Annette - 7
Fue cosa de un segundo. Una confusión que lo tomó por sorpresa antes de que pudiera reaccionar. Solo con ver el gorro blanco, la silueta bajita y los hombros angostos, Reingar se convenció de que era ella; pero al toque se dio cuenta de lo estúpido que era su error.
Las manos de la mujer. Esas manos juntas frente al delantal limpio no tenían nada que ver con las que vio al mediodía.
Estoy loco.
Incluso mientras se maldecía a sí mismo, no podía dejar de mirar las manos de la chica. No le quitó la vista de encima hasta que la empleada, que entró con la cabeza gacha y toda temerosa, cerró la puerta tras de sí. Si ni la espalda encorvada ni los hombros se le parecían en nada, ¿por qué diablos se había confundido así? Reingar sintió un arranque de cólera y frunció el ceño.
—Yo no he llamado a ninguna empleada.
—El señor del castillo me ha enviado.
respondió ella en voz baja.
Hablaba en triseno. Justo cuando Reingar procesaba ese hecho tan obvio, la chica siguió hablando:
—El señor dijo que, como Sir Reingar debe estar agotado por el largo viaje, yo debía ayudarlo a… quitarse el cansancio.
La empleada, con voz de hilo, levantó la cabeza con cuidado para mirarlo. Reingar se quedó mudo, simplemente mirándole esa cara desconocida. Sintió que se le helaba la nuca.
—… No hace falta. Retírate.
Rechazó la oferta en seco y le dio la espalda. Tenía la cabeza hecha un nudo y el estómago revuelto; se sentía de la patada. Y lo que más rabia le daba era que el corazón le seguía latiendo a mil por hora.
—Este……
la empleada volvió a abrir la boca cuando él solo quería que se largara de una vez.
Reingar aguantó las ganas de gritar y esperó a que terminara de hablar. Él no trataba mal a las empleadas como solían hacer otros nobles o caballeros. Para él era importante no olvidar de dónde venía.
—Yo… so-soy virgen…
¿Y a mí qué chicha me importa?, estuvo a punto de soltarle, pero en ese instante entendió por qué la pobre chica decía eso.
‘¿Cómo crees que nuestro ‘Caballero Pulcro’ va a tocar a una mujer de la calle?’
Reingar estuvo seguro de que ese sentimiento que le quemaba por dentro era pura indignación.
Una empleada que no tenía a dónde ir era prácticamente propiedad de su señor. Campesinos pobres que mandaban a sus hijas a servir para tener una boca menos que alimentar, o mujeres que no tenían más opción que esa o la prostitución. Los nobles sabían eso perfectamente y por eso usaban a las empleadas como un juguete fácil. La mayoría de los hijos que las sirvientas tenían solas eran engendros del patrón o de algún invitado.
‘Un hombre también tiene que saber disfrutar’.
Reingar le puso nombre a ese sentimiento que le revolvía las tripas. No era odio, era rencor.
—Te he dicho que te retires.
—……
—Yo hablaré con el señor, así que no te preocupes.
Darle esa seguridad fue su forma de ser considerado con ella. No se puso de igualado a decirle que no volviera a hacer esas cosas; sabía bien que alguien que necesita techo y comida no puede ir en contra de las órdenes del patrón. Él mejor que nadie sabía que para sobrevivir, a veces, hay que tragarse la humillación.
Incluso después de que la chica se fue y se quedó solo, Reingar no se echó a la cama. Se quedó ahí parado un buen rato mirando al suelo. Se puso a pensar por qué su casa, a la que volvía después de un año, ya no se sentía igual.
Parecía que la ausencia de Erich, o quizás algo mucho más grande, lo había cambiado. En el campo de batalla contaba los días para volver porque extrañaba su hogar; pero ahora que estaba aquí, desde el primer día, todo le resultaba ajeno e incómodo.
Hogar. ¿De verdad este es mi hogar?
En cuanto pensó eso, reaccionó de golpe. ¿Cuál hogar?. Este era el castillo del Conde Lott, no su casa. Esa mujer era la Condesa, no una empleada. No era la hija de un campesino que tuvo la mala suerte de ser capturada; era la hija engreída de un tirano, la princesa de un reino que ya no existía.
No te equivoques.
Recién ahí le cayó el veinte, como si le hubieran tirado un balde de agua fría. Se sintió un tonto por haber dudado tanto desde la cena. Reingar apretó los dientes y volvió a ponerse la ropa que se acababa de quitar. Haber dudado en informar algo que debía reportar ya era una falta de lealtad. Si no quería meter la pata más fondo, tenía que informar al Conde antes de que acabara el día.
Se vistió rápido y salió de los dormitorios. A esa hora de la noche, el castillo estaba casi desierto. Salvo por los centinelas que hacían guardia en la puerta y las antorchas encendidas en varios puntos, todo estaba envuelto en un silencio oscuro.
La residencia del Conde estaba al este, justo al lado opuesto de los dormitorios de los soldados. Rodear la mansión del señor y el cuartel militar con una muralla baja era el estilo propio de Trisen; muy diferente a los señores del norte, que vivían en castillos que parecían fortalezas.
Aunque la muralla era baja, bastaba para evitar intrusos, por lo que la vigilancia interna era más bien relajada. Seguramente, si Reingar sentía que algo no cuadraba en esa calma, era solo porque él acababa de llegar del frente de batalla y todavía tenía los nervios de punta.
Caminó entre las sombras sin necesidad de luz. En el trayecto del cuartel a la mansión no se cruzó con nadie. De las ventanas de la casa de donde se escapaba algo de luz, reconoció el dormitorio del Conde y, casi por instinto, buscó con la mirada las ventanas de alrededor. Quería saber cuál era el cuarto de la Condesa, pero todas estaban a oscuras.
¿Ya se habrá dormido? No creo que pueda estar tan tranquila. Lo lógico sería que estuviera muerta de miedo pensando en cuándo voy a soltar la lengua.
O tal vez… ¿estará ahorita con su esposo?
Aun con ese pensamiento en la cabeza, Reingar no se detuvo. ¿Y si están juntos, qué? Capaz es mejor así. Si ella confiesa su error ahí mismo y pide perdón, puede que el marido se apiade. Siguió repitiendo la palabra ‘esposo’ en su mente mientras alargaba el paso.
Al acercarse a la puerta principal, los guardias lo reconocieron y lo saludaron con una venia. Reingar pasó de largo y subió al segundo piso. El interior de la mansión estaba en penumbras, apenas iluminado por los braseros colocados en cada descanso de la escalera.
Se detuvo frente a los aposentos del Conde. Aguzó el oído por un momento y luego tocó la puerta. Toc, toc. El sonido de la madera maciza retumbó en el pasillo silencioso.
—Mi señor. Es Reingar.
—Pasa.
Reingar entró con la mirada baja, atento a cualquier movimiento. El cuarto era amplio y estaba bien iluminado por velas; los muebles finos brillaban bajo la luz. No había nadie más, aparte del Conde, que estaba sentado frente a un fajo de documentos. Reingar sintió un alivio interno y presentó sus respetos.
—Lamento interrumpirlo a estas horas.
—¿Qué pasó? Siempre es un gusto verte, pero…
Gallard Lott lo miró con una sonrisa. Estaba con ropa cómoda, listo para dormir, parecía estar de mejor humor que de costumbre, seguro por el efecto del banquete.
Al tenerlo frente a frente, Reingar se puso tenso por puro hábito. Era ese sentimiento de obediencia y respeto que le habían inculcado desde chiquito.
Si Gallard no lo hubiera recogido, no estaría vivo. Habría muerto a los pocos días de nacido siendo comida para los perros callejeros, o con suerte habría crecido pidiendo limosna para terminar como un campesino más. Él es quien decidió mi destino. Ese pensamiento hacía que Reingar agachara la cabeza siempre que estaba ante él.
—He venido porque tengo algo que decirle.
—Dímelo mañana cuando amanezca. Debes estar muerto de cansancio, ve a descansar.
—…….
—¿Qué pasa? ¿Acaso no te gustó mi regalo?
Había un tono de burla en la voz del Conde. Reingar levantó la vista y lo miró a los ojos.
—A la empleada la mandé de regreso.
—Vaya… Y eso que pedí especialmente que te mandaran a una virgen, pensando en ti.
—… Le agradezco mucho el gesto, pero no necesito una mujer.
—No me digas.
Gallard lo miró con curiosidad, como si de verdad no entendiera por qué alguien rechazaría a la chica. A Reingar no le sorprendió esa indiferencia tan típica de los nobles, pero volvió a sentir ese resentimiento de siempre. Estuvo a punto de soltarle lo que de verdad sentía.
Que no quiero que nadie muera como murió mi madre, ni quiero traer al mundo a otro hijo sin padre y sin apellido como yo. Esas palabras le llegaron a la punta de la lengua, pero una vez más, se las tragó. Sabía que el Conde no iba a aceptar a un bastardo malagradecido como hijo.
—Bueno, si tú lo dices, no hay nada que hacer. Está bien.
—Gracias, señor.
—Entonces, ¿a qué has venido? No creo que hayas venido a estas horas solo para hablarme de una empleada.
Gallard se reclinó en su silla. Parecía un poco fastidiado porque Reingar había rechazado su regalo. Si Reingar hubiera ido a su dormitorio privado solo para decirle que devolvió a la chica y que no lo volviera a hacer, el Conde pensaría que es un igualado y un malcriado. Por eso, para calmarlo y demostrarle su lealtad, tenía que soltar el reporte.
‘Hoy al mediodía me encontré con la Condesa fuera del castillo. Parece que se disfrazó de empleada para poder salir sin problemas. Por suerte me crucé con ella y la traje de vuelta, pero sería mejor que le ponga vigilancia para que no vuelva a pasar’.
Era un reporte simple y directo. Reingar tomó aire y abrió la boca.
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