Annette - 9
La razón por la que ese hombre había venido a la mansión del conde en plena noche era obvia: pensaba tranquilizarla para que se quedara en su cuarto y luego ir a reportarlo todo en secreto. En el momento que se dio cuenta, el terror la inundó, aplastando su rabia. El corazón le latía como loco y sentía la cara hirviendo. El instinto de huir le retumbaba en los oídos como un tambor.
Tengo que cambiarme… primero la ropa.
No tenía opción. Si salía vestida como una dama, la iban a reconocer al toque. La única forma que Annette conocía para camuflarse era vestirse de sirvienta, así que no había nada que pensar.
«Vete de una vez. Escapa. No puedes quedarte aquí», le gritaba una voz desesperada al oído.
No me puedo quedar aquí.
Annette se quitó la bata de dormir a tropezones y abrió el baúl de la ropa. Mientras sacaba el vestido de sirvienta que tenía escondido en el fondo, su mente quedó en blanco, pálida del susto. A dónde iría vestida así, qué haría o qué pasaría si alguien la encontraba, eran problemas para después. Sentía que las piernas le flaqueaban, pensando que en cualquier momento los guardias del conde iban a tirar la puerta abajo.
Si igual me van a matar de una forma u otra, prefiero morir intentando algo.
Al verse acorralada, el miedo desapareció y sacó garras. Si ya lo había hecho una vez, podía hacerlo de nuevo. Primero, salir de aquí. Pasar la noche escondida entre los matorrales y, apenas claree el día, salir por la puerta del castillo fingiendo ser una sirvienta que empieza sus labores de madrugada. Cuando el castillo esté lo suficientemente lejos, dejar de caminar y empezar a correr. Quizás así logre llegar al pueblo antes de que la chapen.
Su cabeza daba vueltas como una rueda fuera de control. Annette metió los brazos en el corpiño del vestido, amarró los cordones y se puso la cofia. Aunque las rodillas y las manos le temblaban horriblemente, se arregló el traje apretando los dientes. Sacó los collares del joyero, los metió a la fuerza en los bolsillos del delantal y, caminando de puntitas por el pasillo oscuro y silencioso, contuvo la respiración.
En la puerta principal estaban los guardias, pero la puerta trasera que usaba la servidumbre no la cuidaba nadie. Como ya había terminado la jornada, todos los empleados estaban en sus dormitorios. Los que estaban de turno no salían de sus cuartos a menos que los llamaran, así que Annette pudo escabullirse de la mansión sin que nadie la viera.
Era junio. Una noche de luna clara.
El castillo del señor del sur tiene murallas bajas y un interior amplio. El hecho de que no tuviera defensas contra ataques era porque Trissen no había pasado por una guerra en años. Sin invasiones ni guerras civiles, los muros del castillo no eran más que una cerca, pero incluso esa cerca era de piedra sólida y mucho más alta que Annette.
En los cuatro meses que llevaba ahí, ya se conocía bien la estructura del Castillo Lott. Con el muro que dividía el castillo a la mitad, al este estaba la mansión y al oeste el campamento militar. Entonces, ¿por dónde sería más seguro ir?
Annette no lo pensó dos veces y eligió el oeste. Después de todo, estaba escapando de su esposo, que estaba en la mansión.
El mundo a medianoche es pura oscuridad, así que había muchos sitios donde esconderse. Gracias a eso, llegó al muro divisorio sin que nadie se diera cuenta. Si lograba pasar ese arco que se veía a lo lejos, dejaría atrás la mansión para entrar al campamento. Con los labios apretados, apuró el paso hacia allá.
Fue entonces cuando sintió una presencia cerca.
El hombre no hizo ningún ruido. Sin embargo, supo que estaba ahí por puro instinto. Annette simplemente sintió que él estaba ahí, por eso, antes de voltear la cabeza, ya se le había congelado el corazón. En el momento en que sus ojos se cruzaron con los de él, sintió que se quedaba sin aire.
Ese rostro. En la cara del hombre, marcada por sombras intensas y bañada a medias por la luz naranja de una antorcha, creyó ver un destello de asombro.
¡Dioses míos! Annette empezó a correr por puro instinto.
Sus piernas se enfilaron hacia el norte por sí solas. Había calculado que, como conocía mejor la mansión que el campamento, tendría más sitios donde esconderse si iba hacia el jardín trasero. Aunque corría con todas sus fuerzas tras ese juicio instantáneo, Annette sabía que esto no era más que un último manotazo de ahogado.
Su oponente era un caballero. Un hombre que le llevaba una cabeza de ventaja, con piernas largas y un cuerpo musculoso. Era imposible que pudiera despistarlo.
Pero si igual voy a morir…
Annette corrió con una rabia que nunca había sentido en su vida. No se rindió ni siquiera cuando el hombre, que la venía siguiendo, le agarró un brazo. Pero su cuerpo cayó con demasiada facilidad en las garras de él.
Fue bajo un enorme laurel que se alzaba imponente en medio del jardín.
—Ah…….
Al soltar un quejido involuntario, una mano grande le tapó la boca. La mano que le sujetaba el brazo derecho le apretaba tanto que le dolía. No puedo respirar. Trató de quitarse la mano del hombre de la cara, pero no se movía ni un milímetro. Le tapaba la boca y la nariz con tanta fuerza que no podía jalar aire. Con el terror de sentir que podía morir, retorció el cuerpo desesperadamente para resistirse.
—Mmm… mmm……
—Cállese, por favor.
Él susurró en voz baja y bajó un poco la mano. Aspirando aire por la nariz con urgencia, Annette abrió los ojos que había tenido apretados por el miedo. El cuerpo del hombre, pegado al suyo, la dominaba por completo. La palma de la mano que presionaba sus labios estaba caliente, llena de ardor.
—¿Se ha vuelto loca? ¿Qué diablos está haciendo ahora…?
El hombre le reclamó entre dientes. Su voz era muy baja, pero sonaba inestable, con la respiración entrecortada. Annette, con la boca tapada, lo miró hacia arriba con los ojos bien abiertos. La luz de la luna bañaba el rostro endurecido del hombre.
Esa cara, contra todo pronóstico, no se veía amenazante. Era el rostro de alguien que encontraba la situación absurda, que estaba molesto y, tal vez, un poquito asustado. Miedo. Al notar eso, Annette dejó de tenerle pavor. En el momento en que vio el temor de él, el suyo desapareció.
En medio de la oscuridad, los dos se quedaron mirándose fijamente, conteniendo cada uno su propia respiración.
Reingar esperó hasta que Annette recuperó el aliento. Incluso después de que sus hombros dejaron de agitarse, se quedó mirándola con fijeza. A través de esa mirada sostenida, hubo una conversación sin palabras.
¿Se va a quedar callada? Me quedaré callada. Después de observarla con insistencia hasta que a Annette le empezaron a arder los ojos, él retiró lentamente la mano que le cubría la boca.
—¿De verdad tantas ganas tiene de morir de esta forma tan estúpida?
El susurro del hombre sonó casi como una burla. Recorrió con la mirada la cofia y el vestido de sirvienta, poniendo una cara de incredulidad total. Esa mirada, que parecía cargada de desprecio, hizo que Annette se picara de inmediato.
—Hago esto justamente para no morir.
—¿De qué está hablan…..?
—Usted me lo prometió.
Annette lo cortó en seco, clavándole la mirada. En el lugar donde antes hubo miedo, ahora hervía un resentimiento puro. Estaba tan amarga que sentía que todo esto era culpa de él, como si este hombre fuera el único responsable de todas sus desgracias.
Quizás esa rabia tan absurda era por culpa de los ojos del caballero. Por esas pupilas negras como piedras de río en medio de la oscuridad. Porque le pareció ver en ellos un rastro de duda, un titubeo.
—Me lo prometió… dijo que lo mantendría en secreto…
O tal vez era porque él le hablaba en su propio idioma. Porque no era ni el Emperador ni el Conde. Porque era alguien a quien Annette podía decirle todo lo que sentía sin guardarse nada.
—Ahora ya no estoy a salvo. El Conde no me va a dejar en paz. Y todo porque usted se fue de lengua y………
—No he dicho nada.
Se lanzaban los susurros como si fueran dagas. Estaban parados justo al medio del jardín trasero de la mansión. No había guardias por ahí, pero en cualquier momento podía aparecer alguien. Era obvio lo que pasaría si encontraban a la esposa del Conde, vestida de sirvienta, a solas con un hombre.
Por eso, Annette midió sus palabras. Se quedó callada, fulminándolo con una mirada de total desconfianza, luego soltó en voz bajita:
—… Mentiroso.
—Es la verdad.
—¿Entonces a qué vino a la mansión?
Reingar también se estaba esforzando por no hacer ruido. Él también trataba de analizarla más con la mirada que con las palabras. Y por la forma en que todavía le sujetaba el brazo con fuerza, estaba claro que él tampoco confiaba en ella.
—Acaba de estar ahí hace un rato. Lo vi todo.
—…….
—Vino para reportarle todo al Conde. Usted es un estafador. Me trajo diciendo que se guardaría el secreto, pero resultó ser un cobarde de lo pe……..
Mientras ella siseaba sus reclamos, él volvió a taparle la boca de golpe. Su cara de desconcierto lo decía todo: «¡Ya cállate de una vez, que alguien nos va a oír!».
Annette pensó que Reingar no debía ser mucho mayor que ella mientras lo veía mirar alrededor con nerviosismo. Recién en ese momento se dio cuenta de que él la estaba tocando sin ningún reparo. El único contacto que se le permitía a una princesa con los hombres era un beso en el dorso de la mano. Incluso después de perder su título, ningún hombre le había puesto la mano encima de esa forma. Ni siquiera su esposo.
Al pensar en eso, se volvió consciente de la cercanía de sus cuerpos. La palma de la mano que presionaba sus labios quemaba. El agarre en su brazo derecho era grande y fuerte. Del pecho del hombre, que le bloqueaba la vista, emanaba un ligero olor a incienso.
Inspirando ese aroma, Annette miró hacia arriba al hombre que le sacaba una cabeza de ventaja. Reingar tampoco le quitaba los ojos de encima. En medio del silencio, ambos se escudriñaban las pupilas, tratando de leerse el uno al otro.
Se sentía el olor a hierba de inicio de verano. Ese aroma fresco de las plantas llenas de vida. Por algún lado, el cri-cri de un bicho rompía la quietud de la noche.
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