Annette - 8
—Siento mucho lo de la muerte de Sir Erich en combate.
Esas palabras se le escaparon en un instante. Fue una excusa improvisada para justificar su falta de modales por aparecerse a esas horas de la noche, pero también fue algo que soltó sin querer, desde lo más profundo.
—Se lo envié por escrito, pero el combate cuerpo a cuerpo fue masivo. Intenté moverme junto a él, pero el campo de batalla era demasiado amplio y los enemigos estaban desesperados; no se pudo hacer nada. No tengo cara para mirarlo… por no haber podido proteger a Sir Erich.
Qué estupidez. Si Erich lo hubiera escuchado, se habría burlado diciendo: «Ni que fuera una chiquilla para que me estés cuidando». Pero eso tampoco era lo que Reingar realmente quería decir.
Me dolió que Erich muriera. Me siento culpable por haber regresado solo. No sé de quién es la culpa de que no hayamos podido volver juntos.
Aun así, se limitó a disculparse con total sumisión porque el hombre frente a él era el conde. Como un caballero leal, sentía que debía actuar así para parecer alguien que conoce su lugar. Reingar era muy consciente de sus propios cálculos y de sus verdaderas intenciones, por eso, como ya era costumbre, sentía un profundo autodesprecio y desilusión.
—Es normal que un caballero muera en el campo de batalla. No es culpa de nadie.
—…….
—Toda victoria exige sacrificios. ¿Acaso soy el único que ha perdido a un hijo?
Tras decir eso, el conde guardó silencio, como sumido en sus pensamientos. Reingar permanecía de pie, a unos cuatro pasos del escritorio donde él estaba sentado.
—Este año cumples veinticuatro, ¿verdad?
—Sí.
‘Veinticuatro’. La voz del conde, murmurando su edad, le tocó una fibra sensible. Sintió una esperanza ciega por el simple hecho de que él recordara su edad. Y eso que, siendo de la misma edad que Erich, era imposible que no la supiera.
—Erich solo cumplió con su deber. Me alegra que hayas vuelto con vida.
A pesar de todo, al escuchar esas palabras, Reingar estuvo a punto de preguntarle:
¿Es usted mi padre?
Pero esa era una pregunta que jamás se atrevería a hacer primero. Gallant Lott era su señor y quien decidía su destino. No podía tener la osadía de preguntarle a un hombre así si era su progenitor, si él era quien había sembrado su semilla en el vientre de una sirvienta.
Como caballero sería una deslealtad, como hijo, una falta de respeto; así que no le quedaba más que esperar. Hasta que el conde lo admitiera por voluntad propia. Mientras tanto, se esforzaría por ser un hijo ilegítimo digno de ser reconocido.
—A partir de mañana, usarás la habitación de Erich.
Ante esas palabras inesperadas, Reingar no podía creer lo que oía. Contuvo el aliento por un segundo y miró el rostro del conde. Gallant Lott continuó hablando, como si ya lo hubiera tenido planeado.
—Ya eres todo un caballero. No me gusta que un caballero de mi orden viva en los barracones como los soldados rasos. Tampoco puedo dejar que vivas solo fuera del castillo, así que lo mejor será que te quedes aquí hasta que te cases.
—…….
—Hay que ocupar las habitaciones vacías. Erich también querría eso.
—…….
—Le daré instrucciones al mayordomo, así que traslada tus cosas apenas amanezca.
En medio de ese repentino ‘evangelio’ de buenas noticias, no encontraba palabras para responder. En su confusión, una esperanza más intensa que nunca empezó a brillar en su interior. ¿Sería esto una señal de reconocimiento? ¿Qué otra cosa podría ser el hecho de que le pidiera ocupar el cuarto de Erich? ¿Acaso quería que el hijo ilegítimo llenara el vacío del hijo muerto?
—Bienvenido a casa, Rein.
El conde le dedicó una sonrisa suave. Era el rostro más benevolente que le había visto en toda su vida, por eso, Reingar vaciló una vez más. ¿Debería informarle? ¿No debería retribuir esta gracia?
Un caballero leal no debe ocultarle nada a su señor. Para ser un hijo ilegítimo digno, debía entregarlo todo. Sin embargo, la razón por la que finalmente no pudo despegar los labios fue otra.
—Soy Annette.
Esa mujer, a la que había conocido hace apenas unas horas, no salía de su cabeza. Le pesaba demasiado la idea de empujarla hacia un abismo más profundo. Esos ojos de un azul pálido llenos de terror, esos labios rojos de tanto mordérselos, la imagen de ella sentada como una muñeca al extremo de la mesa del banquete se le atoraban en la garganta como un nudo de algodón.
—Entonces… mátame ahora.
La princesa que temblaba vestida de sirvienta… sí, le daba lástima.
—Ya es tarde. Ve a descansar.
—… Sí, mi señor. Con su permiso.
Incluso mientras hacía una reverencia y se daba la vuelta, Reingar seguía atormentado. Al salir de la habitación, su corazón latía con fuerza. Sabía que había cometido un grave error, pero ya no había marcha atrás. Solo hay una oportunidad para demostrar una lealtad absoluta. Al haber ocultado algo que debía reportar, ahora tendría que esconderlo por completo para siempre.
‘Pero, ¿qué diablos he hecho?’
—Voy a confiar en usted. En que mantendrá el secreto.
‘Me voy a volver loco’
Reingar se quedó de pie un buen rato, tragándose una sonrisa amarga. El pasillo estaba en silencio, sumergido en la oscuridad. ¿Dónde estarían los aposentos de la condesa? ¿No estarían cerca de la habitación de su esposo? Aguzó el oído, pero no se escuchaba nada; eso solo le confirmó, una vez más, que estaba cometiendo una locura.
—Uff…
Exhaló un largo suspiro y cerró los ojos. En su primer día de regreso a casa después de un año, su cuerpo y mente, agotados por el largo viaje, se sentían como bajo un hechizo. Y pensar que desde mañana viviría en esta mansión le daba aún más dolor de cabeza.
‘¿Habré hecho bien? No lo sé’.
—Ándate a caminar un rato y luego métete a tu cama, pedazo de animal.
se dijo a sí mismo, resignado.
Reingar empezó a caminar. Tras el cristal de las ventanas, la luna colgaba en el cielo nocturno como una moneda de plata. Alejándose de la mansión del conde, sumida en paz y calma, se fundió silenciosamente en la fragante noche de junio.
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Annette empezó a apagar las luces de su cuarto temprano desde que llegó al Castillo Lott. Era un hábito que comenzó pensando que, si fingía estar dormida, podría evitar que su esposo la llamara; pero no servía de mucho, ya que el mayordomo del conde siempre venía antes de la cena para avisarle que esa noche dormirían juntos.
Aun así, Annette apagaba todo cada día y dejaba la habitación a oscuras. Se sentía más tranquila estando entre las sombras.
De un tiempo a esta parte, le empezó a dar asco la claridad. La oscuridad, que antes tanto la aterraba, ahora le daba consuelo. En las tinieblas no se veía nada de ese mundo que se negaba a aceptar, ni todas esas cosas que la luz terminaba revelando. Como quien echa tinta sobre un dibujo feo, Annette apagaba la luz y se quedaba acurrucada en la oscuridad. Se sentaba ahí, quieta, imaginando las cosas que sí quería ver: a su padre el rey, a la reina madre, a sus hermanos. A su nana, a sus cuidadoras y a sus damas de compañía. El palacio de Kingsberg y el jardín de peonías.
Pero hoy, le era imposible pensar en nada de eso.
‘¡Rein!’
Cuando lo vio en el banquete, Annette estuvo a punto de que se le desencajara la cara. ¿Qué hacía ese hombre ahí? Estaba tan asustada y sorprendida que tuvo que aguantarse las ganas de salir corriendo. Era la primera vez que veía al conde recibir a alguien con tanto gusto, aunque eso la puso más nerviosa, se aferró a una última esperanza.
El conde había regresado como a las cinco de la tarde. El banquete empezó a las siete, así que hubo un margen de dos horas. Tiempo suficiente para que él reportara lo que pasó en la tarde, pero el conde parecía no saber nada. Sin embargo, ese hombre era claramente el caballero favorito de su esposo, así que no era momento de bajar la guardia. Annette no se atrevió a mirarlo ni una sola vez durante toda la cena.
No le costaba nada estar sentada al extremo de la mesa, vestida como una gran señora. Estaba acostumbrada a que nadie le prestara atención y a dejar que ese idioma que no entendía le pasara por las orejas como si nada. Pero hoy, Annette escuchaba con todas sus fuerzas, tratando de adivinar por dónde iba la conversación.
Cada vez que ese hombre abría la boca, sentía que se le paraba el corazón. Esa voz suya, grave y de una pronunciación seca y fría, sentía que se le enredaba en el cuello como una soga. Escondiendo el temblor de sus rodillas bajo la falda, le rezaba a los dioses:
Por favor, ayúdenme. Hagan que cumpla su palabra. Una vez, solo por esta vez, sálvenme la vida.
Incluso después de que terminó el banquete y regresó a su cuarto, Annette se quedó sentada junto a la ventana a oscuras, vigilando qué pasaba afuera. Se sentía aliviada de ver que todo seguía igual, pero el corazón no le dejaba de latir a mil. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Podía confiar en ese hombre?
Annette sabía muy bien cómo funcionaba la relación entre un caballero y su señor, lo que significaba el juramento de lealtad.
—Entonces, debe ser porque no soy noble.
Si era un caballero de origen plebeyo, con mayor razón buscaría ganarse el favor de su señor. No tenía lógica que ocultara el mérito de haber atrapado a la esposa fugitiva. ¿De verdad me ayudará? ¿Será que me tuvo un poco de lástima? Si no fuera así, ¿por qué no le soltó todo apenas lo vio?
Mientras vigilaba por la ventana, entre la esperanza y la ansiedad, el hombre apareció como por arte de magia.
Él venía caminando hacia la mansión cuando, de pronto, levantó la cabeza y miró hacia donde ella estaba. En el momento en que la luz de las antorchas iluminó su rostro, Annette sintió desesperación y rabia al mismo tiempo.
—No diré nada sobre nuestro encuentro aquí.
Le dolía el pecho como si de verdad hubiera confiado en su promesa, como si alguien en quien creía la hubiera traicionado.
—Así que no se preocupe y regrese, por favor.
Palabras como esas… era obvio que no podían ser verdad.
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