La criada azotada de la casa Calley - 60
—No es para tanto, solo que ya era hora de que vinieras y no aparecías.
—Igual ya pensaba ir pronto.
Sheila respondió cortante mientras fulminaba a Jerry con la mirada.
—¿Me vas a decir que has venido solo por eso?
Ante las palabras de Sheila, Jerry saltó de inmediato:
—¡¿Cómo que ‘solo por eso’?! ¡Si un cliente desaparece de la nada, nos malogra todo el trabajo!
Y ante lo dicho por Jerry, Sheila se indignó todavía más y le retrucó:
—¡Oye, ¿a quién tratas como si fuera una deudora?! ¿Acaso les he pedido plata prestada? Soy su cliente, por si no te has dado cuenta.
—Yo nunca te he tratado como deudora. Solo pasaba por acá porque tenía curiosidad, eso es todo.
Ante la firmeza de Sheila, Jerry se achicó un poco.
—Vuelve a venir así de la nada y vas a ver. Le voy a presentar una queja formal a Bill.
—¡Vine con el permiso del Maestro!
Jerry gritó de nuevo.
Ahora que lo pensaba, ya se había pasado un poco la fecha en la que solía ir al gremio cada seis meses. Parece que entre tanto ajetreo con eso de ser la ‘doncella de los azotes’, se le fue el santo al cielo. Y eso que ya tenía toda la plata reunida…
Aunque el gremio estaba en el mismo feudo, ir y venir era una pérdida de tiempo y, por ende, de dinero; por eso Sheila solo iba una vez por semestre.
Tras seis meses de puro ahorro, lograba juntar unos 20 sólidos. Como le mandaba el 90% de su sueldo de empleada a su familia, la mayor parte de ese monto venía de sus ‘recurseos’ o trabajos extra.
Y a eso había que sumarle lo de su sueldo como doncella de los azotes…
—Dile que iré este fin de semana.
—¿Esta semana?
A Jerry se le iluminó la cara.
Sin darle importancia, Sheila, que ya había terminado con el asunto, buscó en el bolsillo de su delantal y sacó un pastel de carne envuelto en un pañuelo.
—Come esto en el camino.
Jerry chapó al toque el pastel que Sheila le extendía. Ni un ‘gracias’ soltó.
‘¡Ay, este tipo…!’
Mientras Sheila se arrepentía de haberle traído el pastel, Jerry escupió el chicle que estaba masticando en cualquier parte del suelo y le metió un bocado a la comida.
—¿Ya quieres que me vaya?
¿Ahora le contestaba mientras comía?
—¿O prefieres quedarte a vivir aquí? Si quieres busca chamba de una vez. En la cocina de la mansión están buscando un ayudante, te caería a pelo. Si trabajas acá, podrías comer pastel de carne hasta cansarte.
Sheila soltó toda la retahíla de quejas de un solo porrazo.
Cada vez que iba al gremio se burlaban tanto de ella que, apenas veía a Jerry, se ponía en plan de pelea.
Lo de que no le faltaría comida si entraba como ayudante de cocina era verdad. Aunque, claro, tendría que pasarse unos buenos años pelando cebollas hasta que le salgan ampollas en las manos.
—¿Crees que estoy loco? ¿Yo, entrar como ayudante? Si fuera como chef principal, ahí sí.
—¡Habrase visto!
Mientras le contestaba con toda la frescura del mundo, Jerry se devoró el pastel de carne en un abrir y cerrar de ojos.
—Está pasable. ¿No tienes más?
—¡Pero serás…!
No debí darle nada, qué tonta soy.
Sheila pensó eso mientras empujaba a Jerry para que se largara de una vez.
—Ya, ya, ya me voy.
Jerry apuró el paso como quien escapa, pero a los pocos metros se dio media vuelta.
—¡Le diré eso al Maestro, así que no faltes!
Jerry se despidió agitando la mano con una gran sonrisa.
Después de tanta bronca que recibió, ¿de qué se reía?
‘A veces parece buen chico, pero…’
Sheila sacudió la cabeza, dio la vuelta al muro y regresó a su trabajo.
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Pasaron los días, uno tras otro, sin mayor novedad.
Al terminar su jornada, Sheila le encargó a Anne la tarea de hacer dormir a la señorita y, mientras volvía a su cuarto, se topó con alguien que no esperaba ver.
—Sheila. ¿Cómo has estado?
El que saludó primero fue Alfonso.
—Bien… Joven Amo.
Sheila respondió con timidez.
En otros tiempos, hubiera sido impensable que el Joven Amo la reconociera o le hablara primero. Todo esto era porque Cedric la había señalado como la ‘doncella de los azotes’, haciendo que su presencia en la mansión creciera de una forma que ella no deseaba.
—¿Usted también ha estado bien, Joven Amo?
Sheila también le preguntó por su salud con cautela. Incluso dejando de lado el tiempo que él pasaba en el palacio real, hacía mucho que no se cruzaba con Alfonso así en el pasillo. Quizás porque lidiaba a diario con ese hombre tan difícil como el Joven Conde, ya no le resultaba tan complicado como antes conversar con otros nobles que no fueran Judith.
—Sí, bueno, ahí vamos
respondió Alfonso con tibieza.
Su voz sonaba algo amarga por alguna razón, a Sheila le dolió el corazón al oírlo.
‘Seguro la ha pasado mal por no verme’.
Sheila se sentía apenada por no poder corresponder a los sentimientos que Alfonso tenía por ella.
—¿Y tú qué tal? ¿Se puede aguantar ese trabajo de los azotes?
Alfonso miraba a Sheila con una expresión de mucha pena. ¿Habrá sido esa misma cara la que puso en el comedor?
—¿Eh? Ah… bueno. Sí…
Sheila también balbuceó una respuesta a medias, tal como Alfonso lo había hecho hace un momento. No sabía muy bien qué contestar y, además, se sentía muy desconcertada. No era la primera vez que hablaba con Alfonso… Además, que ella fuera la doncella de los azotes era un secreto a voces que todos en la mansión conocían. No debería ser la gran cosa que saliera de la boca de él, pero aun así…
—Mi hermano se porta bien contigo, ¿verdad?
preguntó él de nuevo, como si no terminara de creerse la respuesta de Sheila.
—Sí, claro que sí
respondió ella esta vez con un poco más de seguridad.
Le daba dulces, le hacía masajes con sus propias manos… Era verdad que, fuera de esas mañas raras que tenía a la hora acordada, él se portaba bien con ella.
—Ya veo…
Alfonso pareció aceptar la respuesta. Sin embargo, tras dejar la frase en el aire por un momento, agregó algo más:
—Será mejor que no esperes nada más de mi hermano.
¿Nada más…?
Sheila no entendía exactamente a qué se refería Alfonso. Al ver la cara de ella llena de dudas, él volvió a hablar.
—Puede que ahora se porte así por la culpa de hacerte pasar por los azotes. Incluso si mi hermano muestra algún otro tipo de interés, eso es…
Alfonso dudó, algo poco común en él. De nuevo apareció esa expresión de melancolía que puso al bajar del carruaje. ¿Por qué diría algo así? ¿Será que se dio cuenta de lo que pasaba en ‘ese cuarto’?
La mirada de Sheila tembló con ansiedad.
‘No, no puede ser…’.
Nadie en la mansión lo había notado; a menos que fuera un adivino, no había forma de que Alfonso, que estuvo fuera de la mansión tanto tiempo, supiera de eso. Aun así, que dijera esas cosas significaba que algo estaba malinterpretando sobre su relación con Cedric.
Tras dudar un poco, Alfonso continuó:
—De todos modos, el próximo mes será la ceremonia de nombramiento, una vez que termine, se decidirá quién será la prometida de mi hermano. Tenlo en cuenta.
‘Ya veo…’.
Sheila asintió y de su boca salió una respuesta corta:
—Sí.
¿Qué podría decir una simple empleada sobre el hecho de que el hijo mayor de la familia se fuera a comprometer pronto? Era el paso natural ahora que Cedric había regresado de sus estudios en el extranjero. Sheila, que llevaba mucho tiempo trabajando en la mansión, recordaba que ya se hablaba de un compromiso incluso antes de que él se fuera a estudiar.
—Entonces, por favor, pase adelante. El Joven Conde está adentro ahora mismo.
—Eso haré.
Ante las palabras de Sheila, Alfonso intentó caminar aunque parecía que no quería irse, añadió una última cosa:
—Sheila, yo no soy el próximo heredero de la familia, pero sigo siendo el segundo hijo de un conde.
Sheila abrió los ojos de par en par ante esa repentina presentación.
—Lo que quiero decir es que, si alguna vez estás en una situación difícil, puedo darte algo de ayuda.
—¿Eh? Ah… sí.
Hoy Alfonso estaba diciendo muchas cosas que ella no terminaba de entender. Pero, sea como sea, le estaba diciendo que la ayudaría. Esas palabras amables hicieron que el ánimo de Sheila, que se sentía aturdida por el encuentro, mejorara bastante.
Sheila hizo una reverencia y Alfonso finalmente se dio la vuelta.
Tal como Sheila dijo, Alfonso iba camino a ver a Cedric. Por lo general, intentaba que sus encuentros con su hermano fueran los mínimos posibles, pero faltaba apenas un mes para la ceremonia de nombramiento y no podía evitarlo del todo.
La verdad era que había subido a esa hora a propósito, sabiendo que era fácil encontrarse con la empleada. Ya que hacía el esfuerzo de venir, qué mejor que aprovechar para verla también.
Como era de esperarse, Sheila parecía no tener idea de que la estaban usando. Bueno, incluso él, que era muy perspicaz, pensó al principio que Cedric se había fijado en ella. Por eso llegó a la conclusión apresurada de que la había convertido en la doncella de los azotes solo para tenerla cerca. Después de todo, sería raro que Cedric, quien nunca mostró interés en las mujeres, metiera de frente a una empleada en su habitación.
Pero resultó ser solo una cortina de humo. El secreto que realmente quería ocultar debía ser su gusto por los hombres. Tras su charla con el príncipe heredero Marquis, Alfonso sentía que todas las piezas encajaban.
Ese hábito de su hermano no debe haber aparecido de la noche a la mañana. Sheila debía ser solo una fachada que él buscó desde antes para ocultar su homosexualidad.
‘Si iba a hacer eso, debió elegir a alguien con más resistencia. ¿Por qué escoger a una chica tan debilucha?’.
Aunque claro, para que el engaño funcione, poner a una chica bonita como frente era mejor para despistar a la gente.
Llegar a esta conclusión le costó mucho sufrimiento a Alfonso. Primero, porque el hecho de que su hermano mayor, Cedric, fuera homosexual era algo que simplemente no podía aceptar. Y menos aún que tuviera ‘algo’ con el príncipe heredero Marquis Barnum, el futuro rey; eso era todavía más inimaginable.
Por posición o por físico, su hermano debía ser el que estaba abajo…
—Puaj.
Al sentir que se le revolvía el estómago, Alfonso dejó de pensar en el asunto. Había subido con esfuerzo y no quería dar media vuelta ahora.
‘Mejor termino con esto de una vez ya que estoy aquí’.
Alfonso recobró la compostura y tocó la puerta de Cedric.
Desde adentro, se escuchó una voz arrogante:
—Pasa.
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—Es el orden de la ceremonia, revísalo.
Alfonso le extendió los documentos que había preparado.
Cedric notó de inmediato que su hermano se estaba comportando de forma rara, pero no dijo nada y simplemente agarró los papeles.
—Por si acaso, he incluido el turno de Su Alteza el Príncipe Heredero. Si no llega a venir, en ese espacio meteremos una presentación musical.
La ceremonia de nombramiento en sí terminaría en un día. Sin embargo, como habría fiestas antes y después, no eran una ni dos las cosas que se tenían que revisar.
Cedric ojeó los documentos con rapidez. Los asuntos que un señor feudal debe resolver siempre estaban amontonados, despachar el trabajo rápido era una de las habilidades que un sucesor debía tener; por eso Cedric se había acostumbrado a trabajar así desde hace tiempo.
—Está bien.
Y es que Alfonso, que había recibido una educación tan buena como la de Cedric, también era impecable para trabajar.
‘Cuando tenga hijos, seguro los educará bien’, pensó Cedric mientras miraba a su hermano, un año menor que él.
—Bueno, ya me voy.
Al escuchar que no había problemas con los documentos, Alfonso intentó retirarse a toda prisa.
—Siéntate.
Pero Cedric lo detuvo.
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