La criada azotada de la casa Calley - 42
La lección entre Cedric, Sheila y Judith se sintió completamente distinta a la anterior.
Judith ignoró a Sheila durante las tres horas completas.
Esa actitud amistosa que había tenido con su empleada durante la última revisión de tareas, incluso lanzándole miraditas, no aparecía por ningún lado. Cedric se dio cuenta al instante de que algo había pasado entre las dos.
Como él había enviado a Rufus para evitar que Judith descargara su ira contra la mucama, a ella no le quedaban muchas formas de atormentar a Sheila. Si la sobrecargaba de trabajo estando a solas sería demasiado obvio, así que lo máximo que podía hacer era tratarla como si no existiera.
De cualquier forma, Cedric cumplió su objetivo. El rostro de Sheila no mostraba ni rastro de golpes.
Al final, él había tenido éxito en llevarla a esa habitación. Pero Sheila todavía parecía incapaz de rendirse.
‘Seguro pensó que si simplemente terminaba de recibir todos los azotes estipulados en el contrato original, no tendría que volver a entrar ahí’.
Ni hablar.
Ahora que las cosas habían llegado a este punto, Cedric no tenía la menor intención de dejarla ir.
Judith, irritada también, mostró una malicia capaz de hacer llorar hasta al mismo diablo. Aparte de las cuatro o cinco preguntas que hasta un bebé podría responder bien, falló en todo lo demás a propósito.
Luego, como fingiendo arrepentimiento antes de que empezaran los golpes, preparó sus glándulas lagrimales.
Cedric sabía desde hacía mucho que Judith se obligaba a llorar durante las lecciones. Incluso sintió lástima por la empleada, que todavía guardaba la esperanza de que la niña cambiara.
—Judith. Si piensas ponerte a llorar, déjate de tonterías y lárgate de este cuarto. No has olvidado lo que te dije la última vez, ¿verdad?
En el momento en que Cedric le ordenó irse, una leve sonrisa cruzó el rostro de Judith. Por suerte o por desgracia, la pobre empleada no vio esa sonrisa.
Cuando Judith salió y la puerta se cerró firmemente tras ella, Cedric miró a la muchacha con ojos fríos y ordenó:
—Continuaremos el resto en el cuarto de castigo.
Sheila levantó la vista hacia Cedric con los ojos empapados de miedo.
Sin embargo, Cedric no sintió ninguna compasión ante esa mirada temblorosa. Al contrario, sintió cómo empezaba a excitarse lentamente.
Pensándolo bien, tanto Judith como él seguramente habían nacido con naturalezas demoníacas. Las habían heredado de la pareja Calley, cuyos rostros angelicales ocultaban un egoísmo descarado.
Cedric se burló de su propia perversidad, pero no tenía intención de cambiarla ahora.
Él caminó por delante. La empleada se levantó de su asiento con dudas y lo siguió.
Con un clic, la lámpara de gas se encendió, proyectando un suave resplandor amarillento sobre el espacio oculto en la oscuridad.
Cedric se dirigió directamente a la cómoda y revisó los objetos que había sacado antes. Estas eran las herramientas que empezaría a usar para entrenarla en serio.
Sin quitarles la vista de encima, Cedric ordenó:
—Súbete.
Solo después de hablar miró a Sheila. El lugar al que le dijo que subiera era la misma mesa de la última vez. La única diferencia era que esta vez dijo: ‘Súbete vestida’.
Sheila fue hacia la mesa sin vacilar. Aunque esta era solo la segunda vez, su actitud era completamente distinta a la indecisión de la vez anterior.
Aprendía rápido. Esa cualidad solo hacía que le gustara más.
—Abre tu zorra.
Cedric usaba palabras vulgares en esta habitación deliberadamente. Si tuviera que dar una razón, la primera era preparar el ambiente para un entrenamiento más fluido. Al usar ese lenguaje, podía hacerle sentir que el ‘juego’ ya había comenzado, sin necesidad de decir nada más.
Segundo, usar palabras sucias con una empleada que se veía impecablemente pura creaba una peculiar sensación de corrupción. Como beneficio adicional, también podía ver el rostro de la chica encenderse de vergüenza al escuchar tal lenguaje.
Sheila, que había logrado trepar a la mesa con más facilidad gracias a que estaba vestida, solo dudó cuando le dijeron que abriera las piernas.
Cedric entendió de inmediato por qué.
La prenda íntima que él asumió naturalmente que llevaría puesta… no estaba ahí.
Debido a eso, un tenue parche rosado de carne expuesta asomaba suavemente bajo el dobladillo levantado de su falda.
—E-es que… pensé que igual me iba a decir que me la quitara….
Consciente de la mirada de Cedric, la empleada dio una excusa que nadie había pedido.
Ja….
Su comportamiento descarado lo excitó inesperadamente.
Mientras él le daba la espalda para revisar las herramientas, Sheila se había tomado la libertad de prepararse a su manera.
Cedric enrolló la falda que aún cubría sus piernas y empujó el fajo de tela dentro de la boca de ella.
—Cierra la boca, Sheila. ¿Quién dijo que quería escuchar tus excusas?
La humillación hizo que las comisuras de los ojos de Sheila ardieran en rojo. Su expresión mezclaba la confusión por la posición inesperada con una absoluta deshonra.
‘Por una tontería como esta…’.
Viendo el rostro de Sheila contraerse, Cedric se imaginó la escena de ella quitándose la ropa interior a sus espaldas.
—Una perrita lujuriosa como tú merece un castigo, ¿no crees?
Ante las palabras de Cedric, Sheila sacudió la cabeza con la falda todavía en la boca. Las lágrimas se amontonaron en sus ojos, a punto de desbordarse. Esta vez, su rostro no solo reflejaba humillación, sino miedo.
—¿Exactamente qué estás negando? Me seguiste hasta aquí por voluntad propia y luego, desvergonzadamente, te quitaste la ropa interior.
Cedric torció deliberadamente las intenciones de la empleada, a pesar de que ella solo se había quitado la prenda para ser eficiente durante el ‘trabajo’.
La expresión de Sheila mostraba que se sentía realmente indignada.
—Mantén tu posición.
Ignorando su protesta, Cedric dio una orden firme y regresó a la cómoda. De entre los objetos que había preparado, tomó dos dildos largos y una venda para los ojos.
Cuando se acercó de nuevo a Sheila, el rostro de ella ya estaba tenso. El arrepentimiento por haberse quitado la ropa interior por cuenta propia y el miedo al castigo que le esperaba estaban escritos claramente en su cara.
Él quería meterle la verga en la boca de inmediato. Pero Cedric reprimió su impulso en pos de una satisfacción mayor y, en su lugar, le ató la venda sobre los ojos a Sheila.
—Hm…
Con la visión cubierta y la boca tapada con la falda, Sheila intentó decir: ‘Disculpe…’, como si tuviera algo que preguntar.
Pero a Cedric no le interesaba en lo más mínimo lo que ella quisiera decir. Obviamente sería algo inútil como: ‘¿Qué es esto?’.
En cambio, lo que le vino a la mente fue la imagen de ella la última vez, gritando sin vergüenza para que todo el mundo la oyera.
Él le había dicho que hiciera ruido al principio, pero…
—¡Hhngh, ngh, haaang!
Sus gritos se habían vuelto cada vez más fuertes, hasta el punto de que parecía que le estaba gritando a cualquier transeúnte.
Si alguien hubiera escuchado esos sonidos obscenos saliendo de la habitación del joven conde, ella probablemente pensó que todo se detendría ahí. Los rumores corren rápido en las mansiones, el señor de esta casa aún no era Cedric, sino su padre, el conde Bernard Calley.
Y además de eso, considerando que se estaba buscando un matrimonio adecuado para él, un escándalo que involucrara al joven conde habría sido un momento desastroso.
Por supuesto, por mucho que ella gritara hasta quedar afónica, nada de lo que quería sucedería jamás.
Pero aparte de eso, Cedric preparó un castigo digno de una empleada que se atrevía a actuar por su cuenta.
—Sabes que hoy te correspondían veintiocho golpes, ¿verdad? Tu trabajo hoy aquí es aguantar durante dos horas sin emitir un solo sonido. ¿Entendido?
Sheila asintió mientras temblaba.
Incluso el solo hecho de estar vendada la asustaba en exceso. Realmente, era una empleada que satisfacía a Cedric en todos los sentidos posibles.
Sonriendo con sorna, Cedric tomó uno de los dildos que trajo y le dio cuerda al resorte.
Crrrk, crrrk. Cada vez que le daba cuerda, un desagradable ruido chirriante resonaba. Sheila, con la falda metida en la boca, se estremeció ante el sonido. Claramente se estaba aguantando las ganas de preguntar qué era eso.
Cada vez que él giraba el resorte unas cuantas veces más, los delicados hombros de la muchacha daban un respingo.
Finalmente, cuando terminó de darle cuerda y lo soltó, el gran falo de imitación empezó a zumbar y vibrar con fuerza.
Sheila todavía tenía las piernas abiertas con la falda en la boca. Cada vez que temblaba de miedo, el valle secreto entre sus pálidos muslos sufría un espasmo.
Cedric empezó a presionar el dildo contra esa suave carne rosada.
—¡Ughhph!
Sobresaltada, Sheila soltó un sonido fuerte, así que Cedric le dio un manotazo en la parte interna del muslo abierto.
¡Smack!
—¡Ughk!
—Te dije que no hicieras ruido. ¿Ya te olvidaste?
Aterrorizada por la advertencia de Cedric, Sheila contuvo el aliento, intentando desesperadamente que no se le escapara la voz. Ver cómo apenas lograba aguantar dejó a Cedric satisfecho.
Mientras tanto, el dildo al que le había dado cuerda seguía traqueteando dentro de su sexo.
—Relájate. Solo es una imitación de verga.
Como Sheila estaba demasiado tensa y el agujero no se abría, Cedric le explicó personalmente qué era ese objeto.
—Se llama dildo. Este se mueve cuando le das cuerda.
Probablemente Sheila nunca había oído hablar de algo así.
Los juguetes con forma de falo existían desde la antigüedad, pero los dildos vibratorios eran un invento reciente, fabricados en pequeñas cantidades por un artesano vinculado al club. Incluso dentro del club, solo se vendían a unos pocos elegidos…
—Hoy, en lugar de mi verga, te meteré esto en la zorra.
Ante las palabras de Cedric, Sheila soltó un sonido ahogado y asustado. No había logrado desprenderse del miedo a ese objeto desconocido.
‘Para ser alguien que llora tanto y se asusta tan fácil…’.
Aun así, Cedric pudo sentir que ella intentaba relajar esa zona que se había tensado con fuerza, tal como él ordenó. No la presionó y, en cambio, se concentró en empujar el objeto lentamente hacia adentro.
Su sexo, que reaccionaba de forma tan honesta como su dueña, intentaba diligentemente tragarse el objeto a pesar del miedo.
Cedric observó a la empleada, quien estaba aterrada pero aun así se dejaba meter ese gran objeto en su boca de abajo, luego empujó el resto de la longitud hasta el fondo.
—¡Hhhu…!
Sheila se quedó con la boca abierta, aturdida, la falda que había estado mordiendo se le resbaló junto con su gemido. Había babeado tanto que la parte enrollada que estuvo dentro de su boca estaba totalmente empapada.
¡Smack!
Cedric levantó la falda de nuevo y le dio un manotazo en la parte interna del otro muslo. Esta vez en la pierna opuesta.
—¡Una perra que abre la zorra como una ramera ni siquiera puede aguantar uno de estos como se debe!
El golpe y el regaño de Cedric hicieron que Sheila diera una bocanada de aire y apretara los labios. Parecía que entendía lo suficientemente bien la orden de aguantar sin hacer ruido.
Mientras tanto, el muslo blanco que acababa de golpear floreció con la marca roja y fresca de una mano.
Ver esa piel que mostraba cada marca en el momento exacto en que la golpeaba mejoró un poco el humor de Cedric. Tomó el segundo dildo.
Esta vez, agarró la cuerda que sobresalía del extremo, tiró de ella con fuerza y luego la soltó. La cuerda regresó de golpe al interior y el objeto empezó a vibrar violentamente.
A diferencia del anterior que vibraba dándole cuerda a un resorte, este dildo producía la vibración al tirar de la cuerda. Pero no todas las vibraciones eran iguales.
El dildo de cuerda tenía vibraciones más fuertes que duraban más tiempo. El de tirón tenía vibraciones más débiles que se desvanecían rápido.
Y esas diferencias creaban usos distintos. El de tipo resorte, aunque tomaba tiempo prepararlo, era bueno para dejarlo dentro del sexo de una mujer como ahora; y el de tipo tirón, al ser simple y práctico, era bueno para sostenerlo con la mano.
Cedric acercó el objeto vibrante que tenía en su poder al clítoris de Sheila.
—¡Haaang!
Sheila no pudo contener un gemido.
—Te dije que mantuvieras la boca cerrada.
En lugar de pegarle otra vez, Cedric le quitó la venda de los ojos.
Sheila, que de alguna manera aún mantenía la posición en ‘M’ con las piernas abiertas, ahora podía ver los dos dispositivos vibratorios que la atormentaban ahí abajo.
Como era de esperarse, los ojos de Sheila se llenaron de horror al ver el grueso objeto incrustado en su sexo y otro similar en la mano de Cedric. Aun así, sus caderas daban sacudidas por las vibraciones que la atacaban desde ambos lados.
—¡Hhngh, hhk…!
Su gemido entrecortado por las lágrimas hizo que la entrepierna de Cedric se hinchara tanto que tensaba sus pantalones.
Pero detener el entrenamiento aquí no era una opción.
—Una perra que no entiende ni siquiera a golpes necesita un nuevo tipo de castigo, ¿no crees?
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