La criada azotada de la casa Calley - 67
Al llegar a la habitación que compartía con las otras criadas, Sheila se echó en su cama abrazando la muñeca que su hermana le había hecho. Las lágrimas no tardaron en brotar, deslizándose por sus sienes hasta empapar las sábanas.
Sheila se secó los ojos con el dorso de la mano y se quedó mirando el techo, perdida en sus pensamientos, mientras las sombras de la noche envolvían la estancia. Terminó por esconder la muñeca en lo más profundo de su equipaje; tenerla cerca solo hacía que el dolor fuera más agudo y el llanto, incontenible.
Ya entrada la noche, Ebony entró soltando un largo suspiro de agotamiento tras terminar su jornada.
—Ay, de verdad, este trabajo es una porquería. No sé cómo aguanto.
Sheila, que acababa de regresar de sus días libres, se levantó de inmediato para saludarla.
—Bienvenida, Ebony. Debe haber sido un día duro.
Rita, otra de sus compañeras de cuarto, entró justo detrás y preguntó con curiosidad:
—Sheila, ¿cómo te fue en el viaje?
—Te has pegado la gran vida descansando dos días seguidos, ¿no? Qué envidia.
soltó Ebony. A diferencia de Rita, su voz arrastraba ese tono sarcástico y mordaz que solía usar.
No era un regaño serio, pero los ojos de Sheila se pusieron rojos al instante, al borde de las lágrimas.
—Parece que ha estado llorando por ver a su hermana.
comentó Rita al notar su estado.
Ebony, que hasta hace un momento solo mostraba irritación, suavizó un poco el gesto al verle la cara.
—Ay, esta vida de criadas es una miseria.
Aunque Ebony solía molestar a Sheila por ser su superiora, en el fondo compartían el mismo peso: ambas tenían la tarea de cuidar a Judith, que este año cumplía diez años, eso las unía en una especie de camaradería sufrida.
—Y bien, ¿tu hermana está bien?
—… Sí.
respondió Sheila con un hilo de voz.
No se sentía capaz de decir la verdad todavía. Ni siquiera ella misma terminaba de procesar que su hermana ya no estaba en este mundo.
—¡Ay! ¡Yo también me voy a casar y punto! ¡En tres meses tiro la toalla y me largo de aquí, ya verán!
Ebony volvió a estallar en quejas, probablemente harta de todo lo que tuvo que aguantar sola mientras Sheila no estaba. Sin embargo, no volvió a meterse con ella.
La charla entre Ebony y Rita se prolongó hasta altas horas de la madrugada. Pero incluso después de que las voces de las criadas se apagaran y el silencio reinara en la habitación, Sheila no pudo pegar el ojo en toda la noche.
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Pasó una semana y Sheila se armó de valor para visitar a su hermano. Planeó un viaje de ida y vuelta el mismo día. Aún le quedaba algo del dinero que había ahorrado con la esperanza de dárselo a su hermana, así que lo usó para comprar un pasaje de tren hacia Broden.
Aunque le enviaba dinero todos los meses, esta era la primera vez en un año que regresaba a su hogar. Cuando llegó, cerca del mediodía, el sol ya estaba en lo alto, pero para Fred todavía era plena madrugada.
—Hermano, ya estoy aquí.
Al acercarse para despertarlo, un tufo insoportable a alcohol la golpeó de lleno. ‘¿Al menos debería agradecer que esté en casa?’, pensó con amargura.
En cuanto Sheila lo sacudió un poco, Fred soltó un insulto entre sueños.
—¡Ah, caracho! ¡Maldita sea!
Sheila, que ya estaba acostumbrada a recibir bofetadas cada vez que intentaba despertar a la pequeña Judith, prefirió no insistir y se fue directo a la cocina. Fred nunca le había puesto una mano encima, pero a ella le daba más miedo su hermano que la propia Judith.
La cocina era un desastre tras su ausencia de un año. No había ni rastro de ingredientes decentes. Sheila hizo lo que pudo con unas betarragas secas y unas cuantas papas que encontró para preparar un estofado.
—Despierta, ya hice la comida.
Fred, que a pesar de la resaca ya se había dado cuenta de que su hermana estaba ahí, se levantó refunfuñando al sentir el olor de la comida.
—Podrías haber comprado algo en el restaurante, qué tacaña eres…
Fred hablaba como si le sobrara la plata, aunque no movía un dedo por trabajar. En el fondo, sabía perfectamente que en esa casa no había nada para cocinar. Aun así, como tenía el estómago vacío, se sentó a la mesa.
—Esta porquería de estofado está más ralo que el agua, caracho.
A pesar de sus quejas, Fred devoró el único plato que Sheila pudo servir con lo poco que encontró. No le importó en lo más mínimo que su hermana, que venía de tan lejos, no tuviera nada frente a ella.
Pese a verse aguado, el estofado sabía bien. Tenía ese sabor de cuando su madre vivía. Era natural: Fabiola heredó el sazón de su madre, Sheila el de Fabiola.
Sheila se guardó lo que quería decir hasta que él terminó de comer. Sabía que hablar con alguien que no estaba en sus cinco sentidos era perder el tiempo. Fred terminó de sorber ruidosamente, soltó un eructo largo y dejó el plato vacío.
—Y bien, ¿a qué has venido?
Antes de que pudiera articular palabra, los ojos de Sheila se llenaron de lágrimas.
—Hermano… ¿has sabido algo de Fabiola?
—¿De Fabiola? ¿Qué cosa? ¿Ya parió un sobrino o qué?
Fred soltó una risita burlona ante su propio comentario.
—Ese viejo verde todavía debe tener sus fuerzas. Qué suerte tuvo ese desgraciado de llevarse a alguien como nuestra Fabiola…
Sheila no había dicho nada aún, pero Fred seguía hablando sandeces. Su tono y sus palabras eran simplemente asquerosos.
—¡No es eso!
gritó Sheila de pronto.
Fred la miró con ojos turbios y una expresión amenazante.
—¡Fabiola…!
Sheila rompió en llanto
—¡Dicen que murió! ¡Se mató después de sufrir tanto en ese matrimonio!
Sheila sollozó desconsolada. Fred se quedó mudo un buen rato, como si no terminara de procesar la noticia. Era comprensible… a ella también le había costado aceptarlo. Incluso ahora, diciéndolo en voz alta, se sentía como una pesadilla irreal.
Por primera vez, la mirada perdida de Fred pareció enfocarse. De pronto, pateó la mesa y la volteó, estallando en rabia.
—¡¿Qué?! ¡Maldita sea!
El llanto de Sheila se volvió más desgarrador. Por muy odioso que fuera su hermano, Fred era la única persona en el mundo que quedaba para compartir el dolor y la rabia por la muerte de Fabiola. Sheila se cubrió la cara con las manos y lloró a mares.
—¡Ay, caracho!
Fred caminó de un lado a otro desesperado antes de desplomarse en la cama, jalándose los pelos. Sheila pensó que era un gesto de arrepentimiento y agonía por haber vendido a su hermana a ese hombre.
—¡Fabiola, esa tonta…! ¡Si ya la habíamos casado, al menos hubiera vivido bien!
se lamentó Fred.
Sheila jamás se imaginó que esas palabras fueran un reproche contra su hermana muerta… hasta que escuchó lo que vino después.
—¡Maldita sea! ¡Ese desgraciado no vendrá ahora a pedirme que le devuelva el dinero, ¿verdad?!
‘¿Qué…?’, pensó Sheila. ‘¿Qué acaba de decir?’.
Sheila levantó la cabeza, dejando de llorar por el impacto de sus palabras.
—Sheila. ¿Fuiste tú misma hasta allá? ¿Qué dijo ese desgraciado? ¿Dijo que tengo que devolverle la plata?
—Hermano, ¿de qué estás hablando? Fabiola ha muerto. Nuestra hermana…
—¡Por eso mismo! ¡Esa estúpida se…! ¡Ah, caracho! ¿Qué voy a hacer?
Sheila miró a Fred con ojos llenos de incredulidad. Él ni siquiera se fijó en ella; se puso a caminar de un lado a otro de la casa, sumido en sus propios cálculos. De pronto, se metió los faldones de su camisa amarillenta dentro del pantalón y sentenció:
—No puedo perder el tiempo aquí, maldita sea. Sheila, quédate ahí, no te muevas. Voy a preguntar cómo demonios tengo que arreglar este lío.
Sin decir más, Fred salió disparado de la casa. Sheila sintió como si le hubieran dado un garrotazo en la nuca. Sabía que nada traería a Fabiola de vuelta, pero esperaba que su hermano, al menos, compartiera su luto y su rabia.
—¡Ah…!
Un suspiro de pura agonía escapó de sus labios.
Sheila se había esforzado tanto por no culpar a su hermano. Se repetía a sí misma que él no la había enviado a ese matrimonio sabiendo que terminaría así, que Fred era su única familia… se reprimía inconscientemente. Porque sentía que, si no lo hacía, terminaría odiándolo de verdad. Odiándolo tanto que querría matarlo con sus propias manos.
Si Fred hubiera llorado con ella, si se hubiera arrepentido, tal vez Sheila lo habría perdonado algún día. Pero ahora se sentía como una tonta por haber tenido esperanza.
Se quedó sentada, con el alma vacía. Si cuando supo de la muerte de su hermana la invadió una tristeza profunda, ahora lo que sentía era una rabia incontenible que le quemaba las entrañas.
Sheila volvió a la realidad cuando escuchó voces afuera de la casa.
—O sea, ¿me estás diciendo que vaya y le reclame?
—Claro. Aquí sentado no vas a conseguir nada.
le respondió alguien, dándole cuerda.
—Pero si esa tonta se mató por su cuenta, ¿no me saldrá el tiro por la culata?
—Tienes que buscarle el lado flaco. Si ese viejo no tuviera nada que ocultar, ¿por qué se ha quedado callado todo este tiempo?
—Es verdad. Esos hijos de perra…
Fred soltó una lisura
—¡Ay! Si lo hubiera sabido, la metía de criada como a la otra.
Fred hablaba sin ningún reparo, como si no le importara que Sheila estuviera adentro escuchándolo todo, o quizás ni se daba cuenta de que las paredes eran de papel.
—Bueno, las cosas no siempre salen como uno quiere. Además, bien que te gastaste toda la plata que te dieron en ese entonces.
—¡Ah, caracho!
Fred se quedó callado ante la verdad.
Sheila consiguió su puesto de criada por mérito propio, trabajando duro en una tienda de artículos generales hasta que consiguió que la recomendaran. Fue suerte y esfuerzo, nada que ver con Fred. Oírlo hablar como si él le hubiera dado esa vida le dio una náusea que ni siquiera le permitió reírse de lo absurdo.
Pero lo que escuchó a continuación le erizó la piel.
—Si quieres colocar a la segunda, avísame. Te puedo conseguir un lugar mucho mejor.
Fred se quedó en silencio un momento, como si estuviera sacando cuentas. Después de todo, uno necesita un fajo de billetes de vez en cuando, pero un ingreso mensual fijo tampoco venía mal.
Tras hacer sus cálculos, Fred respondió:
—Déjalo así por ahora. A ella la voy a dejar tranquila… por el momento.
¿’Por el momento’?
Parecía que todavía le era útil la Sheila que le enviaba dinero puntualmente todos los meses. ¿Pero y después…? Un sentimiento de peligro inminente la invadió.
Llevaba un año trabajando duro y, a su manera, estaba satisfecha con su vida. Aunque Fred le quitaba casi todo su sueldo, en la mansión tenía techo y comida, así que no necesitaba mucho. Se conformaba con ahorrar lo suficiente para el pasaje para ver a su hermana.
Pero ahora veía su realidad con una claridad aterradora. Fred no la estaba ‘dejando tranquila’ por cariño, sino por conveniencia. En el momento en que él quisiera, ella terminaría vendida igual que Fabiola.
Para Fred, sus hermanas no eran seres humanos, eran mercancía. Era una bestia que no derramaría ni una lágrima si ella moría mañana. La rabia de Sheila contra su propio hermano, su propia sangre que la trataba como ganado, estalló finalmente.
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