La criada azotada de la casa Calley - 53
Sheila terminó sus labores de la mañana y entró a su cuarto para cambiarse el uniforme de mucama, que ya olía a sudor. En sus manos traía el uniforme nuevo, ese que solo se había puesto una vez hace poco.
«Se ve ordenado, me queda bien».
El primer cumplido que había recibido de un noble en toda su vida todavía le hacía cosquillas en los oídos.
En realidad, no habían pasado ni un par de días desde que escuchó esas palabras. Pero, en ese corto tiempo, le habían pasado tantas cosas a Sheila que sentía como si hubiera cruzado un río por el que nunca debió pasar. Y no solo uno, sino varios.
«Pase lo que pase, yo sigo siendo yo misma…».
Era una verdad absoluta, pero por alguna razón sentía que no era del todo cierto.
Le habían dicho que Alfonso llegaría por la tarde. Sería mentira decir que sacó el uniforme nuevo sin pensar en él.
Sheila se quitó la ropa de la mañana y se puso el uniforme nuevo. Aunque llevaba puesto el vestido que Alfonso había elogiado, no se sentía igual que aquella vez. Sheila presentía el porqué: sentía que su situación actual ya no era la misma de cuando se estrenó esa ropa.
Sacudió su falda con fuerza, como queriendo espantar ese sentimiento de desánimo que la invadía. Fue en ese momento cuando notó unas manchas blanquecinas en la tela negra.
Aunque fuera ropa nueva, no dejaba de ser un uniforme de trabajo. Al limpiar o atender a los señores, era lo más normal del mundo que se llenara de polvo. Y aun así…
—Ay, no… ¿Por qué está así?
Mientras levantaba la falda, empezaron a aparecer marcas redondas sobre la tela.
Sin darse cuenta, Sheila comenzó a secarse las lágrimas que goteaban una tras otra. Solo al ver sus propias lágrimas cayendo, se dio cuenta de lo dolida que se sentía por dentro.
—Ay, ¿qué me pasa?
No es para tanto, no es para ponerse a llorar así. A pesar de pensar eso, las lágrimas se hacían cada vez más grandes.
—¡Buaaa!
Finalmente, Sheila soltó un sollozo y rompió a llorar. De pronto, recordó el sueño que tuvo con su hermana mayor. En el sueño, cuando se ensuciaron los zapatos que su hermana le había comprado, se sintió exactamente igual que ahora.
Pero al menos en el sueño estaba ella.
Sheila lloraba a moco tendido llamando a su hermana. Tenía unas ganas inmensas de verla, tal como en ese sueño. Quería quejarse con ella, o incluso con su papá que ya había fallecido. Decirles que Sheila, la menor, la «conchito», estaba muy triste ahora mismo. Que alguien, por favor, la abrazara. Que alguien la consuele.
Lo más triste de todo, mientras seguía llorando, era saber que no podía quedarse así para siempre. Solo había pasado un momento para cambiarse de ropa antes de seguir con las tareas de la tarde.
Sheila se limpiaba las lágrimas una y otra vez, hasta que se le hincharon los ojos y se le pusieron rojos. No quería por nada del mundo que nadie se diera cuenta de que había estado llorando.
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El carruaje que había llevado a Alfonso al palacio se detuvo exactamente en el mismo sitio. Sheila también salió, siguiendo a Judith que había ido a recibir a su segundo hermano, y se quedó ahí parada como parte del «paisaje». En cuanto el cochero abrió la puerta, Alfonso apareció. Sheila, con el corazón hecho un nudo, le lanzó una mirada de reojo. En los pocos días que no se habían visto, el aire que rodeaba a Alfonso se sentía distinto. Si antes proyectaba esa imagen arrogante del segundo hijo de un conde que creció teniéndolo todo, ahora se le veía pensativo, como si estuviera sumergido en la melancolía…
«¿Estará de bajada por el cambio de estación?».
Todavía no entraban al otoño, pero ya faltaba poco. Cuando llegara el otoño, se celebraría la ceremonia de nombramiento del joven conde y las clases particulares de Judith terminarían. Desde los quince años, cuando falleció su padre, Sheila había estado tan ocupada trabajando en la bodega y como mucama que nunca tuvo tiempo de «sentir el otoño». Pero ahora, le daba la ligera impresión de que cuando todo esto terminara, finalmente entendería qué se siente estar así.
Alfonso saludó brevemente a su familia. Luego, buscó con la mirada entre el personal de servicio hasta que dio con Sheila. Como se había puesto a llorar como una loca por la tarde, ella agachó la cabeza rápido; no quería que él le viera la cara hinchada. Pero claro, en esos días es cuando más te terminas cruzando con la gente. Tuvo que volver a ver a Alfonso por culpa de una cena familiar que armaron de la nada para ese mismo día. Dicen que hay años en los que uno está «salado», y para Sheila, después de aquel año cuando cumplió los quince, murió su papá y su hermana se casó, este era definitivamente «ese» año.
Normalmente, los Calley no les prestaban la más mínima atención a las mucamas, ni siquiera cuando Judith las llamaba a cada rato. Es más, desde que Cedric regresó, Judith ya no las fastidiaba tanto.
«¡Pero por qué michi no dejo de cruzar miradas con los jóvenes amos!».
Hoy, con Bernard Calley presidiendo la mesa, a la derecha estaban Marissa y Judith, y a la izquierda los tres hermanos sentaditos en fila. Como Sheila estaba parada justo detrás de Judith, no le quedaba otra que estar frente a los tres hermanos. De los tres sentados ahí, uno la miraba fijo como queriendo fulminarla, otro la miraba con pena, y el último se reía solito mirándola a ella. Tener que cruzar miradas con los tres por turnos la dejó agotada.
«¿Tendré que comprarme un amuleto?».
Sheila se acordó de los «amuletos» que vendían en la Bodega Chandler. Eran esos protectores para espantar la mala suerte que nunca faltan, sobre todo en los negocios. Menos mal que Marissa empezó a hablar y todas las miradas de los hijos se dirigieron a su madre.
—Y bien, ¿qué te dijo Su Alteza el Príncipe Heredero? ¿Confirmó que vendrá al nombramiento de Cedric?
La voz de Marissa desbordaba emoción. Cedric, por alguna razón, tenía una sonrisa amarga como diciendo «ni de vainas», Allen se veía tan ilusionado como su madre, y Judith… Aunque solo se le veía la espalda, era obvio que no le importaba nada el asunto por la forma en que movía el tenedor. Claramente estaba más concentrada en los frejoles que vinieron de guarnición que en la carne del plato principal. Tras un breve silencio, Alfonso respondió:
—Su Alteza está muy ocupado últimamente, así que no pudo darme una respuesta definitiva de que vendrá.
—¿Ah, sí…?
Marissa no pudo ocultar su decepción ante la respuesta de Alfonso.
—No se preocupe, madre.
La voz de Alfonso consolando a Marissa era tan dulce como la del protagonista de una obra de teatro.
—La amistad entre el joven conde y Su Alteza es muy sólida. Se podría decir que ambos son «pájaros de la misma pluma».
「Pájaros de la misma pluma vuelan juntos」
Alfonso comparó la relación entre Cedric y el Príncipe con ese viejo refrán sobre la amistad. Ante ese comentario, Bernard dijo con voz engreída:
—Valió la pena gastar tanto dinero para mandarte a estudiar afuera. Mira que haber hecho una amistad tan cercana con el Príncipe Heredero.
Cedric simplemente asintió hacia su padre, el conde Bernard Calley, agradeciéndole el gesto después de que este le sacara en cara lo de los estudios. Si se ponían a sacar cuentas de cómo se habían reducido los fondos de la familia bajo el mando de Bernard comparado con la época del conde anterior, y de cómo las finanzas recién estaban mejorando gracias a los negocios de Cedric, no terminarían nunca. Por eso, Cedric solo le mostró el respeto mínimo indispensable como actual jefe de familia. Bernard nunca destacó tanto como su hijo o como su propio padre. Y Cedric sabía perfectamente que su padre sentía una envidia un poco baja por su cercanía con el Príncipe.
—Si fueran tan amigos, dejaría todo de lado para venir…….
murmuró Marissa, sentada frente a Cedric.
Para ella, que el Príncipe asistiera o no era, básicamente, lo más importante de todo.
Claro, que el Príncipe Heredero aparezca en persona sería cien veces más efectivo que andar presumiendo por ahí la amistad de la familia con él.
Alfonso estaba harto de que sus padres no captaran las indirectas y solo hablaran de lo suyo, pero decidió no decir ni una palabra más al respecto.
—Cuéntanos más del palacio, hermano.
—Eso es todo. No hay nada más que decir.
respondió Alfonso con fastidio. En su voz se filtraba, inevitablemente, un sentimiento de desagrado.
Y es que hablar de lo que pasó en el palacio significaba que, como si fuera una sarta de chorizos, empezaran a salir todos los recuerdos de las conversaciones tan pesadas que tuvo con el Príncipe Heredero, Marquis.
A pesar de que esa reacción no era propia del Alfonso hablador de siempre, Allen no se dio cuenta y siguió fastidiando a su hermano.
—¿No será que te quedaste embobado mirando a las bellezas de por allá?
Alfonso lo fulminó con la mirada sin decir nada.
—¿Qué? Si es el palacio, obvio que debe haber un montón de chicas lindas.
—Allen, te voy a dar un consejo: no bajes el nivel de todas las conversaciones a tu altura. Si vas a seguir así, mejor concéntrate en comer como Judith.
—¿Qué? ¿Acaso dije algo que no es? Me das consejos porque seguro te sientes culpable por algo, ¿no? Ay, pero tú no puedes ser así, hermano.
Al terminar de hablar, Allen puso esa sonrisa fresca pero con un toque de malicia, y miró de reojo a Sheila.
«¡A su, esa cara de…!»
Sheila, al cruzar mirada con él, lo insultó por lo bajo mentalmente.
Allen era guapo, de eso no había duda, pero tenía una cara de chiquillo a la que le faltaba madurez. Cada vez que ponía esa expresión de «sabidito», a ella le daban unas ganas locas de meterle un buen cocacho.
Por supuesto, ella sabía perfectamente por qué él ponía esa cara de miércoles.
«Debe ser por la conversación que tuvimos en el pasillo la otra vez».
Desde ese día, para Sheila también era inevitable estar más pendiente de Alfonso.
Más allá de las ganas de pegarle a Allen por su expresión, Sheila se sentía avergonzada y cortada al recibir esas miradas. Sin saber qué hacer, empezó a mover los ojos de un lado a otro hasta que, de pronto, su vista chocó con la de Cedric, que la estaba mirando fijo.
¿Qué pasa…? ¡¿Qué?!
Sheila le respondía internamente, desafiándolo.
Sentía que él la miraba como si fuera una tonta por estar tan inquieta, o como si la estuviera menospreciando. Esa mirada le dio tanta cólera que sus mejillas se pusieron rojas como un tomate.
De inmediato, Cedric la ignoró y desvió la vista.
Eso hizo que Sheila se molestara todavía más.
Pero, ¿qué podía hacer?
No solo era por la diferencia de clases, sino que ahora, con el contrato de por medio, Sheila se había convertido en la última de la escala, la «perdedora» de la relación.
Ella también desvió la mirada. Enojarse por cada cosa era perder el tiempo. Ya de por sí sentía que su esperanza de vida se había reducido como cinco años desde que se involucró con Cedric…
«A este paso, no voy a llegar a vieja».
Justo cuando apartaba la vista con resignación, se encontró con los ojos de Alfonso.
Sintió que esa mirada de pena de él, de alguna forma, intentaba consolarla por su situación.
«No, no puede ser».
Alfonso no tenía idea de lo que le había pasado a Sheila mientras él no estaba.
—She, Sheila… mi cho… no mire… ¡snif!, e-es… ¡ah! ¡Es una chocha lujuriosa…! ¡Ahhh!
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