La criada azotada de la casa Calley - 56
Justo antes de que sus labios se tocaran, él habló:
—Estás pensando en otra cosa. ¿Tan relajada te sientes?
—No es eso. No es que… ¡Mmmgh!
«Maldita sea»
A las justas se había liberado de la mordaza tras masturbarse frente a él, y ya se la había puesto de nuevo.
—Levántate.
Él tiró de la correa una vez más, obligando a Sheila a ponerse de pie sobre el suelo frío. La guio jalándola como si fuera un animal hasta que llegaron frente a algo cubierto con una tela. Cedric soltó la correa, se acercó y tiró de la manta, revelando un espejo de cuerpo entero.
Había varias estructuras extrañas en la habitación, pero Sheila nunca imaginó que habría un espejo que la reflejara de forma tan nítida. El espejo la mostraba de una manera demasiado cruda: desnuda, con las manos atadas y con ese collar de cuero como si fuera una bestia. Era una imagen que dolía hasta mirar. Y encima, con esa bola metida en la boca…
Sheila volvió a sentir unas ganas inmensas de que la tragara la tierra y la enterraran de una vez. Pero como eso era imposible, cerró los ojos con fuerza, aferrándose a ese deseo inútil.
Escuchó cómo él soltaba una risita burlona. Sin decir nada, Cedric le desató las manos que tenía amarradas por delante. Pero eso no fue el final; de pronto, Sheila sintió cómo una soga nueva rodeaba su cuello.
«Claro, si todavía falta un montón para que acabe la hora, obvio que no me iba a soltar así de fácil…».
Sheila sentía cómo él, parado frente a ella, manipulaba la cuerda en su cuello. Podía sentir que la soga era bastante larga; aun con los ojos cerrados, sus otros sentidos estaban alerta. El pánico empezó a crecerle en el pecho, pero no tenía el valor de abrir los ojos y ver qué estaba pasando.
En eso, sintió que la soga pasaba por entre sus piernas. El extremo de la cuerda recorrió su espalda y se enganchó con la parte que rodeaba su cuello. Cedric, que ahora estaba detrás de ella para tensar el amarre, estiró el brazo y le agarró la mandíbula con fuerza.
—Abre los ojos.
Sheila sacudió la cabeza. Era un berrinche inútil. Cedric le agarró un pezón y se lo retorció con saña.
—¡Mmmgh!
—Tienes que ser obediente, Sheila. Abre los ojos.
Con el dolor punzante en el pecho y los ojos húmedos, Sheila obedeció. Lo que vio en el espejo era aún más vergonzoso que antes. La soga, que empezaba en su cuello, bajaba con varios nudos estratégicos y pasaba justo por su entrepierna. Era exactamente lo que había sentido, pero verlo con sus propios ojos fue un shock total.
De pronto, Cedric tiró con fuerza de los extremos de la soga que pasaba por detrás de su nuca.
—¡Ahg! ¡Mmph!
Cada vez que él jalaba, un gemido se le escapaba a Sheila. El infeliz había puesto nudos justo en la parte que rozaba su clítoris.
Cedric tensó la cuerda, la pasó por debajo de sus axilas hacia adelante, la enganchó entre los nudos y la volvió a llevar hacia la espalda. Repitió el proceso un par de veces hasta que sus pechos quedaron apretados por la soga, haciendo que sobresalieran de forma exagerada.
«¿Pero qué es esto…?»
Todo pasó en un abrir y cerrar de ojos. Cedric cruzó los brazos de Sheila por detrás de su espalda y terminó de asegurar el amarre.
Aún posicionado detrás de ella, Cedric empezó a amasarle los senos con una fuerza que parecía que se los iba a reventar.
«Ay, Diosito…»
Sheila, que casi ni rezaba, empezó a pedirle ayuda a Dios mientras volvía a cerrar los ojos. No tenía el corazón tan fuerte como para ver ese espectáculo en vivo y en directo por el espejo.
Al ver que los había cerrado otra vez, Cedric le agarró ambos pezones y se los retorció.
—¡Aaaahhg!
Al retorcerse por el dolor en los pechos, la cuerda de abajo presionó su clítoris, torturándola por partida doble.
—¡Mmmgh!
—Tu amo se ha tomado la molestia de ponerte bonita, así que tienes que mirar bien, Sheila.
—Mmm, mmm…
«Ya entendí, ya entendí». Sheila asintió con la cabeza mientras abría los ojos, resignada.
Era un espectáculo verla así: con todo el cuerpo rojo por la estimulación de las cuerdas, de pies a cabeza.
—Estás hermosa.
«¿Lo dirá en serio…?»
Pero al ver su mirada reflejada en el espejo, no parecía una broma. Además, él no era un hombre al que le quedaran bien los chistes. Escuchar esas palabras salir de su boca hizo que el corazón de Sheila diera un vuelco. Sin embargo, se obligó a calmarse; seguro era el mismo tipo de halago que se le da a una perrita faldera por verse bonita. No podía permitirse darle más significado que ese.
Cedric, que parecía encantado con cómo había quedado su «mascota», se entretuvo un buen rato manoseándola y tirando de las sogas. Sheila, por supuesto, no tuvo más remedio que mirar todo el proceso en el espejo, porque sabía que si cerraba los ojos, el castigo sería peor.
Lo más vergonzoso era que la soga de abajo ya estaba empapada. Era la prueba viviente de que, a pesar de estar amarrada y ser tratada como un juguete, ella también se había excitado como una pervertida. El cuerpo reaccionaba por puro instinto ante el roce constante, aunque por dentro sintiera una mezcla de pudor y humillación. Pero… ¿qué era ese sentimiento de euforia extraña que venía con todo eso?
Él, un pervertido de pura cepa, tenía su miembro totalmente erecto desde hacía rato y no dejaba de frotarlo contra la entrepierna de ella, justo donde pasaba la soga. Sheila, encendida por el roce doble del pene y las cuerdas, llegó a pensar que prefería que la penetrara de una vez por todas.
Pero él no tenía prisa. En lugar de eso, la obligó a arrodillarse a sus pies. Sheila lo miró con el rostro encendido y los ojos nublados por el deseo. Él agarró la correa del collar y, por fin, le quitó la mordaza.
—Ah… huff…
Sheila soltó un suspiro pesado, liberada después de tanto tiempo de tener la boca bloqueada.
Mientras intentaba recuperar el aire con dificultad, sintió el golpe seco de la erección de Cedric contra su frente. ¡Pon! Ella levantó la cabeza y vio cómo él, con un dedo, golpeaba su propio miembro contra la mejilla de ella, dándole toques burlones. A veces, Cedric usaba este método para «cobrarse» los azotes que faltaban.
Sheila, entendiendo la señal, abrió la boca y lo tomó. Como siempre, el tamaño era demasiado; le costaba incluso tragarse solo la punta. Abrió lo más que pudo y empezó a succionar el glande. Como tenía las manos atadas a la espalda, le resultaba agotador hacer todo el movimiento solo con la fuerza del cuello.
—Mírate en el espejo mientras lo haces.
Al darse cuenta de que a ella le costaba moverse sola, él mismo le agarró la cabeza para marcar el ritmo, usándola como si fuera un objeto de su propiedad.
—¡Mmmgh! ¡Guh! ¡Ugh!
Sheila aceptaba el miembro con dificultad, siendo tratada como una herramienta de placer. Cada vez que él sacudía su cabeza sujetándola de la correa, el sonido metálico de las cadenas resonaba en toda la habitación. Con cada sacudida, sus pechos —apretujados por las sogas— rebotaban, y el nudo de la entrepierna iba y venía, estimulándole el clítoris sin descanso.
—¡Mmph! ¡Mmm!
Después de un buen rato, él finalmente la soltó. Sheila escupió ese «garrote» y jadeó buscando oxígeno.
—¡Puh! ¡Haa… ah!
Pero Cedric no se vino. En su lugar, volvió a encajarle la mordaza de bola en la misma boca que acababa de usar. Luego, tiró de las sogas con fuerza, como si la agarrara de la solapa, y la obligó a levantarse. Las cuerdas que rodeaban su cuerpo se tensaron dolorosamente, especialmente la de abajo.
—¡Mmmgh!
Entre gemidos de dolor y placer, fue arrastrada hasta el frente de la cama. En el siguiente segundo, Sheila fue lanzada con brusquedad sobre el colchón. Era la primera vez que subía a la cama desde que empezó a entrar en esa habitación. Estaba claro que lo «principal» iba a empezar ahí mismo.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
La primera vez que aterrizó en el colchón de esa cama, lo sintió increíblemente suave. Aunque la lanzó con brusquedad, no le dolió nada; al contrario, se sintió tan cómoda que casi le pareció acogedor. Si hubiera seguido sobre la mesa dura, las sogas se le habrían clavado en la piel y le habrían dolido horrores.
Cedric empezó a desatarle las sogas del cuerpo. También le quitó ese collar de cuero que tanto la hartaba. Pero… la mordaza, esa sí que no se la quitó.
Despojada de las cuerdas y del collar, Sheila quedó desnuda y fue acomodada de espaldas en la cama. Era la primera vez que subía a esa cama después de quince días de entrar a esa habitación, pero la postura en la que estaba no tenía nada que ver con esas poses de «princesa» o «aristócrata» de las que hablaba Molly.
La cabeza de Sheila sobresalía entre los barrotes del marco de la cama. No era una cama de madera común de las que se usaban en Beloika, sino una con marco de latón. Esos barrotes le daban un aire exótico, pero también eran perfectos para amarrar a alguien. Sheila se dio cuenta de eso al toque cuando Cedric le ató los brazos al marco.
También le amarró los tobillos con sogas independientes, se los levantó y los sujetó a la parte superior del marco. Aunque las sogas de las piernas tenían algo de holgura, su cuerpo había quedado prácticamente doblado por la mitad.
Cedric se acomodó entre las piernas de Sheila, que ahora formaban una ‘V’ bien abierta. Después de dos horas de ser arrastrada y «entrenada» de un lado a otro, Sheila estaba agotada, y para su sorpresa, sentía hasta un poquito de alivio en esa postura tan rara. Era una locura.
Aun así, le dio un escalofrío por toda la columna al pensar que la penetración era inminente.
«A mi esposo no hay quien le gane con el movimiento de cintura», recordó Sheila las palabras de Molly del día anterior.
Una vez que Molly soltó la lengua, empezó a contar sin que nadie le preguntara todo lo que pasaba en su cama. «En un hombre, el tamaño no lo es todo», decía. Las otras chicas siempre decían de noche que lo mejor era un hombre que ganara bien y que la tuviera grande, así que el comentario de Molly le despertó la curiosidad a Sheila.
Molly ya había tenido sus experiencias con varios amantes antes de conocer a su esposo. O sea, que su testimonio tenía base porque había comparado por lo menos a tres o cuatro tipos. Sheila, que no conocía nada más que el miembro de Cedric, se hizo la que limpiaba sin interés pero se concentró al máximo en lo que decía Molly.
«Si es grande pero está fofo, no sirve para nada. Así que acuérdate bien, Sheila: el hombre tiene que estar DU-RO». Molly siguió con sus explicaciones. Por lo que decía, parecía que lo de su esposo era de tamaño promedio, pero que era duro como una piedra y tenía una técnica tan buena que compensaba el tamaño.
—Duro…
Sheila repitió la palabra que Molly había enfatizado tanto. Y luego preguntó
—¿Y cuánto tiene que medir para que se diga que es grande?
Al ver la cara de inocente de Sheila, Molly separó sus dedos índices más o menos el largo de una cuchara.
—Mira. Cuando está bien parado, si llega a esto, es el promedio. De ahí para arriba ya se puede decir que es grande. Y los que la tienen de verdad grande… déjame ver…
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com
Deja una respuesta
You must Register or Login to post a comment.