La criada azotada de la casa Calley - 54
El día que soltó esas palabras tan vergonzosas, Sheila tuvo que aceptar que ella también había cambiado. Simplemente no había querido reconocerlo; no era lo mismo ser esa chica de edad madura, sin experiencia y llena de curiosidad, que la mujer que es ahora, tras haber acumulado varias ‘batallas’ reales. Además, con tanta cochinada fuera de lo común que hacían una y otra vez, sentía que ella misma se estaba volviendo una pervertida. Era una situación tan humillante que le daban ganas de llorar, pero mientras se le salían las lágrimas, por abajo también se chorreaba toda. A decir verdad, no era la primera vez que le pasaba algo tan raro.
‘¡Por favor…! Castigue a la malcriada de Sheila. Con su miembro, castigue la cosita de esta Sheila indecente…!’
Por más que solo estuviera repitiendo lo que él decía, en ese momento Sheila de verdad quería que la castigara. Ni ella misma se entendía. Solo habían pasado dos veces desde que empezó a entrar a esa habitación. Al recordar no solo las cosas que él le obligaba a decir, sino las que ella soltaba por voluntad propia, no le quedó de otra que aceptar su cambio. Pero, más allá de aceptarlo, se sentía deprimida al pensar que, en el corto tiempo que Alfonso no estuvo, ella se había convertido en una mujer recorrida. Sus ojos, que ya habían llorado durante el día, se pusieron rojos otra vez. Justo en ese momento, Judith, que ya se había terminado de comer todos sus frejoles, habló:
—¿Qué dan de almorzar en el palacio real?
No es que fuera una glotona, pero a Judith siempre le interesaba el ‘menú del día’. Era común que mandara a alguien a la cocina solo para preguntar qué iban a preparar. Y ahora, la niña de trece años hasta sentía curiosidad por el menú del palacio.
—Todo lo que es comida es igual, Judith.
respondió Alfonso, aguantándose las ganas de mandarla a volar.
Bueno, el palacio no era otro país; siendo ellos una familia de la gran nobleza, la comida en la casa del conde o en el palacio debía ser casi la misma nota. De pronto, Sheila se acordó de las galletas tan ricas que Cedric le había dado como merienda. En ese momento estaba tan volada que no se dio cuenta, pero pensándolo bien, eso no era comida de aquí, de Belloica. Nunca había visto algo así, ni siquiera entre las mil galletas que le servían a Judith. Seguro eran galletas estilo Rotas, donde Cedric estuvo estudiando. Había escuchado que los postres de allá eran de otro mundo, pero nunca pensó que llegaría a probarlos. Y el chisme era cierto. Sheila nunca en su vida había comido una galleta tan deliciosa. Si Cedric no hubiera dicho esa tontería sobre el sabor a leche, habría disfrutado más el sabor…
‘No, un ratito’
Mes y medio como empleada para recibir los azotes. Medio mes desde que empezó a hacer esas cosas raras con él. Sheila se estremeció al darse cuenta de que, al final, todos sus pensamientos terminaban en lo que pasaba con él.
‘Uff… esto es peligroso’
Por cosas de la vida terminó acostándose con él, pero eso era solo chamba. Para él no debe ser más que una canita al aire antes de casarse. Porque a la señorita noble con la que se vaya a casar no le va a poder hacer esas… ja… esas porquerías. Sheila puso los pies en la tierra y analizó con frialdad su realidad y la posición de él como futuro conde. El ambiente en el comedor, incluida Sheila, estaba más tenso que de costumbre. Pero parecía que nadie se daba cuenta, excepto el mismo Cedric, que estaba a puertas de su ceremonia de nombramiento.
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Fue recién al día siguiente cuando Alfonso entró a la habitación de Cedric para coordinar lo de la ceremonia de nombramiento.
—Aquí tienes la lista de los nobles que ya mandaron su carta confirmando que van a asistir.
Alfonso deslizó los documentos sobre la mesa. Mientras estuvo en la corte real enviando las invitaciones, Alfonso se tomó el trabajo de organizar a las familias que respondieron según su propio criterio. No las puso simplemente en orden alfabético, sino que colocó arriba a las familias con más título y plata, para que se pudieran ver de un solo golpe de vista quiénes eran los ‘pesos pesados’ a los que tenían que sobarle el hombro. Y no solo eso: a las casas que tenían hijas en edad de casarse, les puso un puntito al costado para que se dieran cuenta al toque.
Casi todos iban a ir por curiosidad sobre Cedric Calley, que recién llegaba de su viaje de estudios, pero la oportunidad de ‘hacer linda’ no era solo para él. Alfonso también tenía muchas chances de cruzarse con alguna señorita recatada que se fijara en él por lo que era, no solo por su posición como futuro conde. Al final, cualquier evento o fiesta donde se junta todo el mundo es la excusa perfecta para que la gente se empiece a mirar con otros ojos. Es más, capaz que ese es el verdadero propósito de todas las reuniones sociales. Desde Judith, que hace poco se quedó sin novio porque se le cayó el compromiso, hasta Allen, que dice que quiere ser cura; incluso para los que ya estaban casados como Bernard y Marissa, la puerta estaba abierta.
Y de todos ellos, después de Cedric, el que tenía más jale era definitivamente Alfonso. Normalmente, él estaría saltando en un pie de la emoción, pero ahora no tenía ni una pizca de ganas. Y todo por culpa del príncipe heredero Marquis.
‘¿Qué diablos habrás estado haciendo mientras estudiabas afuera?’, pensó Alfonso para sus adentros mientras miraba a Cedric, que como siempre, tenía esa cara de sobrado. Bueno, ya, afuera en Rotas no estaban los mayores de la familia para controlarlo, así que uno entiende que haya sido más libre y hasta un poco movido… pero llegar a hacer ‘esas cosas’ ya era demasiado. Alfonso era bien chismoso y había escuchado mil historias de lo que pasaba en los viajes de estudios, pero nunca antes se le habían movido tanto los estándares de lo que un noble respetable ‘no debe hacer’. Cada vez que lo pensaba, le daban ganas de vomitar. ‘Mejor no me hubiera metido en nada’, pensó, arrepentido de haber pedido encargarse del evento. Pero ya era muy tarde para echarse para atrás.
—Bueno, el presupuesto total sería de unos mil quinientos sólidos. Si quieres agregar algo más, me avisas a través de tu secretario.
Dijo Alfonso sosteniendo el presupuesto que había preparado. En eso, Cedric estiró la mano para agarrarlo. Instintivamente, Alfonso arrugó la cara y movió la mano para que no lo tocara. Cedric, que se quedó con la mano en el aire, lo miró fijamente.
—¿No me lo habías traído para que lo vea?
—… Sí, claro.
Alfonso trató de responder lo más natural posible.
—Solo estaba chequeando una última vez que no falte nada.
—Ah, ¿ya?
Cedric retiró la mano sin insistir, se cruzó de brazos y se tiró contra el respaldo del sofá.
—Cuéntame algo del príncipe heredero.
Al escuchar lo del príncipe, la cara de Alfonso se puso media rara otra vez.
—Dicen que hace poco secuestraron a uno de los parientes lejanos de la familia real. Parece que lo están investigando bien caleta. Por eso el príncipe no puede estar moviéndose mucho por ahora.
—Manya.
Aunque los secuestros y la trata de personas pasaban de vez en cuando en el país, que se lleven a alguien de la realeza y no a un simple plebeyo era algo serio. Era lógico que al príncipe le cortaran las alas hasta que descubrieran quién estaba detrás de todo.
—Pero no te resientas, ¿ya? Su Alteza de verdad quería venir al nombramiento de su mejor amigo.
—¿Resentirme?
Cedric soltó una carcajada seca: ‘¡Ja!’. Él pensó que Alfonso decía eso porque no sabía lo que él mismo había escrito en la invitación. Pero, al revés de lo que creía Cedric, Alfonso ya se imaginaba de qué iba la cosa por su charla con Marquis. Solo que él había sacado sus propias conclusiones de por qué Cedric le pidió que no viniera.
‘Seguro lo hizo para que no se den cuenta de la cochinada que tienen esos dos’
Alfonso miró a Cedric con fijeza y soltó:
—Su Alteza dice que va a presionar a los ministros para que cierren el caso lo más pronto posible. Parece que tiene muchísimas ganas de estar presente en el nombramiento de su ‘mejor amigo’.
Esa palabrita… ‘amigo’, ‘mejor amigo’… Desde ayer, la forma en que Alfonso elegía sus palabras le estaba reventando los oídos a Cedric. ‘Eric, pedazo de animal, ¿qué diablos te has puesto a parlotear?’. ‘Eric’ era el nombre falso que Marquis usaba cuando estaba de viaje de estudios para que nadie se enterara de que era el príncipe heredero de Belloica. Por eso, poquísima gente sabía quién era en verdad. Solo algunos nobles de alto rango que ya conocían su cara desde antes, como Cedric, o tal vez sus ‘compañeros de juego’. Claro que Marquis no era de los que iba gritando quién era a cualquiera solo por haber tenido un par de encerronas. El tipo podía ser un poco ligero, pero no era tan estúpido como para no saber qué cosas se dicen y qué cosas no. Además, en los clubes hay contratos de confidencialidad; ni siendo el príncipe podía andar ventilando lo que pasaba ahí dentro. Precisamente por eso lo mandó a Alfonso, pero era obvio que Marquis se había ido de boca con alguna estupidez.
Cedric se frotó el entrecejo con cansancio. Desde que Alfonso regresó de palacio, andaba con un aire raro; se dio cuenta desde el momento en que soltó eso de ‘el mismo plumaje’ durante la cena. Bernard pareció entenderlo simplemente como una referencia al refrán de ‘Dios los cría y ellos se juntan’ por la amistad con el príncipe, pero ese dicho no siempre se usa para bien. ‘Tal para cual’. Esa frase de que la gente se junta con los de su misma calaña se usaba ahora más de forma negativa que antes. ‘Dime con quién andas y te diré quién eres’, o para ser más crudos: la basura se junta con la basura. Sin embargo, Cedric decidió que no valía la pena preguntarle a Alfonso qué tonterías le había dicho el príncipe. Sea lo que sea, no era algo que quisiera discutir con su hermano menor. Como un hombre de Belloica hasta los huesos, Cedric no tenía el más mínimo interés en hablar de ‘esos temas’ con su propio hermano.
—No te hagas bolas. A la única que le importa que venga el príncipe es a mi mamá.
Un secuestro no se resuelve de la noche a la mañana, así que lo más probable era que Marquis ni asomara la nariz por la mansión. Cedric pensó que, en verdad, era lo mejor. ‘Si ese imbécil viene, solo va a armar más chongo del necesario’. Iba a cumplir con la ceremonia de nombramiento porque era una tradición de la familia, pero a él nunca le habían gustado los eventos ruidosos. Además, aunque el príncipe no viniera, un presupuesto de 1,500 sólidos era más que suficiente para calmarle el hambre de vanidad a Marissa. Era una plata que una empleada —de esas que trabajan de sol a sol por 10 sólidos al mes— no podría juntar ni viviendo doce años solo de aire; y ellos se la iban a tirar en unos cuantos días.
La gente juraba que Cedric nunca se había preocupado por la plata, pero la realidad era otra. Ya pasaron los tiempos en que el título de noble te aseguraba la vida. Por más noble que fueras, si no tenías un mango, estabas condenado a una vida miserable. Desde que murió el anterior conde, los ingresos de las tierras de los Calley no hacían más que bajar. Claro, el mundo estaba cambiando y no todo era culpa de Bernard. Pero Bernard, con su supuesta ‘visión moderna’, perdía plata en cada inversión que hacía, ni loco se metía a los negocios directamente porque le parecía algo ‘plebeyo’. Por eso, no fue casualidad que Cedric empezara su primer negocio fuera del país. Si lo hubiera hecho viviendo en esta mansión, Bernard le habría metido las manos de todas maneras. Cuando Cedric contó que había fundado su empresa, ‘Lovenhagen’, la reacción de Marissa fue peor que la de Bernard. Se puso a llorar preguntando por qué el primogénito de la familia tenía que hacer cosas de ‘gentiles’. Pero cuando Bernard y Marissa vieron las utilidades que entraban de la empresa de comercio, cerraron el pico. Digan lo que digan, Cedric necesitaba capital para mantener a flote la familia que iba a heredar.
Por eso, en el fondo, entendía un poco a Sheila y esa desesperación suya por la plata. Lo que no le cabía en la cabeza era la diferencia abismal de las cifras, ni cómo ella podía matarse y ‘vender’ su cuerpo por unas cuantas monedas.
—Esta es la lista de los hoteles que he reservado. Las habitaciones de invitados de la mansión tienen un límite.
dijo Alfonso, esta vez entregándole la lista con cuidado para no tocarlo.
A diferencia de antes, cuando Alfonso entraba al cuarto buscando cualquier excusa para fregar a Cedric o encontrarle una falla, ahora tenía una cara de querer decir lo que tenía que decir y largarse de una vez. A Cedric también le convenía. Sea lo que sea que le haya dicho Marquis o lo que Alfonso haya malinterpretado, gracias a eso su hermano ya no iba a estar subiendo al tercer piso a cada rato. Cedric no se inmutó al ver que su hermano lo miraba con asco. Sabía que esa mirada venía de esos valores nobles tan cuadriculados que tenía. Seguro eso es lo que la empleada admira de él… esa fachada de noble que Cedric no tiene… Cedric, que no sentía nada ante la mirada de su hermano, perdió la calma en un segundo al pensar en Sheila.
‘Mierda…’
maldijo para sus adentros. Lo único bueno era que hoy le tocaba clase particular a Judith.
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