La criada azotada de la casa Calley - 66
Sheila regresó por el mismo camino por el que había venido, bañada en lágrimas. Hace apenas un rato, pensaba que con un poco de suerte vería a su hermana comiendo en el restaurante; ahora ese momento le parecía un sueño lejano.
Preferiría que este presente fuera el sueño.
Sheila aguantó lo más que pudo, pero al final sus fuerzas flaquearon y se tambaleó; por suerte, Jerry estuvo ahí para sostenerla. La casa de Duker no estaba lejos de su tienda.
—¡Espérate acá!
gritó Duker con esa vozarrón tan fuerte que tenía, casi como si estuviera dando una orden.
—¡Yo… yo misma quiero recoger sus cosas!
—¿Y quién ha dicho que voy a dejar entrar a una salada como tú a mi casa?
El ambiente se volvió a poner tenso y violento, pero Jerry le agarró el hombro a Sheila y le hizo una seña con la cabeza para que no insistiera. Al final era su casa y él decidía quién entraba. Además, Jerry sabía que para una chiquilla como ella, ver el lugar donde murió su hermana no le traería nada bueno.
Duker miró de reojo a Sheila, que se había desmoronado en el suelo, entró a su casa. Jerry la jaló con cuidado hacia la pared para que estuviera más cómoda.
Poco después, Duker salió y tiró al suelo las pocas prendas que había: algo de ropa, unos trajes de bebé que Fabiola parecía haber hecho a mano y una muñeca de trapo.
Sheila se quedó ahí tirada, aferrada a la ropa de su hermana, llorando por un buen rato. Luego, con la ayuda de Jerry, pudo cargar todo de vuelta al restaurante. El lugar también funcionaba como una posada en el segundo piso. Como Sheila no había podido recuperar las pertenencias de su hermana antes, tuvo que quedarse allí. Pero más allá de las cosas, era que Sheila todavía no podía aceptar que su hermana se había ido.
—El dueño dice que lo mejor es quemar las cosas de los difuntos.
dijo Jerry con cuidado mientras le enseñaba su habitación.
Sheila no dijo nada, solo asintió ante las palabras del chico, que a pesar de ser de su edad, estaba siendo muy amable con ella. Apenas entró al cuarto, se abrazó de nuevo a la ropa de su hermana y rompió en llanto.
Lloró tanto que terminó con los ojos hinchados y rojos. Solo entonces se puso a revisar, una por una, las pertenencias de su hermana. En realidad no era mucho: apenas unos cambios de ropa, el par de zapatos que usaba en casa, la ropita de bebé y la muñeca.
Mientras limpiaba sus lágrimas revisando todo, encontró el nombre ‘Sheila’ escrito en la muñeca de pelo marrón. Su hermana lo había bordado en una esquina del vestidito. En la ropa de bebé también estaban bordadas las iniciales de su nombre.
‘Iba a ponerle Sheila al bebé…’.
—¡Hermana…! ¡Buaaaa!
Sheila se pasó toda la noche sollozando, durmiéndose y despertándose por el cansancio. Al día siguiente, al abrir la puerta, se encontró con Jerry, que andaba de un lado a otro con una bandeja.
—¡Ah! Hola.
dijo Jerry, pero se corrigió al toque.
—Bueno… no creo que estés muy ‘hola’, ¿no?
Antes de que ella pudiera responder, él le acercó la bandeja rápidamente.
—Yo mismo hice este omelet.
—Pero si no he pedido nada.
—El dueño me dijo que te lo traiga. Y que no te cobre el alojamiento.
—Voy a pagar el cuarto. No soy ninguna limosnera.
—Pucha, qué espesa te has puesto.
—¿Qué?
—Ya, haz lo que quieras con la plata del cuarto. Pero esto cómetelo. No vamos a botar la comida, ¿no?
Jerry le volvió a acercar la bandeja. El omelet se veía bien servido, con el huevo bien suavecito envolviendo el relleno. Lo más increíble fue que, al ver la comida, a Sheila se le hizo agua la boca. No había probado bocado desde que salió de la mansión Calley el día anterior, después de pasarse la noche llorando, estaba sin fuerzas.
Sheila decidió aceptar la cortesía de Jerry. Después de todo, necesitaba fuerzas para lo que venía: quemar las cosas de su hermana. Y para eso, iba a necesitar la ayuda del chico.
—Gracias.
Jerry soltó una sonrisa de oreja a oreja, pero al toque se puso serio, pensando que no debía sonreír.
—Está bien, puedes sonreír si quieres.
Cuando su papá murió hace dos años, los vecinos le decían que ‘la vida sigue para los que se quedan’. Sheila, que estuvo sumida en la tristeza mucho tiempo, terminó entendiendo qué significaba eso. Aunque quería llevarse toda la ropa de su hermana, sabía que no era lo correcto. Recordaba que cuando despidieron a su papá, enterraron su ropa y sus zapatos con él. Así que, como no pudo enterrar a su hermana con sus cosas, lo mejor era quemarlas para que llegaran al cielo.
—Ya, entonces come, alístate y baja.
Sheila asintió. Terminó de comer y metió todo en un atado que le prestaron en el gremio. Al bajar, Jerry ya la esperaba al pie de las escaleras y estiró la mano para cargar el bulto.
—No, está bien. Yo lo llevo.
Rechazó la ayuda de Jerry en voz baja y apretó el atado contra su pecho. Le dolía tener que quemarlo, así que quería sentirlo cerca de ella hasta el último momento.
Fabiola ocupaba un lugar en el cementerio, un sitio frío y triste.
—Hermana…
Frente a la tumba, las lágrimas volvieron a caerle a borbotones. Sheila se había prometido no llorar frente a ella, pero le fue imposible.
—Ya no llores más. Si tu hermana te ve así desde el cielo, se va a poner triste.
En el camino habían estado conversando y Bill ya le hablaba con más confianza. Sheila, al escuchar ese consuelo tosco, lloró con más fuerza todavía.
—Maldita sea.
masculló Bill para sus adentros.
Todo esto era por culpa de esos matrimonios por contrato. Si fuera por él, prohibiría esas cosas en su gremio, pero en la realidad no había forma de evitarlo. Si Duker no hubiera andado de bocón contando que la había comprado, nadie se habría enterado.
Jerry armó una fogata rápido. Cuando el fuego empezó a arder con fuerza, Bill habló:
—Ya, es hora. Mándaselas.
Jerry, que estaba al lado, estiró la mano. Después de dudarlo mucho, Sheila le entregó el atado. No se sentía capaz de tirar la ropa de su hermana al fuego con sus propias manos.
Jerry deshizo el nudo y empezó a echar las prendas una por una. Si las tiraba todas de golpe, el fuego se podía apagar.
—Quema también la ropa de bebé.
Su hermana y el bebé que se iba a llamar Sheila ya estaban en el cielo. ¿Cuánto habrá sufrido su hermana? Sheila se quedó mirando la ropa volverse cenizas rojas, pidiendo por el descanso de Fabiola y de ese bebé que no llegó a ver la luz.
También quemó los zapatos viejos de su hermana junto con un par nuevo que compraron en el camino. Sheila recordaba clarito cuando su hermana, a pesar de no tener plata, le compró a ella unos zapatitos de cuero negro. Sheila siempre pensó que cuando trabajara le compraría unos zapatos hermosos a su hermana, pero nunca imaginó que terminaría siendo así.
Los zapatos de cuero marrón tardaron bastante en quemarse. Sheila estaba tan perdida mirando el fuego que no se dio cuenta de que Jerry estaba a punto de tirar la muñeca.
—¡No! ¡Esa no!
Pero fue tarde. La muñeca ya había salido volando de las manos de Jerry. Sheila estiró el brazo, pero no llegaba. Justo antes de que cayera al fuego, alguien la atrapó en el aire: fue Bill.
—Avisa con tiempo, pues.
dijo Bill con su tono seco de siempre, entregándole la muñeca.
—¡Buaaaa!
Sheila abrazó la muñeca que casi se quema y soltó un último llanto desgarrador.
—Caracho.
masculló Bill, sintiéndose mal porque pensaba que él la había hecho llorar de nuevo.
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—Bueno, gracias por todo.
Sheila, que se había puesto terca para pagar hasta el último centavo del alojamiento y del omelet, se despidió de Bill.
—Ya, cuídate.
respondió él con un saludo corto.
Con esa despedida, Sheila salió del restaurante de Bill. Jerry se ofreció a acompañarla hasta el paradero de las carrozas; decía que no podía dejar que se subiera a cualquier coche así nomás.
—Acá es donde tienes que subir.
—Gracias.
respondió Sheila. Y luego añadió
—De verdad, gracias por todo.
Jerry se había portado de lo más bien con ella desde que se conocieron el día anterior. Pero como Sheila se había empeñado en pagarle hasta el omelet, el chico andaba medio picado, haciendo su berrinche.
—De nada.
—Te lo pagué porque el omelet estaba riquísimo, en serio. Si no pago por una comida tan buena, ¿entonces por qué cosa voy a pagar?
Jerry le había contado que estaba aprendiendo cocina en el restaurante, la verdad es que el omelet estaba tan bueno que no parecía el trabajo de un principiante. Sheila, viendo que Jerry seguía medio molesto, no tuvo otra que despedirse por última vez.
—Chau. Que te vaya bien.
Recién ahí Jerry la miró de frente.
—¿Vas a volver, no?
Sheila pensó en la tumba de su hermana. Como ella estaba aquí, de hecho tendría que volver algún día, aunque no fuera seguido. Jerry, sin esperar a que ella respondiera, se apuró en decir:
—Si alguna vez necesitas ayuda con algo, vienes y me pasas la voz. Acá nos encargamos de solucionar problemas. Claro que a veces cobramos un poquito por el trabajito.
¿Ayuda? Ahora que su hermana, la única que la cuidaba, ya no estaba en este mundo, ¿qué razón tendría para venir hasta acá a pedir ayuda? Sheila negó con la cabeza con amargura.
—Uf, ya fue.
—Hablo en serio. Si alguien te fastidia, avísame. Podemos ir y… ‘¡suácate!’, lo arreglamos.
dijo Jerry haciendo el gesto de cortarse el cuello con la mano.
Ante la fanfarronería de Jerry, Sheila solo pudo soltar una risita.
—¡Oye, no te rías! Es verdad. Igual, así no necesites nada, ven por acá. Te voy a sorprender con un omelet todavía más rico.
Se notaba que Jerry quería volver a verla. Sheila también sentía que Jerry ya no era un extraño, a pesar de que recién se habían conocido ayer y él la había ayudado un montón.
—Ya, está bien. Vendré.
respondió ella con una sonrisa ligera.
—Llévela a la mansión del Conde Calley. Ella es una de las empleadas de allá, así que llévela con cuidado, ¿ya sabe, no?
le dijo Jerry al cochero, dándole las indicaciones por ella.
Cuando Sheila subió a la carroza, Jerry se despidió agitando la mano. Ella hizo lo mismo apoyando su mano en la ventana. Al alejarse del lugar donde estaba su hermana, los ojos, que aún no terminaban de secarse, se le volvieron a llenar de lágrimas.
Sheila no paró de llorar en todo el camino de regreso. ‘Pensar que bastaba con tomar una carroza para llegar hasta acá… debí venir antes…’, pensaba.
A su mente vino la conversación que tuvo con su hermana el día que se casó: ‘Hermana, vas a venir a visitarme de vez en cuando, ¿no? ¿Vas a venir a verme?’
Fabiola no le respondió nada. Sabía muy bien que la estaban vendiendo y no podía prometerle algo que no sabía si cumpliría. Sheila, que en ese entonces no entendía nada, pensó que su hermana no decía nada por miedo a su nuevo esposo. Por eso, Sheila cambió de tema rapidito:
‘No, mejor yo voy. Dijiste que era el señor Duker de Holzer Road, ¿no? Cuando crezca iré a verte. Voy a ahorrar bastante plata y te iré a buscar sí o sí’.
Al final, Sheila no pudo cumplir la promesa que hizo ese día. Con la excusa de que todavía no tenía vacaciones, o que tenía que juntar más plata primero, se dejó estar y terminó siendo demasiado tarde. Quizás no hubiera podido sacarla de ese infierno, pero al menos su hermana no se habría ido de este mundo sintiéndose tan sola.
‘¡Tonta! ¡Zonsa! ¡Lenta de porra!’, se recriminaba a sí misma, sintiéndose una mentirosa sin quererlo.
Lamentándose por haber llegado un paso tarde, lloró y lloró hasta que, sin darse cuenta, ya estaba en la mansión del Conde. Al bajar de la carroza, se limpió las huellas de las lágrimas como pudo y entró a la casa.
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