La criada azotada de la casa Calley - 45
Hace un momento estaba de acuerdo, pero al verse de pronto frente a la situación de recibir el castigo, sintió un ligero arrepentimiento. Sin embargo, mientras Sheila dudaba, el látigo corto ya impactaba contra su pecho.
¡Tas, tas, tac!
—¡Uhff!
El látigo golpeó un par de veces cerca de sus pezones y, en el momento en que Cedric hizo caer las pinzas de un golpe, Sheila no pudo evitar soltar un grito por el dolor repentino. A Cedric no le importó y, de la misma forma, golpeó las pinzas que colgaban del otro pezón.
¡Tas, tas, tac!
—¡Ahhh!
Con las manos atadas a la espalda, Sheila se retorcía de dolor. Tal como pasó cuando le pusieron las pinzas al principio, en el momento en que estas se soltaron, la sangre volvió a circular de golpe provocándole un dolor agudo.
Con los ojos vendados y el cuerpo contoneándose por el sufrimiento, perdió el equilibrio en un instante.
—¡Aaat…!
Su grito de desamparo resonó en toda la sala de castigos. Pero antes de que su cuerpo tocara el suelo, el torso firme de Cedric la sostuvo.
La piel desnuda de Sheila rozó el pecho descubierto de él. Mientras la mantenía firme para que no se cayera, Cedric empezó a frotar sus pezones adoloridos con el pulgar y el índice, como dándole un masaje.
—¡Hrrrg!
Sheila ya no podía aguantar más los gemidos. Al sentir el calor intenso que emanaba del cuerpo de él, pensó que aceptaría cualquier castigo que él quisiera darle. Sentía que, con tal de no tener que soportar más esa tortura del dildo en silencio, estaba dispuesta a hacer lo que él le pidiera.
En ese momento, Cedric habló:
—Casi lo logras, pero al final dejaste que se cayeran. Supongo que igual te toca recibir tu castigo, ¿no?
Sheila asintió sumisamente.
—Responde, Sheila. Dime qué castigo quieres recibir de mi parte.
En la voz de Cedric, que la incitaba a responder, se notaba una clara satisfacción. Ante su permiso, Sheila susurró con una voz casi inaudible:
—Quiero que el Amo use su miembro para… mmm… para castigar mi intimidad.
A diferencia de Cedric, la voz de Sheila sonaba al borde del llanto al pronunciar esas palabras tan humillantes. Pero no mentía. Deseaba de todo corazón que él hiciera algo con ella, y sentía que solo si respondía exactamente como él quería, él accedería a su ruego.
—Parece que lo que quieres no es un castigo, sino un premio. Qué malcriada.
Ante las palabras de Cedric, Sheila se pegó a su pecho suplicándole. Tenía miedo de que él la soltara así nomás. El haber estado con los ojos vendados todo ese tiempo le había provocado un miedo inexplicable, pero sentir el calor de su cuerpo le devolvió un poco la calma.
A pesar de no ver nada, ella pegó su pecho contra el de él, levantó la cabeza y puso una expresión de súplica total.
—Amo, por favor… Castigue a esta Sheila tan malcriada.
Cedric esbozó una sonrisa de satisfacción. Sheila no podía verlo, pero presentía perfectamente que él estaba sonriendo.
«Ya está».
Justo cuando sintió que ya estaba a salvo, Cedric, tal como esperaba, la rodeó con sus brazos y le soltó las manos que tenía atadas a la espalda. Y también esa dichosa venda…
Tras liberarle las muñecas y los ojos, Cedric la cargó en peso. Sheila soltó un grito de sorpresa y se colgó de su cuello con sus manos ahora libres.
Su espalda volvió a tocar la superficie dura de la mesa. Pero para Sheila, que se había pasado todo el día parada aguantando el ataque del dildo, esa mesa le parecía la gloria.
Cuando volteó a ver el reloj de pared, se dio cuenta de que lo que ella pensaba que habían sido 20 minutos parada, en realidad habían sido 40. Por la venda en los ojos, el tiempo se le había hecho una eternidad, pero resulta que de verdad había pasado un buen rato.
Sin embargo, el tiempo pasado no era lo importante ahora; todavía faltaban 35 minutos para cumplir las dos horas.
—Dime otra vez qué hiciste mal.
Ante la orden autoritaria de Cedric, Sheila lo miró con timidez y confesó su falta.
—Desobedecí la orden del Amo de no hacer ruido y… solté sonidos indecentes. Además, se me cayeron las cosas que me pidió que no soltara… ¡Ah! Me porté mal, Amo.
Al escucharla, él dijo: «Bien, así se hace», y se dio la vuelta.
Asustada, Sheila se apresuró a hablar para intentar retenerlo.
—¡Por favor…! Castigue a esta Sheila que se portó mal. ¡Con el miembro del Amo, en esta intimidad tan perra…!
En su desesperación, Sheila soltó cualquier cosa, usando las palabras y frases que él solía decir en esa habitación.
Cedric la observó con los ojos entrecerrados. Se veía tan natural pidiendo que la castigaran… y eso que apenas era la segunda vez que venía.
«¿Habrá nacido para esto? Carajo».
Ya no pudo aguantarse más. Se posicionó entre sus piernas y empezó a hundir su miembro, grueso y largo, en el orificio de ella.
—Krrr…
A pesar de que ella había estado jugando con el dildo por más de una hora, entrar de un solo golpe en esa estrechez era imposible. Cedric, habiendo metido solo la mitad, la jaló hacia el borde de la mesa para pegar su abdomen al de ella y, de un solo viaje, ¡pum!, se la hundió hasta el fondo.
«¡Uff!».
Sheila ahogó un gemido.
Solo con sentirlo clavado hasta la raíz, Sheila sintió que se iba a venir. Por más que el tamaño y el grosor fueran parecidos, no había punto de comparación entre empujarse un juguete y sentir la carne real de Cedric penetrándola.
Sheila se aguantó los gemidos con todas sus fuerzas, temerosa de arruinarle el humor. Sentía que, con solo tres o cuatro embestidas fuertes, ese vacío interno que le había estado picando por casi una hora finalmente se calmaría. No podía dejar que este momento se le escapara.
Como reflejo de su voluntad, su interior apretó con fuerza el miembro de Cedric.
—¡Ah!
Cedric soltó un suspiro de significado indescifrable, la sacó casi por completo y, ¡pum!, volvió a embestir con fuerza.
«¡Ahhh!».
Al ver a Sheila temblando, casi sin poder respirar, Cedric habló:
—No tienes que aguantarte.
Era una orden ambigua. Si tan solo le hubiera dicho «grita», como la vez pasada, ella lo habría hecho tranquila…
Sheila relajó un poco la garganta, que había estado tensa todo el día. Sentía que, aunque hiciera ruido, no debía ser algo escandaloso. Era el resultado de haber pasado casi dos horas entrenándose para estar en silencio en esa habitación.
—Mmm… ahhh…
Cada vez que Cedric bombeaba, de la boca de Sheila salía un quejido tímido, como un lamento.
Cedric, que había estado de pie dándole con todo mientras le rodeaba las piernas con los brazos, de pronto la sujetó y la dobló por la mitad, subiéndole las piernas.
—¡Ah-jak!
Un gemido entrecortado escapó de los labios de Sheila. Cedric continuó con las estocadas, presionando las piernas de ella contra la mesa.
—¡Ah…! ¡Está muy… muy al fondo! ¡Mmm! ¡Me llega muy profundo, Amo!
Sheila hablaba con voz entrecortada. Estaba desesperada, pero no gritaba fuerte. Cedric, que se había inclinado un poco para presionar las piernas de ella con la fuerza de sus brazos, la miró mientras ella soltaba esos sonidos contenidos.
Le gustaba su voz ronca de la vez pasada tras tanto gritar, pero esos quejidos de ahora también le encantaban. Aunque todo esto había empezado por un capricho suyo.
Cedric ya tenía curiosidad por ver qué cara pondría Sheila cuando se enterara de que esa habitación tenía un aislamiento acústico perfecto. Era un sadismo algo sucio y tonto de su parte. Pero frente a Sheila, por alguna razón, no podía contenerse; mejor dicho, había armado todo esto para no tener que contenerse. Solo para manejarla a su antojo.
—¿No te gusta que te la meta tan al fondo?
Cedric detuvo el movimiento y preguntó. Sheila, que estaba a punto de llegar al clímax, puso cara de angustia al sentir que él paraba de golpe. Cedric, para hacerla sufrir, empezó a entrar y salir muy despacio, esperando su respuesta.
—No… me… me gusta… Por favor, Amo, métala bien al fondo en mi intimidad.
En cuanto terminó su ruego, Cedric hundió su «garrote» hasta el fondo de un solo golpe. ¡Pum!
—¡Ahhh!
Empezó otra vez un bombeo violento. Sheila soltaba gemidos descontrolados con cada estocada. Entre sollozos y gritos ahogados, empezó a sacudir la cintura hasta que finalmente llegó al orgasmo.
—¡Ah! ¡Ahhh!
—¡Krg!
Cedric también ahogó un gemido ante el estímulo de esa intimidad que se contraía con espasmos, apretando su grueso miembro.
Se quedó un momento disfrutando de la gloriosa sensación antes de retirarse. Sheila soltó un quejido, «uhff».
Él, mientras se frotaba el miembro que seguía bien cargado, rodeó la mesa, jaló el cuerpo de Sheila y le giró la cara hacia él.
—Abre la boca.
Sheila, que todavía estaba bajo los efectos del orgasmo, obedeció sin resistencia. Cedric hundió su masculinidad dentro de esa boquita que se veía tan provocativa.
—¡Mmm!
A ella le costaba recibirlo todo, pero a Cedric no le importó.
—No pongas los dientes.
Con esa orden corta, le hundió el miembro hasta el fondo de la garganta.
—¡Gack, ugh!
La garganta de Sheila reaccionaba con arcadas, pero para Cedric eso no hacía más que aumentar su placer. Incluso en esa situación tan repentina, ella se esforzaba al máximo por cumplir su orden de no usar los dientes.
«Mira tú…», pensó Cedric, mirándola con una mezcla de orgullo y lascivia.
Su boca estaba caliente y era estrecha. Tras unos cuantos movimientos de vaivén, Cedric llegó rápidamente a su límite. Sintiendo una sensación increíble, descargó toda su esencia en lo más profundo de la garganta de ella.
—¡Ahhh…!
Él echó la cabeza hacia atrás. Cada vez que rozaba la base, que no terminaba de entrar, salía más y más fluido.
«¿Y si la obligo a alimentarse de mi leche hasta que suba de peso?».
Al verla tragar como si fuera un bebé lactante, a Cedric se le ocurrió una idea bastante retorcida, algo impropio de él. O quizás, algo totalmente posible…
Se quedó pensando en la posibilidad —muy ejecutable— de encerrar a su sirvienta las 24 horas del día solo para que estuviera pegada a su miembro, pero luego sacudió la cabeza. Al fin y al cabo, esto era algo que había empezado sabiendo que tendría un final. No podía permitirse enviciarse tanto con este jueguito.
En cuanto terminó de eyacular, puso en orden sus pensamientos y retiró lentamente el miembro de esa boquita.
—¡Puaj!
Apenas él salió, Sheila vomitó el fluido como si hubiera estado aguantándolo. Era lo que le llenaba la boca y que no había llegado a pasar a la fuerza.
—Te lo doy con gusto y tú vas y lo desperdicias
dijo Cedric, mirándola mientras ella chorreaba su rastro.
—… Perdóneme, Amo.
respondió Sheila con los ojos llorosos, tratando de recuperar el aliento.
—Por esta vez te la paso. La próxima, te lo quedas en la boca hasta que yo te ordene si lo tragas o lo escupes.
—Sí… Amo.
La sirvienta, que siempre aprendía rápido y seguía las reglas al pie de la letra, respondió sumisamente.
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