La criada azotada de la casa Calley - 52
—Fuuu, mmm, hhh…
Los gemidos se escapaban entre sus dientes apretados con fuerza. A él, que le encantaba controlar todo ‘el motivo de los azotes, la cantidad, el tiempo’, también quería controlar los sonidos que salían de la boca de Sheila. Sin embargo, solía hacerse de la vista gorda con los jadeos bruscos que ella no podía evitar soltar.
—Hace un rato gritabas que se te iba a partir la concha, ¿y ahora te la tragas todita sin problemas?
Se refería a cuando Cedric penetró por primera vez hoy. Esta vez, él no había usado ninguno de sus juguetes raros; fue directo al grano desde el arranque.
—… Sí… ¡ah, ah-hng!
Sheila respondió sumisamente. Después de haber entrado a este cuarto más veces de las que puede contar con los dedos de una mano, sus reacciones ya eran naturales. El problema era que la perversión de este hombre no tenía límites.
—Repite conmigo.
—……?
—La concha de Sheila es una concha puta.
—……!
A Sheila se le abrieron los ojos de par en par. «¡Pero qué…!». Trató de cerrar los ojos y hacerse la que no escuchó para ver si zafaba. Pero Cedric le dio dos palmazos en uno de los pechos a su malcriada empleada.
—¡Ah! ¡Ay!
Un gemido fuerte estalló de la boca de Sheila, que hasta hace un segundo tenía los ojos cerrados. El aguijonazo de placer le golpeó el cerebro. Incluso en medio de la confusión entre la vergüenza y el deseo, ella pensó: «Ya se fueron dos de los azotes que faltaban».
Hoy, Judith se había equivocado en treinta y dos palabras. Así que, si aguantaba tres horas así… «Uff…».
Decirlo era fácil, pero tres horas no pasan volando. Ahora mismo Sheila apenas podía resistir. El «asunto» que tenía adentro era demasiado grande, y la sensación que le daba era tan intensa que la volvía loca; además, sentía el pecho que él no había tocado demasiado vacío, y para colmo, él seguía obligándola a decir cosas extrañas…
—Repite, Sheila: «Mi concha es una concha puta»
Incluso mientras le hacía decir esas cochinadas, él seguía embistiéndola con fuerza.
—¡Ah! No… no puedo… ¡Aaaaah!
Como dijo que no podía, Cedric le agarró el pezón y se lo retorció. Sintió un dolor punzante mezclado con un placer eléctrico. «¿Será que yo también me estoy volviendo una pervertida?». Por cierto, Cedric se la estaba agarrando solo con un pecho desde hace rato. «El otro también…». Sheila deseaba que él le hiciera algo en el otro lado, pero solo lo pensaba… solo en su mente…
—Vaya, tienes una cara de que te falta algo, ¿no?
Pero este hombre, además de todo, tenía la habilidad de leerle el pensamiento.
—Parece que me estás pidiendo que te dé en el otro lado también, ¿es así?
Ya que estaba en esas… Sheila dejó de lado la vergüenza y asintió. Las lágrimas, acumuladas por el exceso de placer, rodaron por sus sienes.
—Sabes bien que no se puede.
‘¡Pero qué…! ¡Entonces para qué me pregunta!’
Sheila estaba indignada, pero ya que había llegado hasta aquí, decidió rogarle por una vez.
—Por favor… ¡ah! El otro lado también… déme ahí… ¡mmm!
—Qué malcriada.
Cedric rechazó su ruego tajantemente. Pero, a cambio, le hizo una oferta que no podía rechazar:
—Dilo: «La concha de Sheila es una concha puta». Si lo repites, te bajo el tiempo a la mitad.
¿A la mitad…? Sheila volvió a abrir los ojos de golpe. Tres horas eran demasiadas para su resistencia física. Lo único que tenía era su cuerpo y su poca energía, y sentía que ahí mismo se le iba a acabar todo. ¡Pero si decía esa frase, el tiempo se reducía a la mitad!
Él era un hombre de principios —aunque esos «principios» solían cambiar según el acuerdo de ambos— y siempre cumplía su palabra.
—La… la concha de… She… Sheila… snif, es… ¡ah! Una concha… ¡p-puta! ¡Ah!
Como él no dejó de atacarla por abajo mientras ella hablaba, le costó la vida terminar la frase. Con tal de reducir el tiempo a la mitad, dudar era un lujo. Aguantar ese nivel de placer por tres horas era otra forma de tortura. Sin embargo, la humillación fue tanta que rompió a llorar. Al contrario, en la cara de Cedric se dibujó una sonrisa de satisfacción.
—¿Y qué debería hacer con esta Sheila que tiene una concha tan puta?
—Mi señor… ¡ah! Tiene que… mmm… castigarme.
Parece que la respuesta le gustó, porque la última embestida fue especialmente fuerte. Cedric dejó de moverse y bajó a Sheila de la mesa. A ella, que estaba hipando del llanto, le metió el miembro en la boca.
Se sentía como un objeto. Mientras él le agarraba la cabeza y le empujaba el pene hasta la garganta, ella recibió la descarga de semen espeso, como una sopa de crema, que salió de él.
—Mmph, mmm.
Aparte de lo que se le pasó por la garganta sin querer, el resto se le chorreó por la comisura de los labios. Cedric sacó su miembro húmedo de la boca de ella y le ordenó:
—Trágatelo. Todo, que no se caiga nada.
Sheila obedeció. No quería ni pensar en qué pasaría si no lo hacía. En esta sala de castigo, él era el rey. Mientras ella pasaba el líquido dando hipos, el rey de la habitación le susurró:
—Ponte en cuatro.
Sheila se levantó tambaleándose, se agarró de los bordes de la mesa y se agachó. Sus pechos se aplastaron contra la madera, desparramándose hacia los lados. Ese tremendo aparato entró de un solo golpe por su estrecha abertura.
—¡Ahhh!
Cada vez que él le agarraba la cadera y empujaba, el frágil cuerpo de Sheila se sacudía. Aunque había dicho esas palabras vergonzosas para reducir el tiempo, esa hora y media que faltaba se le hizo eterna.
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—Hablé con el marqués de Vivarini sobre tus negocios y la respuesta no fue nada mala.
Conde Bernard Calley, que casi nunca mandaba a llamar a Cedric, lo citó por fin en su despacho. Bernard acababa de regresar de las tierras del marqués Vivarini, gobernadas por Máximo.
Aunque puso mil excusas, era obvio que había ido para ir tanteando el terreno sobre el matrimonio de su hijo. Máximo Vivarini era, al igual que Bernard Calley, un hombre autoritario que se llenaba la boca hablando del honor de la nobleza. Pero, a pesar de dárselas de digno, tenía esa misma mentalidad interesada de Bernard que no podía ocultar su ambición por el dinero.
Eso sí, en gestión administrativa, el marqués le llevaba una clara ventaja a Bernard; hasta había mandado a construir carreteras modernas para el comercio y las comunicaciones. Por eso, la idea del negocio de Cedric, que generaba buenas divisas, le debió de parecer más que tentadora.
Aunque de arranque tendría que soltar una buena dote, los beneficios de formar una alianza mediante el matrimonio serían mucho mayores a la larga. Era lógico, pues, que el marqués Vivarini le hubiera puesto el ojo a Cedric como yerno.
En realidad, lo de casarlo con Eloise Vivarini, la tercera hija del marqués, no era algo nuevo. Se venía comentando desde antes de que Cedric se fuera a estudiar al extranjero. Justo antes de su viaje, como ya había pasado su ceremonia de mayoría de edad, se propuso que al menos dejaran el compromiso firmado.
Pero Cedric se negó rotundamente y el tema quedó en el aire. Como él mismo había postergado su nombramiento oficial como heredero para después de sus estudios, nadie pudo obligarlo a comprometerse.
Sin embargo, corría el chisme de que, en el fondo, Eloise Vivarini simplemente no era de su agrado. Pero bueno, los chismes, chismes son.
Oficialmente usó sus estudios como excusa, pero nadie —ni siquiera sus padres, Bernard y Marisa— sabía la verdadera razón por la que Cedric rechazó el compromiso en ese entonces.
Han pasado tres años desde aquello, pero la situación no ha cambiado: la casa del marqués Vivarini sigue siendo la opción más ventajosa para que la familia Calley prospere política y económicamente.
Parece que en el otro lado pensaban igual, porque Eloise, a sus veintidós años, seguía sin comprometerse con nadie. Sin quererlo, quedó como si hubiera estado esperando todo este tiempo a que Cedric terminara sus estudios. Como el tema del matrimonio ya se había conversado antes, ahora era el momento de tomar una decisión final.
Cedric no tenía intenciones de sacarle el cuerpo a sus obligaciones. Si no pensara casarse, ni se habría molestado en ser el heredero ni en estudiar fuera gastando tanto dinero. Y ya que iba a tener un matrimonio formal por compromiso, lo lógico era elegir a la candidata con mejores condiciones. Desde ese punto de vista, Eloise Vivarini era la indicada.
Y como la familia del marqués había tenido el detalle inusual de esperarlo tanto tiempo, ahora sí que…
Ante la presión del matrimonio que ya sentía en el cuello, Cedric arrugó el entrecejo sin darse cuenta.
—Ejem… bueno, seguro tú ya tienes tus planes. Yo creo que no hay mejor opción que los Vivarini, pero tampoco es que sea una ley que tengas que casarte con ellos sí o sí.
Bernard, al ver la cara de su hijo, se puso nervioso y empezó a hablar por hablar. Luego, con una voz cómplice, le preguntó:
—¿O es que por ahí le has echado el ojo a la hija de alguna otra familia?
Su tono tenía ese aire de «entre hombres nos entendemos», pero ese intento de acercamiento solo le causó asco a Cedric.
—No hay nada de eso.
respondió Cedric seco, cortándolo en el acto.
A pesar de la respuesta tajante, Bernard se quedó con cara de no estar muy convencido de que su hijo no tuviera algo por ahí escondido.
—Ya veo. En fin, lo que quería decir es que, como todavía no hay un compromiso formal, no tienes por qué sentirte amarrado a esa familia.
Cedric sintió la sinceridad en las palabras de Bernard, pero no porque fuera por su bien, sino porque su padre estaba listo para mandar a rodar a los Vivarini —pese a que lo esperaron tres años— si aparecía alguien con mejores ofertas.
De hecho, como Cedric todavía estaba «libre», varias figuras de familias importantes pensaban venir a la ceremonia de nombramiento para tratar de cazarlo como yerno.
—Eso sí, esta vez tenemos que definir tu matrimonio sí o sí. Por más que seas hombre, no es bien visto que sigas cumpliendo años sin estar ni siquiera comprometido.
Esta vez Bernard habló con firmeza. Al oír eso de «bien visto», Cedric soltó una risita burlona. Bernard se sobresaltó un poco y cambió de tema como hablando para sí mismo.
—Hoy regresa Alfonso, así que habrá que organizar una cena familiar. Quiero que nos cuente cómo le fue en su audiencia con el Príncipe Heredero.
Luego, dirigiéndose a Cedric, añadió:
—Ya les avisaré a todos sobre la cena. Ya puedes retirarte.
Cedric miró con frialdad a su padre, que solo trataba de dárselas de importante frente a él, y se levantó para irse.
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