La criada azotada de la casa Calley - 51
Cuando los jadeos de Sheila se hicieron más intensos, Cedric dejó de lado sus planes y se puso de pie.
Sheila, extrañada por la repentina pérdida de placer, quitó las manos de sus nalgas, se apoyó en el suelo y levantó el torso.
Cedric la agarró de la cintura mientras ella estaba en cuatro como un gato y la subió a la mesa.
Al levantar con fuerza la barra que sujetaba sus pies, el rostro de Sheila, con los ojos llorosos, quedó a la vista entre sus blancas piernas.
—Parece que te has quedado con las ganas, ¿no?
Sheila, que se apoyaba en sus codos mientras miraba a Cedric, intentó negar con la cabeza otra vez. Pero, de pronto, Cedric se la metió de un solo golpe, haciendo que su cabeza se echara hacia atrás sin poder evitarlo.
Cedric, sujetando el centro de la barra con la mano, hundió su miembro una y otra vez en el mismo orificio por donde antes entraba y salía el juguete.
Cada vez que su entrepierna chocaba contra la entrada de ella, que ya chorreaba desde hace rato, el sonido de la carne golpeándose —chanc, chanc— retumbaba en el lugar.
Como Sheila no podía cerrar la boca pero se esforzaba desesperadamente por no gritar, el sonido húmedo y obsceno se escuchaba de forma aún más cruda.
El interior de Sheila, que no había podido llegar al clímax solo con el juguete, estaba alcanzando el punto máximo rápidamente.
Como si premiara a una niña que se porta bien, Cedric empezó a masajearle el clítoris, que había quedado totalmente expuesto, con sus dedos.
Finalmente, cuando las paredes internas de Sheila empezaron a convulsionar, Cedric también llegó a su límite.
Cuando terminó el orgasmo de Sheila, quien jadeaba tras haber llegado al clímax, Cedric sacó su miembro y empezó a masturbarse.
Con una mano todavía pegada a la zona íntima de Sheila, seguía estimulándole el clítoris.
Mientras ella se retorcía por el fuerte placer, él descargó su líquido turbio sobre ella.
Ese líquido espeso y denso, reflejo de su pasión, se quedó pegado por distintas partes del cuerpo de Sheila.
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Para Sheila, que ahora era la ‘criada de azotes’, la rutina de ir y venir de la sala de castigo continuó. En ese tiempo, ella pudo darse cuenta de un par de cosas más: una era que él era mucho, pero mucho más pervertido de lo que imaginaba; y la otra era que las paredes de la sala de castigo tenían aislamiento acústico.
—¿Ves el grosor?
le dijo Cedric a Sheila mientras salían de la habitación.
Para empezar, Sheila ni siquiera conocía el concepto de ‘acústica’. Obviamente sabía que mientras más delgada es la pared, más se escucha lo del cuarto de al lado, pero no tenía idea de que se podían levantar paredes gruesas o poner tapices especiales solo para bloquear el ruido. Aprovechando su ignorancia, Cedric se tomó la molestia de explicarle el concepto y hasta cómo fue el proceso de construcción de ese cuarto.
—Cuando lo construyeron, ordené que pusieran una capa extra en la pared. Para que ni un solo sonido se filtrara afuera. Luego, lo tapizamos con una tela traída exclusivamente de Rotas.
El tapiz, que se sentía parecido a las cortinas de invierno, se veía gruesito a simple vista. Al mirar ese tapiz importado y carísimo, Sheila no pudo evitar que se le abrieran los ojos como platos.
—¡Y usted me decía que no haga bulla…!
—Claro. Te dije que no hicieras ruido, ¿pero acaso dije algo más?
Ahora que lo pensaba, era cierto. Lo de ‘alguien puede pasar y escucharnos’ había sido pura suposición de ella.
—Por supuesto, como ‘el de arriba’, siento una responsabilidad hacia ti. Después de todo, si te estás esforzando como mi criada de azotes, es en parte por mi culpa.
Él se burló con toda la conchudez del mundo de Sheila, quien recién se daba cuenta de lo tonta que había sido.
—Pero no puedes echarle la culpa al jefe por las confusiones que tú misma te armaste en la cabeza.
Sheila, que se había quedado medio estupefacta, lo fulminó con la mirada. Era obvio que Cedric sabía todo el tiempo en qué estaba pensando ella mientras hacían sus cosas. Al recordar todo el tiempo que pasó aguantándose los gritos a las quinientas, Sheila sintió una impotencia y una rabia tremendas. Pero no podía decirle ni pío.
—Ya te lo dije. Aquí yo soy tu dueño. Solo te estaba enseñando a obedecer a tu señor.
Era tal como decía Cedric. Había sido su propia elección entrar ahí y aceptar hacer lo que fuera con tal de no recibir los azotes. En la sala de castigo, él decidió que sería el amo, y Sheila quedó en una posición donde tenía que obedecer cualquier orden. Claro, todo eso partía de la premisa de que lo que hicieran fuera ‘menos pesado’ que recibir latigazos. Si no, ella preferiría que le peguen antes que perder el tiempo ahí. Y Cedric, de lo más vivo, sabía usar ese límite a su favor.
Lo que realmente ponía en aprietos a Sheila era que el cumplimiento del contrato no se limitaba solo a la sala de castigo. Después de terminar ahí y regresar a su cuarto, Sheila terminó una vez más echada frente a Cedric.
—¡Ay, ay! ¡Me duele!
Sheila gritó sin poder contenerse. Sin darse cuenta de que esos sonidos sonarían muy sospechosos para cualquiera que la oyera, se dejó llevar por las manos de Cedric.
—¡Ah, ahí no…! ¡Uff!
Sheila pensó que, como ya no recibía azotes reales, él ya no tendría por qué venir a curarla. Pero se equivocó. En lugar de ponerle ungüento, ahora Cedric le untaba aceite por todo el cuerpo y le daba masajes. Ni que fuera masajista… pensar que el mismísimo joven conde le estaba dando un masaje… Algo que nadie podría ni imaginar estaba pasando todas las noches en ese pequeño altillo del tercer piso.
Al principio, claro que ella se resistió. ‘Joven conde, yo no he recibido azotes, así que no tiene por qué seguir haciendo esto…’. ‘Claro que sí. Tú te habrás olvidado, pero en el artículo cuarto, inciso dos del contrato…’.
Él le cortaba la palabra siempre sacando a relucir las benditas cláusulas. Ese dichoso artículo 4, inciso 2. Decía algo como: ‘El empleador tiene la obligación de velar por la salud del empleado para que este se encuentre en óptimas condiciones para recibir el castigo’.
‘Tú quieras o no, yo voy a cumplir con mi deber’. Cedric le decía eso a una Sheila que no podía ni replicar y solo se quedaba con la boca abierta. ‘Así que sácate la ropa y échate. No tengo tiempo, muévete’.
A Sheila no le quedó de otra que echarse frente a él. Lo bueno, al menos, era que no estaba calata del todo. Él le permitía quedarse en ropa interior.
Ya que se andaban mezclando en las poses más raras del mundo, eso de ponerse terca con no quitarse la ropa no tenía ni pies ni cabeza. Era como encapricharse en querer echarse crema con la ropa puesta.
Los masajes que él le daba dolían, pero a la vez la dejaban como nueva. Era igualito a su ‘relación’ con él: dolía, pero por otro lado le daba placer…
Después de comprobar en carne propia lo bien que le hacían los masajes, Sheila no dijo ni muna. La diferencia entre el día que él la masajeaba y el que no, era abismal.
‘¡O sea, por si fuera poco, hasta para dar masajes es bueno!’.
Parece que, como Cedric es un tipo tan chancho para todo, lo que sea que hiciera le salía mil veces mejor que al resto. Claro que, si no hicieran esas cosas en poses tan extrañas, ni necesitaría masajes, pero tampoco podía pedir milagros.
A estas alturas, quizá era la propia Sheila la que ya esperaba con ansias que él la tocara… renegando de que hasta en eso fuera un capo. Incluso, entre tanto dolorcito rico, a veces le entraba un sueñito bien pesado.
¡Criiic!
—¡Uy!
Menos mal que el sonido del piso de madera, que siempre crujía un poquito, despertó a Sheila justo cuando se la estaba llevando el morfeo. Desde que ese hombre tan alto empezó a entrar y salir, el piso, que ya de por sí estaba medio suelto, se puso a quejarse cada vez más fuerte. Ahora bastaba con que él se moviera un poco en la silla para que la madera rechinara.
A Sheila ese ruido le ponía los pelos de punta. Aunque capaz a él ni le importaba…
‘Así me cueste, voy a tener que comprar una alfombra’.
Aunque fuera de segunda mano, Sheila se juró que la próxima vez que saliera, se traía una alfombra sí o sí.
‘Ay, no me puedo quedar dormida…’.
El sueñito le volvía a ganar, pero ese poquito de desconfianza que le quedaba la hacía reaccionar. No es que fuera a pasar nada malo si se dormía delante de él; él no era ningún aparecido y mucho menos alguien que se fuera a rebajar a hurgar en las cosas de una empleada. Pero igual, Sheila tenía un par de cosas que cuidar: sus libros de cuentas donde anotaba todo y, bueno, otras cositas más.
—Se quedó dormida.
Cedric soltó eso como hablando para sus adentros. Ella era igualita a un puercoespín bebé: paraba con todas las espinas tiesas, pero apenas le hacían un poco de cariño, se quedaba dormidita como una santa. De esas que las cargan y ni cuenta se dan.
Cedric le acomodó una mantita delgada hasta los hombros. Luego, sentado en la silla, se giró para ver qué había en la mesa de trabajo de ella. Todavía había un montón de chamba regada por ahí.
Lo del tejido, bueno, era cosa de mover los dedos, así que pasaba; pero al ver la canasta llena de uniformes de empleada para lavar, se le arrugó el entrecejo.
‘La otra vez, después de los azotes, se puso a hacer eso y terminó con una fiebre de caballo’.
Según lo que Rufus había averiguado, el único día de descanso que tenía Sheila se la pasaba lavando la ropa que juntaba, y el día que llamaron al doctor, ella se había pasado la mañana lavando y colgando como quince uniformes. Con esos bracitos y piernitas que no tienen nada de fuerza.
‘Y todo por un sencillo. ¿Tanto le gusta sacrificarse por las puras?’.
Al ver que les cobraba a sus compañeras de forma bien viva, y encima por adelantado, se notaba que no era ninguna tonta. Además, hasta le estaba sacando plata al dueño de la granja Viehaber. ¿Se sentiría él menos mal si ella fuera más interesada o calculadora?
Aunque Cedric ya le estaba soltando una buena cantidad de plata, la chica no tenía la más mínima intención de dejar sus ‘cachuelos’ por su cuenta. Bueno, es que pasar de ganar 10 sólidos a 30 no es que te haga millonario de la noche a mañana, y tampoco es que se necesite una razón del otro mundo para querer ganar más. Ya sea para construirse una casita, comprar más tierras para sembrar o para cuando uno esté viejo y enfermo… razones sobran. Y la más común entre las mujeres era juntar para su dote y poder casarse.
‘Casarse…’.
El pensamiento de Cedric se plantó ahí mismo. No solo para ella; para él, que iba a ser el próximo conde, el matrimonio era un paso obligatorio que no se podía saltar.
‘Por eso, antes de eso, no me queda otra que disfrutarla todo lo que pueda…’.
Por alguna razón, mientras más la poseía, más sed le daba. Era algo que nunca antes le había pasado. Le daban ganas de encerrarla bajo siete llaves las veinticuatro horas, sin importar contratos ni nada.
Pero Cedric todavía confiaba plenamente en su autocontrol. Aun así, no le era fácil salir de ese altillo, a pesar de que ya había cumplido con su deber de ‘responsabilizarse y cuidarla’.
‘Ni que fuera el mejor lugar del mundo…’.
Entre la burla a sí mismo y la duda, Cedric se quedó un buen rato mirando a la chica dormida. Mientras tanto, ya iba pensando cuántos errores haría que cometa Judith la próxima vez para ver en qué se pasaría el tiempo con Sheila.
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