerry.
—Es verdad. Las veces que he pagado ha sido porque se me dio la gana.
Desde la primera vez que insistió tercamente en pagar por su omelette, Sheila siempre terminaba comiendo lo que Jerry preparaba. Jerry siempre le buscaba el lado para fregarla cada vez que ella iba, Sheila le respondía sin mala intención; así, casi sin darse cuenta, se habían vuelto de esos amigos que paraban peleándose por todo.
—¡Entonces estas me las como gratis! Oye, Jerry, desde que has crecido te has vuelto más generoso. ¿Pero no podrías escupir ese chicle de una vez?
Sheila sentía que se mareaba de solo verlo masticar chicle mientras hablaba por los codos.
—Ni hablar.
respondió Bill por él, con voz firme.
Fue Bill quien le consiguió los chicles a Jerry por primera vez. Sheila recién conoció lo que era un chicle cuando conoció a Jerry. Le explicaron que era como una goma hecha de la resina del árbol de zapote con esencia de regaliz. Ella no entendía por qué perdía el tiempo masticando eso hasta que le doliera la quijada.
—Déjalo.
añadió el jefe del gremio.
—Si no está masticando chicle, habla todavía más.
Sheila asintió al toque, dándole la razón. Agarró el cuchillo y cortó la carne con mucha destreza; de tanto trabajar en la casa del conde, ya sabía cómo usar bien los cubiertos. Pero antes de meterse el primer bocado, miró a Bill.
—Maestro, usted escuchó que es gratis, ¿no? ¡Mire que me lo como!
Bill le lanzó una sonrisa bonachona.
—Come nomás. Si salimos en contra, se lo descuento de su sueldo a este mocoso.
—Descuénteme nomás. Aunque no parezca, gano bien.
dijo Jerry dándosela de importante.
—Este sitio cada vez da mejor servicio. Le va a ir muy bien con el negocio, Maestro.
Después de bromear un rato, Sheila por fin se llevó un pedazo grande de carne a la boca. Mientras comía, Jerry no dejaba de molestarla a su lado. Aprovechando el alboroto de los dos, la mirada de Bill se volvió a poner afilada, observando con cuidado si Sheila de verdad estaba bien.
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—Tráeme un chorizo y un vaso de cerveza ale.
El hombre, que en lugar de ir al baño se había quedado fumando un cigarro en la puerta antes de entrar, se sentó en una mesa redonda. La mujer todavía no bajaba del segundo piso. Si se había dado el trabajo de venir hasta un lugar tan alejado, de hecho era por algo importante. El hombre le hizo el pedido a un empleado que pasaba por ahí y puso la plata sobre la mesa. El trabajador confirmó el pedido y, con mucha maña, se guardó el dinero.
Poco después, el sujeto maduro que antes le había cerrado el paso en la escalera regresó y dejó caer el plato de chorizos y el vaso de cerveza con un golpe seco, ¡tang!
—No te conozco, ¿de dónde vienes?
preguntó el tipo.
Parecía una pregunta cualquiera, pero estaba claro que después de lo de hace un rato, el hombre había despertado sospechas.
—Vengo de Los Altos para recoger una mercadería. Como estaba con un poco de filo, paré para tomarme algo antes de seguir mi camino.
—Que te aproveche.
Parece que el floro funcionó. El hombre le dio un buen sorbo a la cerveza helada. Siempre que le tocaba seguir a alguien terminaba con la garganta seca. Además, para esperar a que la mujer saliera sin levantar sospechas, era mejor pedir trago que comida; si ella se demoraba, simplemente pedía otra ronda y listo.
Justo cuando terminaba de tomarse la cerveza con calma, vio que la mujer bajaba sola por las escaleras. El hombre se puso alerta mientras terminaba su trago.
—¡Sheila!
En ese momento, se escuchó que alguien llamaba a la mujer que estaba vigilando. Era el empleado joven que había subido antes.
—Toma, dice el Maestro que te dé esto.
—Ya. Dile que gracias de mi parte.
Sheila recibió lo que el muchacho le entregaba, se despidió y salió del local. En cuanto el joven volvió a subir las escaleras, el hombre se levantó de su asiento y salió despacio de la tienda para seguirla.
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Sheila llegó en carro, pero no se bajó en la mansión, sino en el mercado que queda cerca.
Como Bill se dio cuenta de que Sheila se regresaba caminando para ahorrarse la plata a pesar de que él ya le había pagado, el hombre —que no era ningún tonto— empezó a darle directamente los vales para el carruaje.
‘Mejor me hubiera dado el efectivo’
Pero claro, Bill sabía perfectamente que si le daba la plata, ella se iría a pie otra vez. Sheila hasta pensó en quedarse parada cerca del paradero para revender el vale como si fuera una ‘tramitadora’, pero al final no se atrevió.
Toda esa zona estaba bajo el mando del jefe del gremio; si la ampayaba haciendo eso, de hecho que no le volvía a dar un vale en su vida.
‘Tenga o no tenga plata, caminar por aquí no es nada seguro’
Ahora que estaba más grande, se daba cuenta de lo peligroso que es el mundo y pensaba en lo valiente (o tonta) que había sido de chiquilla.
Como sea, aprovechando que llegó cómoda hasta el mercado cerca de la mansión, Sheila se puso a dar vueltas por los puestos con toda la calma del mundo. Solo necesitaba comprar una sola cosa, pero ver las novedades del mercado siempre era entretenido. Es increíble lo diferente que se siente estar ahí cuando vas a comprar y no a vender.
Sheila estaba decidida: hoy sí o sí compraba una alfombra. Al principio pensó en esperar a que botaran alguna vieja en la mansión, pero ya no podía más. Cada vez que Cedric, que es bien alto, entraba a su cuarto, el piso crujía tanto que la ponía de los nervios.
Sheila eligió una alfombra a un precio razonable y, después de su buena regateada, logró que se la dejaran a mitad de precio.
Llegó a la mansión con la alfombra enrollada bajo el brazo y subió las escaleras haciendo un esfuerzo sobrehumano. Aunque después de tiempo había soltado plata, sentía que había sido una compra buenaza.
Antes de entrar, Sheila trató de ponerse de buen humor a la fuerza. Había ido bien al gremio, había almorzado rico y gratis, no le costó el pasaje y por fin tenía su bendita alfombra. Con todo eso, tenía que estar feliz sí o sí. Según su experiencia, en la vida no hay muchas razones para reírse de verdad; uno tiene que forzar la sonrisa para que, de a poquitos, el ánimo mejore.
Sheila subió las escaleras tarareando una cancioncita.
Justo en ese momento escuchó:
—¿Se puede saber qué te tiene tan contenta?
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