La criada azotada de la casa Calley - 62
Sheila entró a la oficina del Maestro, o para ser más exactos, a la del jefe del gremio.
—Maestro, ¡tanto tiempo!
Sheila saludó con entusiasmo al jefe, que estaba sentado tras su escritorio. El hombre se hacía llamar ‘Bill’, aunque nadie sabía si era su nombre real o no.
—Sheila.
Bill respondió al saludo con la misma calidez. Aunque se veían con suerte una vez cada seis meses, Bill siempre estaba igual.
Él, que le llevaba unos diez años a Sheila, apenas debía andar por los treinta. ‘¿Por qué en ese entonces me parecía tan tío…?’, pensó ella.
Bueno, pensándolo bien, para la Sheila de diecisiete años, cualquier hombre a finales de sus veintes ya era un señor. Pero cuando lo llamó ‘tío’, la reacción de él fue bien fría.
‘¿Qué pasa contigo, mocosa? Dime Maestro.’
Él le pedía que no le dijera ‘tío’, pero bien que le decía ‘mocosa’.
‘¡Yo no soy ninguna mocosa, me llamo Sheila!’
Después de dejar las cosas claras sobre cómo llamarse aquel primer —bueno, segundo— día que se conocieron, ambos habían mantenido una relación tranquila.
—Has llegado más tarde de lo habitual.
dijo Bill, tamborileando los dedos sobre el escritorio. Su mirada afilada recorrió de arriba abajo la apariencia de Sheila
—¿Y esa ropa? Es un milagro verte con algo nuevo, ya puedo morir tranquilo.
—Ay, ¿por qué me tiene por tacaña? Yo también gasto cuando es necesario.
Bueno, en realidad no es que lo hubiera comprado ella misma; se lo dieron como agradecimiento tras gastar un dineral en Molly, así que al final venía a ser lo mismo. Ante la réplica de Sheila, Jerry, que estaba a un lado, se metió en la conversación.
—¿Tú?
Tampoco se sabía si ‘Jerry’ era su nombre real o un alias, pero le calzaba perfecto por lo ágil que era para moverse. Cuando se conocieron, tenía casi la misma estatura que Sheila, pero en un abrir y cerrar de ojos dio el estirón y la pasó de largo. Eso sí, su agilidad seguía intacta, igual que esa manía de meterse donde no lo llaman para fregar la paciencia.
Sheila, apretando los dientes pero con los ojos achinados en una sonrisa fingida, le preguntó:
—¿Tú todavía no te has ido?
—¿Y por qué me iría? Pienso quedarme aquí.
Ante la pesadez de Jerry, Sheila cerró el puño sonriendo. En ese momento, Bill sacó un libro de cuentas de un porrazo y dijo:
—¿Y la plata?
Sheila dejó de mirar a Jerry y sacó una bolsa de dinero de su bolsillo interior.
—Aquí tiene. Cincuenta sólidos.
Sheila puso la bolsa sobre la mesa con orgullo, y Bill la examinó con mirada penetrante. Luego, preguntó:
—¿De dónde sacaste esto?
Sheila saltó de inmediato ante el tono lleno de sospecha.
—¿Qué cosa?
A ver, si lo piensas bien, la reacción de Bill no era para menos. Después de recibir su sueldo y mandarle plata a su familia, a Sheila solo le quedaba un miserable sólido. Sumando eso a lo que ganaba en sus ‘recurseos’ adicionales, le tomaba seis meses enteros juntar veinte sólidos.
Para ahorrar esa cantidad, Sheila no solo no se compraba ropa nueva, sino que ni siquiera se daba el gusto de comprarse un pedazo de pan en el mercado. Y Bill era quien mejor conocía su situación.
—Habla claro. Yo no acepto plata de dudosa procedencia.
Si a Sheila las justas le alcanzaba para traer veinte sólidos cada seis meses, era lógico que sospechara al verla aparecer de la nada con cincuenta.
La verdad es que, antes de venir, Sheila también se lo había pensado mucho. No sabía si traer solo los veinte sólidos que ahorró con sus trabajitos, o incluir también lo que le pagaron por ser la ‘mucama de los azotes’.
Como siempre, el dinero que ganaba recibiendo golpes no lo sentía como suyo. Y más aún sabiendo que, si no cumplía el contrato hasta el final, tendría que pagar una penalidad. Pero no lo pensó por mucho tiempo.
‘¿Entonces qué? ¿Vas a dejar que te peguen por gusto y luego renunciar?’
En el diccionario de Sheila, devolver dinero que ya estaba en su bolsillo era algo que simplemente no existía. ‘¿Si dejo la plata encargada aquí, seguro se me quitan las ideas tontas de la cabeza, no?’.
Al final, traer el dinero era como quemar sus naves; una forma de obligarse a aguantar hasta el último momento. De todos modos, eso de recibir golpes en lugar de la señorita no era más que parte de su trabajo como mucama; no había hecho nada ‘turbio’ como pensaba el Maestro. Que las cosas se hubieran descontrolado después ya era otra historia.
Sheila soltó una risita burlona para sus adentros. ‘Qué cuajo tienen, ellos que se encargan de hacer trabajos sospechosos, ahora se ponen finos con la plata’.
—¡Acabas de pensar que somos unos pesados por reclamarte, cuando nosotros mismos hacemos cosas raras!
—¡No…! ¡Nada que ver!
Entre Cedric y Bill, que siempre le leían el pensamiento, estaba claro que el problema era su cara que la delataba todita. Al ver su reacción exagerada, Bill confirmó que le había dado al clavo y soltó una carcajada corta.
—Precisamente porque hacemos trabajos sospechosos es que solo aceptamos dinero limpio. No podemos dejar que nos pinchen por una tontería.
dijo él, recuperando la seriedad.
—¿Acaso no es lo mismo para ti? Mi estimada cliente de sicariato.
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Cedric se dirigió al ático, que ahora estaba vacío.
La habitación de la mucama no tenía ninguna cerradura por fuera. Siempre había sido así desde hace muchísimo tiempo. Por dentro sí se podía echar el cerrojo, pero como Sheila no estaba, era obvio que la puerta estaría abierta. De por sí, la estructura de la casa ni siquiera tomaba en cuenta la privacidad de las empleadas.
Cedric entró al cuarto ajeno con toda la confianza del mundo, como si fuera su propia habitación. Cerró la puerta, pero ni se molestó en poner el seguro.
No había forma de que Sheila, que se había ido a su pueblo, regresara tan pronto; e incluso si lo encontraba metido en su cuarto, ella no sería capaz de decirle ni ‘esta boca es mía’. Al final, esas eran las posiciones que ocupaban un joven conde y una mucama.
Sin perder tiempo, Cedric se arrodilló en el suelo y levantó una de las tablas del piso que estaba suelta. De inmediato, quedó a la vista ese escondite que ya le era familiar.
La primera vez que abrió ese espacio fue el día que llamó al viejo médico a esa habitación. Aquel día, Sheila, que estaba volando en fiebre por un malestar terrible, se quedó profundamente dormida, casi como dopada por la medicina que el doctor le mandó.
Cedric se había quedado sentado en una silla destartalada, con las piernas cruzadas, observándola dormir por un buen rato. Luego, como seguía sin ganas de volver a su cuarto, se puso a explorar el cuarto de la mucama. No entendía por qué le resultaba tan entretenido revisar una habitación tan pequeña donde no había nada que ver.
En la cómoda vieja, había ropa limpia y bien dobladita. Era lo que Sheila se ponía a diario. Y en la mesa de trabajo, estaban su canasta de tejido y varias herramientas bien ordenaditas.
‘Incluso con el dolor que debe sentir en los muslos, se sienta aquí a trabajar’, pensó.
No tenía idea de para qué juntaba tanta plata. No era como las otras empleadas que se compraban comida o ropa nueva. ¿Tendría algún gasto fuerte por otro lado? Cedric daba vueltas por el cuartito dándole vueltas al asunto, de rato en rato mirando a la mucama que dormía plácidamente.
Fue en ese momento que pisó la tabla que crujía. Ahora que lo recordaba, el piso ya estaba así. Cedric se agachó sin dudarlo y levantó la madera.
‘Ni que fuera una ardilla para andar escondiendo cosas así…’.
Sin darse cuenta, Cedric esbozó una sonrisa mientras revisaba las cosas que Sheila ocultaba bajo el suelo. Había una bolsa con unos zapatos de cuero negro, el contrato de ‘mucama de los azotes’ que él mismo le hizo firmar, libros de cuentas, accesorios, muñecos y demás. También estaba la bolsa donde guardaba, sol por sol, sus ahorros.
Cedric abrió la bolsa de dinero, que pesaba lo suyo.
‘Habrá juntado todo esto vendiendo esas cosas’.
Su mirada se dirigió a un bulto en el rincón del cuarto. Ese ya lo había revisado; contenía accesorios reparados y varios tejidos terminados.
Tras terminar de explorar el escondite, Cedric puso todo en su sitio y cerró la tabla del piso. Desde ese día, aunque entraba seguido a la habitación, siempre fingía no saber nada del escondite, salvo cuando quería molestarla haciendo crujir la tabla a propósito.
Y ahora, era la primera vez que volvía a abrirlo. Tenía el presentimiento y, efectivamente, ya no estaba. Todo ese dinero que ella había ahorrado con tanto esfuerzo había desaparecido.
Cedric sacó el libro de cuentas al que la otra vez solo le había dado una ojeada rápida y lo abrió. No había otro objeto que pudiera servirle de pista. Recordaba que la última vez parecía un registro de ahorros, pero…
« -20 »
—…?
Fijándose bien, había anotaciones que se le habían pasado por alto la vez anterior.
—Menos veinte… menos veinte…
Sin especificar el concepto, el número ‘-20’ se repetía aproximadamente cada seis meses. Seis meses: el mismo tiempo que pasaba entre cada viaje de la mucama a su pueblo.
Mandaba casi todo su sueldo a su casa —eso también figuraba en el libro— ¿y encima se mataba trabajando para juntar más plata y llevársela personalmente?
‘¿O será que solo va a su casa cuando logra juntar esa cantidad?’.
El sueldo de una mucama en la mansión era mucho mejor que cualquier trabajo en el campo. A Cedric le entró la curiosidad de por qué ella mandaba casi todo y encima ahorraba con tanta desesperación para llevarlo cada seis meses. Incluso si fuera solo por ahorrar, era extraño.
De pronto, se le vino a la mente el chico que vino hace unos días diciendo que era su ‘hermano’ del pueblo. ¿Sería solo eso? A diferencia de la alegría del muchacho, Sheila se veía algo tensa. Quizás era muy pronto para sacar conclusiones solo por haberle visto la espalda, pero…
Cedric cerró el libro frunciendo el ceño. Por ahora, no quedaba más que esperar a que regresara el hombre que envió con Rufus para seguirla.
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—A ver… habla claro de una vez. ¿De dónde saquéste esta plata?
—¡Ya le dije! Es lo que he ganado trabajando duro.
insistió Sheila, repitiendo lo mismo una y otra vez.
Pero a pesar de sus palabras, Bill seguía mirándola con mucha desconfianza.
—Conozco perfectamente cuánto ganas. ¿Y me vas a decir que en el mismo tiempo de siempre has juntado casi el triple, que encima te ha alcanzado para comprarte ropa nueva?
Bill empezó a tamborilear los dedos contra el escritorio:
toc, toc, toc.
Sheila no podía decirle la verdad, así que solo atinó a mirar de reojo, midiendo la situación. Al verla así, Bill ordenó:
—Jerry, tú lárgate un rato.
—¡¿Por quééé?!
reclamó Jerry de inmediato. Él tenía toda la intención de quedarse pegado a Sheila todo el día.
—Anda busca algo para que Sheila almuerce. De seguro no ha comido nada todavía.
¡Gruuu!
Como si su estómago hubiera estado esperando a que Bill mencionara la palabra ‘almuerzo’, un rugido fuerte salió de las entrañas de Sheila pidiendo comida.
—¿Qué quieres comer?
—Mmm, yo… ¿un steak de costillitas de cordero?
—¡Ay, caray, qué tal concha! Traeré cualquier cosa, vas a comer lo que te dé.
respondió Jerry mientras salía y tiraba la puerta con un estruendo.
Una vez que se quedaron solos, Bill le hizo una seña con la mirada, dándole a entender que ya era hora de que soltara la verdad.
—La verdad es que……
Sheila se tomó su tiempo, dudando, hasta que por fin se decidió a hablar.
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