La criada azotada de la casa Calley - 46
El tiempo pactado ya había pasado.
Cedric, tras subirse los pantalones, se dirigió al lavadero para preparar una toalla húmeda como la vez anterior. Fue entonces cuando la bañera, que estaba a un lado, captó su atención.
Cedric se quedó mirando a Sheila, que aún no había podido bajar de la mesa.
Mientras ella intentaba limpiarse con sus brazos temblorosos el semen que le chorreaba por el mentón, lo único que lograba era terminar de embarrarse más por todo el cuerpo.
Ver a la mujer cubierta por el fluido que había salido de su propio cuerpo le producía una satisfacción bastante grande.
‘Pero no puedo dejarla así’.
Cedric sabía que era el momento de que la mujer, que había cumplido bien con su deber, dejara de ser la ‘sirvienta de los azotes’ para volver a ser una sirvienta común.
Sin embargo, en el estado en que se encontraba, no parecía que una toalla húmeda fuera suficiente para dejarla completamente limpia. Y mandarla así a usar el baño compartido de las demás empleadas era algo que…
Como ninguna opción le convencía, Cedric tiró la toalla a un lado y abrió el grifo de la bañera.
Cuando remodelaron esa habitación, él había ordenado que quitaran la pared del baño, por lo que el espacio estaba totalmente integrado al cuarto.
Ante el sonido del agua corriendo con fuerza, que no venía del lavadero sino de la bañera, Sheila lo miró con desconcierto.
—Ven aquí. Te voy a lavar.
La sirvienta vaciló. Pero, tras echarle un vistazo a su propio estado, bajó de la mesa como aceptando su suerte y se acercó a Cedric.
—Yo, yo misma puedo……..
Sheila intentó hablar. Era obvio que iba a decir que ella sola se lavaría antes de irse.
Sin decir una sola palabra, Cedric le levantó el mentón.
Incluso en su cabello fino y alborotado había restos de ese líquido pegajoso.
—Será mejor que te sueltes el pelo.
Al ver que su opinión no contaba, los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas, pero no se atrevió a llevarle la contra.
Al soltarle el cabello, que siempre llevaba bien recogido para que no le estorbara en sus labores, una melena castaña y abundante cayó sobre su espalda.
Con el cabello suelto y voluminoso, el rostro juvenil de Sheila resaltó ante los ojos de Cedric. Sus ojos azules, anegados en lágrimas, brillaban como joyas incluso bajo la luz de las lámparas de gas.
Tal cual como hace cuatro años, cuando llegó a la mansión por primera vez.
Por un impulso, Cedric la hizo girar para que le diera la espalda. Entonces, pudo ver su cuerpo menudo, que contrastaba con sus caderas anchas y sus nalgas hinchadas por los azotes que él mismo le había dado.
Al ver esa figura que encajaba perfectamente con sus gustos, Cedric se llevó la mano a la boca, como si estuviera en un aprieto. Si no fuera por el ruido del agua, ella habría escuchado lo mucho que se le agitó la respiración de un momento a otro.
Tras quitarse la mano de la boca, agitó el agua a propósito para verificar la temperatura y luego le dijo a Sheila:
—Entra.
Sheila metió los pies con cuidado en la bañera de estilo exótico Rotas.
Jamás imaginó darse un baño en una tina tan lujosa.
De por sí ya estaba abrumada porque, cada vez que intentaba limpiarse con el brazo aquel líquido de olor fuerte que tenía en la boca, sentía que solo empeoraba las cosas. Pero el problema no era solo ese; los fluidos lujuriosos que habían brotado de su cuerpo y del de él estaban pegados por todas partes.
‘Casi que es mejor así’.
Sheila trató de justificar su vergüenza de esa manera mientras se acurrucaba en el centro de la bañera.
—Echa la cabeza hacia atrás.
Escuchó la orden de él a sus espaldas.
Sheila cerró los ojos con fuerza y echó la cabeza hacia atrás.
Cedric llenó un cuenco que tenía un rociador en el extremo y vertió el agua sobre su cabeza. El cabello, que antes estaba esponjoso, se aplastó al mojarse. Al verla así, con los ojos cerrados y el cuello expuesto, sus rasgos le parecieron nuevos otra vez.
Siguió echando agua sobre el cabello ya empapado por un buen rato, y solo cuando el rociador se quedó vacío, le aplicó jabón de aceite de oliva.
Mientras él metía sus largos dedos entre las hebras de su cabello para hacer una espuma abundante, Sheila se abrazó las rodillas con más fuerza.
Había entrado a la bañera porque él se lo ordenó, pero al final terminó en una situación en la que el joven amo, el futuro conde, le estaba lavando el pelo a una sirvienta; no sabía ni qué hacer.
Pero ponerse a reclamar ahora era complicado. Sheila decidió, desesperadamente, ignorar la realidad.
Al ver cómo ella se aferraba a sus propios codos hasta que se le pusieron blancos los dedos, y al notar su expresión de determinación, Cedric se dio cuenta al toque de lo que estaba pensando.
—No pienses en renunciar, mira que te estoy tratando muy bien.
Era un alarde que no venía a cuento.
Sheila, que estaba haciendo todo su esfuerzo por ignorar lo que pasaba, se quedó tan desconcertada que volteó la cabeza para mirarlo.
Pero al encontrarse con el rostro frío de él, que estaba con el torso desnudo, Sheila hundió rápidamente la cara entre sus rodillas. Todo su esfuerzo por evadir la realidad se fue al agua.
El corazón le latía a mil.
—La cabeza.
Ante su breve orden, Sheila volvió a echar la cabeza hacia atrás.
Esta vez cerró los ojos con más fuerza que antes.
Se prometió no volver a abrirlos.
Con los ojos cerrados, empezó a planear cómo saldría disparada de ahí apenas terminara de lavarse.
Pensaba ponerse solo el corpiño y el vestido de sirvienta e irse volando.
No necesitaba ponerse las medias, y los zapatos era mejor ponérselos una vez que estuviera fuera del cuarto de Cedric.
Total, su ropa interior de abajo estaba en su bolsillo…
Mientras Sheila armaba su plan de escape en tiempo récord, Cedric volvió a llenar el cuenco para enjuagarle el jabón.
Luego, se sacudió las manos y se puso de pie.
—Te dejo la toalla aquí. Lávate con calma y sales.
Gracias a que Cedric decidió darle privacidad, Sheila, que estaba trazando su ruta como un preso planeando su fuga, dejó de pensar en el plan.
—Sí, mi se…….
No, así no era.
Sin darse cuenta, Sheila casi suelta un ‘mi señor’ después de su respuesta, pero se detuvo a tiempo.
Aunque seguían dentro de la sala de castigos, técnicamente el tiempo de la sanción ya había terminado, y eso la puso en duda.
—… Sí.
Respondió Sheila finalmente. Omitió el trato de respeto por completo.
A Cedric no le importó y salió de la habitación, dejando la puerta que conectaba la sala de castigos con su dormitorio apenas entreabierta.
Sheila volteó a mirar el lugar donde él había estado sentado. Aunque lo acababa de vivir, le costaba imaginar a Cedric ahí, lavándole el cabello.
En la silla donde él se había sentado para atenderla, ya no estaba Cedric; solo quedaba, solitaria, una toalla grande de las que usaba la familia de los patrones después del baño.
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El lugar al que Alfonso siguió a Marquis era otra sala de estar. Ambas estancias estaban decoradas con una belleza y un lujo que gritaban la riqueza y el prestigio de la familia real. Sin embargo, mientras que la habitación anterior parecía una sala de recibir convencional, esta tenía un aire completamente distinto.
—¿Te gusta el trago?
—Sí, su alteza.
El lugar estaba ambientado perfectamente como un bar, pero mucho más elegante y ostentoso. A un lado, incluso habían montado un escenario para que una orquesta pudiera tocar en vivo.
—Qué bueno.
Marquis se alegró con la respuesta de Alfonso y, mirando a su alrededor con orgullo, añadió:
—Como no puedo andar saliendo a la calle así nomás, me armé esto aquí. ¿Qué te parece?
Claro que podía salir de incógnito, pero era un trámite demasiado fastidioso.
—Es un espacio increíble, su alteza.
—Siéntate. Me pone de buen humor que el hermano de mi mejor amigo esté de visita.
Marquis le ordenó a un criado que se había acercado:
—Olvídate de la música y trae brandy. Del que me gusta, ¿ya sabes cuál, no?
Aunque la vitrina ya estaba llena de botellas, el criado acató la orden y desapareció tras una pared para buscar el licor preferido del príncipe. Parecía que, incluso entre los tragos caros, guardaban los más finos en un lugar más reservado.
Efectivamente, el criado regresó con una botella de un azul intenso y elegante que contenía el brandy. Las sirvientas trajeron piqueos a la altura del trago y luego se retiraron. El criado también se puso a una distancia prudente para atenderlos sin interrumpir la charla.
—A ver, veamos…
Mientras tanto, Marquis leía la invitación que Alfonso le había entregado. Con un gesto indescifrable, terminó de leerla y comentó:
—Sigue igual de igualado.
Aunque decía ser una invitación, la habían mandado por pura formalidad; en el fondo, era lo mismo que decirle que no fuera. Y eso que se la mandaba a Marquis, que era un año mayor, le llevaba dos años de ventaja en la academia y, para colmo, era el príncipe heredero de su país.
—Si el joven conde de mi familia ha cometido una falta de respeto, le ruego que me perdone, su alteza.
Como Alfonso no sabía los detalles de lo que decía la carta, agachó la cabeza por si las moscas, tratando de tantear la situación.
—¡Jajaja!
Marquis soltó una carcajada estrepitosa.
Los hermanos siempre eran parecidos, pero diferentes a la vez. Mientras que Cedric era del tipo que atraía a la gente sin hacer el mínimo esfuerzo, Alfonso era más pilas, de los que siempre estaban atentos a todo para actuar rápido. En fin, dejando de lado que fuera el hermano de su amigo, Alfonso le parecía un joven bastante carismático.
—¿Y tú qué opinas?
Ante esa pregunta que no venía a cuento, Alfonso se desconcertó y repreguntó:
—Disculpe, su alteza, pero ¿a qué se refiere con eso?
—A lo que dije. ¿Qué siente el segundo hijo ahora que van a nombrar a su hermano mayor como el próximo conde?
A los ojos de Marquis, Alfonso no parecía un hombre de pocas ambiciones.
—Me entró la curiosidad. Si tu hermano no estuviera, ese título de conde sería tuyo. ¿No te da pica? Encima se llevan solo un año, ¿no? Yo me sentiría estafado por haber nacido apenas un año después.
Alfonso se quedó callado un momento, tratando de descifrar las intenciones del príncipe heredero antes de hablar.
—Perdone, su alteza. Es que es la primera vez que alguien me pregunta algo así…. Yo simplemente nací como el segundo hijo de la casa del conde y así es como he crecido.
Marquis intervino:
—Por eso mismo. ¿Acaso los segundos hijos no están para eso? Para ocupar el lugar del primero si algo sale mal.
Marquis sonrió con picardía y añadió:
—Exactamente como me pasó a mí.
Alfonso trató de ocultar su asombro y guardó las formas:
—Lo que le sucedió al anterior príncipe heredero fue, sin duda, una desgracia.
Y es que Marquis también era solo el segundo príncipe en un inicio. Pero hace unos siete años, su hermano mayor, el príncipe heredero, se suicidó, y él terminó ocupando su lugar.
Por supuesto, el hecho de que fuera un suicidio era algo que solo unos pocos dentro de la realeza sabían; para el resto del mundo, se anunció como un accidente.
El motivo del suicidio fue algo simple, si se quiere ver así. Ocurrió antes de que se cumplieran tres años de su matrimonio arreglado por la corona, dejando atrás a la mujer que realmente amaba.
El actual rey, Roland III, era un hombre de carácter fuerte que nunca vio con buenos ojos la personalidad sensible de su hijo mayor. Por eso, siempre fue duro con él, presionándolo con las responsabilidades de un futuro rey.
El único consuelo del antiguo príncipe fue una humilde sirvienta que lo atendía. Cuando Roland se enteró de los sentimientos de ambos, mandó a la sirvienta lejos para casarla con un hombre de tierras extrañas, y apuró el matrimonio del príncipe con la hija de un duque, con quien ya estaba comprometido.
Después de que su hermano se quitara la vida, Marquis investigó en secreto los motivos. Así descubrió que la sirvienta que su hermano amaba había sido enviada a una zona peligrosa donde, tras pasar muchas penurias, murió en un accidente. Su hermano se enteró de la noticia y, hundido en una culpa atroz, tomó esa decisión definitiva.
Roland, avergonzado por el suicidio de su hijo, lo hizo pasar por un accidente. Ni la princesa heredera ni su familia, los duques, dijeron nada, pues ellos también sentían que ese suicidio era una mancha para su honor.
Aunque el mundo cambie, para los nobles sigue siendo más importante el prestigio que la propia vida humana.
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