La criada azotada de la casa Calley - 48
La voz, que ya estaba fría, ahora sonaba cortante.
Ante ese tono, a Sheila se le puso la piel de gallina. Su instinto de sirvienta detectó el peligro de inmediato.
—¿Eh? No, esto… yo… es que…
Con su amo al frente, que parecía estar echando chispas, Sheila buscaba desesperadamente una excusa en su cabeza. Pero como no tenía ni la menor idea de qué había hecho mal, no sabía ni por dónde empezar a disculparse.
‘O sea, ¿acaso debí dejar todo tirado y largarme? ¿Con la tina toda sucia y esas… esas marcas sobre la mesa?’.
Cedric miraba con desaprobación la cara de desconcierto de Sheila. Había venido a verla porque se estaba demorando mucho en bañarse, y se dio con la sorpresa de que se había puesto a limpiar.
Sin embargo, más allá de que estuviera limpiando sin que nadie se lo pidiera, verla ahí arrodillada, con el cabello húmedo y suelto mientras trapeaba el piso, no se veía nada mal. Sus pies descalzos, sus tobillos finos y ese poquito que se le veía de la pantorrilla…
‘Definitivamente, no está nada mal’.
Por eso, hasta antes de escuchar la voz de la sirvienta respondiendo formalmente a su pregunta obvia de ‘¿estás limpiando?’, Cedric se estaba portando bastante blando con ella.
‘Así que ‘Joven Conde’…’.
En esta habitación, él quería ser su dueño, no el Joven Conde. Pero ahora que el tiempo del castigo había terminado, era cierto que el trato de ‘Joven Conde’ que salía de la boca de Sheila era el más preciso.
‘Fue un error fijar un horario’.
Cedric soltó una sonrisa amarga para sus adentros. Aunque lo pensara así, no tenía la intención de dedicarle más tiempo del necesario a una simple sirvienta o, mejor dicho, a saciar sus bajos instintos. Ya de por sí, tres veces por semana no era poco tiempo.
Cedric recordó el Club Alaina. En Alaina se organizaban reuniones secretas todas las semanas, cambiando de lugar cada vez. Cedric aparecía por ahí de vez en cuando, pero no iba todas las semanas. Pensaba que andar en esos jueguitos cada siete días era una pérdida de tiempo y de vida.
Por eso, tres veces a la semana debería ser más que suficiente para él. Pero en la práctica, no era así. El tiempo y la frecuencia… todo lo dejaba con más sed. Aun así, no pensaba cambiar las reglas ahora. No le hacía mucha gracia la idea de enviciarse con lo que pasaba en este cuarto. Además, esa sirvienta tan flaquita y débil, con esa cintura que se puede rodear con una mano, no aguantaría más que eso.
‘¿Y encima de todo se pone a limpiar?’.
Bueno, ¿acaso no había dicho ella misma que, con tal de ganar plata, hacía lo que sea con ese cuerpo debilucho?
‘Jaaa…’.
Cedric soltó un suspiro interno y apretó los labios. Esa mujer, obsesionada con la plata, se las ingeniaba para inventarse mil ‘cachuelos’ dentro de la mansión. Precisamente por ser así, pudo convencerla con dinero para que aceptara el trabajo de ‘sirvienta de castigos’, pero a pesar de que le dio un adelanto que para una mucama sería una fortuna, ella todavía tuvo la concha de querer vender hasta el ungüento que él mismo le regaló.
Incluso cuando vino el doctor…
‘Me duele todo el cuerpo y tengo escalofríos… Me duele la cabeza, la panza y… también la garganta. No tengo hambre, siento que no digiero bien… hasta veo y escucho cosas que no existen’. ‘¿Por si acaso me puede dar medicinas separadas para cada síntoma?’.
Al recordar ese episodio, Cedric volvió a sentir que era el colmo. Cómo le trabajaba la cabeza para sacar provecho incluso estando enferma.
—¿Ahora también quieres cobrarme por la limpieza?
Al oír eso, Sheila, que ya tenía lista su excusa, se quedó en blanco.
—¿Cómo…?
¿De qué está hablando este…? Sheila estaba confundida y no lo podía creer. ¿Acaso existía alguna sirvienta que cobrara extra por limpiar el cuarto que ella misma usó? Bueno, técnicamente él también lo usó. Y ese ‘líquido’ que estaba limpiando ahora era algo que él mismo había dejado…
En ese momento, el responsable de haber dejado tal cantidad de ‘líquido’ se acercó a grandes zancadas. Se paró frente a ella, que seguía de cuclillas, y se cruzó de brazos.
—Si te falta plata, dímelo. Estoy dispuesto a subirte el sueldo.
¿Qué…? Esa mirada arrogante con la que la miraba desde arriba le pareció de lo más espesa y pesada. Sheila se puso de pie de un salto y le soltó:
—¡Yo no estoy haciendo esto para que me pague aparte…! ¡No sea así!
Sheila no pudo terminar de desahogar toda su indignación cuando, de pronto, sintió que todo se le ponía amarillo. Es cierto que la luz de las lámparas de gas ya era media amarillenta, pero esto era distinto.
Cedric, al ver que ella se tambaleaba por el mareo, le agarró la muñeca de un tirón.
—Suélteme… por favor, estoy bien… Era solo que se le había bajado la presión. Se había levantado demasiado rápido y por eso le vino ese mareo tan fuerte.
Sheila ya estaba acostumbrada a sentirse así. No era la primera vez que trabajaba hasta que, literalmente, el cielo se le ponía amarillo antes de quedarse dormida. Y a pesar de trabajar tanto, la plata que le quedaba era poca. Recién ahora se daba cuenta de que, comparado con lo que Cedric le pagaba como sirvienta de castigos, lo demás eran simples sencillos.
‘Entonces, ¿es normal que me canse tanto según lo que me pagan…?’. Si bien no le dolía tanto como cuando le pegaban, en términos de agotamiento, este trabajito tampoco era nada fácil.
‘Ahora que lo pienso, el Joven Conde no ha sido el único que ha terminado seco hoy…’. Justo cuando llegaba a esa conclusión, Sheila sintió que su cuerpo flotaba. Cedric, en lugar de soltarla, la cargó en brazos como si fuera una princesa.
—¡Suélteme…! ¡Bájeme ahora mismo! Sheila pataleaba con todas sus fuerzas. Mientras lo hacía, su visión amarillenta fue volviendo a la normalidad.
Vio la cara de pocos amigos de Cedric. Como él siempre era tan exageradamente guapo que intimidaba, Sheila empezó a forcejear aún más.
—Quédate quieta. Rufus ya debe estar por llegar.
—… ¿Su secretario?
Mientras Sheila se quedaba tiesa por la confusión, Cedric salió del cuarto de castigos cargándola y la sentó en el sofá de su habitación.
—¿Por qué vendría su secretario…? Sheila, que de pronto se puso bien mansita, le preguntó en voz baja a Cedric mientras él se sentaba frente a ella. En ese momento, alguien tocó la puerta.
—Pasa. Ante el permiso de Cedric, Rufus apareció con una bandeja llena de bocaditos.
Sheila buscó desesperadamente con la mirada algún lugar donde esconderse. Le daba muchísima vergüenza que alguien la viera así: recién salida de ‘trabajar’ con él y con el cabello todo suelto y mojado. Al ver cómo ella encogía los hombros, él le dijo:
—No te preocupes por Rufus.
‘Ah… ¿ya? ¡Qué gran consuelo!’. Sheila miró a Cedric con cara de pocos amigos tras escuchar ese comentario tan ‘tranquilizador’. Sus hombros seguían encogidos de la pura vergüenza.
Rufus, que era bien pilas, no dijo ni miau; dejó la bandeja con movimientos precisos y desapareció en un dos por tres. En la bandeja había unas galletas simples, fruta y dos vasos de leche.
—Come. Debes tener hambre.
dijo Cedric, sentado frente a ella.
—Estoy bien…
dijo Sheila con timidez. Aunque Rufus ya se había ido, la vergüenza todavía no se le pasaba.
—¿No que tenías tantas ganas de irte rápido? O es que… ¿estás pensando en instalarte en mi cuarto?
‘¿Me está diciendo que si no como, no me deja salir?’
Ante esa frase que sonó a pura amenaza, la vergüenza de Sheila voló por la ventana en un segundo. Sin pensarlo dos veces, agarró el vaso de leche que tenía enfrente.
Normalmente, los sirvientes no podían tomar leche muy seguido. Lo mismo pasaba con las galletas cargadas de mantequilla o las frutas de buena calidad. En cuanto Sheila dejó el vaso vacío sobre la mesa, Cedric, con un gesto elegante, le ofreció las galletas.
Sheila recordó la amenaza de hace un momento y, aunque no quería, agarró una. No es que pensara dejarse seducir por un poco de comida.
‘¿Quién se cree que soy? Por unas simples galletas…’.
Sheila siempre había tenido poco apetito y había sobrevivido perfectamente sin comer estas cosas… hasta ahora.
—¡Mmm…! ¡Cof! ¡No están nada secas, están buenísimas!
exclamó Sheila, atragantándose un poco por la emoción.
—¿Ah, sí?
respondió Cedric con parsimonia ante la reacción tan efusiva de la chica.
—Me alegra que sean de tu agrado.
Al ver lo tranquilo que estaba él, Sheila se sintió un poco cortada por haber hecho tanto escándalo.
—Sí. De verdad están muy ricas.
contestó ella ya más calmada, tratando de ocultar su entusiasmo.
Para pasar el trago amargo de la vergüenza, volvió a tomar el vaso de leche. Al dar un sorbo, el dulzor de la galleta se suavizó y el sabor cremoso de la leche inundó su boca.
A los sirvientes solían darles una merienda por la tarde, pero casi siempre era pan en lugar de galletas. Y no cualquier pan, sino uno seco y sin chiste. Después de comer eso toda la vida, estas galletas suaves eran la gloria. Además, como tenía la glucosa por los suelos, sentir el azúcar en la lengua le hizo sentir que el cerebro se le derretía de placer.
‘¿Y si me como otra?’.
Sheila estiró la mano por la segunda galleta. Y luego la tercera, la cuarta… Siguió picando fruta y galletas hasta que, de pronto, se dio cuenta de que el Joven Conde la miraba con una sonrisita burlona.
—Ah…….
Sheila soltó un ruidito tonto y se quedó tiesa.
—Sigue comiendo.
Por alguna razón, Sheila se sintió morir de la vergüenza. Incluso más que cuando la dejaba desnuda para hacerle cosas raras. Dejó la galleta que tenía en la mano y empujó el plato despacio hacia Cedric. Claro que, a estas alturas, era un gesto un poco inútil porque se había zampado casi todo ella sola.
En cambio, Cedric no había tocado nada. Ni siquiera la leche en el vaso de cristal fino estaba intacta.
—Usted también debería comer, Joven Conde.
Cedric notó que ella miraba su vaso y finalmente lo levantó.
—A mí con esto me basta.
Le hizo un pequeño brindis con el vaso y, con un movimiento lleno de clase, se lo llevó a los labios.
Sheila se quedó hipnotizada viéndolo beber. Su nuez de Adán, tallada como una escultura, se movía rítmicamente. Ella fue recorriendo con la mirada la línea de su cuello, su mandíbula, sus labios rojos y su nariz perfecta. Pero en cuanto llegó a sus ojos, se dio cuenta de que él no la miraba a la cara: tenía la vista clavada en su pecho.
‘Maldito sátiro loco’.
La mirada de Cedric apuntaba directamente a esos botones rosados ocultos bajo el viejo uniforme de mucama. Sheila ignoró esa mirada que no tenía nada de elegante y agarró su propio vaso de leche.
‘Ignorarlo es la mejor defensa’, pensó.
En ese momento, Cedric dejó el vaso sobre la mesa y soltó una frase:
—Esta leche está muy desabrida, ¿no te parece?
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