La criada azotada de la casa Calley - 57
Molly había extendido los dedos para explicarle el tamaño, pero al sentir que no era suficiente, se agarró a mitad del antebrazo para dejarlo claro.
—¿Ves? Más o menos así.
—Ya… ya veo…
respondió Sheila, tragando saliva.
Sin quererlo, Sheila había tenido su primera vez con algo realmente grande y duro. Y no solo esa vez, sino muchas más después de esa… Incluso ahora mismo, el pene enorme y rígido de él intentaba abrirse paso en su interior.
—¡Ahg…!
Solo había entrado la punta y ya sentía esa sensación de estar completamente invadida. Normalmente, él solía jugar con diferentes juguetes antes de empezar, pero hoy se había saltado todo el preámbulo. Nunca pensó que extrañaría tanto esos juegos previos…
Sin embargo, a diferencia de sus miedos, la entrada fue más fluida de lo esperado gracias a que ella ya estaba lo suficientemente empapada.
—Parece que ya tienes la vagina floja. ¿Así piensas casarte algún día?
No era que estuviera realmente floja, como decía Cedric. Pero Sheila, abrumada por la presión interna que la llenaba por completo, solo pudo arrugar la frente con fastidio.
“Si tanto le preocupa, no debería estar haciéndome esto”, pensó ella.
Él, aunque sentía la elasticidad de las paredes internas apretándolo con fuerza, no pudo evitar su soltar su veneno habitual:
—Es una vagina bastante vulgar; muerde así de bien cualquier cosa que le metan.
—¡Hng…!
Enterró su grueso miembro hasta el fondo, continuando con sus insultos para humillarla.
—Parece que te gusta tanto que con uno solo no te basta, ¿eh? La próxima vez te haré tragar mi pinga y un dildo al mismo tiempo, ¿qué te parece?
Sheila sacudía la cabeza ante tal locura, pero su sexo solo se humedecía más. Tal como él decía, sentía como si su interior estuviera devorando y apretando desesperadamente lo que tenía dentro.
Al levantar la cabeza con dificultad para ver cómo era penetrada, el rostro de Sheila se desfiguró en un gesto de llanto. Al verla así, Cedric recordó los sollozos que escuchó el día anterior en la habitación de la criada.
Había sido justo después de salir del despacho de su padre, el conde Bernard Calley. Bernard no había dicho nada fuera de lugar; era la típica conversación que un padre tiene con su hijo ante un matrimonio inminente. Aun así, esas charlas privadas siempre lo dejaban de mal humor. Fue en el camino de regreso a su cuarto cuando vio a Sheila caminando delante de él.
Seguirla fue un impulso impropio de su carácter. Pensó que, si ella preguntaba, diría que solo iba a revisar cómo estaba su salud. Después de todo, el banquete por el regreso de Alfonso se había extendido hasta tarde.
¿Me sentiré mejor después de recostarla en la cama con la excusa de un masaje y dejar mis marcas en su cuerpo suave?, se preguntó.
Pero antes de abrir la puerta, lo que escuchó fue la respiración agitada de la criada. No pasaron ni unos minutos antes de que ese jadeo se convirtiera en llanto.
Cedric había visto llorar a Sheila muchas veces. La había golpeado hasta que se le escapaban las lágrimas y la había azotado hasta que se desmoronaba en llanto. Pero, ¿por qué lloraba ahora? Él no le había pegado ni la había hecho sufrir esta vez, y aun así, ella lloraba sola.
Cedric analizó las razones. Lo único que se le ocurría era que hoy era el día que regresaba Alfonso.
“¿Lloras por él?”.
Su humor, que ya estaba por los suelos, se hundió en el abismo. Se dio media vuelta con frialdad. No le importaba por qué lloraba una criada; al fin y al cabo, lo único que quería de ella era su cuerpo.
Sin embargo, verla llorar fuera de su control le causó una irritación insoportable. Y pensar que era por otro hombre lo ponía peor. El primer día que la llevó a la sala de castigos, Sheila eligió sin dudar entre el azote y «el acto». Por eso, él juzgó apresuradamente que ella no debía querer tanto a Alfonso como para guardar su castidad.
Pero los sentimientos humanos no son tan simples… Cedric se dio cuenta tarde de que, aunque ella prefiriera el sexo al dolor físico, su amor por otra persona podía ser igual de real.
Se volvieron a ver en el banquete. Para cualquiera que no supiera que había estado llorando, Sheila se veía tan serena como siempre. Pero Cedric no podía dejar de fijarse en sus ojos, todavía enrojecidos por culpa de otro tipo. Tampoco podía ignorar cómo su rostro se encendía de vez en cuando al tener a Alfonso sentado a su lado.
Para sacudirse ese malestar, Cedric empezó a embestirla con violencia. La mujer que él mismo había encadenado a la cama le parecía una obra de arte bellísima. Y esa visión lo excitaba sobremanera.
Sentía una mezcla de admiración sublime y morbo vulgar al mismo tiempo. Era una escena que satisfacía tanto su refinado sentido estético —heredado de su posición como primogénito de un conde— como sus gustos pervertidos nacidos de un deseo retorcido.
Aunque ante los demás Cedric parecía un hombre de hielo, en el fondo era un esteta obsesionado con la belleza. Ese ojo artístico era un don que había heredado de su abuelo, el anterior conde Solomon Calley.
Toda la familia creía que Cedric se había ganado el favor de Solomon gracias a su brillante inteligencia, pero lo cierto es que, sin su ojo artístico, jamás habría cautivado así el corazón del viejo conde.
—La gente que no tiene sensibilidad artística es de lo más vulgar, ¿no te parece?
—Sí, abuelo.
—Cedric, de todas estas pinturas, ¿cuál es la que más te gusta?
—Esa de ahí.
Cedric, con apenas ocho años, señaló sin dudar un cuadro abstracto donde las siluetas de un hombre y una mujer se adivinaban tras una cortina dorada. El velo de oro estaba hecho con pan de oro real; se decía que el padre del pintor era orfebre, y esa opulencia solía encantar a los niños. Pero la razón de Cedric fue muy distinta.
—Siento la obsesión del hombre por la mujer en este cuadro. Él se muere por poseerla.
Tal como dijo el niño, la obra era una pieza profundamente sensual que retrataba un amor imposible, la ansiedad por la pérdida y el deseo de posesión. Solomon miró maravillado a su nieto, capaz de ver la esencia del instinto humano a una edad tan corta. Y le dijo algo que jamás le había dicho ni a su propio hijo, Bernard:
—Definitivamente, llevas mi sangre con orgullo.
Para Cedric, ese reconocimiento fue el máximo trofeo. Solomon lo llevó por monumentos históricos y museos reales, heredándole toda su sofisticación. Incluso durante sus estudios en el extranjero, lo que más disfrutó Cedric fue la libertad artística de Rotas, tan distinta al estilo rígido de Veloica. Cada obra de arte en su habitación no fue comprada al azar; cada una fue elegida con devoción.
Pero ninguna de esas piezas podía compararse con la obra de arte viva que tenía ahora frente a sus ojos.
«Eres mía, Sheila».
Aquí, y solo aquí, él podía profanar a su gusto el cuerpo de la criada, que era su posesión más perfecta. No le importaba todo el esfuerzo que había invertido en «moldearla» para este momento. Sheila, por su parte, respondía apretando rítmicamente su sexo contra el de él.
—Cielos…
gruñó Cedric con satisfacción
—Incluso amarrada, tu boquita de abajo no para de babear. ¿Tan rico sabe? Dime la verdad.
Cedric empezó a embestirla con fuerza bruta, exigiendo una respuesta. Sheila, con la boca amordazada, sacudía la cabeza con terquedad, negándolo todo.
—Vaya, ¿otra mentira? Deberías ser tan honesta como tu sexo, Sheila.
Al verla sacudir la cabeza con desesperación mientras el placer la desbordaba, el miembro de Cedric se hinchó aún más.
—¡Mmph!
Sheila no pudo evitar soltar un gemido ahogado por la mordaza al sentir cómo él la llenaba por completo.
—Uff… parece que lo mío no te basta. ¿Qué clase de vergas habrás probado para ser tan difícil?
soltó él con sarcasmo. Sabía perfectamente que él había sido el primero, pero disfrutaba burlándose de su resistencia.
Cedric aceleró el ritmo, ignorando las súplicas silenciosas de la mujer.
—Dices que no, pero te lo estás tragando todito. ¿Sientes cómo llego hasta el fondo?
Lo sentía demasiado bien. Sheila volvió a sacudir la cabeza, rogándole que parara, sin saber que eso solo lo encendía más.
—Qué lástima que digas que no sientes nada.
dijo él fingiendo decepción
—Tendré que darte más duro para que nuestra criada aprenda a sentir. Si no sientes nada, el castigo no tiene sentido, ¿verdad?
Cedric empezó a estocarla como si su miembro fuera un garrote, entrando y saliendo con violencia. Sentía perfectamente lo excitada que estaba ella por la forma en que su interior lo succionaba. Ante tal embestida, Sheila ya no pudo seguir negando con la cabeza; simplemente la echó hacia atrás, arqueándose.
Cuando sus gemidos ahogados se convirtieron en un agudo lamento nasal, Cedric sintió la urgencia de estallar. Justo antes de venirse, se salió por completo, haciendo que ella soltara un último quejido de vacío.
—Haaah…
Cedric se masturbó sobre el vientre de ella. El semen acumulado durante dos días saltó con fuerza, manchando el abdomen, el pecho y hasta la barbilla de Sheila.
Ella quedó tendida, exhausta, con su pecho subiendo y bajando frenéticamente mientras recuperaba el aliento. Cedric bajó de la cama dejando su rastro sobre ella y se acercó a la cabecera. Ver su rostro pequeño, todavía con el ball gag (mordaza de bola) puesto, le resultó desgarradoramente tierno. Esa mezcla de inocencia y cansancio siempre disparaba su sadismo.
Le quitó la mordaza con cuidado.
—Ah… ah…
jadeó ella al sentir su boca libre por fin.
Cedric le sostuvo la cabecita con delicadeza y, mirándola a los ojos, le preguntó en un susurro:
—Dime de una vez… ¿de quién eres?
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