La criada azotada de la casa Calley - 44
Ni el zumbido del dildo al que le habían dado cuerda podía tapar por completo el sonido de los fluidos. En medio de esos ruidos indecentes, Sheila llegó al clímax por segunda vez.
—¡Hnggg…!
Aunque intentó apretar los dientes con todas sus fuerzas, no pudo evitar soltar un gemido justo en el momento cumbre. Mientras terminaba de venirse, sintiendo que todo esto estaba mal, Sheila optó por aferrarse al cuello de Cedric y hundir la cara entre su pecho y su hombro. Lo hizo en un intento desesperado por ahogar sus gritos, esperando que él valorara su esfuerzo por mantenerse callada.
Una vez que Sheila terminó, Cedric detuvo el bombeo, pero ella seguía sintiendo el placer por la vibración constante del juguete.
—Ah… mmm…
El cuerpo de Sheila, que no dejaba de temblar, se desplomó agotado apenas el dildo se detuvo. Cedric la recostó sobre la mesa. Se quedó mirando su camisa, manchada con la saliva de ella, y empezó a desabrocharse los botones para quitársela. Sheila, todavía con la respiración entrecortada, lo miraba con la vista nublada mientras él se desvestía. Tal como cuando se ponía la ropa, él se veía elegante y aristocrático incluso al quitársela.
‘Seguro todos se dejan engañar por esa finta… cuando en verdad es el pervertido más grande de todo el continente’, pensó ella. Sin querer, los ojos de Sheila recorrieron su piel firme y sus músculos esculpidos. No es que lo mirara con malas intenciones, para nada; era solo para… estar atenta a sus movimientos.
—¡Ah!
Un grito se le escapó a Sheila, que se había quedado embobada admirando el cuerpo de Cedric. Él se había quitado la camisa en un segundo y, acercándose de golpe, le apretó un pecho con fuerza.
—¿Otra vez me estabas chequeando?
Sheila sacudió la cabeza. Unas lágrimas por puro instinto físico le resbalaron por las sienes. Le dolía, pero en medio del dolor sentía una pizca de placer. Y lo que más bronca le daba era que, muy en el fondo, sus pezones se habían puesto tiesos esperando que él se los succionara como la vez pasada.
Cedric, que aún le apretaba el seno, rozó la punta con el pulgar. El pezón, que sobresalía con fuerza, fue aplastado brutalmente para luego saltar de nuevo como un resorte.
—Je.
soltó Cedric con una risa burlona. No necesitó decir nada más para que ella se muriera de la vergüenza. Sheila sentía que quería que se la tragara la tierra en ese mismo instante. Pero con el cuerpo sin fuerzas, lo único que podía hacer era contener los gemidos como podía. No entendía cómo, a pesar de que la trataba así de mal, terminaba empapándose ahí abajo y con los pezones en punta.
Cedric agarró el otro pecho, lo apretó y lo amasó con fuerza antes de darle un tirón al pezón hinchado y soltarla. Tenía tanta fuerza en las manos que era capaz de dejarle moretones en esa piel tan delicada. Sheila no necesitaba verse para saber que sus pechos estaban rojos por el trato tan tosco.
—Te di un chance y aun así soltaste esos sonidos tan obscenos… así que no te puedes quejar si te castigo, ¿no?
Sheila, cubriéndose el pecho con sus brazos débiles, negó con la cabeza. Cedric estaba hoy tan obsesionado con los ruidos que ella no se atrevía a decir ni pío.
—Saca las manos.
Cuando Cedric ordenó aquello con esa voz fría, Sheila tuvo que quitar las manos que la protegían. Una empleada no puede desobedecer a su patrón en ningún lado, pero aquí, en este lugar, era simplemente imposible decirle que no. Apenas se descubrió, él le puso una pinza en el pezón.
‘¡Ah…!’ Sheila se tragó el gemido ante ese dolor punzante que, para su sorpresa, le causó un escalofrío de placer. Sería una tonta si volvía a hacer ruido después de ver cómo se puso él por la vez anterior. Sin embargo, el dolor era constante. Mientras aguantaba los quejidos, empezó a sentirse triste. Había elegido venir aquí por voluntad propia para evitar que la golpearan, pero no entendía por qué tenía que pasar por estas bajezas.
Entonces, Cedric volvió a ordenar:
—¿Hasta cuándo vas a estar ahí echada? Si ya descansaste, bájate.
‘Ay, este tipo…’. Sheila dejó de lado su tristeza y se levantó como pudo. Aunque las piernas le temblaban un poco por haberse venido dos veces, no tuvo problemas para incorporarse. Sería una floja para aguantar golpes, pero físicamente no era débil. Tenía aguante; después de todo, trabajaba todo el día y todavía le quedaban fuerzas para sus otros ‘cachuelos’. La gente pensaba que era debilucha, pero se equivocaban; la mitad de su fuerza era puro punche mental.
Apenas Sheila puso los pies en el suelo, Cedric volvió a ponerle la venda en los ojos.
—Abre las piernas y pon las manos atrás.
Mientras ella se ponía en posición de firmes con las manos en la espalda, sintió el zapato de él rozándole el pie. Sheila estaba descalza, ya que se había quitado los zapatos antes de subirse a la mesa. Cedric le dio unos toquecitos en los pies para que abriera más las piernas. Cuando estuvieron a la altura de sus hombros, él se detuvo. Luego se puso detrás de ella y le amarró las muñecas con una soga.
Al sentir las manos atadas, Sheila se puso nerviosa, y justo en ese momento escuchó otra vez el sonido: clic, clic, clic… le estaba dando cuerda de nuevo. Su espalda se puso rígida al darse cuenta de que ese aparato, que ya la había hecho venirse dos veces, estaba por entrar otra vez. El miedo se le duplicó al pensar que no podía reclamarle, ni preguntarle qué pensaba hacer, ni mucho menos escapar.
—Ya debes saber bien para qué sirve este juguetito. Te lo voy a meter y tú te vas a encargar de que no se salga. Aguanta.
Zic, zic…
Al tener los ojos tapados, el sonido que él hacía se le clavaba en los oídos con más fuerza. Finalmente, cuando él terminó de darle cuerda por completo, el objeto empezó a vibrar con un traqueteo constante. Y esa cosa espantosa empezó a abrirse paso otra vez entre sus piernas.
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Para Sheila, el tiempo que pasó ahí parada con el dildo adentro se sintió como una eternidad.
Tenía los ojos vendados, pero podía sentir perfectamente cómo Cedric jalaba una silla y se sentaba justo frente a ella. Al ser consciente de su mirada, sintió cómo empezaba a brotar más fluido de su intimidad.
‘No, no puede ser’.
Si se lubricaba demasiado, el objeto se resbalaría fácilmente. Y si desobedecía su orden de mantenerlo adentro, sabía que le caería un castigo mucho peor que tener esas pinzas apretándole los pezones. Sheila tuvo que hacer fuerza con los muslos, apretando al máximo para que el juguete no se saliera de ese orificio húmedo.
Finalmente, la vibración del dildo a cuerda se detuvo.
Sheila pensó que por fin se había acabado. Eso fue hasta que escuchó el sonido de Cedric agarrando otro dildo y jalando de una cuerda.
Cedric sacó el juguete que se había detenido y, sin perder tiempo, le metió el nuevo que ya empezaba a moverse. Mientras la cuerda de este segundo dildo se retraía, él, con total parsimonia, comenzó a darle cuerda de nuevo al primero que ya se había gastado.
Apenas terminó de darle cuerda, el que ella tenía adentro se detuvo, Cedric volvió a meterle el dildo de larga duración en su zona íntima.
‘¿No me digas que piensa seguir con esto todo el rato?’.
La cara de Sheila, que había estado contando los segundos para que el juguete se detuviera, se transformó en una expresión de puro espanto.
—¿Te decepcionaste?
preguntó Cedric, como si le leyera la mente y supiera que ella esperaba que se lo quitara de una vez.
Sheila no pudo ni negar con la cabeza ni asentir con la verdad. Cedric, sabiendo mejor que nadie que ella no estaba en posición de responder, continuó:
—Todavía nos queda mucho tiempo, Sheila. Créeme que seguir con esto va a ser lo más fácil para ti.
Cedric la consolaba como si fuera un gato dándole ánimos al ratón que está por comerse. A pesar de que esas palabras le supieron a rancio, Sheila tragó amargo y decidió aguantar. Al final, él tenía razón. Ya se había acostumbrado a esta sensación y le daba más miedo que él empezara con alguna otra cosa que ella no conociera.
Pero había algo que se le hacía cada vez más insoportable a medida que repetían el proceso: la vibración constante la excitaba, pero no la dejaba llegar al clímax. Solo la mantenía en un estado de desesperación.
Si no hubiera ningún estímulo, vaya y pase, pero esa vibración persistente la estaba volviendo loca. Justo después de haberse venido dos veces, pensó que no querría volver a sentir placer en su vida, pero se equivocó. Ahora, Sheila deseaba con locura llegar al orgasmo otra vez. Sentía que, si lograba venirse bien una vez más, ya no pediría nada más en la vida.
‘¡¿Hasta cuándo va a seguir con esto?!’.
¿Iba a pasarse todo el tiempo que quedaba haciendo lo mismo? Antes de que le taparan los ojos, faltaba una hora y quince minutos. Sheila, que ya no aguantaba más, empezó a desear que él usara ese dildo para embestirla como hace un rato.
Es más, ni eso era suficiente. Sheila no podía dejar de pensar en que quería que él la penetrara con su ‘miembro de verdad’ y no con ese juguete falso. Al recordar el tamaño de lo que probó la vez pasada, el flujo volvió a brotar con más fuerza.
Tuvo que hacer fuerza hasta con el ano para intentar retener el dildo. Sin poder cerrar las piernas por la distancia que él le había impuesto, Sheila retorcía el cuerpo haciendo un esfuerzo sobrehumano. Al no poder gritar, la desesperación era doble. Hubiera preferido que le tapara la boca en lugar de los ojos; aguantar los gemidos por voluntad propia durante tantos minutos era una tortura.
En medio de esa lucha interna, Sheila sintió el impulso de soltarlo todo y rendirse. Pero los impulsos son solo eso, e impulsos; ella no era del tipo de persona que se jugaba la vida por un arrebato. Sin embargo, en ese pequeño momento de duda, el pesado dildo se resbaló y cayó al suelo con un sonido húmedo.
Tac-tac-tac-tac-tac.
El juguete, tirado en el piso, empezó a saltar haciendo un ruido ridículo. Al mismo tiempo, se escuchó el chirrido de la silla arrastrándose hacia atrás.
Sheila se estremeció al sentir que Cedric se levantaba. El sonido de él golpeando la palma de su mano con un crop (látigo corto) hacía que su cuerpo temblara levemente cada vez que lo escuchaba. Sentía que en cualquier momento le iba a caer el latigazo.
Cedric había sacado el crop mientras ella estaba ahí parada con el dildo puesto.
—Estaba pensando que, en vez de usar la mano, podría darte con el crop lo que falta. ¿Tienes alguna objeción?
Al terminar de decir eso, golpeó el látigo contra su mano un par de veces, y Sheila supo que ya lo tenía listo. Ella recordó el latigazo de la vez pasada. De todas las cosas con las que le habían pegado en su vida, esa herramienta era la que menos daño le hacía. La punta cuadrada era mucho más chica que la palma de la mano de Cedric, así que estaba segura de que dolería menos que un manazo.
Sheila asintió en silencio con la cabeza gacha. No tenía motivos para rechazar algo que doliera menos. Sintió cómo él se acercaba después de levantarse de la silla.
‘¿Debí haberle dicho que no?’
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