La criada azotada de la casa Calley - 55
—Responde, Sheila.
Con una postura impecable que no perdía la elegancia ni por un segundo, Cedric la presionó para que hablara.
—Te estoy dando la oportunidad de elegir. ¿Qué prefieres? ¿Que te castigue con la paleta o con mi polla?
Su voz, al presentarle las dos opciones, era excesivamente amable, lo cual resultaba aún más inquietante. Sheila vaciló; esa amabilidad solo servía para ponerla más nerviosa, aunque en el fondo la respuesta ya estaba decidida.
Hoy, Judith se había equivocado en más de treinta ejercicios. Sheila, que no aguantaba ni diez golpes con la paleta —mucho menos veinte—, sabía que era imposible sobrevivir a más de treinta.
—Con… con su polla, por favor.
Sheila cerró los ojos con fuerza y soltó la respuesta a las justas. Como todavía ni siquiera habían entrado a la sala de castigos, le resultaba mucho más difícil decir esas obscenidades en voz alta. Si en esa sala eran capaces de cometer tantas locuras, era en gran parte por esa atmósfera densa, como si fuera un mundo aparte.
—¿Con cualquier polla?
preguntó él, alzando una de sus cejas bien perfiladas.
La sirvienta apenas había logrado responder, pero para Cedric esa era una respuesta a medias.
—Tienes que decir exactamente con la polla de quién quieres que te den.
‘¡Maldito… enfermo pervertido!’
Aunque por dentro lo maldecía, Sheila pronto se resignó. ‘Ya, total, no se me va a pudrir la lengua por decirlo… Mejor lo digo rápido y acabo con esto’. Seguir perdiendo el tiempo fuera de la habitación era en vano.
—Quiero que… mi concha sea castigada con la polla del joven conde Cedric.
Cuando Sheila fue más allá y soltó la respuesta completa y perfecta, Cedric finalmente se levantó del asiento donde le estaba dando clases a Judith. Y, como ya sabía Sheila, se dirigieron a la sala de castigos para pasar las próximas tres horas.
Los treinta y cuatro errores de Judith eran exactamente la cantidad que Cedric había planeado. Desde el principio, él venía ajustando la dificultad de los ejercicios para que ella fallara justo lo necesario; era algo pan comido para él. Incluso si Judith resolvía bien más problemas de lo esperado en la primera o segunda clase, a él le bastaba con añadir un par de preguntas extra en la tercera y listo.
Como Cedric manipulaba con tanta astucia el número de errores, ni la propia Judith se daba cuenta de que en realidad estaba progresando. Por eso, era lógico que la sirvienta, que solo chequeaba la cantidad de fallas, no sospechara nada. Además, por más que hubiera mejorado, a Judith todavía le faltaba un siglo para aprender lo básico, pues sus conocimientos generales eran casi nulos.
A pesar de haber manipulado todo para que ella fallara más de lo normal, Cedric se ensañó en obligar a Sheila a elegir. Insistió hasta que, finalmente, ella soltó las palabras que él quería oír.
—Sheila.
—Dígame, amo.
respondió ella deteniéndose al escucharlo.
—¿Se puede saber por qué me has seguido a esta habitación?
Esa pregunta fuera de lugar dejó a Sheila desconcertada. ¿O debería decir indignada? Como ella no atinaba a responder, Cedric lo hizo por ella.
—¿Qué tanto piensas? Has entrado aquí para hacer cochinadas conmigo.
Él mismo se preguntó y se respondió. Ante tal descaro, Sheila se quedó con la boca abierta.
—Y como has entrado por tu cuenta para hacer esas perversiones conmigo, tú también eres una pervertida.
—¿… Perdón?
—Responde, Sheila. ¿Es verdad o no?
—… Es verdad.
‘Ya, diré que sí solo para que se calle’
—Me alegra que lo sepas.
Tras arrancarle la respuesta a la fuerza, Cedric contestó con todo el cinismo del mundo. Y la perversión que tenía preparada para esta vez era algo que Sheila jamás se hubiera imaginado.
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—¡Mmm, mmmgh!
En la amplia sala de torturas —bueno, de castigos—, resonó el gemido ahogado de Sheila.
‘¡¿Ahora me pone un bozal?!’, pensó ella, desesperada. Estaba completamente desnuda, y lo único que llevaba puesto era el collar de cuero y las cuerdas que le ataban las muñecas.
—Hazlo bien, Sheila. Ya tienes práctica en esto.
dijo Cedric con una voz tan tranquila que contrastaba con su exigencia desmedida.
‘¡Pero es la primera vez que lo hago sola…!’, gritó ella en su mente. Sheila no podía articular ni una palabra porque el bozal no era una simple cinta; era una mordaza de bola (ball gag), una esfera de plástico que llenaba toda su boca, sujeta por correas a los lados.
Tener esa bola atravesada le impedía decir hasta lo más básico. Además, como no podía tragar, la saliva empezaba a chorrear sin control por las comisuras de sus labios.
En ese estado, sentada sobre la mesa, Sheila se estaba masturbando frente a él. Él le había ordenado que ella misma se estimulara el clítoris, ese pequeño botón que él siempre despertaba con sus juguetes, hasta que ‘se viniera’.
Aquí, ella no tenía derecho a negarse. Y el tiempo que quedaba por cumplir era demasiado como para intentar hacerse la difícil. Sheila, sin más opción, se puso de rodillas sobre la mesa y abrió las piernas. Luego, llevó sus manos atadas hacia su intimidad.
‘Dios… nunca me había tocado así yo sola…’. Hacerlo frente a alguien, y sobre todo frente a Cedric, era una tortura psicológica. No es que hubiera una razón especial por la que no lo hiciera antes; simplemente, siempre trabajaba hasta caer muerta de sueño y no tenía tiempo para explorar su propio cuerpo. De hecho, antes de que Cedric empezara a usarla, Sheila ni siquiera sabía que tenía un lugar tan sensible ahí abajo.
Al ver sus movimientos torpes, Cedric comentó con indiferencia:
—Parece que terminaremos el castigo por hoy. Dejarte así es una pérdida de tiempo.
La mano de Sheila se detuvo en seco. ‘Él no es de los que te dejan ir así nomás. ¿Qué piensa hacer con el tiempo que falta?’. Como si leyera sus pensamientos a través de la mordaza, Cedric continuó:
—Para ser justos, pasaremos las horas que quedan para mañana. Y si mañana tampoco puedes, las pasaremos para el día siguiente.
En cuanto terminó de hablar, los ojos de Sheila se llenaron de indignación y sus dedos empezaron a moverse frenéticamente. ‘¡¿Mañana…?! ¡Ni loca, prefiero terminar esto aquí de una vez!’.
Impulsada por el orgullo y la desesperación, Sheila empezó a frotar su clítoris con más ganas. A pesar de lo humillante y absurdo de la situación, su cuerpo respondió con fidelidad. Sin saber a dónde mirar, terminó por cerrar los ojos con fuerza.
Pas, pas.
Cedric, que la observaba a unos metros, se acercó y tiró con fuerza del collar de cuero.
—¡Mph!
—Abre los ojos.
Ante su orden corta, Sheila obedeció al instante. ‘Maldito instinto de sirvienta…’. Lo primero que vio al abrir los ojos fue el rostro perfecto de él. Mientras sostenía la correa, él la miraba desde arriba con una mezcla de arrogancia y desprecio. Sheila se perdió por un segundo en su nariz afilada y sus labios curvados con elegancia. Al enfrentar esa mirada, sintió cómo su interior se empapaba aún más.
—¡Mmmgh!
Sus dedos se aceleraron. La excitación subía por oleadas. Finalmente, manteniendo el contacto visual con Cedric, quien aún sujetaba su collar, Sheila llegó al clímax.
—¡Mmmmuuuhhh!
Al verla retorcerse mientras ‘se iba’, Cedric no pudo contenerse y le agarró el cabello de la nuca con fuerza.
—Ah… ¡Mierda!
soltó él, soltando una maldición entre dientes.
Sintiendo el dolor agudo en el cuero cabelludo por el tirón, Sheila alcanzó un orgasmo aún más intenso. Entre el placer, la vergüenza y el dolor, una lágrima rodó por su mejilla.
Cedric soltó su cabello y empezó a acariciar la zona donde le había dolido.
—Buen trabajo.
Desabrochó la correa de la mordaza detrás de su cabeza. Al sacar la bola de su boca, un hilo de saliva acumulada cayó sobre el pecho de Sheila.
—Sigues chorreando igual que siempre.
dijo él en tono burlón, como si hablara con alguien que no tiene remedio. Sacó un pañuelo de su bolsillo y le limpió el rostro con delicadeza.
—¿Qué tal se sintió, Sheila?
preguntó suavemente, queriendo saber su impresión tras haberse tocado frente a él.
¿Pudor? ¿Vergüenza? ¿Humillación total?
Un torbellino de emociones sacudía la cabeza de Sheila. Sin embargo, por la experiencia que tenía hasta ahora, sabía que solo había una respuesta correcta:
—Se sintió… bien.
respondió ella jadeando. No era plan de preguntarle si, por si acaso, tenía un ataúd libre por ahí para meterse y morir de una vez.
Después de haber hecho algo tan vergonzoso frente a él, Sheila pensó que no estaría mal cerrar los ojos y no volver a abrirlos nunca más. Pero en ese momento, mientras aún intentaba recuperar el aliento, sintió cómo los dedos de Cedric se deslizaban con fuerza entre sus piernas abiertas.
—¡Ahg!
El cuerpo de Sheila se arqueó hacia atrás sin remedio. Menos mal que él la sostenía por la espalda. Mirando a la mujer que se apoyaba en su brazo, Cedric dijo:
—Por cómo estás chorreando, veo que no mentías.
Cedric empezó a bombear sus dedos dentro de ella, regodeándose en el sonido húmedo y obsceno que provocaba el roce con sus jugos. No solo eso, sino que curvó sus largos dedos para presionar ese punto sensible en su pared interna. Como Sheila acababa de alcanzar el clímax por su cuenta, su interior estaba extremadamente sensible.
—¡Ah, ahhh!
Sheila no pudo contener los gemidos y empezó a retorcerse en sus brazos. Intentó empujarlo con sus manos atadas, pero eso solo logró que el toque de él se volviera más insistente y agresivo.
Entre el sonido sucio de la lubricación, el estímulo incesante, el brazo firme de él sosteniendo su espalda y ese rostro perfecto llenándole la vista mientras sentía su respiración de cerca, Sheila terminó por venirse una vez más.
—¡Ah! ¡Aaaaahhh!
Su interior se contrajo con fuerza, aprisionando los dedos que la invadían. Cedric no los sacó; se quedó ahí, sintiendo los espasmos de las paredes de su vagina. Finalmente, cuando Sheila quedó lacia y agotada en su regazo, él retiró la mano y la puso frente a los ojos llorosos de ella.
Al separar los dedos, un hilo espeso de flujo se estiró entre ellos.
—Mira nada más… tus jugos.
Aún sintiendo los remanentes del placer, Sheila forzó la vista para mirar los dedos de Cedric con los ojos enrojecidos. Al ver ese líquido lujurioso uniendo sus dos largos dedos, sintió cómo abajo se desataba otra inundación.
Excitarse al ver una escena tan erótica era algo tan natural como salivar al ver cómo alguien exprime un limón ácido. Sheila ya empezaba a entender eso, pero lo que no sabía era cómo reaccionar a lo que él hizo a continuación.
Sin cuestionar nada, Sheila empezó a chupar los dedos que él le puso en la boca. Esos mismos dedos que, hace un segundo, la habían estado revolviendo por dentro.
Desde aquel segundo encuentro, cuando tuvo que chupar la polla que acababa de estar dentro de ella, este tipo de cosas ya habían pasado varias veces. Así que, a estas alturas, lamerse sus propios jugos de los dedos de su amo no era la gran cosa.
—Qué bien lo haces.
la felicitó él. Y luego preguntó:
—¿Está rico?
—Sí… amo. Está rico.
Sheila también había mejorado mucho en dar las respuestas que le gustaban a su amo pervertido. Es verdad eso de que lo difícil es empezar; ahora ya era capaz de soltar obscenidades mucho peores en esa habitación.
El problema era que, al seguirle la corriente, ella también terminaba excitándose, y hasta sentía una pizca de alegría cuando ese viejo verde la felicitaba.
‘A este paso, hasta yo, que soy una persona normal, me voy a volver una pervertida’, pensó. Empezaba a sentir una señal de alarma, pero reconocerlo no cambiaba nada. De todas formas, solo le quedaba un mes y medio de contrato. No había otra que aguantar.
Mientras Sheila se preocupaba por su salud mental y sacaba la cuenta de cuánto tiempo le faltaba para ser libre, él tiró de la correa del collar de golpe. Cedric acercó su rostro al de ella, manteniendo la mirada fija en sus ojos.
‘¿Será que… me va a besar?’
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