La criada azotada de la casa Calley - 50
Ante la insistencia de Cedric, Rufus continuó con su informe sin perder un segundo.
—Dicen que ya ha pasado buen tiempo desde que él se levanta temprano para recibir los productos lácteos en lugar de las mucamas de la cocina. —Me imagino que también le pagan por hacer eso. —Es lo más probable.
Definitivamente, este asunto era algo ambiguo. Que le encargue a otra el lavado de sus uniformes de mucama podría pasar como un tema personal, pero levantarse temprano para recibir la leche y los quesos era una función específica del personal de cocina.
Si se estaba recortando una de esas tareas asignadas para dársela a otra trabajadora a cambio de dinero, el asunto ya era un problema. Para que una mansión de este nivel funcione como debe, las funciones y las responsabilidades de cada uno tienen que estar bien claritas. De lo contrario, todo parece marchar bien hasta que surge un imprevisto o un accidente; ahí es cuando saltan los huecos.
Exagerando un poco, era algo que afectaba la disciplina y la estructura misma de la casa. Sin embargo, ya fuera por el lavado de ropa o las tareas de cocina, no se podía ser tan cuadriculado con el trabajo de la gente. Era de lo más común que las mucamas se pusieran de acuerdo y se hicieran favores cuando alguna no podía con todo.
En realidad, si uno se ponía a medir la gravedad, era un tema menor; si el joven conde se metía personalmente, a ojos de los sirvientes podría verse como una medida exagerada…
Mientras lo pensaba, la palabra ‘productos lácteos’ le hizo recordar a Cedric aquel sabor a leche aguada de cuando estaba en el extranjero. Bueno, para ser exactos, el mismo sabor que tenía la leche que tomaba en casa antes de irse a estudiar fuera.
—Ya que empezaste a investigar, vigila un poco más.
—Sí, joven amo.
Rufus puso cara de orgullo al ver el interés de Cedric. El joven le dio un par de instrucciones más. Como Rufus tenía la investigación casi como un pasatiempo, respondió todo emocionado que lo dejara en sus manos.
Y al final, Rufus logró ser testigo del momento exacto en que Sam le entregaba dinero a Sheila. Fue el resultado de varios días de estar al acecho de madrugada, observando cómo ambos intercambiaban los productos, tal como Cedric le había ordenado.
—¿Dijiste que se llama Sam, el de la granja Viehaber? El día que venga a cobrar, hazlo pasar a mi despacho. Yo mismo le voy a pagar lo de la leche.
Tal como se lo ordenó a Rufus, un par de semanas después, llamaron a Sam a la habitación de Cedric.
—¿Me llamó, joven conde?
—Sí, yo te llamé.
Sam, que fue llevado ante Cedric sin saber ni por qué, temblaba como una gelatina. En medio de su nerviosismo, no se equivocó y usó el título de ‘joven conde’, que Cedric ostentaba desde hacía poco, en lugar de decirle simplemente ‘joven amo’. Probablemente se lo sopló Rufus, que tenía alma de secretario, mientras lo traía a rastras.
Cedric se levantó con elegancia y se le acercó; Sam pasó saliva con dificultad.
—¿Te imaginas para qué te he llamado?
—Bueno… la verdad que no tengo idea…
Sam, aunque estaba que se moría de miedo, intentó hacerse el loco y negar todo.
—Vaya, vaya… y a mí que me gusta tanto la gente sincera, Sam de Viehaber.
Cuando Cedric lo engatusó con ese tono suave, Sam levantó la vista para mirarlo. Pero al encontrarse con ese rostro frío que no cuadraba con su forma de hablar, se puso pálido, con una cara de querer llorar como si se fuera a orinar encima.
—¡Si he hecho algo malo, yo…!
—Si has hecho algo malo.
lo cortó Cedric. Luego, lo miró de arriba abajo con una expresión gélida
—Será mejor que sueltes todo de una vez, Sam.
Cedric le dio un toquecito en el hombro mencionando su nombre con énfasis, y Sam cerró los ojos con fuerza. Parecía que por fin se había decidido a cantar la firme.
—¡Me equivoqué! ¡Perdóneme, joven conde!
dijo Sam agachando la cabeza profundamente.
—Lo de aumentarle agua a la leche era algo que se hacía por costumbre… ¡No lo volveré a hacer, se lo juro!
Ante la confesión de Sam, Cedric puso una cara de total indiferencia y soltó:
—No, sigue haciéndolo así.
Sam levantó la cabeza para verle la cara al joven conde y se quedó lívido.
—¡He cometido un pecado mortal! ¡De verdad! ¡Nunca más volveré a hacerlo, joven conde!
Sam suplicaba perdón con toda su alma. Al ver al hombre de mediana edad sudando frío a chorros y rogando de esa manera, Cedric frunció el ceño. Que se atreviera a meterle agua a la leche que tomaba la familia del conde estaba mal, claro, pero para Cedric el sabor de la leche no era el problema ahora.
—Parece que no me entiendes.
Sam, al escuchar el tono de harto de Cedric, terminó rompiendo en llanto y se tiró de rodillas.
—Por favor…
Cuando Sam empezó a rogar con las manos juntas, Rufus se acercó a Cedric con cara de apuro y le susurró:
—Si se lo dice así, nadie más que yo lo va a entender.
—Entonces lo diré de nuevo.
Cedric, tomando en cuenta el nivel de su interlocutor, empezó a explicar con más detalle.
—Sigue haciendo todo tal cual hasta que yo te dé otra orden. Y síguele dando la coima a la mucama, igualito que siempre.
Al escuchar la palabra ‘coima’, Sam se llevó tal susto que terminó sentado en el suelo de un porrazo. Él pensaba que lo habían ampayado solo por aguar la leche, nunca se imaginó que también sabían que le estaba pagando bajo la mesa a Sheila.
Cedric siguió hablando sin darle importancia.
—No me reclames nada y haz lo que te digo; si cumples, te daré una recompensa que valga la pena.
¿Recompensa…?
Cuando Cedric terminó de hablar, Sam se quedó con la mirada perdida, totalmente aturdido. Con un gesto de fastidio, Cedric le ordenó a Rufus que se lo llevara. Él no era tan amable como para quedarse explicando hasta que el granjero entendiera sus intenciones; eso ya era chamba de Rufus.
Cedric, al quedarse solo, no tenía mala cara. Acababa de conseguir una carta bajo la manga que podría usar en cualquier momento.
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Al ver la vara larga que Cedric traía consigo, Sheila, que estaba de rodillas en el suelo, no pudo aguantar la curiosidad y preguntó:
—E-esa vara, ¿para qué es…?
—¿Quién te dio permiso de hablar?
Ante la corrección de Cedric, Sheila cerró la boca al toque. Hoy también él le había ordenado que no soltara ni un sonido. Estaba dispuesto a repetir este entrenamiento las veces que hiciera falta hasta que ella se quitara esa costumbre de hacer lo que le daba la gana. Eso sí, solo dentro de esta sala de castigos.
—Échate.
Cedric empujó el torso de Sheila hacia el piso y ella, muerta de miedo, se puso de pecho en tierra. Hoy también estaba completamente desnuda. Al estar arrodillada y agachada, el contraste entre su cintura fina y sus nalgas era más que evidente.
Incluso mientras dejaba la vara en el suelo, Cedric no podía quitarle los ojos de encima. Siguiendo con la mirada las curvas suaves de su cuerpo, agarró los tobillos de Sheila y empezó a amarrarlos a los extremos de la vara. La espalda de la mucama se estremeció al sentir que la inmovilizaban.
‘Qué miedosa…’
Al verla temblando así, Cedric recordó lo que pasó con Sam y sintió algo extraño. Le costaba creer que alguien tan cobarde estuviera metida en esos chanchullos. Una cosa era cobrar por hacer el trabajo de otra y otra muy distinta era extorsionar a alguien usando sus puntos débiles.
Lo que más le chocaba era que ni siquiera se trataba de una fortuna. Eran montos tan miserables por hacerse de la vista gorda que a Cedric casi le daba risa. Por eso, lo que más quería saber era por qué Sheila, que cobraba montos ‘conscientes’ tanto en sus trabajos extras con las otras mucamas como en sus tratos turbios, estaba tan obsesionada con la plata. Si fuera una interesada cualquiera, lo lógico sería que cobrara caprichos…
Cedric recordó los accesorios de Judith que vio sobre la mesa de trabajo de Sheila la primera vez que fue a su cuarto en el ático. Recoger y vender lo que los patrones botan es algo común entre las mucamas, por eso no dijo nada, pero se notaba a leguas que ella intentaba ocultarlo desesperadamente por miedo a que la tachen de ladrona.
Al final, hasta lo que pasaba en esta habitación debía ser para Sheila un ‘trabajo’ más para ganar algo de plata. Tal cual como le había informado Rufus. Aunque era exactamente lo que él había planeado, pensarlo así le dejó un sabor amargo.
Cedric terminó de asegurar la otra pierna al extremo opuesto de la vara. Con los tobillos fijados a esa distancia, sus piernas quedaron abiertas a la fuerza, dejando a la vista ese valle rojizo.
—Hee…
—Todavía no te he hecho nada, Sheila.
Cedric intentó calmarla con suavidad al escuchar su respiración agitada por el miedo. ‘Aunque ya voy a empezar’, pensó.
Esta vez, Cedric sostenía una vara larga que tenía un dildo en la punta. Jaló una silla y se sentó a cierta distancia detrás de ella, apuntando el juguete directamente hacia ese valle íntimo que estaba expuesto de par en par. En cuanto el dildo empezó a entrar, a Sheila se le escapó un pequeño quejido: ‘Hiiic’. Cedric se hizo el loco y no dijo nada.
Como estaba boca abajo, puede que Sheila todavía no distinguiera si lo que estaba entrando era un dildo o el miembro de Cedric. Efectivamente, tras un par de estocadas con la vara larga, ella sintió una sensación extraña y giró la cabeza con cuidado para mirar hacia atrás. Al ver a Cedric sentado lejos, dándole con la vara, sus ojos se llenaron de espanto.
—Hee…
Pero Sheila se resignó rápido. Tras aceptar la realidad, soltó un quejido y volvió a pegarse al suelo.
—Parece que te gusta. Como eres una perrita caliente, chorreas igual aunque te den con cualquier cosa.
Sheila negó con la cabeza ante el comentario de Cedric, pero no tenía cómo ocultar los espasmos de su espalda cada vez que él la embestía entre las piernas.
—¿Que no? Si te lo estás tragando todito. A este paso te vas a tragar hasta el palo.
Cedric empezó a mover la mano con rapidez. Había sentimientos mezclados en ese ritmo… esa extraña decepción que sintió hace un momento. Para esta mujer, esto era solo una forma de ganar plata por unos meses. Para él, también era un placer con fecha de vencimiento.
Por eso, este tiempo era más desesperado para él; por eso se entregaba más al acto. En este preciso instante, quería teñirla tanto de placer que ella no pudiera pensar en nada más.
—¿Y tus manos para qué están? Ábrete más, que quiero ver mejor.
Sheila entendió el pedido y llevó sus manos hacia sus nalgas, separándolas para que todo quedara a la vista. Cedric buscó su punto de mayor sensibilidad y hundió el dildo ahí. Su plan hoy era hacer que se viniera solo con eso.
‘Mierda, el que está sufriendo la tortura soy yo’, pensó él.
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