Annette - 59
—El demer es bien duro, así que el fuego tiene que estar a una temperatura altísima. El trabajo con el mazo es el doble de pesado y, si te descuidas un poquito, lo más probable es que se te rompa.
—Ya pues, ya lo sé, pero igual enséñeme. Todo esto me va a servir de algo.
—¿Y para qué te sirve estar aprendiendo cosas de herrería? Ni que fueras a ser herrero.
—Claro que sirve. Puedo venir acá a fabricar puntas de lanza o a afilar espadas. Y de paso le ayudo con su chamba, maestro.
—¿Y quién te ha dicho que necesito ayuda?
—Bueno, ya se hizo tarde, así que mejor enséñeme mañana.
Bruno no le contestó y siguió dándole al martillo. Mirándole la espalda, Reingar soltó una risita silenciosa. Por más que se pusiera así, sabía que mañana mismo le enseñaría a manejar el acero demer. El viejo siempre era igual: se la pasaba quejándose de que era un fastidio o de que eran ‘secretos del oficio’, pero si le insistía un poco, terminaba cediendo.
Reingar se metió un higo a la boca y se quitó la túnica de un tirón. Si quería que le soltara los secretos, iba a tener que esforzarse más ayudándolo.
Agarró otro higo del tazón que estaba sobre la mesa de trabajo, se lo comió y se paró frente al yunque vacío. Mientras escogía un pedazo de hierro bien al rojo vivo del fogón, Bruno no dijo ni muna. Al lado del herrero que trabajaba en silencio, Reingar también levantó el martillo.
Tan, tan, tan.
El sonido de los dos martilleando empezó a resonar al mismo tiempo.
***
Me dice que no puede moverse porque está lloviendo; bueno, menos mal que estamos en época de lluvias. La verdad, no tengo ningún interés en que me devuelva el candelabro, ¿qué le parece si hacemos de cuenta que cada uno consiguió uno nuevo?
***
Anoche me dio gusto escuchar el sonido de su martillo. ¿Será que antes no se oía por la bulla de la lluvia? ¿O es que de verdad se va a la herrería aunque esté lloviendo a cántaros? Si le pone tantas ganas, ¿por qué mejor no deja de ser caballero y se vuelve herrero de una vez?
***
La lluvia no es más que gotas de agua. Al final, uno se moja igualito, ya sea con agua o con sudor. Me siento orgulloso de ser caballero, pero creo que el oficio de herrero también es muy digno. Sobre todo porque uno se la pasa manejando armas todo el día sin hacerle daño a nadie.
***
Qué raro suena eso. Si dice que no hacerle daño a nadie es lo digno, ¿entonces para qué se hizo caballero? En el campo de batalla de hecho tiene que haber lastimado a mucha gente.
***
Un caballero lastima para proteger. Para cuidar lo que es valioso, uno tiene que estar dispuesto incluso a lastimarse a sí mismo. Eso fue lo que me enseñaron: que esa es la vida y la muerte más honorable que existe.
***
Yo sí sé de esa clase de muerte. Mis hermanos también se sacrificaron para proteger a la familia. Pero si no hubieran muerto, yo habría sido mucho más feliz. Aunque nos hubiéramos separado de forma vergonzosa, al menos me quedaría la esperanza de volver a verlos algún día.
¿Qué será más noble? ¿Una muerte honorable o una vida que se aferra a seguir? ¿Para qué se necesita más valor, para morir o para vivir? La verdad, todavía no lo sé.
***
Ese hombre no dejó ninguna respuesta hoy. Era la primera vez que pasaba desde que empezaron a intercambiar notitas hace cinco días.
Annette, tras sacudir de arriba abajo el libro de la Biografía del Rey Sabio y no encontrar nada, regresó a su cuarto y se la pasó caminando de un lado a otro junto a la ventana. ¿Por qué no le habrá escrito? ¿Habrá estado mal hablarle de sus hermanos? ¿Se habrá palteado y por eso decidió marcar distancia?
—Mejor no le hubiera dicho nada.
Se arrepintió cuando ya era tarde; ya no había marcha atrás.
Intercambiar mensajes con Reingar había sido su mayor alegría estos últimos cinco días. Solo con mandarle una nota y esperar su respuesta, sentía que sus días valían la pena.
Le gustaba tanto encontrar su letra escondida entre las páginas de los libros, que se pasaba el día dándole vueltas a lo que él escribía, al punto de olvidarse por completo de lo peligroso que era lo que estaban haciendo. Le gustaban las bromas ligeras, pero también le dieron ganas de contarle cosas más profundas: esas dudas y preguntas que guardaba en el fondo de su corazón. Quería saber qué pensaba él.
Pero no debió hacerlo.
—… ¿Y ahora qué hago?
Annette se mordía los labios por los nervios cuando, de pronto, prestó atención a los ruidos de afuera.
El sonido de los martillos, que antes eran dos, se había reducido a uno solo. Tan, tan. Al darse cuenta de que ese sonido rítmico era el de Reingar, el corazón le empezó a saltar en el pecho. Hoy se cumplían cinco días desde su último encuentro. Originalmente, hoy era el día en que debía verlo en la biblioteca.
—Tengo tantas ganas de verte, pero la lluvia no para ni una sola noche.
Se acercó rápido a la ventana y la abrió. Estiró la mano hacia el aire húmedo, pero no sintió gotas. Ya iban dos semanas de lluvia. Parece que por fin las nubes se estaban largando.
—Dijeron que la temporada de lluvias duraba dos semanas, así que voy a aguantar un par de días más.
‘Si deja de llover, voy a poder salir’
Annette retrocedió un paso, pero volvió a acercarse y pegó la frente al vidrio. Cerró los ojos sintiendo el frío del cristal. Dentro de su pecho, su corazón latía con el mismo ritmo que el martillo: tan, tan, tan.
‘Tengo que verlo. Tengo que explicarle las cosas. Si me quedo así, lo voy a perder’.
La decisión fue al toque. No había nada que pensar. Annette revolvió su armario, sacó un uniforme de empleada para camuflarse y, tras apagar la vela de un soplido, salió de su cuarto de puntitas.
Mientras cruzaba el pasadizo oscuro, el corazón le latía a mil. No sabía ni qué estaba pensando mientras salía de la mansión. A medida que avanzaba a paso apurado por los pasillos vacíos, el jardín en tinieblas y las sombras de los muros, solo tenía una idea en la cabeza:
‘Tengo que verlo. Lo necesito. No puedo dejar que se me escape así’.
‘No puedo dejar que me abandone de esta manera’.
Solo de pensarlo, sentía que el pecho se le hacía carbón. La idea de que él no quisiera saber nada más de ella la ponía en un estado de desesperación total. Annette no podía soportar ni por un segundo la imagen de él ninguneándola como hacían los demás.
Por la lluvia que no había parado en más de diez días, el suelo era un puro lodazal. Sus pantuflas de suela delgada terminaron embarradas hasta el perno, pero a ella no le importó. ‘Cuando vuelva a mi cuarto, las quemo en la chimenea. Dentro de la casa tendré que caminar descalza con los zapatos en la mano; así no dejo huellas’, pensó.
Eran ideas que no encajaban con una princesa, pero le brotaban como si nada. Era como si, en ese momento, de verdad se hubiera convertido en una empleada más.
—Uff…
Al llegar sana y salva frente a la herrería, soltó un suspiro de alivio. Se pegó a la pared, chequeó que no hubiera nadie alrededor y asomó la cabeza por la ventana. Entre el ruido de los metales chocando, vio la espalda desnuda del hombre.
Reingar estaba dándole al mazo frente al yunque, estaba solo.
Se quedó mirando un ratito más para asegurarse de que no hubiera nadie y entonces hizo tac, tac, tocando la ventana. Fue un ruidito de nada, pero Reingar volteó casi al mismo tiempo. Al verla, se quedó con la boca abierta, Annette aprovechó para entrar por la puerta trasera.
Cerró la puerta con cuidado y, al voltear, se encontró cara a cara con él. Reingar parecía desencajado por la visita sorpresa. Annette, examinándole rápido la cara, soltó de frente:
—¿Por qué no dejó ninguna respuesta?
Se lo soltó así, reclamándole sin anestesia. Él frunció un poco el ceño. A ella se le bajó la presión por un momento, pero ya no podía echarse para atrás.
—Usted se llevó mi nota. Lo mínimo era responderme, ¿no?
—…….
—Como no había respuesta, me entraron los nervios. Me dio miedo que otra persona la hubiera agarrado y…
—…….
—Claro, yo sé que dejar las notas en la biblioteca fue idea mía, pero……
—¿Está segura de que nadie la vio? ¿Alguien la ha seguido?
Su tono fue tan frío que Annette se quedó muda. Recién caía en la cuenta de que, desde que salió de la mansión, no había mirado atrás ni una sola vez.
‘¿Y si alguien me siguió? ¿Y si me vieron entrar?’, pensó. Un escalofrío le recorrió toda la espalda.
Reingar no se quedó esperando su respuesta. Caminó directo a la puerta, le puso el cerrojo y dio la vuelta por las ventanas para cerrar las persianas.
Esa actitud tan tajante y su silencio se sentían como un regaño, Annette se sintió chiquitita. Cuando él terminó de asegurar todo y regresó, se paró a unos tres pasos de ella; esa distancia, mayor a la de antes, le dolió como una herida.
—Escúcheme, por si acaso…
Su voz sonó bajita, mezclada con un suspiro. Reingar la repasó con la mirada desde el gorro hasta el corsé, bajando por la falda hasta llegar a sus pies bañados en lodo. Esa mirada le dolió a Annette como si le estuvieran arañando el alma, no pudo evitar encogerse de hombros, toda achicopalada.
—¿Su objetivo es que nos maten a los dos?
‘¿Cómo se dio cuenta?’
pensó ella, sintió que se le bajaba la presión.
Su corazón, que se había quedado quieto por un segundo, empezó a latir como loco. Mil ideas le pasaron por la cabeza en un instante: ‘Él ya sabe lo que tramo. Se dio cuenta de que prefiero la venganza y la muerte antes que vivir humillada’.
‘¿Qué será más noble? ¿Una muerte honorable o una vida que se aferra a seguir?’
¡Ay, Dios mío! ¿Por qué se me ocurrió escribir esa tontería en la nota?
—No, no es eso… no es lo que cree…
Annette, empujada por el pánico, soltó lo primero que le vino a la boca:
—Es que… quería verlo…
Lo soltó por la pura desesperación del momento, pero de pronto sintió que se le cerraba la garganta y las ganas de llorar le ganaron.
Ella quería decirle algo más inteligente, algo que sonara mejor. Tenía preparado todo un discurso sobre cómo solo quería ‘debatir’ o que simplemente tenía curiosidad por saber qué pensaba él. Pero al tener a Reingar ahí enfrente, se quedó en blanco. Empezó a temblar de puro miedo, un miedo que no tenía ni pies ni cabeza.
—Es que de pronto… dejó de responderme… y me entraron los nervios… por eso…
Apenas terminó de balbucear eso, rompió en llanto. Annette no tuvo otra que taparse la cara con las manos. Sentía como si le hubieran metido un tajo directo al corazón, en la parte más sensible.
Le dolía, le daba pena y, aunque no tenía sentido, sentía una cólera tremenda contra él.
¿Por qué siempre terminaba llorando frente a este hombre? Quizás, en el fondo, Annette lo estaba usando a él también. Tal vez porque se dio cuenta de que cada vez que lloraba, él se ablandaba; porque sabía que él no era capaz de dejarla tirada y largarse sin más. Como un niño malicioso que sabe cómo dar pena para que los grandes le hagan caso.
La verdad es que ella sí quería su atención y su compasión. Quería que él siguiera tratándola con cariño, que bajara la guardia frente a ella, que le mostrara sus debilidades y que se dejara ganar como quien no quiere la cosa. No quería verle esa cara fría y desalmada. Solo de imaginarlo, el cuerpo le temblaba del puro dolor.
Se escucharon unos pasos pesados. Reingar se estaba acercando.
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