La criada azotada de la casa Calley - 43
Cedric dejó de lado el juguete, que ya tenía todo el cordón adentro y no paraba de moverse, y se fue hacia la cómoda.
Sheila sentía la vibración retumbando allá abajo, pero no podía decir ni «miau» mientras veía cómo él se alejaba. Tenía un miedo terrible de que, si soltaba un sonido, el castigo fuera peor.
Cuando Cedric volvió a pararse frente a ella, traía dos pinzas de madera en la mano.
‘¿Será para sujetar la falda?’
pensó Sheila ingenuamente, soltando la tela que antes mordía. Pero las pinzas eran demasiado chiquitas como para aguantar el peso de la falda.
—Uuuh…
Un gemido bajito se le escapó mientras trataba de adivinar para qué servían esas cosas. Por más que intentó aguantarse, no pudo evitarlo; ese aparato dentro de ella no dejaba de vibrar a su antojo.
Sheila tiró la toalla y dejó de pensar. Solo quería que el tiempo pasara rápido y obedecer en todo a ese hombre que era el rey de ese cuarto pervertido y su dueño absoluto.
Es verdad que estaba muerta de miedo por lo que él pudiera hacer, pero se consolaba pensando que en dos horas todo se acabaría. Aunque esos diez nalgazos que le dio le dolieron, no eran nada comparados con los azotes con vara o con la paleta.
Si comparaba los castigos, recibir una tunda de verdad era como un accidente de carro, mientras que pasar tiempo en este cuarto era como tropezarse y levantarse. Si fueran igual de malos, o si los azotes fueran peor, Sheila nunca habría aceptado entrar ahí.
Y el precio de esa «ventaja» era la obediencia total al joven conde. Por eso se repetía a sí misma que, hiciera lo que hiciera con él, eso no significaba nada más que «sumisión». Se decía que, por más que sintiera sensaciones raras y excitantes, esto no era más que parte de su chamba como mucama de castigo.
Tal como se lo había dicho Molly: lo que pasaba con él no tenía nada que ver con el sexo entre esposos o gente que se ama. Pero por más que intentara mentalizarse, era imposible no sentirse palteada, asustada, humillada y con una rabia contenida.
—Bájate y desvístete.
Sheila lo miró con unos ojos cargados de resentimiento ante su orden. Pero no le quedaba otra que hacerle caso. Él le extendió la mano después de darle esa orden tan cruel.
Ella quería ignorar su ayuda, pero con ese objeto grueso metido ahí abajo, le era imposible bajarse de la mesa por su cuenta. Cuando no tuvo más remedio que tomarle la mano, él le soltó:
—Aprieta bien ahí abajo y levántate. Si se te cae, te las vas a ver conmigo.
‘¡Ay… este enfermo…!’
pensó ella, insultándolo mentalmente con todas las lisuras que conocía mientras bajaba al piso con su ayuda.
Había entrado pensando que él se la iba a tirar como la vez pasada, pero en vez de eso, solo andaba haciendo estas cochinadas. Estaba claro que el tipo era mucho más pervertido de lo que ella pensaba. No había otra forma de explicar todos esos aparatos y juegos raros.
Apenas pisó el suelo, Sheila apretó el hueco con todas sus fuerzas para que el juguete no se saliera. Al hacerlo, sintió que la vibración se ponía más fuerte. Mientras sentía ese estímulo constante, se fue quitando la ropa prenda por prenda.
Como ya le habían hecho mil cosas raras con la ropa puesta, desnudarse fue lo de menos. Mostrar las tetas todavía le daba roche, pero no era nada comparado con la sensación del aparato vibrando solo dentro de su intimidad.
Sus pechos quedaron al aire, moviéndose un poco, y Sheila se estremeció al ver cómo Cedric clavaba la mirada en uno de sus puntos.
Sin querer, se dio cuenta para qué eran las pinzas.
Se le vino a la mente el recuerdo de hace dos días, cuando él se le pegó al pecho para morderle y chuparle la punta. El recuerdo estaba tan fresquito que sintió un corrientazo en los pezones.
—¿Qué pasa? ¿Ya te antojaste?
preguntó Cedric con un tono malicioso.
Sheila saltó del susto y sacudió la cabeza rápido. Por su cara, que se puso blanca como un papel, él se dio cuenta de que ella ya sabía qué iba a pasar con las pinzas.
Cuando Cedric se acercó con las pinzas en la mano, Sheila juntó las manos frente a su pecho y empezó a rogarle. No se atrevía a decirle «no» en voz alta, así que solo movía los labios desesperada.
‘Por favor… ¡uh!’
Sabía que si hablaba, él usaría eso como excusa para clavarle las pinzas en los pezones. Sheila frotaba sus manos como si estuviera rezando, suplicándole solo con gestos.
‘Perdóneme esta vez. ¡Ah! Por favor… por favor. ¡Mm!’
Mientras suplicaba, tenía que tragarse los gemidos que querían salir por culpa de la vibración que no paraba.
—Ya, está bien. Te voy a dar una oportunidad más.
Cedric se hizo el misericordioso y le dio otra orden:
—Súbete otra vez y abre las piernas.
A pesar de ser tan frío para mandar, la cargó con cuidado y la puso sobre la mesa, ya que ella apenas podía moverse.
—¡Hic!
Al cerrar las piernas de golpe, la vibración se sintió más fuerte y soltó un ruidito extraño. Por suerte, parece que él decidió dejarla pasar por ahora. Sheila se apuró a ponerse en la misma pose de antes, antes de que él cambiara de opinión.
Como prometió, Cedric no usó las pinzas. En su lugar, agarró el otro miembro de mentira con el que la estaba molestando antes. Jaló la cuerda y el juguete empezó a zumbar.
Y pronto, esa vibración empezó a rozar el punto más sensible de Sheila mientras ella estaba ahí, con las piernas abiertas.
¡Mmmgh! No… tengo que aguantar…
Sheila cerraba la boca con todas sus fuerzas. Esta situación era el polo opuesto a la vez pasada, cuando gritó hasta quedarse ronca. ¿Habrá sido porque gritó demasiado esa vez?
Ese día, al principio también se asustó de su propia voz y trató de contenerse, pero conforme la cosa seguía, terminó soltando unos gemidos que se oían por todo el pasillo. Como él le había dado permiso, al final hasta gritó a propósito para que cualquiera que pasara se enterara.
Quizás el conde Cedric, que es más vivo que el hambre, se dio cuenta de su jugada. Por eso hoy, de puro espeso, le había ordenado que no hiciera ni un ruido.
Al comienzo, cuando tenía los ojos tapados y sintió los dos aparatos invadiéndola, se asustó tanto que soltó un grito sin querer, pero ahora pensaba que podía controlarse. Claro que eso fue solo un engaño de un momento.
Cedric le volvió a dar cuerda al miembro de mentira y jaló un par de veces más el cordón del que le estimulaba el clítoris. El cuerpo de Sheila se puso hirviendo. Sentía que allá abajo estaba hecha un charco.
—Mmm, ¡aj! Ahhh…
Sheila apretaba los dientes y sacudía la cabeza de un lado a otro para no soltar nada, pero los ruiditos se le escapaban entre los labios. Y cuando Cedric jaló el cordón una última vez, justo sobre su punto más sensible, Sheila ya no pudo más y llegó al clímax.
—¡Aaaahhh!
Soltó un gemido largo y sonoro.
‘Maldita sea……’
pensó, incluso mientras sentía el orgasmo. Sabía que la había fregado, pero esto no era algo que se pudiera aguantar así nomás por pura voluntad.
Mientras Sheila se sacudía por la fuerza de la sensación, sintió el brazo firme de Cedric en su espalda. Como ya no tenía fuerzas ni para sentarse, se dejó caer hacia atrás.
Cedric la sostuvo con una mano para que no se golpeara, pero con la otra no paraba de mover el aparato contra su intimidad.
—¡Ah, no! ¡Mm, aaaah!
Sheila gritaba y trataba de empujar la mano de Cedric como fuera.
—Sheila, basta.
le advirtió él con voz grave, pero ella ya no escuchaba razones.
Con ese estímulo tan fuerte, se quedó en blanco y arqueaba la espalda hacia arriba. Solo quería que ese aparato del demonio se detuviera de una vez.
—¡Ahhh! ¡Suélteme, por favor! ¡Perdóneme, mi señor! ¡Ah!
rogó ella, colgándose de su cuello mientras le pedía disculpas desesperada. Pensó que solo así él le haría caso.
Justo en ese momento, el juguete dejó de vibrar. Incluso cuando todo paró, Sheila seguía abrazada a él, temblando como una hoja.
Cedric tiró el juguete del cordón sobre la mesa, pero Sheila no pudo celebrar. Al toque, él agarró el otro aparato, el que todavía tenía metido, lo sacó casi por completo y de un solo porrazo lo hundió hasta el fondo.
—¡Uff!
Sheila pegó un salto y se quedó temblando con la cintura en el aire. Él esperó a que se calmara un poco y volvió a repetir el movimiento: lo sacó y ¡pum!, adentro otra vez.
—¡Buaaa!
—¿Quién te dio permiso de gritar?
—Perdón… perdón, mi señor. Por favor, perdóneme esta vez. ¡Traté de aguantar, pero se me escapó solito!
A diferencia del tono frío de él, la voz de Sheila era casi un susurro mientras le suplicaba. Sintiendo el aliento de ella en su cuello, Cedric le dijo:
—¿Por qué pides perdón a cada rato, Sheila? Solo te pedí que cerraras la boca, ¿tan difícil es?
Su voz sonaba más suave que de costumbre, pero ella no se dio cuenta. Solo pensaba que él no iba a tener compasión. Después de lo que pasó la primera vez, ya tenía clarito que esto no era una relación normal, sino puro castigo.
Ahí fue cuando a Sheila le dio la «pica».
Sentía que si gritaba, perdía. No es que perdiera contra él, sino que sentía que perdía contra sí misma, contra su dignidad de mucama. Se mordió el labio inferior tan fuerte que casi se saca sangre.
Cedric siguió una y otra vez, hundiendo el aparato que no dejaba de zumbar. Si antes estaba mojada, ahora sentía que era un río. Sentir cómo sus propios fluidos le chorreaban por las nalgas la hacía temblar de pura vergüenza.
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