La criada azotada de la casa Calley - 61
—Sobre lo que te dije de darte lo que quisieras cuando volviera del palacio… hablemos de eso ahora.
Al escuchar el motivo de la cita, Alfonso abrió la boca para responder.
—Eso… bueno, lo podemos ir pensando de a pocos.
Alfonso hizo una pequeña mueca. Con todo el revuelo de haber ido a ver al Príncipe Heredero, se le había pasado por alto un asunto tan importante.
Cedric, sin quitarle la vista de encima, le ordenó:
—Siéntate, ya tengo algo pensado.
Como segundo hijo de un conde, Alfonso se había criado sin que le faltara nada; en realidad, todo lo que alguna vez quiso, ya lo tenía desde hace tiempo. Y Cedric siempre se encargaba de ofrecerle cosas aún mejores.
Tras dudarlo un segundo, Alfonso finalmente se sentó. Después de todo, una cosa era que su hermano tuviera ‘algo’ con el Príncipe y otra muy distinta eran sus propios beneficios.
—Esta vez, quiero que tú también elijas una candidata para casarte.
—¿Esa es mi recompensa?
Alfonso arrugó la frente ante lo que le parecía una obviedad de su hermano.
—De preferencia, sería bueno que elijas a una mujer de una familia de prestigio. Ten en cuenta que será la madre del futuro heredero.
‘¿Qué…? ¿Acaso está diciendo que mi hijo será su sucesor?’
No, pero antes de eso…
‘¿O sea que de verdad ya no puede estar con mujeres?’
pensó Alfonso. No se atrevió a decirlo, pero en la forma en que miraba a Cedric se notaba una lástima tremenda.
Sintiendo esa mirada pesada y algo incómoda de su hermano, Cedric aclaró:
—Deja de sacar conclusiones raras. Simplemente, nunca he tenido interés en tener hijos.
—…?
Esta vez, Alfonso lo miró como si le estuvieran hablando en chino. Cedric entendía su reacción; para los nobles, tener descendencia no era un tema de ganas, sino una obligación.
—En fin, así están las cosas.
Cedric no tenía la menor intención de darle más explicaciones.
—Si tú hubieras sido el primogénito, quizás no habría problemas. Pero como sabes, el orden de nacimiento no se puede cambiar. Aun así, te prometo esto: después de mí, tu hijo será el siguiente conde.
Alfonso finalmente pudo articular una palabra:
—Hermano……
A la mirada de lástima con la que observaba a Cedric, ahora se le sumaba una pizca de emoción contenida.
—Te lo digo ahora porque te has esforzado mucho por la familia y sé que lo seguirás haciendo.
Y era tal cual. Cedric ya lo había decidido incluso antes de irse a estudiar al extranjero. Por supuesto, no fue una decisión fácil; hubo mucho conflicto interno. En el momento en que descubrió su ‘falla’ (esa que arruinaba su imagen de perfección), llegó a pensar en cancelar su viaje a Rotas.
Para él, no ir a estudiar fuera era lo mismo que renunciar a ser el heredero. El viaje no era solo para quemarse las pestañas estudiando; lo más importante era ganar mundo, contactos y experiencia. Además, como era el lugar donde se reunían las familias más poderosas, también servía para lucir la riqueza de cada uno.
Por eso, por más hijos que tuviera un noble, no mandaban a todos a un viaje que costaba un ojo de la cara. Al final, estudiar fuera se volvió un requisito y un privilegio exclusivo de los herederos.
Después de darle mil vueltas al asunto, Cedric decidió irse. Eso significaba que, al final, no pudo renunciar a su puesto. Él había nacido para gobernar el condado de Kaley; renunciar al título era como renunciar a su propia existencia.
Pensándolo bien, una cosa era ser el sucesor y otra muy distinta ‘producir’ al siguiente. Mientras él tuviera la capacidad de gobernar las tierras que heredó de su abuelo, no importaba si el sucesor no era su propio hijo. Por eso llegó a la conclusión de que su hermano menor, que le seguía por un año, podía encargarse de la descendencia.
Afortunadamente, Alfonso no era un tonto. Si conseguía una buena esposa, su hijo heredaría buenas cualidades.
—Si ya entendiste, puedes retirarte.
—Uff… está bien, hermano.
Con una cara que era una mezcla de mil sentimientos, Alfonso le tendió la mano.
—Paso con el apretón de manos.
‘Se armó todo un chongo para que no le tocara ni un dedo y ahora viene a querer darme la mano…’
Alfonso, que había estirado la mano por puro instinto, puso cara de ‘¡cierto!’ y la retiró al toque.
—Entonces descansa, hermano.
Habiendo ‘cuadrado’ a su hermano, que andaba medio raro estos días, Cedric se levantó para seguir con sus asuntos importantes.
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—¿Dices que vas a ir a tu pueblo?
—Sí…
La esperanza de Sheila de que Cedric no subiera al ático se hizo trizas. Ella esperaba que la conversación con Alfonso se alargara hasta la madrugada, pero no fue así.
‘¿Acaso no estaba a mil con los preparativos para la ceremonia de nombramiento?’
En realidad, Sheila también estaba con la cabeza a mil, tanto como Cedric. Faltaba apenas un día para su cita en el gremio.
Mientras estaba echada boca abajo frente al joven conde, sintiendo cómo él le pasaba ungüento en las marcas que le quedaban y le daba masajes, se animó a soltarle que al día siguiente saldría de la casa.
Sintió que tenía que decírselo de todas maneras. Él entraba y salía del ático todos los días y, por obvias razones, ya se sabía sus horarios de memoria; incluso sabía que ella casi nunca salía de la mansión ni en sus días libres.
Sheila había dejado de ir al mercado en sus descansos. Nadie le reclamaba por eso, así que no se hacía problemas. Desde la última vez que salió y terminó en cama con una fiebre terrible, le había perdido confianza a su propia resistencia física.
Ahora ya no le caían tantos golpes como antes, pero el desgaste físico que sentía era, de alguna forma, peor que en ese entonces.
Claro que no pensaba dejar de ser ‘reemplazo de azotes’ para siempre; solo había decidido tomarse un respiro el mes o dos que le quedaban de contrato. Eso sí, seguía lavando los uniformes de las otras empleadas, porque si dejaba de hacerlo, sus clientas fijas iban a poner el grito en el cielo.
Antes agarraba cualquier chamba que se le cruzara, pero por primera vez Sheila estaba aplicando eso de ‘elegir y concentrarse’. Era una decisión obligatoria si quería terminar bien su contrato, sobre todo porque había una penalidad de por medio si renunciaba.
Como sea, con todo este panorama, ir al gremio era su primera salida de verdad después de muchísimo tiempo. Como no podía decirle la verdad de a dónde iba, le metió el cuento a Cedric de que se iba a su pueblo.
Al escuchar eso, Cedric la miró con mucha desconfianza, pero como Sheila estaba boca abajo, ni cuenta se dio.
—Dijiste que tu pueblo era Broden, ¿no? ¿Vas y vienes en tren?
—Sí. Jaja, claro… así es, ¿no?
Una vez que sueltas la primera mentira, las que vienen después son inevitables. Con la conciencia dándole vueltas, Sheila añadió más información sin que nadie se la pidiera:
—No voy a tardar mucho. Como voy en tren, el viaje no toma tanto tiempo.
En realidad, para ir al gremio usaba una carroza. Era una distancia que se podía hacer caminando en unas cuantas horas, pero como iba a andar con plata encima, prefería asegurar y no arriesgarse por nada del mundo.
Cedric pareció interesarse un poco cuando mencionó lo de su pueblo, pero después no dijo ni una palabra más.
—¡Ah! ¡Ay… ahí no…!
Sheila soltó un grito mientras sentía el masaje.
‘Asu… cómo duele’
¿Habrá sido idea suya o de verdad él presionó con más fuerza sus piernas? Le dolió tanto que gritó, pero al toque sintió un alivio riquísimo. Como al día siguiente le esperaba un viaje largo, no estaba mal que le soltaran los músculos desde ahora.
Ya le había dicho lo que tenía que decirle y, con el masaje, el sueño empezó a ganarle.
‘Con esto, ya no tengo tiempo ni de tejer los manteles para vender en el mercado. Bueno, igual este ‘trabajito’ se acaba en un mes y un poquito más…’
Sheila no llegó a terminar de pensar la frase y se quedó profundamente dormida.
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Sheila caminaba de un lado a otro en su cuarto, pensando qué ponerse, hasta que finalmente sacó la ropa de salida nueva que Molly le había regalado.
‘Con razón Molly me compró ropa nueva’
Antes, cuando se las arreglaba con sus trapitos viejos, pensaba que estaba bien, pero ahora que tenía algo nuevo, sus manos buscaban el estreno a cada rato. Y es que, después de usar algo nuevo, volver a lo viejo la hacía sentir más huachafa y descuidada que de costumbre…
Ahorrar era bueno, pero ya le tocaba ‘mudar de piel’ de una vez por todas. Con eso en mente, Sheila aprovechó el vuelco y sacó también la ropa interior nueva que tenía guardada en el cajón.
Sentía que, si no se la ponía ahora, después iba a ser más roche. Como ahora tenía que ‘verse’ con Cedric un día sí y otro no, si de la nada aparecía con lencería nueva, iba a parecer que se la había puesto solo para lucirse con él.
Así que Sheila se puso la ropa interior que Molly le compró —que para colmo tenía hasta encaje—. No importaba lo que él pensara después; ella se la estaba poniendo simplemente porque iba a salir a la calle.
Ya bien cambiada, con su cabello castaño bien amarrado y su sombrero de salida puesto, Sheila revisó una vez más la plata que había guardado en el bolsillo secreto antes de salir de su cuarto.
Hacía tiempo que no tenía una salida de verdad.
Al llegar a la avenida principal, Sheila empezó a caminar en la dirección opuesta a la estación de trenes que llevaba a su supuesto pueblo.
—Parece que no va a tomar el tren.
murmuró para sí mismo un hombre misterioso que la venía siguiendo desde lejos.
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Sheila tomó una carroza y llegó a Holzerod, un pueblo ubicado en las afueras del condado de Kaley. Como era una zona de mucho comercio, las calles estaban repletas de gente.
Aunque no había mucha agricultura, era una ciudad famosa por sus artesanías, así que las tiendas de manualidades estaban una al lado de la otra. Sheila se bajó en un cruce donde pasaba un mar de gente y, sin perder tiempo, entró a un local.
Tenía letrero de restaurante, pero por dentro parecía más un pub cualquiera. Como siempre, había unos cuantos sentados en la barra y otros en las mesas redondas, almorzando o tomándose su trago.
Apenas asomó la cabeza, un joven que estaba tras la barra mascando chicle le dio la bienvenida. Era Jerry, el mismo que había ido a buscarla a la mansión hace unos días.
—¡Sheila! ¿Qué milagro?
—¿Qué de qué? Si te dije que vendría
respondió ella de forma cortante, acercándose a la barra.
—No hablo de eso. Me refiero a tu ropa. Tú que siempre andas con tus trapos viejos, ¿qué pasó? ¿A qué se debe el cambio?
Sheila sabía perfectamente que Jerry se refería a su estreno, pero le daba un poco de roche admitirlo.
—¡¿Qué trapos viejos?! ¡Oye, ten más respeto con tu hermana mayor!
—Ah, de veras. Eres la ‘hermanita mayor’. Mala mía, me equivoqué
contestó Jerry, siguiéndole la corriente al toque.
—Oye, ahora que te veo bien, te has puesto más bonita, ¿no? Dicen que la ropa hace al caballero, pero en tu caso te cayó a pelo.
—Ya, deja de hablar pavadas y avísale al Maestro que ya llegué.
—Espérate un ratito.
Jerry salió de la barra y subió las escaleras. El local tenía dos pisos y también funcionaba como hospedaje. En lo que Jerry subía, un hombre maduro y fortachón salió de la cocina para ocupar su lugar. Por su facha y su edad, cualquiera se daba cuenta de que él era el verdadero dueño del local.
A diferencia de Jerry, el hombre no le dirigió la palabra a Sheila. Él ya sabía que ella era una cliente del ‘segundo piso’.
Un momento después, Jerry se asomó por la baranda de la escalera.
—¡Sheila!
Él le hizo una seña para que subiera. Sheila se levantó y fue hacia las escaleras. Justo cuando estaba por terminar de subir, una voz tosca retumbó desde abajo.
—¿A dónde cree que va, jefe?
Sheila volteó y vio que el hombre fortachón que cuidaba la barra se había movido rápido y ahora le bloqueaba el paso a un extraño al pie de la escalera.
—Solo buscaba el baño…
respondió el desconocido, que se había quedado varado ante la mirada del dueño.
Sin decir ni una palabra, el hombre le señaló hacia el otro lado con un gesto seco.
—Gracias.
‘Debe ser alguien que viene por primera vez’
Dejó de prestarle atención, volteó y entró al cuarto donde Jerry la llamaba moviendo las manos como loco.
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