La criada azotada de la casa Calley - 47
Marquis, habiendo nacido como el segundo hijo, prefería vivir en libertad antes que ambicionar el trono. Había visto de sobra cómo su hermano mayor, el príncipe heredero, vivía bajo una opresión constante.
Sin embargo, sería mentira decir que nunca se le pasó por la cabeza qué pasaría si él se convirtiera en el próximo rey. Además, durante su tiempo estudiando en el extranjero, se dio cuenta de que no todos los reyes tenían que ser como su padre, Rollend III.
Pero de ahí a imaginar que a su hermano le pasaría algo malo y que él terminaría siendo el heredero… eso jamás se lo esperó. Realmente, las vueltas que da la vida son un misterio.
Alfonso, quien le daba vueltas a una pregunta pesada, continuó hablando:
—Aun así, jamás he deseado que el joven conde Cedric sufriera un accidente.
—¡Opa! Mira que eres peligroso, ¿ah?
dijo Marquis, exagerando la nota a propósito.
—¿Quién te ha preguntado si querías que Cedric se muriera? Al negarlo así, ¿no será que en el fondo sí querías que estirara la pata?
La cara de Alfonso se transformó por la confusión.
—¡Su Alteza, se lo juro por lo más sagrado que…!
—Es una broma. No te asustes tanto, que me vas a hacer creer que es verdad.
Marquis siguió vacilándolo hasta el final.
Se estaba divirtiendo de lo más lindo viendo a Alfonso todo tieso por su broma pesada.
—Además, que el segundo hijo le quite el puesto al primero no siempre requiere que el mayor se muera.
—Ya deje de bromear, Alteza.
dijo Alfonso, poniéndose serio.
—Pero esto va en serio. Resulta que conozco un trapito sucio de Cedric.
Al escuchar eso de ‘trapito sucio’, la curiosidad se encendió en el rostro de Alfonso. ¿Un secreto oscuro? Era una palabra que no encajaba para nada con Cedric, que siempre era perfecto y no daba puntada sin hilo.
Como si le leyera el pensamiento, Marquis continuó:
—¿Qué me dices? Si pasas la noche conmigo hoy, podría contarte ese secreto.
Marquis le acarició el muslo a Alfonso con la mano.
—Es una propuesta especial porque me has caído bien. Eso sí, sobra decir que yo voy arriba.
Alfonso, que estaba sumergido en sus pensamientos tratando de adivinar el secreto de Cedric, se pegó un salto del asiento, espantado por las palabras y el toque de Marquis.
—E-creo que ya es muy tarde, Alteza. Con su permiso, me retiro por hoy.
—Jajaja. Ya, ya. Anda descansa que debes estar agotado. Almorzamos juntos mañana.
Para sorpresa de Alfonso, Marquis lo dejó ir sin hacerse el rogado.
—Sí, Alteza. Así quedamos.
Alfonso se escapó al toque, sin mirar atrás.
Debió sospechar desde que Marquis empezó con esa vaina de que eran ‘uñas y mugre’.
Un rey puede hacer lo que le venga en gana y a nadie le importa si le gustan los hombres, pero para Cedric, el hijo de un simple conde, la cosa era distinta.
‘¡Qué loco! ¿O sea que es de los otros…?’
Si algo así salía a la luz, era fijo que lo bajaban del puesto de próximo conde.
Pero, un momento… si el príncipe heredero dijo que él iba arriba, ¿significa que Cedric era el que recibía?
‘Bueno, por contextura y por cara, como que sí le da el tipo’.
Cedric era alto y de físico imponente, pero el príncipe era casi un gigante. Comparado con las facciones tan marcadas de Su Alteza, hasta el rostro de Cedric se veía algo delicado…
Alfonso pasó el resto de la noche con la cabeza hecha un nudo por tantas ideas. Sin darse cuenta, la noche en el palacio real se le fue volando entre pensamiento y pensamiento.
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Y llegó la hora del almuerzo con el príncipe heredero.
—¿Descansaste bien?
preguntó Marquis. Alfonso respondió de forma mecánica:
—Sí, Su Alteza.
Sin embargo, tenía unas ojeras profundas que delataban su mala noche.
—¿Me dijeron que te vas apenas termines de comer?
—Así es, Su Alteza.
—Qué pena, podrías quedarte un poco más para conocer mejor el palacio.
—Gracias a su amabilidad, ya pude ver lo suficiente.
respondió Alfonso, rechazando de plano la cortesía.
Marquis lo miró con una sonrisa socarrona. Se notaba que el chico se había pasado una película tremenda en la cabeza, pero le pareció divertido dejarlo con la duda.
—Falta como un mes para la ceremonia de nombramiento, ¿no? Me encantaría ir, pero… todavía no puedo confirmarte nada.
—Si está muy ocupado, no se sienta obligado, por favor.
Marquis soltó otra de sus carcajadas estruendosas.
—Hablas igualito a tu hermano. Qué decepción.
Alfonso se puso nervioso otra vez al escuchar que estaba ‘decepcionando’ al príncipe.
—Mil disculpas, no quise decir eso…
—Tú no lo sabes, pero hace poco secuestraron a un pariente lejano de la familia real.
dijo Marquis, cortándolo para explicarle la situación.
—Aunque es un pariente lejano, tenemos que investigar qué grupo está detrás de esto, yo también debo andar con cuidado. Ya sea que vaya o no, mandaré a alguien con tiempo para avisarles.
—Entiendo, Su Alteza.
‘¿Un secuestro…?’
Como Alfonso era un chismoso de primera, las noticias internas de la realeza le hicieron parar la oreja de inmediato. En ese preciso momento:
—Uy, te manchaste.
El príncipe, sentado en la cabecera, se inclinó hacia adelante y le rozó la mejilla a Alfonso con el dedo.
—¡Ah!
Alfonso retrocedió por el susto y vio que el dedo del príncipe tenía una manchita de salsa de carne.
—Ah… gracias, Su Alteza.
Una gota de sudor frío le bajó por la espalda. La situación era demasiado incómoda.
—¿Seguro que dormiste bien? Te veo pálido.
Menos mal que no parecía haber ofendido a Marquis. Pero cuando vio que el príncipe se llevó el dedo a la boca y lo succionó haciendo un ruidito, Alfonso sintió unas ganas desesperadas de estar en su casa.
—Si te sientes mal, puedes quedarte unos días más…
—¡No, estoy bien, Su Alteza!
La respuesta fue tan inmediata que Marquis volvió a reír con ganas.
—Ya veo. Bueno, ya tienes las maletas listas, mejor sigue con tus planes.
Marquis sonrió complacido al ver a Alfonso limpiándose con una servilleta la mancha que él mismo le había puesto. Aunque en realidad, sabía que el chico estaba tratando de borrar cualquier rastro de su toque.
Entre cómo salió huyendo ayer y cómo apareció hoy con esa cara de trasnochado, sus reacciones eran tan divertidas que le daban ganas de seguir molestándolo.
‘Y si me pone debajo, mejor todavía’.
Siendo el hermano de Cedric —su hombre ideal—, le era imposible no prestarle atención. No se parecían físicamente, pero tenían la voz y la forma de hablar tan similares que le resultaba excitante.
Era obvio que Alfonso era de los que solo salía con mujeres y solo conocía ‘lo tradicional’; cualquier otra cosa la clasificaría como ‘anormal’.
Al imaginar que un tipo así lo despreciara mientras lo sometía, Marquis, que era pansexual y masoquista, sintió que se le humedecía todo por atrás.
—Voy a presionar para que resuelvan eso del secuestro lo antes posible. Siendo el nombramiento de mi mejor amigo, tengo que hacer lo posible por ir.
La cara de Alfonso se volvió a poner tiesa. ‘De seguro Cedric no era así antes’, pensó.
—Sí… lo estaremos esperando, Su Alteza.
Al ver a Alfonso soltando esa respuesta por compromiso, Marquis esta vez se rió, pero para sus adentros.
Tras terminar de bañarse en la tina, Sheila se envolvió en la toalla enorme que él había dejado afuera. Las que usaban las empleadas eran toallas delgadas y chicas, de esas que secan rápido y se lavan fácil. Sentir esa toalla gruesa, tan distinta a las suyas, cubriendo todo su cuerpo le dio una sensación de calidez.
Mientras se secaba y se ponía de nuevo el uniforme de empleada, el agua de la tina se terminaba de ir. Sheila vio cómo se escurría el último chorrito y, como si fuera lo más lógico del mundo, se puso a limpiar.
Dejar la tina con agua habría sido una falta grave a sus deberes como empleada. Si dejaba la tina húmeda, se terminaría llenando de sarro.
‘Pero, el primer día… ¿quién habrá limpiado este cuarto?’.
Pensar que el joven conde lo había hecho él mismo era imposible, la idea de que alguien más hubiera entrado a limpiar le dio un escalofrío por la espalda.
‘No, en ese entonces solo fue en la mesa…’.
Recordando su primer día en ese lugar, Sheila sacudió la cabeza para espantar esos pensamientos. Sea como sea, esta era la primera vez que usaba la tina.
Después de secar bien la tina con un paño, Sheila se acercó a la mesa donde, por segunda vez, habían pasado cosas.
Sobre la mesa, los dos penes de juguete que la habían atormentado y las pinzas estaban tirados por cualquier lado. Pero eso no era todo; también estaban esparcidos de forma caótica los fluidos que, tras salir del cuerpo de él y pasar por la boca de ella, habían terminado ahí.
Haciendo un esfuerzo por ignorar esas manchas blanquecinas, Sheila agarró los juguetes sexuales que estaban manchados con sus propios fluidos y fue hacia el lavatorio.
‘¿De dónde diablos habrá sacado estas cosas?’.
A Sheila se le encendió la cara de la vergüenza mientras sostenía los dildos. Si por ella fuera, les daría un buen golpe para malograrlos y que no pudieran usarse nunca más, pero no tenía la valentía para tanto. Si lo hacía y él le pedía que pagara lo que costaban, estaría en serios problemas.
Como eran cosas que nunca en su vida había visto, no tenía ni idea de cuánto podían valer. Lo único seguro era que el precio sería algo que ella jamás podría pagar.
Mientras lavaba con agua esos dos objetos horribles, Sheila no pudo evitar recordar las sensaciones con las que la habían torturado.
‘Mejor hubiera dejado que me pegaran…’.
Trataba de consolarse diciéndose que esto era mejor que recibir una paliza, pero en el fondo seguía teniendo sus dudas. Sufrir de esta manera en este lugar era un tipo de dolor muy distinto a tener heridas en el cuerpo; era un cansancio que iba a otro nivel.
Lavó los dildos con cuidado de que no entrara agua en las partes que tenían cuerdas y engranajes. Mientras lo hacía, pesaba en una balanza qué era peor: si los golpes o lo que pasaba en este cuarto, pero no lograba llegar a una conclusión clara.
Una vez que los enjuagó bien, los secó con un trapo limpio. Luego, lavó ese mismo trapo y regresó a la mesa con los dos juguetes.
Tras poner los dildos uno al lado del otro en un extremo, Sheila se puso a limpiar con el trapo húmedo la superficie de la mesa donde ella misma había estado revolcándose. Había gotas de fluido no solo en la mesa, sino también en el suelo.
‘A la m… cuánto se vino’.
Sheila se puso de cuclillas para limpiar el piso. Al menos tuvo la suerte de que no hubiera alfombra ahí; sacar manchas de una alfombra era el doble de chamba.
En ese momento, una sombra alta se proyectó desde la puerta que estaba abierta.
—¿Estás limpiando?
La voz de Cedric retumbó en el cuarto, sonando más suave que de costumbre. A Sheila, por alguna razón, le pareció que se estaba burlando de ella.
—Sí, joven conde.
respondió ella de forma corta y cortante.
Tras un breve silencio, él volvió a hablar, pero esta vez su tono era muy distinto al de hace un momento.
—Ya deja eso y sal.
—Ya casi termino. Solo falta el suelo…
Cedric la cortó en seco mientras ella intentaba terminar la limpieza con el trapo en la mano.
—Te dije que te bañaras y salieras, ¿quién te ha dicho que también te pongas a limpiar?
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