La criada azotada de la casa Calley - 65
—¡Qué tanto alboroto en mi local!
El grito, que dominó a todos los presentes, hizo que el barullo se detuviera de golpe. En ese instante, el dueño de esa voz se hizo paso entre la gente y volvió a preguntar:
—¿Qué es todo este escándalo?
Era un hombre que se veía tan imponente como la potencia de su voz.
—Oye, Bill. ¡Ah, pues resulta que…!
En cuanto apareció el tal Bill, algunos empezaron a explicarle lo sucedido, mientras otros daban la razón desde un costado. Incluso Duker, que hasta hace un momento estaba fuera de sí, se calmó de pronto ante este hombre que parecía diez años menor que él.
Tras escuchar los detalles de lo ocurrido, el hombre ayudó a Sheila a ponerse de pie. Hasta ese momento, Sheila ni siquiera sabía cómo había tenido fuerzas para seguir ahí sentada.
Que su hermana había muerto… eso no tenía sentido. Y que se había quitado la vida, dejándola a ella, a quien quería como a una hija… eso tenía menos sentido todavía.
—¡Oye! Reacciona. Tu hermana se mató hace un mes.
Sheila miró fijamente al tal Bill.
—¿Usted conoció a mi hermana, a Fabiola?
El hombre asintió.
—Mi hermana no puede estar muerta. Eso no es posible…
—¿De dónde vienes y quién eres?
—Soy Sheila, vengo de Broden. Soy la hermana de Fabiola. Ahora trabajo como empleada en la residencia del Conde Callei.
Sheila respondió a Bill sin titubear. Ella estaba perfectamente cuerda. El que estaba loco era ese tipo, su supuesto cuñado. ¡Cómo se atrevía a decir que su hermana estaba muerta cuando no era cierto!
Bill miró a Sheila y le dijo con calma:
—Tu hermana Fabiola murió. El gremio lo confirmó y ayudó con el funeral. Tu cuñado, o sea, el señor Duker, pertenece al gremio.
Tal como decía Bill, Duker era un comerciante afiliado al gremio. Sin embargo, eso no significaba que Bill estuviera de su parte. En Holzerode, la mayoría de los artesanos y comerciantes pertenecían a uno.
Un gremio era, por naturaleza, una asociación que protegía los derechos de sus miembros y les brindaba todo tipo de apoyo. Y por su carácter, no podían andar seleccionando a quién aceptar y a quién no.
Por eso, entre sus filas había desde gente con un carácter de perros hasta tipos con antecedentes penales. Duker no era un criminal, pero sí de esos que tienen un genio insoportable.
Además, era tan feo que no había podido casarse hasta casi rozar los cuarenta. Pero un día, trajo a una muchacha hermosa de otra región.
‘¿Qué tal? Está buena, ¿no? Me costó un ojo de la cara’.
Como vino a este local —el restaurante administrado por el gremio— a jactarse de esa manera, todos se enteraron de que Fabiola, una jovencita recién entrada a la mayoría de edad, había sido traída desde Broden mediante un matrimonio comprado.
Aunque Duker lo contaba de mala leche, en el fondo, un matrimonio comprado o uno arreglado no se diferenciaban mucho: ambos consistían en acordar condiciones y quedar atados por el vínculo matrimonial.
Duker, quejándose de que ya había gastado demasiado dinero para ‘traerla’, ni siquiera hizo una ceremonia. Fue así como Fabiola se convirtió en la esposa del solterón de Duker.
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Duker la explotaba de sol a sol, como si quisiera sacarle hasta el último centavo de su inversión. A una mujer que jamás había pisado una carnicería, la obligaba a hacer de todo: desde sacar y lavar las vísceras de vacas y cerdos, hasta pelar los animales muertos.
Incluso la gente, al ver a Fabiola vomitando detrás de la carnicería, se quedaba horrorizada.
Y si Duker la ampayaba en esas, le decía que era una exagerada y la agarraba a latigazos ahí mismo.
El calvario de Fabiola no terminaba ahí.
Al llegar la noche, tenía que aguantar el asedio de Duker con la excusa de que ‘tenía que quedar embarazada’.
Pasaron seis meses, luego un año, nada. Duker, enfurecido, le gritaba: ‘¡Te compré carísima y ni un crío me puedes dar!’, mientras se le subía encima cada noche.
Para Fabiola, la noche era mucho más aterradora que el trabajo pesado del día, pues tenía que someterse a sus abusos entre insultos y golpes.
Cuando ya había pasado un año y medio, Fabiola finalmente sintió los síntomas del embarazo.
—Si es mujercita, quiero que se llame Sheila. Es el nombre de mi hermana menor; es una niña muy inteligente y linda.
Por primera vez desde que se casó y llegó a ese lugar, el rostro de Fabiola se iluminó.
Duker, al oírla hablar con la vecina, la cortó en seco:
—¡Ni se te ocurra parir una hembra porque no te doy ni de comer! ¡Te compré por un montón de plata para que me des un hijo varón que herede la carnicería!
El dueño de la frutería, que no pudo aguantar más, intervino:
—¡Oye, hombre! ¡Eso no se elige así nomás!
—¡¿Cómo que no?! ¡Con toda la carne que le he dado de tragar a esta mujer!
Y eso que solo le daba los desperdicios que no podía vender, porque la carne buena era para el negocio.
El frutero simplemente sacudió la cabeza y se metió a su tienda. No valía la pena gastar saliva con alguien con quien no se podía razonar; solo terminaría doliéndole la garganta.
—¡El mocoso se va a llamar Cooper, como hombre, así que ya lo sabes!
—Sí…
La conversación de la pareja no duró más.
Y entonces, un día, cuando su barriga ya empezaba a notarse:
—Viejo, hoy no me siento nada bien.
—¿Y cuándo te has sentido bien tú, caracho?
Duker estaba de mal humor.
Como si estar embarazada fuera un gran mérito, Fabiola se la pasaba diciendo que se sentía mal para evitar la cama. Por eso, él había tenido la ‘deferencia’ de reducir sus encuentros de cada noche a una vez cada dos días.
¿Y ahora pretendía también flojear en el trabajo?
Cada vez que pasaba eso, Duker se ponía furioso al recordar los 130 sólidos que pagó por ella.
Seguro que el intermediario se quedó con 30 y el chibolo ese, su hermano mayor, se embolsilló los otros 100.
Para recuperar su inversión, ella tendría que parirle por lo menos unos siete u ocho hijos, pero al verla tan debilucha, sentía que había hecho un pésimo negocio.
—¿Acaso no sabes que hoy hay que limpiar todas las vísceras? Si la carne se malogra, ¿tú me vas a pagar?
—Perdón… voy a descansar solo un ratito y…
Al ver cómo se le desencajaba la cara a Duker, Fabiola cambió de idea al instante:
—Lo haré ahora mismo. Ahorita mismo…
Fabiola se sentó frente a los trozos de carne, agarrándose la barriga que se le ponía dura por las contracciones.
Justo ese día había llegado mercadería.
No pudo enderezar la espalda ni un segundo, concentrada solo en el trabajo. Tenía más miedo de sufrir la maldad de Duker que del propio dolor físico.
Sudando frío, Fabiola intentó levantarse de su silla de trabajo.
Sintió su falda pesada, empapada de un líquido espeso.
Sin que se diera cuenta, la silla se había teñido de un rojo intenso.
—¡Aaaaahhh!
Fabiola soltó un grito lleno de dolor y espanto.
Ese día, perdió al bebé que pudo ser Sheila o Cooper.
Después de eso, se hundió en una culpa y una depresión terribles.
Pensaba que, si hubiera sido más lista, si no hubiera tenido tanto miedo de que Duker le pegara y se hubiera plantado para descansar, quizás su bebé seguiría vivo.
‘Sheila, perdóname’.
Fabiola llamaba ‘Sheila’ al bebé que llevaba en su vientre.
Solo entonces se dio cuenta de cuánto había anhelado a ese hijo, tanto como extrañaba a su querida hermana menor. Y en el momento en que esa esperanza se hizo añicos, Fabiola perdió las ganas de vivir.
Mientras ella lloraba carcomida por la culpa, Duker no dejaba de lanzarle insultos hirientes:
—¡Ni para cuidar a un crío sirves! ¡¿Encima te pones a llorar?!
—¡Ay, qué porquería! Soy un imbécil por haber gastado plata en alguien como tú.
—¡Inútil! ¡Lárgate y muérete de una vez!
A pesar de haber abortado, Fabiola no pudo descansar debidamente.
Duker la obligó a seguir trabajando en la carnicería diciendo que no sea ‘engreída’, que ni siquiera había dado a luz.
Y por las noches, la acosaba de nuevo para que se preñara rápido otra vez. Si se resistía, lo único que recibía eran más insultos y golpes.
Un día, Fabiola usó la excusa de que estaba enferma para no ir a trabajar.
Por supuesto, solo pudo quedarse sola en casa después de que Duker le diera una paliza que casi la mata.
Pero ese día, curiosamente, no tuvo nada de miedo a los golpes. Después de todo, pronto todo se terminaría…
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Tras la muerte de Fabiola, Duker se pasó un mes entero viviendo solo para el trago.
Al pensar en toda la plata que había invertido en ella, le hervía la sangre, pero no tenía a quién reclamarle. A veces le asaltaba un arrepentimiento tardío: de haber sabido que las mujeres eran seres tan debiluchos, la habría tratado con un poco más de cuidado.
En medio de eso, apareció Sheila. Su cuñada, a la que solo había visto una vez hace dos años.
Él pensó que después de que el tal Fred, el hermano mayor, se embolsillara el dinero por Fabiola, no volverían a saber nada de ellos. Jamás se imaginó que alguien de su familia política vendría a buscarla.
—Buenos días. Usted es el señor Duker, ¿verdad? No sé si me recuerde… Soy Sheila, la hermana de Fabiola…
Duker se cerró en banda y negó conocerla.
No tenía la menor intención de avisar a la familia de Fabiola sobre su muerte. Para él, como era una mujer que había comprado, no le incumbía a nadie si estaba viva o muerta.
Duker detestaba los problemas.
Después de habérsela vendido, si se enteraban de que había muerto, capaz venían a armarle un escándalo por las puras.
Sin embargo, como la hermana se puso terca y empezó a reclamar, el alboroto creció.
Pero por más que lo pensara, Duker sentía que no tenía nada de qué avergonzarse.
La mujer se había muerto porque le dio la gana, el propio Bill, que hace poco se había convertido en el jefe del gremio, lo había verificado personalmente y hasta ayudado con los trámites del entierro.
—Bill, tú lo sabes bien, ¿no? El perjudicado aquí soy yo. ¡¿Cómo va a ser posible que me cueste un ojo de la cara y la muy infeliz se muera así nomás sin mi permiso?!
Claro, él mismo le había gritado que se largara y se muriera. Pero aunque se lo hubiera dicho, la culpa era de ella por haberle hecho caso.
—Cállese la boca. Usted tampoco es un santo.
le soltó Bill, que siendo mucho más joven, le habló con una falta de respeto total.
Si hubiera sido cualquier otro, Duker se habría puesto como loco, pero ante el jefe del gremio no le quedaba otra que quedarse callado.
Llevarle la contra al jefe del gremio era prácticamente lo mismo que cerrar su negocio en esta zona.
Bill era joven, pero como era el hombre de confianza del anterior jefe, tenía una capacidad de mando impresionante.
En cuanto Bill intervino, la chiquilla que no paraba de gritar y llorar por su hermana se calmó un poco.
Mientras terminaban de hablar, Duker se empinó la cerveza que le quedaba y pidió otra más.
La verdad es que se le habían quitado las ganas de seguir tomando y quería largarse, pero como Bill lo estaba vigilando, no se atrevía a pararse.
—Duker.
—¿Eh…?
—Si quedan cosas de la difunta en tu casa, dáselas a esta señorita.
Fue una orden directa, sin espacio a réplica.
—Jerry, acompaña a la señorita.
—Ya, maestro.
respondió Jerry mientras mascaba chicle con desgano.
Las pertenencias…
Desde que enterró a su mujer y se dedicó a chupar todo el mes, no había ordenado nada.
Ya fuera para traer a una nueva esposa o para vivir solo, igual tenía que deshacerse de todos esos trastos de mala suerte, así que Duker decidió hacerle caso al jefe del gremio sin chistar.
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