La criada azotada de la casa Calley - 49
—¡Pffft!
Sheila escupió toda la leche que estaba tomando. Gotas blancas salpicaron sobre la mesa, llegando incluso hasta los platos con galletas y frutas.
—¡Ay, no! ¡Perdón…! ¡Haber escupido la leche justo frente al patrón!
Sheila, toda nerviosa, no sabía qué hacer. Miraba para todos lados buscando un trapo para limpiar, cuando Cedric habló:
—Hace un rato desperdiciaste lo que te di, y ahora esto. Qué boca tan descuidada tienes.
—¿Eh…? ¿Qué… qué cosa acaba de decir? Entre una cosa y otra, a Sheila se le pusieron las orejas rojas de la vergüenza.
—Bueno, no importa. Igual todo te lo ibas a comer tú.
—…!
Cedric le alcanzó su pañuelo. Tal como siempre, sus movimientos eran elegantes, aunque lo que decía fuera una locura. Sheila trató de calmarse un poco; pensó que casi era mejor que él estuviera diciendo sandeces, porque así parecía que el tema del sabor de la leche había pasado desapercibido… o eso creía.
—Por cierto, sobre esta leche. Pero no.
Cedric, como si nada, volvió al tema de hace un momento. A Sheila se le volvió a bajar la presión.
—¿A ti qué tal te parece? Siento que está un poco aguada.
—Es-este… bueno, yo no sé mucho de eso… Recibiendo el pañuelo, Sheila trató de hacerse la loca. Al final, ella no era una de las empleadas de cocina, así que no tenía por qué ser una experta en el sabor de la leche.
—¿Ah, sí? Pues a mi paladar no le gusta para nada. Aprovechando esto, voy a llamar al dueño del establo para…
Fue en ese instante. —¡Mmm! —Sheila soltó un ruido extraño, cortando en seco a Cedric.
—¡Ahora que la pruebo bien, está rica! Bebió la leche de un porrazo y puso el vaso sobre la mesa. De lo rápido que tomó, se le había quedado un bigote blanco en el labio superior.
A Cedric casi se le escapa una carcajada.
—¿Ah, sí? Hum…
Mirando a Sheila, que se hacía la desentendida asegurando que la leche estaba buena, Cedric ladeó la cabeza y levantó su propio vaso. Lo hizo más que nada para ocultar que se le estaba escapando una sonrisa. Pero justo cuando, con su típica calma, se llevaba el vaso a la boca…
—¡Ay!
Sheila estiró la mano de golpe soltando un grito desesperado. Cedric se detuvo en seco y Sheila se quedó congelada, asustada de su propia reacción. Al encontrarse con la mirada de él, que le preguntaba en silencio qué diablos le pasaba, ella añadió rápido:
—¡Ah…! Es que… tengo hambre. Si usted no se la va a tomar, ¿no me la podría dar a mí?
Cedric, viendo que era obvio que él se la iba a tomar, soltó una risita y vació todo el contenido de su vaso en el de ella. Sheila se puso a tomar la leche como si se la fueran a quitar, apurada por terminarla. Y para no levantar sospechas, no se olvidó de seguir comiendo las galletas y las frutas. Mientras se atragantaba con la comida, su cabeza era un lío: «¿Le digo al tío Sam que ya no le eche agua? ¿O que le eche solo un poquito?». No llegaba a ninguna conclusión.
Si hacía que dejara de echarle agua, el sabor se volvería más fuerte, y si cambiaba de golpe, se darían cuenta de que le habían estado metiendo cabeza todo este tiempo. Pero si lo reducía poco a poco para que no sospechen, Sheila dejaría de recibir su tajada de parte de Sam. Aunque ganaba bien siendo la «sustituta de azotes», su obsesión por tener un ingreso extra no hacía más que crecer, y lo que le daba Sam no era la excepción. Es que Sheila todavía no sentía que el sueldo que recibía por los azotes fuera realmente suyo. Seguro se sentiría así hasta que pasaran los tres meses del contrato inicial. Si no aguantaba ese tiempo, tendría que pagar una penalidad mucho más alta de lo que había ganado.
«Maldita sea… si tan solo pudiera engañar el paladar del joven conde… ¿Por qué los proveedores de Lottas tienen que ser tan honestos, caray?». Por cómo decía que la leche estaba aguada apenas volvió de su viaje, era obvio que allá en Lottas no le echaban ni una gota de agua. Pero bueno, eso no era lo más importante. Este asunto no era solo por la plata. Sheila recordó el solido que Sam le daba cada mes.
«Te daré un solido al mes. ¿Qué dices?». Cuando Sam fue descubierto por Sheila mezclando agua en la leche, él mismo soltó la cifra. «¡Hecho!», gritó ella. Tratando de que no se notara que era una novata negociando, levantó la cabeza con orgullo, aunque por dentro estaba saltando en un pie. Era el doble de lo que ella había imaginado pedir. Además, como él lo propuso primero, no sentía tanto cargo de conciencia.
Después, Sam a veces le soltaba unas propinas extra. Recién ahí Sheila se dio cuenta de que lo que recibía por hacerse de la vista gorda era en realidad bien poco. Pero no pensaba sacarle más plata. «Igual el tío Sam no está haciendo las cosas bien» o «Si no fuera yo, alguien más lo iba a pescar», pensaba para justificar su parte en el asunto; pero la verdad es que cada vez que escribía «leche» en el registro, sentía un hincón en el pecho.
Sea como sea, si Cedric se enteraba de lo del agua y de que ella recibía plata para callarse, ni Sam ni ella la iban a contar. Si los pescaban, Sam perdería a su mejor cliente y quebraría, porque no podría pagar las máquinas que sacó a crédito hace unos meses. Y ella… Si la botaban marcada como una empleada deshonesta, nunca más conseguiría chamba en otra casa. Y ahí su hermano no se iba a quedar tranquilo; sería difícil encontrar algo que pagara mejor que ser empleada. Al final, terminaría como su hermana: vendida, pero camuflado como un matrimonio. Lo que Sheila tendría que pasar por haber recibido un solido al mes era terrible. Por un mísero solido, que para los nobles no era nada…
—Un solido.
—¡Hup!
Sheila se atoró con su propia saliva por la sorpresa.
—¿Con un solido está bien?
preguntó Cedric de nuevo. Ella apenas pudo pasar la leche que tenía en la boca para responder:
—¡Cof, cof! ¿Cómo dice?
—Lo de la limpieza de hace un rato. Te pregunto si con un solido te basta.
‘¡Ay, caracho…! Qué susto me dio!
—No hice eso para que me pagara. Con el corazón todavía acelerado por haber estado pensando en sus negocios turbios con Sam, Sheila rechazó el pago. Aunque después de limpiar se había quedado con los brazos y piernas temblando, no pensaba cobrar por algo que, según ella, era su deber como empleada.
—Si no vas a cobrar, entonces no hagas cosas que no te he pedido.
Sheila asintió lentamente y respondió:
—Sí… joven conde.
Pero de pronto, le volvió la duda que tuvo mientras limpiaba.
—Entonces… ¿quién va a limpiar ese cuarto…?
Cedric frunció el ceño.
—Te preocupas por puras tonterías. No te lo voy a pedir a ti, así que no te estreses.
—…….
‘¡Pero si me estreso porque no me lo pide a mí!’
Sheila no se atrevió a decir lo que pensaba.
‘Ya, mejor me preocupo por la leche. Él verá cómo limpia eso; dudo mucho que lo haga él mismo’
Seguir dándole vueltas solo le iba a dar dolor de cabeza.
—¿Ya me puedo retirar?
Cedric miró el vaso de leche vacío y el plato de bocaditos limpio. Se encogió de hombros.
—Si ya terminaste todo, te puedes ir.
Por fin, la cara de Sheila se iluminó.
—Gracias por el lonche, joven conde.
Cedric se quedó mirando a la empleada que estaba loca por irse de su lado. Se veía tan aliviada… Pero, como siempre, la expresión de ella cambió en un segundo. Con cara de resignación, como quien toma una decisión difícil, dijo:
—Sobre todo la leche… Estaba bien espesa y rica.
Dicho esto, hizo una venia y se fue casi trotando. Cedric se quedó solo en el cuarto. En medio del silencio, un segundo después, se escuchó una risa corta: «Jajá».
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Fue gracias a un reporte de Rufus que Cedric se enteró de que Sheila andaba en malos pasos con el establo que proveía los lácteos.
—Ya se sabía que era bien tacaña, pero según las investigaciones, desde hace unos tres años acepta cualquier chamba con tal de ganar algo de plata.
—¿Cualquier chamba?
preguntó Cedric para confirmar.
Para ser exactos, Cedric no es que hubiera ordenado investigar a Sheila así porque sí. Todo empezó cuando él preguntó si era posible que una mujer de veinte años se viera más pequeña que cuando tenía quince; Rufus, por su cuenta, decidió investigar y traerle el reporte.
Sea como sea, si ya le traían la información, no había razón para no escucharla. Además, después de oír el reporte, le entró la curiosidad. Eso de «cualquier chamba» era un término muy amplio. Cedric quería saber hasta qué punto era capaz de llegar Sheila por el dinero.
—Sí. En sus días libres, que es una vez a la semana, se dedica a lavar y colgar la ropa de las otras empleadas; también va al mercado a vender manteles y posavasos que ella misma hace. Hay varios testigos. Parece que se queda tejiendo hasta altas horas de la noche, después de terminar su jornada, para tener qué vender en el mercado. Por eso, al final, terminó pidiendo un cuarto aparte.
«Así que fue por eso». En realidad, el que Sheila tuviera ese cuarto en el ático había sido aprobado por el mismo Cedric.
Incluso cuando estaba estudiando en el extranjero, Cedric recibía reportes del mayordomo y de la jefa de empleadas sobre los trabajadores de la casa. Esto era porque, antes de irse, él ya tenía el poder de decisión sobre varios asuntos del hogar.
Por esa razón, a excepción de temas urgentes o cosas que afectaran directamente a los condes, casi todo se le informaba a Cedric por correo. A los condes no solo no les interesaban estos temas, sino que, aunque se les informara, no daban ninguna solución real. Mucho menos si se trataba de problemas menores entre los empleados.
Así que el mayordomo y la jefa de empleadas preferían mandarle cartas a Cedric; la verdad es que así los problemas se resolvían más rápido. Y fue en una de esas cartas donde apareció el nombre de Sheila. Cedric ordenó que le dieran un cuarto solo para ella en el ático del tercer piso. Pensó que, por si acaso, eso sería lo mejor para más adelante.
Pero claro, en una carta no podía preguntar con lujo de detalles qué cosas hacía exactamente Sheila para que las otras empleadas se quejaran tanto de ella.
—De todos modos, no hay ninguna regla que les prohíba a las empleadas tener un recurseo extra.
continuó Rufus, mientras Cedric ataba cabos con lo que recordaba del pasado.
—Y esto es algo un poco confuso, pero…
—¿Qué pasa?
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