La criada azotada de la casa Calley - 59
—¡Ah!
Sheila despertó de golpe, sobresaltada. Por suerte, lograba recordar hasta el momento en que se quedó dormida tras haber sido atormentada por él durante tres horas en la sala de castigos. Quizás por eso, sentía un cansancio residual, como si incluso en sus sueños él no hubiera dejado de hostigarla.
—¿Despertaste?
—¡Hic!
Sheila, que empezaba a sentirse aliviada al reconocer su propia habitación, reaccionó como si hubiera visto a un fantasma al escuchar su voz justo al lado.
Cedric, sin inmutarse lo más mínimo, le dijo:
—Toma.
En su mano sostenía un vaso de cristal fino con jugo de naranja. Solo entonces Sheila notó que se moría de sed y aceptó el vaso en silencio.
Bebió con avidez aquel jugo refrescante que no solía probar a menudo, y poco a poco terminó de espabilarse.
Su cuerpo, que había quedado hecho un desastre por el semen de Cedric, su propio flujo y la saliva de ambos, ahora estaba seco y limpio. Incluso su cabello, que también había acabado empapado de semen, estaba lavado. Al notar que ya estaba casi seco, se dio cuenta de que debía haber pasado bastante tiempo.
—¿Cuánto tiempo…?
preguntó Sheila, apartando los labios del vaso.
—Dormiste más de dos horas.
¿Dos horas…?
Los ojos de Sheila brillaron por un instante.
—Salimos de la sala de castigo a la hora exacta, así que ni se te ocurra andar sacando cuentas en vano.
‘Rayos…’.
Ante las palabras de Cedric, Sheila abandonó de inmediato los cálculos que estaba haciendo en su cabeza.
Pero, ¿acaso no lo había dicho él primero?
‘El tiempo restante lo pasaremos para mañana. Y si mañana tampoco puedes, lo pasaremos para el día siguiente’.
Siendo así, lo justo sería que el tiempo excedente también pudiera compensarse.
Al ver cómo Cedric recalcaba que habían salido a la hora exacta, era evidente que debía existir otra cláusula en ese dichoso contrato que él pudiera usar a su favor.
Sheila decidió no mencionar el contrato. No recordaba una sola vez en la que hubiera salido ganando al sacarlo a colación; al contrario, solo terminaba frustrada al confirmar lo perfectas que eran sus artimañas.
Además, en este momento no le quedaban fuerzas para reclamar nada.
Aunque Cedric decía que había dormido más de dos horas, su cuerpo maltratado seguía agotado.
—¿Estás cansada?
—Sí… No.
Por un momento estuvo a punto de decir que sí, pero reaccionó a tiempo y corrigió su respuesta. Como una sirvienta educada, lo correcto en estos casos era decir que no.
Cedric la miró y soltó una pequeña risa burlona antes de hablar:
—De ahora en adelante, te haré cosas peores. Hasta que no puedas más.
Ante tal declaración, la expresión de Sheila se descompuso por completo.
Sin importarle eso, Cedric continuó con lo que tenía que decir:
—Cuando sientas que preferirías que te peguen antes que seguir con eso, grita ‘Cedric’. Esa será tu palabra de seguridad (Safe word) para protegerte.
Sheila lo miró con una expresión que decía: ‘¿Recién me dice esto después de haberme tenido tres horas en ese plan?’.
No, más bien, era un término extraño que nunca antes había escuchado.
—¿Palabra de… seguridad?
¿Y que la palabra sea ‘Cedric’…?
—¡Pe-pero cómo…!
Sheila dio un respingo un segundo después.
Que la dichosa palabra de seguridad fuera ‘Cedric’… no había forma de que ella, estando en su sano juicio, se atreviera a llamar al joven conde por su nombre así de fácil. Además, ya se había acostumbrado a llamarlo ‘Amo’…
La distancia entre el nombre ‘Cedric’ y el trato de ‘Amo’ se sentía tan abismal como la que hay entre el cielo y la tierra.
—Por supuesto, yo también tendré cuidado para que no tengas que decirla. Pero recuérdala.
Cedric le advirtió con un tono cargado de significado.
Sheila parecía haber olvidado por completo que hace un rato ya le había dicho: ‘Es el amo Cedric’.
Claro que la safe word a la que él se refería era solo ‘Cedric’, no ‘Amo Cedric’.
Una palabra de seguridad debía ser algo que no se usara normalmente durante el ‘juego’ y que sirviera para romper el ambiente.
En ese sentido, ‘Cedric’ era perfecta por donde se le mire.
Especialmente porque, hace un momento, en el instante en que escuchó su nombre salir de los labios de ella, sintió claramente cómo su retorcido sadismo se apaciguaba… al menos hasta que ella añadió la palabra ‘Amo’ después.
—¿Hoy se te está olvidando responder?
Ante el sarcasmo de Cedric, Sheila no tuvo más remedio que hablar.
—Sí…, joven conde.
Respondió ante su insistencia, pero seguía llena de dudas.
En qué situación se supone que usaría eso, y si llegara el momento, si realmente sería capaz de llamarlo por su nombre así como así…
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Una vez que terminaba el almuerzo de los nobles a los que servían, empezaba el tiempo de comida de los empleados.
En cuanto Judith terminó de comer y se fue corriendo al cuarto de Marisa, Sheila, Molly y Anne bajaron juntas al comedor del personal.
El almuerzo de hoy era pastel de carne con carne molida, cebolla y queso. Venía acompañado de la sopa de siempre.
Las empleadas recibieron con alegría sus dos porciones grandes de pastel de carne. Mientras que otros platos eran de servicio libre, los menús especiales y ricos como este los repartía una encargada de la cocina en cantidades fijas. De lo contrario, los últimos en llegar se habrían quedado sin nada.
—Anne, ¿qué tal te va con el trabajo?
—¿En qué sentido?
repreguntó Anne con un brillo intenso en los ojos ante la pregunta de Molly. Anne tenía una mirada inusualmente clara.
—Si no te resulta muy pesado, digo.
—¿Acaso existe algún trabajo que no sea pesado?
Tras responder con total naturalidad, Anne se concentró de lleno en devorar su pastel de carne. Parecía que se hubiera tapado los oídos con algodón, pues no mostraba el menor interés en nada más.
Molly, que había intentado incluir a la novata en la conversación, se dio por vencida con ella y se dirigió a Sheila.
—Sheila, ¿por qué estás picoteando la comida así nada más?
—No sé, no tengo hambre.
—¿Será porque estás muy cansada?
Molly se preocupó por ella. El trabajo de una empleada siempre era agotador, pero Sheila ya no era ninguna principiante como para perder el apetito de la nada sin una razón especial.
‘¿O sí la hay?’. Ya llevaba más de quince días teniendo ‘asuntos’ con el joven conde en esa habitación.
Al recordar lo sucedido con él, una sensación extraña la invadió inevitablemente. Sheila intentó sacudirse los pensamientos sobre el joven conde para concentrarse en la comida, pero mañana mismo volvía a tener ‘lección’.
No había de otra, ya que las clases eran casi cada dos días. A Sheila la invadía la ansiedad de pensar qué otra cosa se le ocurriría hacerle.
Qué castigo le impondría esta vez, qué otras cosas raras diría… la incertidumbre le provocaba una tensión que le ponía los pelos de punta.
Solo de pensar un poco en lo que pasaría mañana en la sala de castigos, la zona baja de Sheila se humedeció por completo.
‘Ay, caracho, qué rabia…’.
Al sentir su ropa interior empapada, se le quitaron las pocas ganas de comer que le quedaban.
En ese momento, la chica de ojos cla…, perdón, Anne, preguntó:
—Entonces, ¿me puedo comer lo tuyo?
Antes de recibir respuesta, Anne ya estaba estirando la mano hacia el pastel de carne. Parecía que sí estaba escuchando todo, a pesar de dar la impresión de tener los oídos tapados.
Molly, en lugar de Sheila, le dio un palmetazo en el dorso de la mano.
—Tú cómete lo tuyo.
Se produjo un duelo de miradas entre Molly y Anne, a quien le acababan de sonar la mano. El silencio se rompió cuando Lucica, una empleada de mediana edad, entró al comedor.
—Sheila, tienes visita en la puerta principal.
Sheila se sorprendió. Normalmente no había nadie que fuera a buscarla.
—¿Por qué? Ya vino una vez antes, ¿no? Ese chico de tu pueblo.
Lucica, que se encargaba del hall del primer piso y de la entrada desde hacía años, era la primera en recibir a las visitas. Cualquier invitado que buscara a las empleadas tenía que pasar por ella.
—Su nombre era…
Justo cuando Lucica iba a pronunciar el nombre, Sheila respondió rápidamente como si lo acabara de recordar:
—¡Ah! ¡Ah, sí! Ya bajo a verlo.
Al oír que era alguien de su pueblo, las miradas de Molly y Anne se clavaron en Sheila.
—¿El de tu pueblo? ¿Ese que vino hace unos dos o tres años? Qué tiempo, debe darte gusto verlo. Ve tranquila, total, Anne y yo podemos atender a la señorita.
Al ver que hasta Molly lo recordaba, la expresión de Sheila cambió sutilmente. Sin embargo, Molly no lo notó porque estaba ocupada en otro duelo de miradas con Anne, quien la observaba fijamente de nuevo.
—Bueno… entonces ya vuelvo.
Sheila envolvió uno de los pasteles de carne que sobraban en un pañuelo, se lo guardó en el bolsillo y salió del comedor.
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—¡Noona!
En cuanto Sheila asomó por la puerta, Jerry, el autoproclamado ‘hermano menor del pueblo’, agitó la mano alegremente desde la distancia.
Al verlo, Sheila forzó una sonrisa y levantó la mano para saludar.
—Ah, sí… hola…
¡Si tan solo no hubiera otros empleados merodeando por el jardín…!
Sheila se acercó a Jerry a toda prisa y, con una sonrisa fingida mientras apretaba los dientes, le preguntó:
—¿Y tú qué haces por acá?
—¿Cómo que qué hago?… Tenía unos asuntos que hacer por estos lados y me acordé de ti…
Como siempre, los labios de Jerry no paraban mientras masticaba chicle. De su boca salía un ligero olor a regaliz. El entrecejo de Sheila se frunció ligeramente.
—Ah, ya veo. Conque por eso viniste.
Sheila agarró el brazo de Jerry con brusquedad y tiró de él.
—¿Vamos un ratito por allá donde no haya tanta gente?
—¿Por qué? A mí me gusta estar donde hay luz… ¡Aaaah!
Sheila le dio un pellizco secreto en la parte interna del brazo que lo dejó mudo.
—¡Ya, ya entendí! Vamos. Ya estoy yendo.
Sheila lo llevó pasando el largo muro de piedra hasta que doblaron la esquina; recién ahí se detuvo.
—¿Tú estás loco? ¡Cómo se te ocurre venir a buscarme aquí!
Cuando Sheila le reclamó bajando la voz, Jerry respondió con total frescura:
—¿Cómo que dónde? Pues a tu chamba.
—¡Por eso mismo! ¿Por qué sigues viniendo a mi trabajo?
—¿Qué hablas de ‘seguir’? Si después de tiempo estoy viniendo.
Jerry sonrió con sorna mientras seguía masticando su chicle.
Tal como él decía, quizá la expresión ‘seguir viniendo’ no era la más exacta. Esta era apenas la segunda vez que Jerry aparecía por ahí, y habían pasado tres años de vacío desde la primera vez.
Eso ocurrió hace unos tres años, justo cuando Sheila firmó el primer contrato de su vida.
Un día que Sheila encargó un ‘mandado’ al gremio, Jerry, que era miembro del mismo, se apareció de imprevisto en la mansión para verificar si la identidad del cliente era correcta.
En esa ocasión, Sheila también salió corriendo espantada cuando le dijeron que un hermano de su pueblo la buscaba. Ella pensó que, una vez terminada la verificación de identidad del gremio, no tendría por qué volver nunca más.
Después de todo, era la misma Sheila quien iba periódicamente al gremio.
—Por cierto, ¿no te parece increíble? Todavía se acuerdan de eso de que soy tu ‘hermano del pueblo’, ese cuento que inventé hace tres años.
—¡Qué hermano ni qué ocho cuartos!
Sheila levantó la mano hacia Jerry y luego la bajó.
Aunque era un alfeñique que sí parecía un hermano menor, Jerry tenía exactamente su misma edad.
—¿Será que en ese tiempo me veía medio chibolo? Además, siempre es mejor decir que eres el hermano menor para que las tías te traten bien. Así bajan la guardia, ¿me entiendes?
—No me hagas reír
Sin embargo, era cierto que presentarse como el hermano del pueblo hacía que la gente fuera menos desconfiada. Hasta la estricta Lucica parecía no tener ni la menor duda de que Jerry era su pariente.
—Ya, dime rápido a qué has venido y lárgate.
—Oye, qué tales confianzas para hablar siendo mujer.
—Es mi forma de hablar solo contigo, así que deja de preocuparte.
respondió Sheila, esta vez fingiendo una sonrisa dulce.
Ante su mirada impaciente que le exigía ir directo al grano, Jerry vaciló un momento antes de hablar.
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