La criada azotada de la casa Calley - 63
Bill lanzó una mirada fulminante.
—¡Pero ojo, que esto de verdad solo lo puede saber usted, Maestro!
—Ya, ya…
respondió Bill entre dientes
—Ya entendí, así que suéltalo de una vez.
—Usted sabe, ¿no?, que yo trabajo para la señorita Judith. Bueno, la cosa es que hace poco se le cayó un compromiso que tenían planeado. Por eso, el joven conde, que acaba de volver de sus estudios en el extranjero, se ha vuelto su nuevo tutor. Es que, como usted sabe, a la señorita Judith el estudio le llega al pincho y, como no tiene ni un poquito de educación, el novio la mandó a rodar. Por eso, a la que era su profesora antes… una tal señora Margaret… bueno, a esa el joven conde la botó. Y ahora el mismo señorito Cedric es el que le da las clases…
Sheila se andaba por las ramas, Bill, que ya estaba perdiendo la paciencia tamborileando el escritorio, finalmente explotó.
—¡Ve al grano!
Asustada por el grito de león de Bill, Sheila cerró los ojos con fuerza y soltó:
—¡Es que ahora soy la ‘mucama de los azotes’ de la señorita!
De pronto, un silencio sepulcral llenó la habitación.
—Mucama de… ¿qué?
preguntó Bill, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar, aunque lo oyó clarito.
‘Mucama de los azotes’… Por más que fuera la casa de un conde, ¡qué tales reliquias del pasado se venían a encontrar!
—Así es la cosa. Por eso ahora recibo un sueldo extra por los golpes y…
—No te puedo creer……
Bill soltó una risa seca, totalmente desconcertado. Luego, preguntó
—¿Y cuánto te pagan?
—Ufff…….
Sheila suspiró.
Lo de ser la mucama de los azotes le daba un poco de vergüenza, pero no era un secreto de estado; lo que sí era privado eran los términos del contrato. Pero ya que había traído tanta plata, era obvio que él podía sacar la cuenta fácilmente. Además, Bill era un hombre de palabra en cuanto a la confidencialidad.
—Quince sólidos al mes
dijo Sheila, sacando un promedio de los dos meses.
Dudó en decir que eran veinte, porque incluso diez ya sonaba a locura, no quería que Bill sospechara cosas raras. Al final, aunque terminó haciendo cosas extrañas en el cuarto de castigo, ese no había sido el propósito original del pago.
—¿Y estás bien?
—¿Perdón…?
Sheila se quedó helada ante la pregunta, que sonó inesperadamente calmada.
—Digo que si estás bien… con eso de que te peguen.
—Ay, por supuesto, Maestro. Ya me ve, enterita.
A pesar de la respuesta fresca de Sheila, Bill no dejaba de estar preocupado. La plata siempre venía con un precio; nadie regala dinero por nada, por más rico que sea. Si le pagaban tanto, era porque el trabajo era matadazo. Y para colmo, el ‘trabajo’ era recibir golpes.
Sheila le dedicó una sonrisa para tranquilizarlo, pero la cara de Bill no mejoraba. Él sabía mejor que nadie lo ‘terca’ y aguantadora que era Sheila. Durante los tres años que llevaban con el trato, ella siempre aparecía cada seis meses con sus veinte sólidos exactos. Sabiendo que mandaba el noventa por ciento a su casa, Bill entendía perfectamente el sacrificio que eso significaba.
Incluso sabía que, para no gastar sus ahorros en pasajes, ella se metía una caminata de cuatro horas para volver a su pueblo. Tan flaquita y debilucha que se veía, ¿de dónde sacaba tanta fuerza de voluntad? Bill era prácticamente el único que conocía toda su situación, sabía que no cualquiera en su lugar haría lo mismo.
—De verdad, no se preocupe. Total, solo lo voy a hacer por tres meses, así que quédese tranquilo.
añadió Sheila al ver que él no cambiaba el semblante.
—¿Y cómo sé que es verdad?
preguntó Bill con brusquedad.
—Porque firmamos un contrato.
—¿Qué?
En lugar de tranquilizarse, Bill gritó con una voz cargada de más preocupación.
—¿Lo has traído?
—¿Qué cosa? ¿El contrato?
Ante la pregunta tan fresca de Sheila, Bill asintió con la cabeza.
—No, lo dejé bien guardado en mi cuarto.
—¿Ya te olvidaste de lo que te dije? ¡Que no se firma cualquier papel así por así!
Bill seguía levantando la voz.
Se preguntaba si debió haberle recalcado más, cada vez que ella venía, que uno no puede andar firmando contratos a la loca.
Hace tres años, si aceptó hacer un trato con una chiquilla de diecisiete, fue porque Sheila se veía realmente desesperada. Incluso cuando le dijo que matar a una persona costaba la millonada de doscientos sólidos, ella ni parpadeó.
‘El corazón de la gente siempre cambia. La tristeza y la cólera se olvidan con el tiempo. ¿Y aun así vas a gastar tremenda plata en algo como esto?’, le había dicho él aquella vez.
‘Sí’
‘No me da confianza. Ahorita hablas así, pero supongamos que acepto el contrato… ¿Cómo sé que no vas a cambiar de opinión?’.
‘Es que si no lo hago, voy a seguir arrastrando esto por siempre. Quiero terminar con todo de una vez y vivir mi propia vida’.
‘Uff…’.
Bill se lo había pensado mucho antes de responder:
‘Ya, está bien. Acepto. Pero el trabajito se hace recién cuando juntes los doscientos sólidos completitos. ¿Entendido?’
En este mundo, si alguien tiene malas intenciones, es facilito estafar a los que no saben. Pero Bill no tenía ninguna intención de timar a una chiquilla de diecisiete años. Aunque los gremios suelen cuidar mucho su reputación, Bill, por su propia forma de ser, no era alguien capaz de semejante bajeza.
Antes de que ella firmara, Bill le advirtió:
‘Piénsalo bien, mocosa. Una vez que pongas tu firma en este contrato, ya no hay vuelta atrás’.
Ante la advertencia, la Sheila de diecisiete años revisó el documento con una seriedad impresionante. Y ese mismo día, firmó el contrato para encargar un asesinato por doscientos sólidos.
Han pasado tres años y ahora, a sus veinte, Sheila no ha cambiado casi nada. Sigue teniendo esa misma fuerza de voluntad a pesar de su apariencia frágil.
—No se preocupe, Maestro. Me explicaron todo clarito y no era tan diferente al contrato de empleo que firmé en la mansión la otra vez.
Bill mismo se había conseguido una copia de esos contratos que usaban en la casa del conde para leerlos. Que una mansión tan grande hiciera contratos formales para todo el personal era algo que decía mucho.
Era un contrato limpio, estándar, que no buscaba perjudicar a los empleados. Bill supo al toque que eso no era obra del conde, sino de Cedric Calley, el que realmente cortaba el jamón en la mansión y que estaba de regreso de su viaje.
Sobre el hijo mayor de la familia, Cedric Calley, Bill ya había escuchado bastante desde la época del anterior conde. Al recordar que el antiguo jefe del gremio murió de puro hígado por pelearse con el conde Bernard Calley, Bill tenía la esperanza —y la certeza— de que el próximo conde sería mucho mejor.
Sheila continuó hablando, adornando un poquito la verdad:
—El joven conde es un poco especial y bien cuadriculado para sus cosas…
‘Un poco, no… es un tremendo mañoso’, pensó ella.
—Pero no me parece que sea una mala persona.
—Al menos no es tacaño con la plata.
—Eso nunca se sabe.
replicó Bill de mala gana. Y eso que hace un ratito estaba pensando que, si el contrato lo había hecho ‘ese’ Cedric, seguro todo estaba en regla.
‘Cómo me gustaría haber visto ese contrato con mis propios ojos…’, pensó Bill.
Sheila sabía perfectamente que él estaba preocupado. Y la verdad era que, tal como Bill sospechaba, ese contrato la tenía bien atada. Pero por eso mismo, no podía ni enseñárselo.
—Bueno, ya quedó claro que no es nada turbio, ¿no? Así que no se me asuste y mejor confírmeme cuánto falta.
Al final, solo le quedaba aguantar un mes y poquito más para terminar con todo.
Ante el pedido de Sheila, Bill anotó en el libro de cuentas el monto de hoy y el total acumulado hasta la fecha, poniendo su firma al costado.
—Con lo de hoy, ya van ciento sesenta y dos sólidos. Solo te faltan treinta y ocho para completar la meta.
Luego, giró el libro para que Sheila pudiera verlo.
—Revisa y firma.
Era el protocolo de siempre: firma de ambos lados para que nadie se haga el vivo con las cuentas. Sheila firmó en el espacio en blanco al lado de la rúbrica de Bill. Hacia arriba, se veían todos los registros y firmas que habían llenado la hoja durante estos años.
Faltaban 38 sólidos. Pero para Sheila, era como si solo le faltaran 18. En unos días recibiría otra vez su sueldo de ‘mucama de los azotes’ por 20 sólidos.
Desde que empezó con ese trabajito, sus ingresos se habían triplicado. Pero lo que podía ahorrar no era simplemente el triple; era mucho más. A diferencia de su sueldo normal de empleada, del cual mandaba el noventa por ciento a su casa, la plata de los azotes le caía íntegra a ella.
O sea, si antes le sobraba un mísero sólido después de ayudar a su familia, ¡ahora le sobraban veintiuno!
‘¡Asu, es veintiún veces más!’, pensó Sheila. Recién ahí se daba cuenta de la tremenda diferencia.
Aunque ya solo le quedaba un último pago por recibir, no le importaba. Gracias a eso, ya casi tenía todo lo que necesitaba. Si seguía con sus otros recurseos por medio año más…
Por haberse ‘fajado’ tres meses en ese trabajo, el tiempo de espera que ella calculaba en dos años se había reducido a solo seis meses.
—Si el trabajo es tan bueno, ¿por qué no sigues? Te vas a volver millonaria en un toque.
comentó Bill, que como buen jefe de gremio, era un trome sacando cuentas
—Unos meses más y no solo pagas la deuda, sino que te quedas con una buena propina, ¿no?
Sheila también lo había pensado. El problema era que ese trabajo no se trataba solo de recibir golpes, ahí estaba el detalle.
—Es que el contrato tenía una fecha fija desde el comienzo.
Daba la casualidad de que en un mes sería la ceremonia de nombramiento del joven conde y, según lo que dijo Alfonso, para esa fecha ya se sabría quién sería su prometida oficial. Puede que la ceremonia coincida con sus últimos días de contrato, pero para cuando él se comprometa, ella ya habrá terminado.
Para Sheila, eso era un alivio. No quería ni imaginarse haciendo ‘esas cosas’ con un hombre que ya tiene novia formal.
—En fin, parece que la cosa va a salir más rápido de lo esperado.
murmuró Bill para sí mismo, antes de clavarle la mirada a Sheila y preguntar con seriedad.
—Te lo pregunto una vez más. ¿No hay cambios en lo que me pediste?
—Para nada.
respondió Sheila sin dudar un segundo.
Aun así, Bill no le quitaba los ojos de encima.
—¿Te acuerdas de lo que te dije la primera vez?
Sheila asintió.
Años atrás, cuando ella recién firmaba el contrato, Bill le dijo que él recibiría la plata y se la guardaría, pero que no era obligatorio usarla para ‘ese trabajito’ si ella cambiaba de parecer.
Sin embargo, Sheila no había cambiado de opinión. Al contrario, ahora que veía la meta tan cerca, se moría de ganas de terminar con todo de una vez por todas.
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