La criada azotada de la casa Calley - 58
Esta vez, se activó en él ese instinto de posesión que solo se sacia cuando el otro le pertenece por completo. Dominación pura.
Aunque el sadismo y el deseo de dominar pueden parecer lo mismo a simple vista, son conceptos distintos, y Cedric los tenía ambos bien arraigados.
—¿De… quién… eres?
A Sheila, a quien acababan de liberarle la boca tras haber estado atada a la cama durante el acto, le costaba horrores procesar la pregunta. Cedric la obligaba a responder de inmediato, sin darle respiro. Ella siempre lo había llamado ‘Amo’ porque él se lo ordenó y ella cumplió a rajatabla, pero nunca se había detenido a pensar que, a la inversa, ella fuera de su propiedad.
Al ver que Sheila no decía nada, la mirada de él se volvió gélida.
—¿Por qué no respondes?
A pesar de la insistencia, Sheila no podía articular palabra.
—Mmm… mmm…
Fingió que el cansancio la vencía. Aunque ya estaba recuperando la conciencia, las palabras no le salían. Era irónico; después de haberle dicho cosas mucho más fuertes antes, esa simple frase se le quedaba trabada en la garganta. Ella misma sentía que no tenía sentido, pero…
—Conque no vas a responder. Está bien. Te voy a dejar bien grabado quién es tu dueño.
Cedric soltó su mano y volvió a agarrar su cabeza, que colgaba hacia atrás. Entonces, comenzó a introducir su miembro en esa boca que se negaba a reconocer a su señor.
—Abre la garganta.
—¡Mmm-gh!
En condiciones normales, su boca era demasiado pequeña para recibirlo por completo. Pero al estar fuera del colchón, con la cabeza colgando entre los marcos de la cama hacia atrás, su cuello estaba totalmente estirado. Siguiendo su orden, Sheila abrió la garganta lo más que pudo, permitiendo que el miembro de Cedric entrara casi hasta el fondo.
—Ja… esta parte es tan útil como tu otra entrada.
exhaló Cedric con un suspiro.
Pero no era del todo sincero. No era solo ‘útil’; era mucho más que eso. Su sexo, que alguna vez pensó que era inexistente por su falta de lívido, parecía haber encontrado por fin a su verdadera dueña y se asentaba con gusto en la boca de Sheila.
Cedric no solo deseaba su boca; cada parte de él estaba en celo por cada rincón de ella. Al final, si no se conformó con la vida en los clubes y construyó esta habitación sospechosa en su propia mansión, fue precisamente por Sheila.
—Mmph, guuh… ¡Cough!
Cedric balanceó sus caderas durante un buen rato, mirando desde arriba a la mujer que mantenía su miembro atrapado hasta el fondo de su garganta. El ritmo pausado se volvió frenético hasta que finalmente se produjo la descarga.
A pesar de que acababa de terminar hace poco, la cantidad era abundante y espesa. Sheila, con la boca aún ocupada y bien abierta, apretó la garganta para tragarlo todo. Aun así, el exceso de fluido se desbordó por las comisuras de sus labios.
—¡Cough, cough, cough!
En cuanto Cedric se retiró por completo, Sheila no pudo evitar soltar una tos violenta.
—Dilo. Quién es tu dueño.
Había una urgencia en su voz que no era normal en él. Sheila, con los ojos empañados en lágrimas, negó con la cabeza. No es que no quisiera responder, es que estaba aturdida después de que usaran su boca de esa manera tan ruda. Mientras ella seguía tosiendo para despejar sus vías respiratorias, él soltó:
—¿Qué pasa? ¿Acaso hay otro tipo que te guste?
‘¿Otro tipo que me…?’
Sheila lo miró desconcertada cuando finalmente procesó sus palabras. Con el ritmo de tener que atenderlo a él cada dos días, era físicamente imposible que tuviera cabeza para alguien más. Además, incluso si existiera tal hombre, ¿no se supone que a Cedric no debería importarle?
Al ver que ella se quedaba ida por un momento, él le apretó la mandíbula y preguntó:
—¿Estás pensando en ese imbécil ahora mismo?
Asustada, Sheila negó con la cabeza rápidamente. Cedric se estaba comportando muy raro hoy. Estaba más obsesivo, más malicioso…
Al ver el rostro aún aturdido de Sheila, Cedric desistió de obtener una respuesta por ahora y procedió a limpiarle el rostro manchado de semen. Limpió con cuidado incluso lo que estaba por entrar en su nariz, como quien suena a un bebé, y justo cuando Sheila empezaba a sentirse aliviada por el gesto, él volvió a colocarle la mordaza de bola en la boca.
‘¡Se lo diré! ¡Le responderé, se lo juro…!’
Sheila le envió una mirada desesperada, pero Cedric la ignoró por completo y le dio la espalda. Con las manos y los pies inmovilizados, no tenía forma de detenerlo mientras él volvía a posicionarse entre sus piernas.
Incluso después de haber terminado dos veces, su enorme miembro seguía rígido, lo que hizo que a Sheila le diera un vuelco el corazón de puro nerviosismo. Y tal como se temía, él empezó a frotar esa dureza contra su entrepierna.
A pesar de que acababan de usar su boca, su ‘otra boca’ —la de abajo— ya se sentía empapada, como si su propio cuerpo la traicionara por puro morbo. Pero el objetivo de Cedric no era ese. Tras esparcir el fluido y ampliar la zona de contacto, presionó directamente contra el pequeño orificio que está justo debajo.
Al tener las piernas levantadas, ese lugar tan íntimo y secreto estaba totalmente expuesto a su vista. Sheila, del susto, levantó la cabeza y sus ojos se cruzaron con los de él. La expresión maliciosa de Cedric la dejó helada.
—Estaba pensando que hoy podríamos ‘desarrollar’ esta zona, ¿qué te parece, Sheila?
Ella empezó a negar con la cabeza como una loca. Retorció los brazos atados y pataleó con todas sus fuerzas, pero Cedric parecía no entender —o no querer entender— su negativa. Él volvió a presionar el orificio con su ‘garrote’ endurecido. Sheila, tras un segundo de parálisis, redobló sus esfuerzos por soltarse.
Echaba la cabeza hacia atrás como rendida y luego la levantaba de nuevo para buscarle la mirada y decirle que no con gestos desesperados.
—No tienes de qué preocuparte, Sheila. Si se desgarra o queda inservible, yo me haré responsable de cuidarte.
Aterrorizada, Sheila se resistió aún más. Pero sus caderas estaban atrapadas por las manos de él, y él estaba listo para invadir su retaguardia en cualquier momento.
—Ah, por cierto, el periodo de cuidado sería de por vida. ¿A poco no soy un dueño excelente? El contrato de uso es de solo tres meses, pero el mantenimiento te lo ofrezco para siempre.
Sheila luchó con todo lo que tenía. Le importaba un bledo el ‘cuidado de por vida’; estaba segura de que si eso entraba ahí, la iba a romper a la mitad. Solo de pensarlo se le ponía la piel de gallina.
—Piénsalo bien, Sheila. Cuando haces algo nuevo que no sueles hacer, ¿qué es lo que yo siempre te doy a cambio?
El día que la obligó a decir palabras vergonzosas por primera vez, le redujo el tiempo de la sesión a la mitad. Desde entonces, cada vez que ella se resistía mucho, él ponía esa clase de condiciones para ‘explorar’ nuevas prácticas.
Sheila trató de calcular cuánto tiempo faltaba. De las tres horas de sesión, ya llevaban dos horas y media.
‘¡Pero si ya no queda tiempo para reducir!’, pensó angustiada mientras volvía a forcejear.
—Vaya, parece que hoy no queda tiempo que recortar.
Sheila no dejaba de patalear. En el fondo, sabía que si Cedric decidía hacer lo que quisiera, ella no tenía ni la fuerza ni el poder para detenerlo. Su única misión mental era defender su retaguardia a como diera lugar.
Afortunadamente, el garrote se retiró de atrás y se posó frente a la entrada correcta.
—Ni modo, tendré que usar tu ‘vagina trasera’ la próxima vez.
¡Vagina tra-tra-trasera…!
Al mismo tiempo que sentía un alivio inmenso, se quedó choqueda por la forma tan vulgar que tuvo de llamarlo.
—Entonces, ¿aquí sí está bien?
preguntó él, fingiendo ser un pan de Dios.
¿Cómo puede parecer ‘bueno’ un tipo que me ha tenido sufriendo dos horas, que ya terminó una vez abajo y otra en mi boca, y que ahora quiere darle de nuevo?, pensó ella. Definitivamente, en este mundo los malos son los que mejor viven…
‘¡Concéntrate, Sheila!’. Dejó de divagar y asintió con la cabeza rápidamente. Como no podía hablar, si perdía esta oportunidad, no tendría otra forma de convencerlo.
Él mostró una sonrisa malvada pero terriblemente atractiva y hundió su miembro dentro de ella.
—Mmm-h…
Sheila echó la cabeza hacia atrás soltando un gemido. En cuanto ese enorme garrote encontró su lugar, toda la tensión de su cuerpo se evaporó.
—Ah… ah…
Con cada estocada lenta y profunda, pequeños gemidos escapaban de sus labios. Cedric cortó las cuerdas que sujetaban las piernas de Sheila. Al perder el soporte en el aire, sus piernas quedaron libres por un segundo, hasta que él las apoyó sobre sus propios hombros para darle más fuerza y velocidad al encuentro.
—¡Mmmh, mmm-gh!
Los gritos de placer de Sheila, aunque ahogados por la mordaza, se volvieron mucho más intensos.
Cedric apoyó las piernas de Sheila sobre sus hombros y se hundió aún más profundo dentro de ella.
Apretó sus delicados pechos con ambas manos y aceleró el ritmo de sus caderas; las paredes internas de Sheila se aferraban a su miembro con espasmos frenéticos.
—Ugh…
Sintiendo que estaba por llegar al límite, Cedric se retiró y comenzó a estimularse sobre el vientre de ella. Una vez más, el fluido blanquecino salpicó sus pechos —que aún tenían marcadas las huellas de sus manos— y su abdomen.
—Ah…
Tras recuperar el aliento, Cedric desató primero los brazos de la exhausta Sheila. Debido a su resistencia anterior, las cuerdas habían dejado marcas rojas bien definidas en su piel blanca. Incluso libre, Sheila permanecía lánguida, como si fuera una muñeca de trapo.
‘Y así pretendía ponerse a limpiar después… tsk’.
Cedric chasqueó la lengua al recordar cómo, hace poco, la encontró limpiando la mansión justo después de haber sido castigada. La sacó de entre los marcos de la cama y la estrechó contra su pecho, rodeando su torso con los brazos.
Finalmente, le quitó la mordaza de bola y volvió a preguntar:
—Dilo, Sheila. ¿Quién es tu dueño?
—Ce…
Esta vez, Sheila intentó responder de inmediato. Pero como había llegado al clímax justo cuando Cedric terminaba, estaba tan agitada que las palabras se le cortaban.
—Dilo claro.
Cedric la presionó sin tenerle ni un poquito de consideración. Sheila, decidida a no perder esta oportunidad, se esforzó por abrir la boca y soltar las palabras:
—Cedric…
Al escuchar su nombre salir de los labios de ella, los ojos de Cedric se agrandaron. Inmediatamente, ella terminó la frase:
—… es mi Amo.
Dicen que cuando uno tiene prisa, lo mejor es ir despacio; Sheila aplicó eso al pie de la letra y pronunció su nombre completo para que no quedaran dudas. Sin embargo, muy al contrario de lo que ella buscaba, Cedric se quedó pegado en la palabra que dijo justo antes de ‘Amo’.
En ese instante, sintió un deseo voraz por la mujer que tenía en brazos. Era una pulsión muy distinta a sus ganas de castigarla o tratarla con sadismo.
Confundido por lo que sentía, Cedric miró a la mujer y soltó una risita. La misma mujer que lo tenía en un sube y baja de emociones se había quedado profundamente dormida, casi desmayada.
Cedric la atrajo más hacia él y le tomó los labios. Frunció un poco el ceño al sentir el sabor de su propio fluido que aún quedaba en la boca de ella, pero no se detuvo; hundió su lengua con intensidad, enredándola con la de la mujer dormida. Aunque el sabor seguía siendo metálico y fuerte, no podía evitar sentir una satisfacción inmensa al verla así: marcada de pies a cabeza con su rastro.
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