La criada azotada de la casa Calley - 64
Hace unos tres años.
Había pasado poco más de un año desde que Sheila entró a trabajar como mucama en la mansión de Conde Calley. En todo ese tiempo, no había podido ir a visitar a su hermana Fabiola ni una sola vez.
Primero, porque no tenía ni un sol. Después de mandarle el noventa por ciento de su sueldo a su hermano, no le quedaba ni para el micro. Aunque en la mansión le daban comida y techo, por más que uno no gaste en nada, siempre se necesita algo de plata para sobrevivir.
Claro que pagar el pasaje en carreta hasta Holzerod, que estaba dentro del mismo condado, no era tan difícil. El problema era el orgullo de Sheila: ella no quería llegar con las manos vacías. Ahora que era empleada en una mansión tan pituca, quería llevarle aunque sea un sencillo a su hermana, que se había casado casi como si la hubieran vendido.
Así que Sheila empezó a ahorrar sol tras sol de lo poquito que le sobraba. Después de un año entero, logró juntar unos 8 sólidos. Descontando el pasaje y otros gastos del viaje, le quedarían unos 7 sólidos para regalárselos a su hermana. Ella quería llegar a los diez, pero ya no daba más; extrañaba demasiado a Fabiola.
Cuando por fin le dieron permiso para tomarse sus vacaciones, recién ahí sintió que de verdad iba a verla. Solo de pensar en abrazar a Fabiola, que para ella era como una madre, se le escapaban las lágrimas.
Tenía planeado contarle todas sus penas: que si la mano de la señorita Judith era bien pesada y que tenía un humor de perros, o que era más caprichosa que nadie. Pero luego pensó: ‘Mejor no. Si no nos vemos hace dos años, la voy a poner triste’.
Sheila cambió de idea al toque. Mejor le contaría lo enorme y elegante que era la mansión, lo churros y finos que eran los nobles. Y de todas maneras se quedaría a dormir una noche con ella. Su cuñado tenía una cara de pocos amigos, pero ni modo que no dejara quedar a su cuñada que venía de tan lejos, ¿no? Sheila se convenció de eso.
Para aprovechar bien el tiempo, juntó su primer día de vacaciones con su día libre de la semana.
—De verdad que estas chiquillas de ahora son unas flojas. Apenas les dan vacaciones se las tiran todas juntas, encima las pegan con su franco.
la fastidió Ebony, la mucama más antigua que también cuidaba a Judith.
—Ay, perdóneme, de verdad. Cuando regrese voy a trabajar el doble, no, ¡el triple!
le respondió Sheila con una sonrisita para calmarla.
Con tal de ver a Fabiola, le daban igual las críticas. Sheila estaba con el corazón tan blandito que, si alguien le metía un periodicazo, ella hasta le daría las gracias con una sonrisa.
El día que salió hacia Holzerod, sacó su ropa de salir, esa que se compró cuando entró a trabajar hace un año. La había comprado un poco grande a propósito y recién ahora le quedaba bien. Se puso su sombrerito y se subió a la carreta bien animada.
Hacía un día precioso. Sheila se sentía de maravilla, bien vestidita y viajando con la plata que ella misma se había ganado. Mirando por la ventana cómo cambiaba el paisaje, por un momento se sintió como una mujer exitosa. Pensó que, aunque tuviera que mandarle casi todo a su hermano, su vida no estaba tan mal. Al final, se había librado de él y podría ver a su hermana de vez en cuando.
Recordando la cara de su cuñado, se prometió a sí misma ser bien amable con él. ‘Se llamaba señor Duker y tenía una carnicería, ¿no?’. No debía haber muchos carniceros con ese nombre en un pueblo, así que no sería difícil encontrarlo.
Al bajar de la carreta, tal como pensó, encontró la tienda de Duker al toque. El problema era que, estando en plena hora de venta, la puerta estaba cerrada. ‘¿Se habrán ido de viaje?’, se preguntó.
—Disculpe, esta es la carnicería del señor Duker, ¿verdad? ¿Sabe dónde se ha ido?
le preguntó al dueño de la frutería del costado.
—Vaya al restaurante que está allá, en medio del cruce.
le respondió el hombre sin muchas ganas.
‘Uf, menos mal no se han ido lejos’, pensó ella.
—Oiga, disculpe que lo moleste otra vez, ¿y la esposa del señor Duker…?
Quiso preguntar por su hermana, pero el frutero, al ver que ella no iba a comprar nada y solo hacía preguntas, cerró su puerta y se metió. ‘Se ve que el señor Duker es igualito a su cara y no se lleva bien con los vecinos’, pensó Sheila mientras caminaba hacia donde le habían indicado.
Con suerte, su hermana estaría ahí con él. O tal vez en la casa que compartían.
Por suerte, en ese cruce solo había un restaurante.
Sheila abrió la puerta con el corazón en la mano, esperando encontrar a su hermana allí mismo. Al entrar, se dio cuenta de que el ambiente era más de un bar que de un restaurante. Vio unas escaleras que daban al segundo piso; parecía que arriba también funcionaba como hospedaje.
Aunque ya había pasado la hora del almuerzo, las mesas estaban algo llenas con gente que andaba tomando desde temprano. Entre toda esa gente, Sheila lo ubicó.
Era él, no había duda: el señor Duker. El mismo que apareció de la nada en su choza hace un tiempo y se llevó a su hermana.
‘No’, se corrigió ella, ‘ahora es mi cuñado’.
Sheila recordó su promesa de ser amable con él. Fabiola no estaba a su lado.
‘Bueno, qué se va a hacer…’, pensó. Sheila sabía hace mucho que ella no era precisamente una persona con suerte.
Aun así, se acercó emocionada. Al final del día, haberlo encontrado significaba que vería a su hermana muy pronto. ¿Sería muy lanzado decirle ‘¡Cuñadito!’ de frente? Después de aquel día en que se llevó a Fabiola, no lo había vuelto a ver nunca.
Se hizo un mundo pensando en cómo saludarlo, hasta que se decidió.
—Disculpe…
Sheila se acercó con modales y le habló a Duker, que se estaba bajando un chop de cerveza.
Él la miró con los ojos perdidos. De cerca, se notaba que estaba más borracho de lo que parecía. ‘Cerrar su negocio para ponerse a chupar desde temprano… ¿No será que este tipo le hace la vida imposible a mi hermana?’, pensó preocupada.
Mientras mil ideas le pasaban por la cabeza, Sheila le sonrió y lo saludó:
—Hola, usted es el señor Duker, ¿verdad? No sé si se acuerde de mí. Soy Sheila, la hermana de Fabiola…
A él se le abrieron los ojos de par en par. Estaba claro que, a pesar de la borrachera, había reconocido a su única cuñada. Pero la respuesta que salió de su boca fue algo que ella jamás esperó:
—¿Quién? Yo no soy ese que dices.
¿Qué le pasa a este hombre? ¿Tanto ha tomado que ya se olvidó de su nombre?
Ella solo lo había visto una vez, pero esa cara tosca era imposible de olvidar. Además, no había nadie más en ese local que se le pareciera.
—Ay, cuñadito, no sea así. Soy Sheila. Fabiola le debe haber hablado mucho de mí. Usted me vio hace dos años cuando fue a mi casa.
Ella se acordaba clarito de cómo él sonreía con confianza esa vez, así que no entendía a qué estaba jugando. Se adelantó un poco y lo llamó ‘cuñado’ para tratar de romper el hielo; después de todo, no estaba diciendo ninguna mentira.
De pronto, Duker golpeó la mesa con su pesada jarra y soltó un insulto:
—¡Pucha madre! ¡Uno quiere tomar tranquilo y se le pega una loca de mierda a joder!
Sheila se prendió al toque por el insulto y también alzó la voz:
—¡Usted es el señor Duker! ¿Por qué se hace el que no me conoce? ¡¿Dónde está mi hermana?! ¡No he venido por usted, he venido a ver a ella!
No quería pelearse por miedo a que no la dejaran quedarse a dormir con Fabiola, pero a estas alturas ya le llegaba todo al pincho. ‘Si no me deja quedarme, ¡me hospedo aquí mismo, total tengo plata!’, pensó.
—¡A la m… a esta mocosa le voy a…! ¡Maldita sea!
Duker, sentado como estaba, levantó la jarra como si fuera a lancharla contra ella. Recién ahí, los hombres que estaban cerca empezaron a calmarlo.
—Ya pues, Duker, ¡tranquilo!
—¡¿Quién es Duker, carajo?!
Ante la actitud matonesca de Duker, la gente de alrededor empezó a murmurar con lástima.
—Señorita, entiéndalo.
—. Es que hace poco perdió a su esposa y por eso está así.
¿Qué…? ¿De qué diablos están hablando?
—¿Qué? ¿Qué… qué perdió?
preguntó Sheila, sin entender procesar las palabras del hombre.
Pero su pregunta se perdió entre los comentarios de los demás, que ya habían empezado a soltar la lengua.
—Y no solo perdió a la mujer. También perdió al hijo que estaba en la barriga.
—¡Hablen bien, pues!
—Primero perdió al bebé, como este infeliz no paraba de maltratarla, la mujer se suicidó.
—¿Quién… quién se suicidó?
balbuceó Sheila, pero nadie la escuchaba.
Y entonces Duker, que hace un segundo juraba que no era Duker, saltó furioso:
—¡Váyanse a la mierda! ¿Acaso es mi culpa que esa se haya matado? ¡Pagué un dineral por ella y hasta carne le daba de comer todos los días! ¡Pero no servía ni para parir! ¡Encima que sale embarazada, lo pierde!
—… ¿Quién se murió?
A Duker no le importó la pregunta de Sheila y siguió gritándole a la gente:
—¡Ella misma perdió al bebé y no paraba de llorar como una sonsa! Así que sí, ¡se lo dije! ¡Le dije que se vaya a la m… y se muera! ¿Pero acaso eso era para que lo haga de verdad? ¡¿Quién se muere solo porque se lo piden?!
Duker dio un golpe seco contra la mesa y se quedó ahí tirado, con la cara hundida entre sus brazos. Sheila empezó a sacudirlo con desesperación.
—¡Oiga, señor! ¡Levántese y hable! ¿Quién se ha muerto? ¡Dígame quién se murió!
Como él no reaccionaba, ella empezó a meterle puñetazos en esa espalda ancha con todas sus fuerzas.
—¡Oye, oye! ¡Señorita, cálmese! ¿Qué le pasa?
la gente empezó a meterse para frenarla. Duker ni se movía, ignorándola por completo.
De pronto, uno de los golpes de Sheila le cayó de lleno y sonó fuerte en su espalda. Esta vez sí le dolió, porque se levantó de un salto con la mano en alto para pegarle.
—¡Asu! ¡Ya me llegaste al pincho, carajo!
Al tenerlo por fin cara a cara, Sheila le suplicó:
—Cuñadito, es mentira, ¿no? ¿Dónde está mi hermana? He venido a verla.
Sheila buscó rápido en su bolsillo y le enseñó la bolsa de plata.
—No he venido a pedirles nada gratis, ¡he traído plata! He entrado a trabajar como mucama en la mansión del conde. Mi hermana ni sabe eso todavía, ¿verdad? Usted tampoco sabía que ahora soy mucama, ¿no?
—¿Qué diablos está hablando esta loca?
—¿Dónde está mi hermana? La extraño demasiado, usted sabe que no la veo hace dos años.
Sheila lo agarró de la ropa, jalándolo.
—¡Vamos! Lléveme con ella. Tengo que verla ahora mismo. ¡Muévase!
Duker, con sus manos gruesas como de sapo, la empujó con fuerza.
—¡Ya deja de joder, oye! ¡Tu hermana se murió! ¡Esa desgraciada lo hizo para fregarme la vida! ¡Se colgó en mi propia casa y se mató!
—¡Mentira! ¡Mi hermana nunca haría eso!
Duker, fuera de sí, se le fue encima como para masacrarla, haciendo que Sheila perdiera el equilibrio y cayera al suelo.
Entre los gritos de Sheila tirada en el piso, Duker tratando de pegarle y la gente intentando separarlos, el restaurante se volvió un loquero.
Fue justo en ese momento… que se escuchó el rugido de un hombre, como si fuera un trueno.
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